Definamos las cosas (2) -Erick Benítez Martínez-

Historia del anarquismo en España
Erick Benítez Martínez
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Definamos las cosas (2) -Erick Benítez Martínez-

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Continuación del artículo anterior, retomo la pluma donde la dejé: las condiciones de la guerra mantuvieron las estructuras estatales y militares que los anarquistas trataron de disminuir todo lo posible con la propuesta del Consejo Nacional de Defensa de septiembre de 1936 y la creación del Comité Central de Milicias Antifascistas de Catalunya. Pero establecida la condición de guerra por el contexto de España e internacional, la guerra, concepto forzosamente opuesto a la revolución, tomó su curso y la situación le reforzó al grado de crecer en sus conceptos naturales.
Guerra, porque la respuesta no partió únicamente de los anarquistas (excepción de Catalunya, y aún ahí, aunque en grados ínfimos, hubo otras fuerzas sociales), sino de varias fuerzas sociales y políticas diferentes y hasta diametralmente opuestas, lo que se tradujo en el mantenimiento de las instituciones y el ejército. No olvidemos que, por ejemplo, hubo también guardias de asalto que se sumaron a la lucha contra los fascistas, y estos no tenían precisamente ideologías sociales.
La guerra a su vez tuvo como respuesta el alzamiento de fuerzas sociales que tenían serio arraigo ideológico. El caso de los anarquistas no es solamente el que nos interesa, sino quizá el más característico.
Al tomar las armas los revolucionarios las reivindicaciones sociales fueron lógicas: por más respuesta que haya sido, quienes respondían eran revolucionarios, en el caso de los anarquistas, acostumbrados a luchar por sus propuestas de comunismo anarquista. Esto se tradujo en bellas comunas anarquistas como las de Aragón con 510 pueblos organizados en comunismo anarquista y la socialización de infinidad de industrias.
Si, hubo propuesta revolucionaria, pero como respuesta a un alzamiento fascista.
En estas condiciones el contexto tenía necesariamente que variar. Los anarquistas no estaban en su medio natural, y esto les arrastró por infinidad de complejidades que las condiciones de la guerra imponían. Siendo contrarios a los medios estatales y políticos, los sucesos tenían necesariamente que ponerlos ante hechos que les contradecían y les llevaban a posiciones que jamás habían imaginado.
Las conquistas revolucionarias estaban ligadas, aunque fuera por necesidad de relaciones, con el contexto de guerra que se vivía y en sentido contrario, la guerra y su (i)lógica lidiaba con las conquistas revolucionarias. Guerra y revolución luchaban una contra la otra de forma incesante e inevitable, porque la propia naturaleza de la guerra (autoridad, Estado) y la revolución (conquistas sociales, libertad y justicia) son incompatibles, pero tenían que relacionarse de forma inevitable.
Si esquematizamos las fuerzas en pugna podemos decir que del lado de la guerra no estaban solamente los fascistas y las potencias extranjeras, sino también los republicanos, los socialistas, los catalanistas, los vascos, los marxistas y los propietarios descontentos con las expropiaciones. Todos ellos, pese a sus diferencias, buscaban un Estado. Los fascistas queriendo derribar al republicano para imponer el suyo; los demás buscando tomar el gobierno republicano para imponerse a los demás. Las condiciones de la guerra, pues, se encuentran en las aspiraciones y acciones de todos ellos, y con esto también el desarrollo de las características de la guerra: Estado, autoridad, militarismo.
Por la revolución estaban solamente los anarquistas y algunas bases de la UGT arrastradas a esas posiciones por los anarcosindicalistas. Solo ellos querían abolir el Estado y el capitalismo. Pero estando con tantos enemigos enfrente, fascistas y “antifascistas”, además de las condiciones que la propia guerra imponía, el contexto internacional y los problemas que todo esto traía consigo, la revolución social y los objetivos anarquistas estaban fuera de un contexto plenamente favorable para desarrollarse.
Pese a ello la revolución se realizó todo lo que pudo, luchando contra enemigos internos y externos, contra fascistas y “antifascistas”.
Si hasta aquí mi tesis es correcta, la definición de una guerra revolucionaria vendría a explicar los sucesos ocurridos en España de 1936 a 1939: los anarquistas fueron al gobierno arrastrados por los acontecimientos y no por convicción; metidos en este contexto, su inexperiencia en la política burguesa les debía llevar inevitablemente a cometer errores y fallos; la revolución se desarrollaba ampliamente, pero tenía que vivir inevitablemente con las características de una guerra que se desarrollaba a ella de forma paralela; las demás fuerzas sociales, nulas en el caso del marxismo español, encontraron su campo de acción en la guerra: la autoridad y estatismo propio de ella les hacía estar en su medio y sus peores aspectos reaccionarios y fascistoides fueron una consecuencia lógica de su estatismo y autoritarismo; no siendo la revolución una fuerza homogénea, sino una mezcla de muchas concepciones sociales, esto debía minar necesariamente el empuje revolucionario que luchaba contra enemigos externos e internos y terminó por reducir su potencialidad.
¿De qué vale, pues, tanto reclamo a nuestros compañeros anarquistas, cuando quienes los critican no han comprendido que las circunstancias propias de una guerra revolucionaria debían generar necesariamente contradicciones como las que se vivieron?

El no comprender la tesis de una guerra revolucionaria ha dado lugar a infinidad de reclamos a los anarquistas españoles por la colaboración política. Apunto desde ya que no soy partidario de la misma y que mi punto de vista es únicamente basado en la definición de guerra revolucionaria que explicaría, mas no justificaría, lo sucedido en España con los anarquistas.
Explicaría, porque entendiendo las diferencias entre una guerra y una revolución, además de comprender que fue una respuesta y no una propuesta en todo su esplendor, los sucesos ocurridos en España tienen su explicación; no los justifica, porque justificarlos daría pie a dar la razón a los muchos reformistas que en la actualidad piensan que el contexto de la España de 1936 da motivos para una colaboración política en la actualidad. Gente como la CGT son el clásico ejemplo de esto.

Hay aún una cierta corriente que en los tiempos actuales campan a sus anchas: son aquellos que no se conforman con las exigencias a los anarquistas españoles (como si la historia admitiera complacencias y no fueran solo hechos) basados en un análisis falso cuya base es pensar que fue una revolución en toda la extensión de la palabra, sino que además se dan el gustazo de continuar el ataque recordando los sucesos de mayo de 1937. Vaya por delante decir que me refiero a marxistas y sutuacionistas, y cuyo caso roza los lindes de lo gracioso. Veamos.

Hay dos maneras de atacar al anarquismo: desvirtuando sus conceptos o silenciándolos (1), nos decía Víctor García, y acudimos a muchos casos en los que se recurre a las dos prácticas. Desvirtúan las ideas de los anarquistas españoles al partir de una base falsa sin entender la tesis de guerra revolucionaria, y los silencian, al culparlos de todo.
La cosa es curiosa cuando situacionistas y marxistas reclaman, fingiendo una simpatía por el anarquismo, que la CNT traicionó la revolución en mayo de 1937.
No vale de mucho decir a esta gente que la situación en los frentes no permitía que regresaran las columnas anarquistas para aplastar al enemigo marxista; que justamente era lo que se buscaba: obligar a la CNT a tener que mantener sus fuerzas en los frentes para no permitir el ingreso del franquismo mientras los marxistas en Catalunya se dedicaban a la acción contrarrevolucionaria; que había presencia de barcos ingleses y franceses en la costa cuando estallaron los sucesos; que García Oliver había denunciado desde diciembre de 1936 una serie de reuniones entre grupos facciosos, separatistas, republicanos y marxistas, conocidos en los documentos de La conspiración de París, como los llamó Oliver; que el propio Krivistky habla de una tentativa internacional del stalinismo para aplastar al anarcosindicalismo.
Todo da igual. Para ellos el anarcosindicalismo es el culpable. Y siguiendo la línea de este trabajo, tenemos que definir las cosas.
El marxismo tenía sólo 30.000 militantes en toda España en 1936 y más del millón de afiliados a finales del mismo año (2) gracias a la afiliación de elementos fascistas ocultos en la retaguardia, propietarios descontentos con la obra de la revolución y aventureros políticos de toda clase que se afiliaban para obtener beneficios de grado en lo militar, económicos o de otra especie; la URSS fue quizá el mayor responsable de la pérdida de la revolución española gracias a su chantaje armamentista y política a beneficio del marxismo español (3); el marxismo español hizo uniones con todos los elementos contrarrevolucionarios para aplastar la revolución en marcha; el marxismo español creó innumerables tchekas donde se torturaba y asesinaba a quien se atrevía a no rendir pleitesía a Stalin; el marxismo español, apoyado por el ruso, asesinaba en la retaguardia y el frente a todo el que no aceptara el carné del PCE o del PSUC; en 1938 la URSS firmaba los primeros pactos con los nazis para no agredirse entre ellos, al mismo tiempo que Carrillo y la Pasionaria lanzaban la consiga de resistencia a ultranza; el marxismo se constituyó como el mayor contrarrevolucionario y traidor a los ideales del socialismo original…
… pero la culpa la tienen los anarcosindicalistas por llamar a detener los enfrentamientos en mayo de 1937, pese a todo lo que se jugaba.
Brillante ¿no lo creen? La cosa es todo un acto de magia, donde una mano invisible oculta un objeto y el público se enardece con el acto.
El marxismo y el situacionismo se hacen “críticos”, y en esa crítica, que brilla por su ausencia a sus propias ideas, se indignan porque los anarcosindicalistas no aplastaron a la contrarrevolución. Nada dicen de la responsabilidad del marxismo mundial de entonces, pero los cargos se arrojan sobre el anarcosindicalismo. La cosa toma mayor humor cuando algunos historiadores “anarquistas” afines al situacionismo no dicen nada sobre lo bello de las comunas anarquistas en Aragón, o de la capacidad impresionante de las clases obreras afiliadas al anarcosindicalismo, es decir, cuando no dicen nada positivo del anarcosindicalismo, y con la manida excusa de la “crítica” lanzan una y otra vez tierra sobre unas ideas con las que, dicen, ellos simpatizan y defienden.
Oliver es esto o el otro; Montseny era esto o aquello; la CNT y la FAI cometieron este o aquel error; tal o cual fallo debe ser explotado hasta la náusea. Y así, compañeros y compañeras, desde nuestras propias filas se da cabida a toda clase de ataques a la historia del anarcosindicalismo español con la excusa de la “crítica”; crítica que estos personajes no realizan para el marxismo y el situacionismo, cuyos análisis falsos y absurdos sobre el anarcosindicalismo no critican y llaman incluso “interesantes”.
La tesis de la revolución española como una guerra revolucionaria, con las características que esta definición engloba, no quita responsabilidad (pero sí la explica) a los anarcosindicalistas por los errores cometidos y que creo que todo mundo acepta, pero sí quita peso a estas críticas superfluas y muestra a los críticos al vapor como elementos que no han sabido hacer un análisis serio de la historia, cuyas ideas parten de una base falsa y dan por resultado definiciones necesariamente falsas.

Los anarcosindicalistas cometieron errores llevados a ello por el contexto sumamente complejo de la guerra revolucionaria desatada en 1936. Su inexperiencia en el campo político, normal en quienes siempre se opusieron al Estado y la autoridad, les hizo cometer fallos explicables, pero no justificables.
Por su cuenta, el republicanismo, el separatismo, el marxismo, tienen fuertes responsabilidades por sus actos benéficos solamente a Franco. Esa es justamente la cuestión al analizar la pérdida de la revolución española, y no la exigencia de actos puramente revolucionarios en un acontecimiento que no era una revolución en toda la extensión de la palabra.
La tesis de una guerra revolucionaria, al recolocar las bases del análisis, deberá dar motivo a estudios donde no se piense que fue una simple guerra, ignorando las realizaciones revolucionarias, ni tampoco una simple revolución exigiendo medidas que la propia guerra impedía dada la naturaleza intrínseca de cada una.
Solamente así, me parece, se entenderán desde otro ángulo los sucesos de la España de 1936 que, pese a todo, fueron de una importancia que desde ningún ángulo pueden ignorarse, pero sí reformularse.

A pesar de todo, CNT, CNT, CNT.

Erick Benítez Martínez. Abril de 2022.

Notas:

1.- Víctor García. El pensamiento de P. J. Proudhon. Página 118. Editores Mexicanos Unidos, 1981. México.
2.- José Peirats, Los anarquistas en la crisis política española, página 225. Editorial Alfa, 1964. Argentina.
3.- Resulta curioso cómo nuestros marxistas actuales dicen que lo de la URSS no era marxismo, pese a que el mismo Marx proponía desde el Manifiesto de 1848 una centralización abrumadora en el Estado. Curioso, porque para salvar al marxismo como teoría descalifican a la URSS, resultando de esta manera que para entonces, desde 1917 hasta 1940 por lo menos, no existía ningún grupo marxista real en todo el mundo, ya que por esos años todos los marxistas se alineaban a la URSS con pequeñas excepciones que no se oponían por cuestiones ideológicas, sino por no haber ejercido la dictadura ellos. ¿Cómo es, pues, que una teoría equivocada, pero después de todo histórica, desapareció durante más de 20 años, dando por resultado que todos los que apoyaban de una forma u otra a la URSS no eran marxistas?


“El campo de batalla del anarquismo, ínterin se espera la revolución social, tendría que ser la pluma, la palabra y el ejemplo […] Revolucionarios, meditad que la hora de nuestra emancipación tanto más tardará en sonar cuanto más tiempo permanezcamos en la ignorancia. Eduquémonos, instruyámonos, que el porvenir es nuestro”

José Llunas
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