El Estado y la oposición

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Santiago Salvador Franch
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El Estado y la oposición

Mensaje: # 149Mensaje Santiago Salvador Franch »

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Es costumbre de todos los Estados injuriar a toda su oposición con los peores calificativos, aun cuando no pierdan los buenos modales para hacerlo.
Llegados al poder toda crítica les parece un fantasmagórico complot urdido para dañarles. No existe la más mínima aceptación de la crítica ni el análisis sobre si esa crítica tiene algo de verdad.
Sus opositores, sin importar las variantes que puedan existir entre estos, siempre son pintados de las más variadas formas: si el gobierno es de derecha sus enemigos serán ultrarradicales, extremistas, depravados, degenerados, asesinos, criminales, etc.; si el gobierno es de izquierda sus enemigos serán conservadores, reaccionarios, ultraderechistas, entente fascista, etc.
Vaya la observación de que a veces unos calificativos sirven para uno y otro bando.
Esta condición de rechazo con injurias a todo tipo de oposición se debe a la naturaleza del Estado: tiende siempre a la centralización, pretendiendo concentrar en sus manos no solamente las decisiones del país, sino también todo lo que se tiene por bueno, justo, libre y hasta científico.
Enemigo de otros Estados, hará a estos la guerra, ya sea comercial o política y bélica en casos extremos; enemigo de sus súbditos, hará a estos la guerra económica sometiendo a los trabajadores a una explotación que estos apenas advierten; impide todo tipo de oposición, sea de manera brutal mediante la bestialidad policial, la calumnia en la prensa o el encarcelamiento, pese a que en sus discursos les reconozca derecho de ciudadanía.
Esto, desde luego, no elimina la oposición en su totalidad, porque también es preciso que la población crea que existe una posibilidad de cambiar las cosas (siempre dentro de los perímetros del poder estatal) y se mantenga así, de una manera o de otra, el poder político que las distintas facciones esperan tomar en su totalidad, o vivir a expensas del organismo en tanto eso suceda.
El Estado es la centralización, la prepotencia, el absolutismo que no admite oposición alguna de buena manera. Si le permite su existencia a la oposición es para no generar un ambiente de insurrección en su contra. No dudará, aun así y de forma discreta, en meter a la cárcel a la oposición, en reprimir a sus enemigos políticos o sociales, en utilizar sus funciones gubernamentales para hacer la vida imposible a la oposición. Si la oposición es política, podrá llegar a acuerdos con ellos/ellas, sobornarles, acordar repartirse ciertas cantidades de dinero. Pero si la oposición es popular y crece, todo el aparato del Estado caerá sobre los audaces que se hayan atrevido a ello.
El Estado puede tolerar aquello que le contradiga, pero jamás aquello que le niegue.
Pero no nos engañemos, si los que ahora son oposición estuvieran en el poder, actuarían exactamente de la misma manera, porque el Estado es una maquinaria con funciones propias que no admite una oposición real a su omnipotencia absolutista, sea quien sea la persona que esté en el poder estatal. Búsquese en la historia, escarben en ella, y todos encontrarán que cualquier forma de Estado tiende siempre a aniquilar toda forma de oposición cuando esta puede ponerle en riesgo, y que esto es muchas veces realizado en formas que harían sonrojar a un mármol y que, pese a ello, se pretende siempre la institución estatal una institución acorde con la justicia y la libertad. La vergüenza es algo que no conocen.
Aunque dentro de los límites marcados por el Estado, la oposición le hace mantenerse siempre en constante estado de alerta ante el enemigo, sea el que sea, y esto les lleva muchas veces a paranoias de persecución que derivan en una posición extremista desde el poder. Ejemplos en la historia no faltan.
Por esto los anarquistas no son de izquierda, ni de derecha ni de centro. No pertenecen a esa lucha de posiciones por tomar el poder político.
Conscientes de que el ejercicio del poder político no soluciona nada, no se prestan a uniones con agentes de la izquierda, la derecha o el centro; no participan de la política burguesa; no desean tomar el poder político, sino destruirlo.
Afirmamos, y la historia nos da la razón, que todo Estado no es sino la reacción institucionalizada, pero obviando esto indiquemos algunas de las características de esta prepotencia estatal.
Todo Estado requiere, inevitablemente, dar una apariencia de justicia y libertad, aun cuando no le llamen así expresamente y esto sea tildado de Estado de derecho, democracia o defensa de las instituciones. Detrás de estos conceptos intentan indicar que su actuar está basado en actos justos y en defensa de un concepto de la libertad bien peculiar.
Esto es fundamental en todo Estado: si las luchas por el poder político son inevitables, un Estado de carácter abiertamente despótico incrementa el nivel de la oposición, e incluso su convergencia en ciertas agendas en sus diferentes facciones, pese a las diferencias que la oposición pueda tener.
Así que, para evitar todo tipo de pretexto a sus rivales políticos el Estado debe mantener a toda costa una imagen de democracia, justicia, libertad y aún estado de bienestar. De ahí las constantes campañas publicitarias de todo Estado. Cualquier logro, por mínimo que sea, ni que sea el aplanado de una calle, debe ser motivo de publicidad de la bondad del Estado.
Aun aquellos que llegan al poder mediante las dictaduras más fuertes lo hacen haciendo llamados a la “justicia y la libertad”; desde luego, conceptos tan puros como estos en boca de los estatistas son totalmente distorsionados y prostituidos para indicar un concepto de la justicia que nada tiene que ver con la justicia para la clase trabajadora, inmensa mayoría siempre; mientras para el pueblo la justicia significa el derecho a vivir sin hambre, sin carencias, sin miseria, para el Estado el concepto solamente significa la justicia de sus instituciones que legislan en un mar de papeleo inútil y que solamente sirve de tapadera a las montañas de injusticias cometidas contra el pueblo; el concepto de libertad para el Estado indica algo muy distinto al sentido de la libertad económica y social para el pueblo, en la que esta libertad engendraría la ruptura de los grilletes económicos del capitalismo. Para el Estado este concepto no significa sino “libertad” para la clase dominante para explotar salvajemente a los trabajadores.
Estas palabras de “justicia y libertad” nada tienen que ver con la justicia y la libertad para los trabajadores y oprimidos del pueblo, pero les sirven para legitimarse.
Y sucede que llegados al poder con el apoyo de algunos que les creen se legitiman.
Llegados al poder del Estado ellos son los representantes de la justicia y la libertad, y todo reclamo del pueblo queda marginado. Puesto que ellos encarnan la justicia y la libertad, todos aquellos que protesten contra ellos son, en el imaginario político, lo contrario a la justicia y la libertad.
Aquellos que llegaran al poder hablando de injusticia, opresión y desigualdad crearían de manera inmediata la respuesta popular contra ellos, y es entonces en la aprobación popular donde obtienen su más firme reconocimiento y punto de apoyo para actuar.
Cuando la gente cree en sus instituciones, cuando les reclaman que “hagan su trabajo” no se hace sino legitimar al régimen contra el cual se lucha.
Efectivamente, el Estado se constituye en sus inicios como un régimen de apoyo a los despojos y saqueos. ¿Y es a esta institución estatal, originada para la injusticia a la que le solicitan justicia?
Cuando se solicita al Estado justicia se le legitima como la institución encargada de impartirla, le reconocemos como la justicia institucionalizada y por ello le sostenemos en el cargo de dar la justicia que, consideramos, solamente corresponde al pueblo realizar.
Cada aplauso al Estado, cada reclamo de justicia, cada solicitud de “mejores leyes” (como si alguna ley, cualquiera, fuese buena), cada solicitud de protección al Estado, son clavos en el ataúd de la justicia.
El Estado es precisamente lo contrario a la impartición de justicia: es el mayor sostén de la injusticia; el Estado es todo lo contrario a la libertad: es el mayor puntal para la impunidad, el saqueo, la desigualdad y el crimen; el Estado no es la encarnación de la equidad: es el mayor puntal de la desigualdad social. Otorga a unos cuantos toda la riqueza y la capacidad para usar y abusar de este privilegio.
Se entiende que en momentos de desesperación en algunos movimientos sociales el lenguaje sea difuso y se apele a las quejas sobre el actuar del Estado que actúa siempre de maneras injustas, pero ¿se puede acaso esperar algo bueno de quienes mantienen al pueblo en la miseria mientras los recursos van a parar a instituciones criminales e injustas? ¿es posible esperar algo de quien es precisamente el culpable de todas las desgracias populares? Me parece que no.
Mayor sería el problema si quien llegara al poder lo hiciera bajo tópicos populares. Entonces la oposición no solamente sería combatida, sino potencialmente aniquilada.
No olvidamos que en el año 2018 se pretendió postular a una mujer indígena para aparecer en las boletas electorales en México por parte de los zapatistas.
No discutiré la semántica de quienes defendieron ese hecho. No considero que haya nada qué defender en ese sentido.
Pero imaginemos por un momento que quien llegara al poder fuese una mujer indígena o de la clase obrera ¿cabría la más mínima queja sobre ese Estado? ¿Quién osaría ser oposición ante semejante espectro?
Todos aquellos y aquellas que se opusieran a semejante Estado serían inmediatamente juzgados de machistas y racistas ¿no es una mujer la que está en el poder? ¿quiénes podrían luchar contra una mujer cuando desde siempre se ha pensado en reivindicar a la mujer como un equivalente del hombre? ¿no sería una indígena quien estuviera en el Estado? ¿quién osaría luchar contra ese gobierno, cuando nuestros hermanos indígenas han sido siempre discriminados y asesinados?
Nos encontraríamos ante una dictadura tan feroz y absoluta que no admitiría protesta alguna, y quien lo hiciera, aún con justas razones, sería inmediatamente aplastado como entente de la reacción, el fascismo, el racismo, el machismo o la derecha más reaccionaria.
Ninguna voz sería tolerada, ninguna protesta permitida y todo el peso de las fuerzas armadas sería inmediatamente desplegada para aplastar toda protesta.
Lo vemos en Venezuela, donde toda disidencia es asimilada como proveniente de Estados Unidos; lo vemos en México, donde toda disidencia es equiparada al conservadurismo. Y ello a pesar de que quienes gobiernan en estos países no son sino políticos apenas revestidos de liberales, revolucionarios y demócratas. No queremos imaginar lo que suceda si es realmente una mujer o u hombres provenientes del pueblo y bajo las etiquetas de socialistas, feministas o indígenas tomase las riendas del Estado.
El Estado de derechas es detestable, fascista y represor. Pero el gobierno de la izquierda no sería en absoluto mejor.
Ambos forman parte del mismo aparato estatal que siempre ha mantenido sometido al pueblo trabajador. Ninguno es preferible al otro.
Un Estado en el que estuviera al frente un símbolo de la lucha social sería también opresivo contra el pueblo, y ello no por el carácter de la persona, sino por la tonalidad que su persona otorga al Estado: un Estado feminista, indígena u obrero (¡miren el ejemplo de la URSS!), incluso animalista, o ecologista sería otro grillete sujetando al pueblo.
¡Mucho cuidado compañeros y compañeras!
No se lucha, nunca se debe luchar para que un obrero, una indígena, una feminista o un ecologista esté al frente de ningún Estado.
Se lucha contra el Estado, esté una mujer, un hombre, una monja, un revolucionario o quien quiera que sea.
Se lucha contra el Estado porque, brazo defensor de los intereses del capitalismo, son la encarnación de la injusticia y la desigualdad.
Y en esta lucha, que no debe ser mínima sino trasladada a todos los rincones de nuestras vidas, es preciso dejar de solicitar mejores leyes, mejor comportamiento de los esclavistas del pueblo; es preciso hacerles el hueco a su entorno, sin esperar nada de ellos. De manera que nuestra distancia respecto del Estado genere una distancia cada vez mayor entre el pueblo y el Estado, creando con ello las condiciones precisas para que, reconociéndose como cosas aparte e incluso contrarias, la revolución social por la que luchamos sea una realidad.
Abandonar al Estado en todos los aspectos, y nombrarlo solamente para reconocerle como nuestro enemigo y no como una institución de la que esperemos algo, es un buen comienzo para derrotarle.
Poco nos interesa el carácter que tenga la demás oposición, aún los más liberales.
Nosotros no debemos ceder ante el espectro de una unidad con quienes nada tenemos en común cuando buscan tomar el poder político.
Nuestra oposición no es contra este o aquella forma de Estado, sino contra toda forma de Estado; no lo queremos ni siquiera para nosotros mismo, y ante todos, ante todos, seremos siempre oposición. El combate será largo, duro e ingrato, pero nosotros no somos una oposición para suplir ningún sitio. Somos la oposición real, la oposición de todo el juego gubernamental.
¡Manos a la obra!


Erick Benítez Martínez. Diciembre de 2020


“El campo de batalla del anarquismo, ínterin se espera la revolución social, tendría que ser la pluma, la palabra y el ejemplo […] Revolucionarios, meditad que la hora de nuestra emancipación tanto más tardará en sonar cuanto más tiempo permanezcamos en la ignorancia. Eduquémonos, instruyámonos, que el porvenir es nuestro”

José Llunas
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