Karma y ateísmo. Una relación imposible

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Santiago Salvador Franch
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Karma y ateísmo. Una relación imposible

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En el terreno antirreligioso no es difícil encontrar un tremendo enredo entre quienes se dicen llamar ateos, herejes, escépticos y que sin embargo creen en cosas tan banales como las llamadas energías o el karma.
Así que para disipar un poco las dudas sobre ello hablaremos del tema, entrando al bosque de lo teológico para cortar con hacha las ramas del confusionismo.
Es preciso ante todo disipar las dudas ¿quiénes son los herejes, quienes los escépticos y quienes los ateos?
Los escépticos son las personas que saben que existen cosas sin explicación en la idea religiosa, pero no se atreven del todo a renunciar a su fe o a negar abiertamente la existencia de Dios. Muchos de ellos siguen creyendo en Dios pese a no poder explicarse ciertas cosas que les hacen dudar. Ellos, pues, aún en su escepticismo y puesto que no dejan de creer en Dios, la creencia en las energías y el karma tiene cabida.
A diferencia de ellos los herejes creen en Dios comúnmente, aunque no sea precisamente el Dios que prefieran todos o lo hagan de forma negativa: se rebelan contra su Dios o contra otros Dioses, producto no de no tener fe, sino de alguna inconformidad con su deidad. Así tenemos que es posible que haya quienes digan las peores blasfemias e injurias contra Dios, pero le otorgan cartilla de existencia. Para ellos la existencia en Dios, en aquel Dios contra el que pelean, existe, y en ese mundo teológico tiene cabida, también, las energías y el karma.
Podemos entonces ver coincidencias bien marcadas entre escépticos y herejes. Ambos creen en Dios, pero los escépticos no se atreven a criticar abiertamente a la religión o a renunciar a ella; los herejes se atreven a rebelarse contra la religión y algún Dios con el que no coincidan, pero también creen en Dios, aunque se le rebelen. En ambos casos las ideas religiosas permanecen, con dudas o rebelándose contra ellas, pero permanecen.
Los ateos, por el contrario, no creen en Dios. Niegan abiertamente la existencia de Dios, no de éste o de aquel, sino de todas las deidades divinas. No se rebelan contra Dios, ya que saben que este no existe.
Niegan el fundamento mismo del principio religioso, y a ellos no se les puede considerar escépticos, porque ellos afirman la inexistencia de Dios; ni tampoco se les puede llamar herejes, porque ellos no se rebelan contra Dios, ya que rebelarse contra él indicaría la aceptación de su existencia. Los ateos no se rebelan contra Dios. Niegan la existencia misma del principio divino, de la metafísica religiosa, de la existencia de todo tipo de ser extraterrenal, sea el Dios cristiano, el satánico, el árabe o cualquier otro.
Ahora bien, dejando sentado el principio del ateísmo, que defendemos, no es posible aceptar el principio del llamado Karma. Pero expliquémonos. ¿Qué es el Karma?
El Karma es un principio proveniente del budismo, lo que de entrada ya le hace un principio religioso. Entiendo que dentro del budismo el tema de los dioses es complejo, pero ello no indica que no se crea en Dios.
No se necesita de una deidad con figura física para creer en él, porque ¿Qué es Dios?
Dios, en mi entendimiento, supone un ser ajeno a nosotros que crea un algo, la humanidad, el universo o todo lo que nos rodea. Al ser este ser superior a nosotros tiene sobre nosotros una autoridad que se nos impone de una u otra manera, de buena o mala manera, de forma física o metafísica, de forma material o mental.
Así, si existe algo que determina el curso de nuestras vidas esto no puede ser más que algo superior a nosotros, es decir, es una deidad, aunque esta no sea precisamente reconocida por nosotros como tal. Si esta fuerza creadora es el universo, somos nosotros mismos: el hombre es la naturaleza tomando consciencia de sí misma, nos decía Élisée Reclus. Así, pues, no existe ninguna fuerza exterior a nosotros, si esa fuerza es el universo: esa fuerza somos nosotros mismos, es la naturaleza la que actúa sobre sí misma.
Pero si, por el contrario, esa fuerza es exterior a nosotros, si es capaz de determinar nuestras vidas, entonces se trata de una deidad. Puede no ser un Dios a semejanza del Dios cristiano, católico o hindú, pero el principio mismo como entidad religiosa existe.
El Karma, en teoría, es una especie de equilibrio universal: lo que vivimos en esta vida no es más que una especie de pago o gratificación por lo realizado en la vida pasada o en actos pasados (1).
Porque, en teoría, todas nuestras acciones generan a su vez nuevas acciones acordes con lo realizado anteriormente.
He hablado antes de pago y gratificación, y no creo equivocarme: si lo que estamos viviendo en esta vida es bueno, significa que realizamos acciones buenas en una vida anterior o incluso en actos anteriores en esta misma vida. Esto bueno que vivimos actualmente, por el mero hecho de ser algo bueno y estar enlazado con nuestros actos anteriores, no puede ser sino una gratificación. Luego, si en vidas y en actos pasados actuamos de maneras censurables, lo que vivamos en esta vida no será más que el correlativo de esos actos: vivimos mal por un castigo proveniente de nuestros propios actos.
Si hasta aquí estoy en lo correcto, cabe preguntarse: un pago ¿a quién?, una gratificación ¿proveniente de quién?
¿Del universo? Eso supone un poder por encima de nosotros, puesto que el universo está, efectivamente, por encima nuestro y somos nosotros al mismo tiempo: por encima porque nosotros sólo somos una pequeña partícula del todo, pero puesto que somos nosotros mismos, el universo no puede conspirar a favor ni en contra nuestro. Pero en el entendido del karma como una fuerza actuante, separada y superior a nosotros, sigamos el hilo de las argumentaciones: el karma supondría una especie de inteligencia universal que determina si un acto es bueno o malo y actuar en correspondencia con el individuo a censurar o a gratificar.
Supone lo siguiente: existe una especie de energía extraterrena que se genera a partir de los actos de las personas influyendo en sus vidas pasadas, presentes y futuras del individuo (!). Se le conoce también como espíritu de justicia o equilibrio. Pero esta justicia y este equilibrio no son la justicia según el concepto humano, ni el equilibrio entendido desde el pensamiento humano, sino una justicia y un equilibrio por encima de lo humano.
Ahora bien, presentado como el acto que regresa a la persona los actos que realiza parece a primera vista como un acto de pura justicia: si eres buena persona la vida te depara buenas cosas, y si eres malvado esta misma maldad se te regresará. Esto hace que las personas pretendan siempre actuar en bien, para que el Karma (ese principio regulador) les regrese cosas buenas a sus vidas.
Pero he aquí que encontramos el primer obstáculo para aceptar este principio: si una persona realiza actos buenos para obtener buenas cosas, estos actos no se realizan por una bondad natural del individuo, sino en miras de la recompensa, aunque esta sea vista de manera indirecta y no como fundamento de la creencia. Partiendo del interés, aunque sea inconsciente, estas intenciones buenas degeneran en malvadas de un momento a otro, porque parten del interés y no del convencimiento interior de ser bueno sin más recompensa que el ser bueno.
Encontramos, pues, un principio de hipocresía latente y casi siempre actuante en quienes creen en esto. Es posible que muchos de quienes creen en el karma no sean siquiera conscientes de que tras este mismo principio regulador, entre la compensación y la censura y cuya inclinación natural es hacia la compensación, se encuentra la hipocresía.
El siguiente obstáculo que encontramos es que desde el ateísmo no es posible reivindicar semejante cosa.
El Karma significa un principio regulador, una energía o fuerza actuante encargada de decidir entre acciones buenas o malas, y aquí nos encontramos con un tropiezo dentro del propio argumento. ¿Una energía o ser espiritual puede tener no sólo la capacidad para diferenciar entre acciones buenas o malas, sino además un concepto de lo bueno y de lo malo acorde con nosotros como seres humanos?
Esto ya es dudoso, porque humaniza a esta energía o fuerza extraterrenal, o bien diviniza a los seres humanos poniendo a ambos en un mismo plano de entendimiento pese a que sus naturalezas son totalmente distintas.
Partiendo de su divinidad o principio de energía, no es posible que comprenda nuestras concepciones de lo bueno y de lo malo, por lo que su propia naturaleza le hace impotente de ejercer de principio regulador de algo que no puede concebir, de la misma manera en que nuestra naturaleza humana nos haría incapaces de entender la naturaleza de lo divino.
Ahora bien, si se encuentra en nuestro mismo concepto humano de bueno o malo, entonces no puede ascender a las concepciones de lo divino y extraterrenal, en tanto que nosotros como humanos no tenemos esa capacidad.
Energía, por otro lado, no le es posible humanizarse, de la misma manera que a los humanos no les es posible divinizarse (2).
Luego, si es el universo de quien hablamos y como suele concebirse, es demasiado arrogante considerar que el universo, compuesto de miles de galaxias en medio de las cuales la nuestra es solamente una más entre todas ellas, y dentro de esa galaxia nuestro sistema solar es una parte pequeña de la misma, y dentro de este sistema solar nosotros no somos más que un grano de arena; es demasiado arrogante, repito, que siendo tan ínfimos dentro del universo éste vaya a ocuparse de castigarnos o de premiarnos, cuando no representamos apenas nada para su creciente y expansiva existencia.
Pero haciendo caso omiso a estas cosas asumamos el que esa energía o ser espiritual se encargue de premiar o devolver los actos malos a las personas por sus propios actos.
Este principio regulador, esta energía encargada de dictaminar sobre lo bueno o lo malo, pese a todas las objeciones hechas líneas arriba, no sería más que un principio injusto.
Creemos firmemente en que el ser humano es capaz de diferenciar entre lo bueno y lo malo, en que su consciencia es la única capaz de detenerlo antes de hacer el mal y de impulsarlo al bien muchas veces a costa de su propia vida.
Considerar que un principio externo a la naturaleza humana es quien brinda un equilibrio a los actos humanos es hacer del ser humano una bestia sin pensamiento ni noción de lo bueno y de lo malo. Un ser incompleto e incapaz de actuar por sí mismo y que necesita de un algo exterior a él para actuar. Es arrebatar la inteligencia y capacidades a la humanidad, para entregarlas a un ser externo a la naturaleza humana.
Es, aunque le duela a algunos ateos que creen en el karma, a los mismos budistas y a cualquier otro, hablar de diferentes creencias o negar de ellas, pero es restituir al Dios cristiano o alguno similar.
Ese Dios, dueño de los destinos, capaz de premiar con los cielos o castigar con el infierno a la humanidad. Infierno y cielo, no son más que gratificaciones y castigos. Que los budistas no crean directamente en el castigo y el premio no significa que estos no se encuentren agazapados tras el concepto del karma.
Actos buenos se regresan (premio) y actos censurables se regresan también en su correlativo (castigo). Esto es axiomático, y el principio regulador encargado de enviar dichos premios o castigos, el karma, la energía, el universo o cómo se le quiera llamar, no es más que restituir la imagen del Dios que premia y castiga ¿Qué no reconocen a ese Dios? Tanto peor, porque no se tiene siquiera consciencia de qué es lo que se esconde tras lo que se cree.
Principio regulador, justicia divina, Dios, no son más que sinónimos unos de otros, y nosotros, ateos convencidos, negamos todo tipo de principio regulador fuera de la consciencia humana.
Resumamos: la creencia del karma supone un principio regulador; este principio regulador es externo a la naturaleza humana; al ser algo externo, se supone divino ya que no es humano, no pertenece a la materia de la naturaleza; luego, al ser externo a nuestra naturaleza se encuentra en una esfera ajena a nuestras concepciones de lo bueno y de lo malo, porque si en algún momento la naturaleza y lo divino se encuentran en el mismo plano de entendimiento, indicaría que, o la naturaleza se ha divinizado o lo divino se ha vuelto material, es decir, que en cualquiera de los dos casos uno pierde sus condiciones innatas a sí mismo: el entendimiento, pues, es imposible; aun cuando lo dicho anteriormente no fuera tomado en cuenta, el hecho de existir un principio regulador significa, por sí mismo, los conceptos de premio y castigo, de una justicia externa a la humanidad, a la que se convierte por ello mismo en un ser incapaz de actuar por sí misma y teniendo que recurrir a un principio externo a la naturaleza para concebir lo bueno y lo malo y actuar en consecuencia; ese principio regulador es totalmente incompatible con el ateísmo; siendo materialistas, las energías, karma, Dios, nos son sinónimos unos de otros pese a sus diferencias, y ambos nos merecen el rechazo mas tajante.
Arrebatamos de las manos de las energías, del karma o de los Dioses, mentiras con las cuales se engaña a los pueblos, la potestad de otorgar justicia y la regresamos a la humanidad, de donde jamás debe despegarse.
La humanidad, pese a sus errores, es la única capaz de reconocerlos y remediarlos.
Solo la consciencia humana es capaz de frenar los actos antisociales y de impulsar a las personas a los más bellos gestos de apoyo mutuo y solidaridad.
Más de dos milenios la humanidad ha gemido bajo la religión católica; ha despegado la mirada de los horrores de la tierra para buscar en el cielo una respuesta que jamás iba a llegar. No hagamos que ahora, en lugar de regresar la mirada a la tierra nuevamente, desvíe su mirada al universo entero pensando que la recompensa o el castigo vendrán de una energía o de un principio regulador, cualquiera que sea el nombre con que se le quiera nombrar. Materialistas sinceros, negamos cartilla de existencia a todos estos conceptos provenientes de lo ilógico que hace, nuevamente, que la humanidad se entretenga creyendo en cosas absurdas en lugar de ocuparse de la realidad tal como es, sin fantasmas, divinidades o principios reguladores externos a su propia naturaleza humana.
Hagamos que regrese la mirada aquí, a la tierra, donde se encuentran sus desgracias, sus demonios encarnados en el capitalismo, y también la posibilidad de hacer de este mundo un verdadero paraíso, y que es solamente su consciencia la única reguladora de su conducta presente y futura.
No por premios o castigos, sino por esta máxima que ha de imprimir en lo más hondo de su corazón y pensamiento: haz el bien, no esperando recompensa alguna, sino solamente porque tu semejante es el reflejo de ti mismo, y haciendo el bien a tu semejante te lo haces a ti mismo.
Siglos de injusticia terrenal del capitalismo demuestran que ese principio regulador del que nos hablan no aplica para los capitalistas, los gobiernos y las religiones. Ellos y ellas viven en la total impunidad, tanto en la tierra como respecto de esas energías o principios reguladores de los que nos hablan, cuando si fuese verdad que todo eso existe, gobernantes, capitalistas y clérigos deberían merecer los mayores de los castigos por sus actos terribles que hacen gemir a la humanidad bajo su despotismo.
Es que parece que esos premios les son dados a ellos en exclusiva, y todos los castigos de la miseria y la explotación son destinados de manera exclusiva para los pobres.
Es preciso que estos hagan el bien por una convicción que nazca de su pensamiento, y que respecto de sus enemigos de clase no esperen el castigo divino, sino que sean ellos mismos, estudiantes, trabajadores y pueblo en general, quienes ajusten cuentas a sus eternos tiranos.
Porque la justicia pertenece a la tierra y a la humanidad solamente, desechando toda la cháchara religiosa, aunque se esconda tras apariencias de justicia y regulación.


Erick Benítez Martínez. Diciembre del 2020


Notas:
1.- Esto supone además el cuestionar si el individuo tiene albedrio (no precisamente en el sentido cristiano) para actuar conforme él lo desee o si es Dios quien determina estos actos y el destino, pero para no salirnos del tema recomiendo al lector leer mi artículo “Redención y libre albedrío. La religión se contrapone a sí misma”.
2.- Hemos dicho al comienzo renegar de la divinidad es aceptarla. Al hablar aquí de la divinidad y de su relación con la humanidad no estamos más que entrando en el supuesto de la existencia de esa divinidad para desarticularla. De ninguna manera aceptamos la existencia de lo divino, porque conforme estamos viendo, atacar el concepto de divinidad y espiritualidad (entendida esta como concepto metafísico) es aceptarlos como conceptos existentes, y nosotros somos ateos.


“El campo de batalla del anarquismo, ínterin se espera la revolución social, tendría que ser la pluma, la palabra y el ejemplo […] Revolucionarios, meditad que la hora de nuestra emancipación tanto más tardará en sonar cuanto más tiempo permanezcamos en la ignorancia. Eduquémonos, instruyámonos, que el porvenir es nuestro”

José Llunas
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