Definamos las cosas (1) -Erick Benítez Martínez-

Historia del anarquismo en España
Erick Benítez Martínez
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Definamos las cosas (1) -Erick Benítez Martínez-

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Para los lectores de Fragua Social leer sobre la revolución española debe ser un tema al que ya estén muy acostumbrados, y si alguien del otro continente viene a dedicar unas letras a este tema, puede producir cierto escepticismo.
Los doctos en el tema disculparán que venga yo a dar una opinión sobre un tema que se ha discutido infinidad de veces, pero en el que considero que muy pocas veces (ninguna que yo haya visto) se ha hablado de este tema marcando definitivamente la línea entre una cosa y otra. Me refiero a precisar si lo de España fue una guerra o una revolución.
Ha sido demasiada tinta la que se ha invertido en análisis que, desde mi punto de vista, carecen de una base sustancial porque, considero, parten de bases falsas.
Situacionistas y marxistas (primos hermanos) no han descansado en su reclamo sobre el actuar de los anarquistas participando del gobierno de la Generalitat y del gobierno de Madrid en noviembre de 1936, y este reclamo es compartido por muchas personas que, aunque se reclaman del anarquismo, lo asumen como propio.
Ante todo, tenemos que aclarar una cosa ¿fue una guerra o una revolución? La cosa parece ser la misma muchas de las veces desde ciertas ópticas falsas, y muchas otras parecen ir de la mano, haciendo la guerra al mismo tiempo que se realizan conquistas sociales y aún hay quienes no distinguen una cosa de otra por falta de análisis o definitivamente pasando por alto el análisis, porque esa base falsa de la que parten les justifica sus ataques al anarquismo aun cuando se asuman como anarquistas.
Desde mi punto de vista personal la cosa asume un carácter poco serio si no se establecen las diferencias entre una y otra cosa. Porque la simple definición de Guerra civil no alcanza, me parece, un grado suficiente de aclaración del asunto. Fue una guerra civil en tanto que se produjo por dos fuerzas de un mismo país, pero la definición es incompleta cuando se ve el enorme peso que el actuar de Italia y Alemania tuvieron del lado del fascismo, y la URSS del lado (¿de verdad es correcto situarlos aquí o en el bando contrario?) del antifascismo, y aún deberíamos ver la influencia de Inglaterra y Francia sobre ambos bandos. Habiendo una ruptura territorial, el asunto se traslada a niveles internacionales, y la cuestión entonces rebasa la definición de Guerra civil.
Buscando que este pequeño escrito abra la discusión a fondo sobre el tema y que sirva para alentar futuros análisis más serios, lanzo mis definiciones.

Guerra:
La guerra es ante todo el interés por imponerse la clase política de un país sobre la clase política de otro país. Creo que sobra dar una definición más amplia sobre los intereses de la guerra, pero es necesario que encontremos en ella ciertos elementos indispensables a la misma.
No es una lucha por conquistas sociales para el pueblo trabajador. Su naturaleza es la de imponer una clase política sobre otra clase política. Los derechos sociales de las clases obreras no operan en primer plano, y la mayoría de las veces no existen en forma alguna en los intereses de la guerra.
De ninguna manera una guerra, por su misma naturaleza distinta de una revolución, puede tener en su programa mínimo la destrucción del Estado: buscan suplantarlo por el propio; de ninguna manera buscan aplastar la autoridad: buscan imponer la propia sobre la contraria.
El Estado como eje organizativo de la guerra es una característica de la misma, sin la cual no podría ejercerse, porque la guerra requiere ante todo un mando centralizado que haga que sus efectivos militares se lancen al ataque cuando éste lo ordene, y para ello requiere de una segunda entidad que haga que las órdenes se cumplan: la autoridad.
En el aspecto militar de una guerra la autoridad es imprescindible. Sin ella la disciplina cuartelaría que exige del militar que sea un robot que obedezca órdenes, aunque estas sean matar a otros o matarse a sí mismos, sería imposible.
Al carecer de base social, de exigencias sociales, la guerra es lo más opuesto a una revolución. Mientras la revolución lleva en sus entrañas un sentimiento de cambio social, de justicia y libertad cuando es una revolución social, la guerra carece de estos objetivos. Es autoritaria, estatista, centralista y eminentemente política.
Todo cambio social está suprimido o por lo menos suspendido en tanto que los objetivos militares son lo primordial.
Suspensión de garantías constitucionales, estado de sitio, dominio del ejército del país en guerra, ya sea que se defienda o que agreda, así como medidas especiales de represión a todo lo que entorpezca el ejercicio militar, son las primeras medidas que se toman. No tienen, evidentemente, nada que ver con un proceso revolucionario, donde la autoridad militar y estatal son atacadas y suprimidas, las leyes son nulas y las masas populares ocupan las calles en lugar de las fuerzas militares.

Revolución:
La revolución es precisamente lo contrario de la guerra.
Hay tipos de revoluciones, por supuesto. Revoluciones “socialistas” que buscan instaurar un régimen de mayores libertades desde un gobierno socialista (como si libertad y gobierno fueran compatibles); revoluciones marxistas que buscan la justicia mediante una dictadura (como si justicia y dictadura fueran cosas compatibles) y finalmente revolución social, que busca todas las libertades sociales posibles mediante la aniquilación del Estado y sus instituciones, el capitalismo y la autoridad.
La revolución, cuando es social, y nos debe interesar esta característica pues se habla de los anarquistas españoles, no se realiza por ejércitos, por ambiciones políticas burguesas, ni para instaurar un nuevo gobierno.
Sus síntomas son las clases obreras dueñas de las calles, suprimiendo la autoridad y el Estado, dueñas de sus destinos. Las leyes son desobedecidas y se tambalean los cimientos mismos de la dominación.
Sería superfluo hablar de los múltiples levantamientos anarquistas antes de la revolución española y cómo en ellas no se aspiraba a tomar el poder del Estado, ni implantar la autoridad, ni tampoco se hacía mediante la autoridad del ejército.
Esos levantamientos nos dan una muestra clara de lo que es una revolución, y podemos sumar a ellos los levantamientos anarquistas en varias partes del mundo para atestiguar que una revolución social, y más las que han sido impulsadas por anarquistas, tienen una base social y la libertad y justicias como bandera.

Podemos apreciar, pues, que las características de la guerra y la revolución son distintas, diametralmente diferentes, y hasta podríamos decir que una triunfa solamente a costa de la supresión de la otra.
Es la eterna dialéctica antinómica que, nuevamente, se nos presenta (¡Ay, hasta cuando hemos de ignorarla!) y nos indica que la síntesis no es posible, y que ahí donde el equilibrio no es posible, un polo debe destruir al otro.
Digresiones filosóficas aparte, resalta el hecho de que si he podido establecer una diferencia entre guerra y revolución, habremos de dar una base o como mínimo buscar una respuesta a lo que sucedió en 1936.
El 19 de julio estalló el alzamiento fascista. Un ejército, el fascista, se alzaba para imponer su autoridad, un Estado propio y unas instituciones esclavistas propias. Del lado republicano existía un ejército, de cuyas bases partió la traición a las instituciones republicanas (estatales, que no se olvide) y apoyó el golpe de Estado.
No asistimos a un alzamiento popular contra el Estado español, sino a un ataque de un ejército fascista contra el Estado español. La respuesta al alzamiento fascista fue un levantamiento de varias fuerzas sociales en España. En Catalunya los anarcosindicalistas eran una mayoría amplia, pero el alzamiento no fue solo de anarcosindicalistas. En Madrid, como bien se sabe, los socialistas eran mayoría, y también ellos se levantaron contra el alzamiento fascista. Esta primera definición debería darnos un primer toque de batuta sobre los acontecimientos: socialistas, marxistas y republicanos buscan instaurar un Estado; los anarquistas buscan destruirlo. La fuerza social opuesta al alzamiento fascista no fue una fuerza homogénea como los alzamientos anarquistas donde los objetivos son claros y precisos. La respuesta social al levantamiento fascista fue primero para rechazarlo, pero las aspiraciones sociales de quienes se defendían eran distintas y hasta diametralmente opuestas.
No se trató de alzamientos como los del 8 de enero y 8 de diciembre de 1933, donde los anarcosindicalistas se proponían objetivos homogéneos y propios, como lo eran derribar al Estado e implantar el comunismo libertario. En esta ocasión se trató de un levantamiento popular generado por un alzamiento militar fascista.
Fue una respuesta, no una propuesta. Esto debemos tenerlo muy presente.
Una propuesta fueron los alzamientos de diciembre de que hemos hablado, incluso el alzamiento de 1934 en Asturias, al menos en la Felguera: proponían el comunismo libertario. Como ellos podemos poner otros muchos ejemplos de alzamientos anarquistas donde la propuesta es el comunismo anarquista, no solo en España, sino en muchas otras partes del mundo.
En 1936 fue una respuesta: el alzamiento fascista produjo una respuesta revolucionaria al golpe militar desde tendencias distintas y hasta de lo más dispares, porque ideológicamente nada tenían que ver los anarcosindicalistas con los republicanos, por ejemplo.
Ahora bien, existen dos definiciones del tema, como hemos visto. ¿Guerra o revolución? es la pregunta. Si respondemos que guerra no estaríamos haciendo visibles todas las conquistas sociales que la respuesta revolucionaria trajo; si decimos revolución no encaja en esta respuesta la constitución de Estados y ejércitos que existieron, no por capricho, sino por la característica de los acontecimientos. Evidentemente se puede decir que en julio el ejército del lado antifascista había desaparecido, pero la cosa se circunscribe sobre todo a Catalunya, en otros lados no sucedió así o sucedió en diversos grados. En la zona antifascista, pues, hubo grados en todos los sentidos, tanto militares, sociales y de correlación de fuerzas.
¿Qué fue entonces?
Mi tesis es que se trató de una guerra revolucionaria.
La inmediata respuesta de las democracias burguesas internacionales y la creación del Pacto de no intervención demuestran que internacionalmente no era un asunto de una revolución en un país, sino la creación de dos Estados (aunque uno haya sido por un golpe de Estado), el de Burgos y el de Madrid, ante lo cual el reconocimiento del de Burgos por las potencias internacionales significaba el reconocimiento del fascismo y con ello ruptura de relaciones diplomáticas con el lado republicano y todo lo que esto significaba.
Para evitar un cerco que impidiera al lado republicano adquirir armas y otras materias primas, el establecimiento de instituciones estatales era inevitable, y como los anarquistas no eran los únicos en la pelea, solamente había dos opciones. O imponerse como anarquistas al menos en Catalunya (y ver qué pasaba en otros sitios donde los anarcosindicalistas no eran mayoría) o la colaboración con las demás ramas sociales que también habían contribuido a detener el golpe fascista en casi media España.
Esto fue justamente lo que se valoró en el congreso de la CNT del 23 de julio de 1936.
Los asistentes supieron valorar el asunto no en términos de Catalunya, ni tampoco de España solamente, sino en términos internacionales, lo que dota a los congresistas de una estupenda visión de los acontecimientos.
Si hubiese sido un alzamiento revolucionario como los tantos que se dieron en España por los anarquistas, la cosa hubiera sido una revolución social y los objetivos sociales eran obligados. Pero la cosa en esta ocasión era distinta. Se trataba de una guerra, y en ella constituían un poderoso elemento a tener en cuenta las potencias extranjeras. Ningún país habría de suministrar armas o materias primas a un país en el que el Estado era suprimido, las instituciones abolidas y las empresas extranjeras colectivizadas.
Desaparecer el Estado y sus instituciones era de facto hacer que las demás potencias, al no existir más Estado en España que el de Burgos, lo hubieran reconocido, dejando a los antifascistas en la posición de rebeldes a los que era preciso que Franco suprimiera. El Pacto de no intervención quedaría suprimido en tanto que sólo existiría un bando legal (el fascista) luchando contra una horda de revoltosos a los que verían bien que se les suprimiera, de ser necesario ayudando a Franco.
De ahí que la CNT propusiera en septiembre un Consejo Nacional de Defensa que, si se lee su propuesta, mantiene en apariencia la estructura estatal con la participación de las demás fuerzas sociales, pero haciendo legal todo el proceso revolucionario de conquistas sociales, sobre todo en Catalunya. La cosa no prosperó y a los 10 días en que se dio de plazo a las demás fuerzas sociales ninguna la aceptó; otro intento se dio con la creación del Comité Central de Milicias Antifascistas de Catalunya, en la que se mantenía también la apariencia de institucionalidad mientras se daba legalidad a las conquistas sociales.

En la segunda parte veremos las conclusiones de esta tesis de Guerra revolucionaria.

Erick Benítez Martínez. Abril de 2022.


“El campo de batalla del anarquismo, ínterin se espera la revolución social, tendría que ser la pluma, la palabra y el ejemplo […] Revolucionarios, meditad que la hora de nuestra emancipación tanto más tardará en sonar cuanto más tiempo permanezcamos en la ignorancia. Eduquémonos, instruyámonos, que el porvenir es nuestro”

José Llunas
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