La inutilidad del Estado para resolver las demandas sociales

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Santiago Salvador Franch
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La inutilidad del Estado para resolver las demandas sociales

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Las condiciones de precariedad en las que vive el pueblo en prácticamente cualquier parte del planeta son motivos para que, desde siempre, a lo largo de décadas y décadas, haya movilizaciones y reclamos a los Estados respectivos de cada país.
Esto es totalmente normal: jamás gobierno alguno ha logrado ni logrará jamás dar satisfacción a las necesidades de las masas trabajadoras, y ello por su misma condición de gobierno, despegado siempre de las formas de vida del pueblo, al que desconoce totalmente y del que no se ocupa más que para apretar más el cuello de los trabajadores.
Pero en estas condiciones de reclamos al Estado sucede que siempre hay quienes piensan que, solicitando mayores penas, leyes nuevas, más atención a las demandas sociales, mejorarán las cosas.
No importa en qué país estés leyendo esto. ¿Te das cuenta que cuando detienen a alguien que infringe la ley, pero es un político, un cantante, alguien de dinero, un narcotraficante o una alta empresaria, su pena en la cárcel es mínima, y a veces ni siquiera pisa la cárcel? ¿has visto que cuando permanecen en la cárcel unas semanas o meses siempre es con todas las comodidades que los demás presos no tienen, que es por muy corto tiempo aun cuando se trate de robos millonarios, muertes o desvíos de millonadas? ¿has visto también que hay mucha gente que pena años y años en la cárcel por haber robado algo para comer, por delitos menores y a veces hasta por cosas totalmente absurdas?
Esto tiene una explicación, pero para ello hemos de entender la propia naturaleza del Estado para comprender el porqué de sus acciones. Así es que debemos preguntarnos ¿cómo nace el Estado?
En realidad, no es tan viejo como se piensa.
Puesto que nos enseñado que siempre ha habido y habrá Estado, se tiende a pensar que el Estado es algo que siempre ha existido, prácticamente desde los inicios de la humanidad, pero no es así.
El homo sapiens, especie a la que pertenecemos los humanos actuales, se estima que tiene una antigüedad de 315,000 años. De estos 315,000 años, el Estado como tal data de poco más o menos de 5,000 años (a.c.) (1).
Sucedía antes de esa época que los grupos de la población eran nómadas, sin lugar de residencia fija, en búsqueda siempre de alimento de un sitio a otro, y cuando aparecía alguien intentando dominar a la población ésta simplemente se iba a otro sitio dejando a los aspirantes a gobernantes en la nada.
El crecimiento de estas poblaciones los obligó a establecerse (vida sedentaria) para poder cultivar alimento (nacimiento de la agricultura) y criar animales para consumo, y fue aquí que llegaron jefes guerreros, chamanes y propietarios a apoderarse de la población. Al ya no poderse desplazar a otros sitios como antes se hacía debido a su crecimiento, a las poblaciones no les quedó de otra que soportar la nueva situación.
Entonces unos cuantos dijeron “estas tierras son mías, y no de ustedes”, y aunque hubo resistencias a tales aspiraciones, lo cierto es que la población fue sometida mediante el asesinato y la tortura.
El robo de las tierras, de los animales, de las cosechas e incluso de las mujeres (tenidas como objetos) se hizo norma. Los aspirantes a propietarios tomaron las tierras, los curas se dedicaron a adormecer a las poblaciones con sus teorías religiosas, y los guerreros, aparte de tener su parte en la tajada de los saqueos, sirvieron de fuerza armada a los que entonces se erigieron en señores y amos de las poblaciones.
Pero este saqueo, estas matanzas, estos robos, generaban rencor en las poblaciones, ganas de obtener revancha. Para evitarlo, para asegurar el latrocinio, los señores tuvieron necesidad de crear instituciones encargadas de asegurar la esclavitud a la que habían sometido a las poblaciones y asegurar al mismo tiempo los privilegios que habían obtenido.
En otras poblaciones se hizo algo similar: se apoderaron unos cuantos criminales de las tierras, cosechas, personas, y, como el poder político y económico son centralizadores por naturaleza, comenzó a querer conquistar otras poblaciones. Para defenderse y para atacar, se constituyen instituciones estatales.
El Estado, pues, se crea con dos propósitos: uno guerrero, para evitar ser conquistado por otros regímenes vecinos o para conquistarlos; otro para mantener asegurado lo conquistado en la propia población, protegiendo así a los ricos de la ira de los entonces pobres o, por mejor decir, despojados, asesinados y brutalizados.
Entonces hace aparición el Estado, y con él las llamadas ciudades-Estado.
Pero, téngase en cuenta y que no se olvide jamás: el Estado nació como una necesidad de los asesinos, ladrones y criminales para asegurar el fruto de sus crímenes. Tanto de la propia población a la que esclavizó como de agresiones externas.
Los guerreros se transformaron en fuerzas armadas disciplinadas y formales; los chamanes se transformaron en religiones oficiales; los criminales y asesinos se convirtieron en propietarios, y el Estado se creó para su exclusiva protección.
Aunque brutal y bárbaro en sus inicios, el Estado se fue envolviendo en una máscara de libertad y justicia. Habiendo nacido para la protección de asesinos, ladrones y criminales, entendió que debía quitarse ese lastre de su imagen y optar por fingir sentimientos de justicia que fueron (y son) siempre aspiraciones de los despojados y sobrevivientes de los asesinados a los que habían robado todo.
Del Estado brutal y criminal se dio paso a distintas formas de gobierno.
Generaciones enteras en las que se hizo creer a los descendientes de los asesinados y robados que el Estado existía para mantener el orden y la justicia, evitando que unos se mataran a otros; que el patrón que daba un poco de comida a sus esclavos era bueno porque los alimentaba; que su desobediencia iba a hacer enojar a los dioses que los crearon; que es imposible vivir sin religión, sin Estado y sin patrones, porque ello sería el caos y la muerte.

“Convencer a los hombres de que esta autoridad es necesaria, es cuestión de vida o muerte para el Estado, porque si los hombres dudaran de la necesidad de fortalecer los principios morales por medio de la férrea mano de la autoridad, pronto perderían la fe en la alta misión de sus gobernantes” (2)

Miles de años de adoctrinamiento en esas mentiras lograron que las generaciones venideras vieran siempre la esclavitud como algo natural, como el ave a la que se abre la jaula y no se va por temor a lo que pueda sucederle y que prefiere lo reducido pero conocido de la jaula a lo amplio y desconocido de los cielos.
Hubo, sin embargo, fuertes resistencias a esa esclavitud. No fue tan sencillo someter a los pueblos.
El siglo XVI fue testigo aún de fuertes levantamientos contra los Estados en Europa. Kropotkin en su libro “El Estado” nos ha brindado un brillante relato de estas resistencias, siendo los anabaptistas unos de los más interesantes.
Con la llegada de la revolución industrial, a finales del siglo XVII y hasta el siglo XIX las revoluciones se sucedieron unas a otras.
La revolución francesa aspiró a dar dignidad a los siempre esclavizados, pero sus ideales se vieron truncados y las aspiraciones de libertad, igualdad y fraternidad no fueron entonces otra cosa que gobiernos más “buenos” para con sus esclavos; las revoluciones de 1848, la Comuna de 1871 en el siglo XIX, no estaban exentas de considerar al Estado necesario (3). Posteriormente la revolución mexicana cometió el error de darse un nuevo gobierno; la revolución rusa de 1917 soportó también otro gobierno disfrazado de revolucionario, y la revolución de 1936 cayó desde sus inicios en la conflagración de las naciones del mundo para evitar su liberación como pretendían los anarquistas, que pese a tener las cosas tan difíciles dieron al mundo el ejemplo más grande de una vida sin Estado en las comunas de Aragón (4).
Excepción hecha por la filosofía anarquista, todas las demás ramas sociales siguen considerando al Estado como institución esencial en la vida de los pueblos.
¿Cabe mayor ridículo?
Una institución creada para la protección de robos, crímenes y asesinatos de los pueblos, se le considera esencial para la vida… ¡de los mismos pueblos!
El Estado es consciente de que su papel es el de ser el guardián de los poderosos de hoy. Por ello basta que a un burgués se le pierda el gato para que se ponga todo un dispositivo de búsqueda a su servicio; por ello es que en todos los países los pobres pueden reventar de hambre y morir a montones y los gobiernos solamente dirán algún discurso de lamento y poco más.
El tiempo, que tan rápido hace que la gente olvide las cosas, enterrará las penas de los pueblos en el olvido.
Para ello tienen también montones de distractores: música alienante, TV, deportes, drogas, vicios en general, religión, etc.
Cuando la gente, algunos sectores, se acuerdan de que tienen dignidad y protestan de manera airada contra los abusos del Estado y los privilegios de unos cuantos, no tardan mucho en salir quienes dicen que “esas no son las formas de protestar”.
Herederos del adoctrinamiento de varias generaciones en las que se les enseñó a obedecer y jamás alzar la voz al amo, consideran que, a los asesinos del pueblo, a los que protegen a los grandes criminales, a los que nos matan de hambre, se les puede mendigar un poco de piedad para que no nos azoten tan duro.
Una carta petitoria, miles de firmas, manifestaciones agradables y ordenadas, denuncias en las instituciones del gobierno… contra el gobierno, son las formas que recomiendan para pedir justicia.
Al Estado, creado para protección del crimen y el robo hacia los pobres, le solicitan amablemente que los cuide de aquellos que crearon al Estado no para protección de los pobres, sino de los criminales. ¿Cabe mayor absurdo?
Se piden (estoy tentado por decir, se mendigan) leyes y más leyes al Estado. Leyes incluso de pena de muerte. Como si en aquellos sitios donde existe la pena de muerte esta hubiera logrado en algún momento minar aquello que se pretende castigar.
No advierten que el problema no consiste en solicitar más leyes, sino en abolirlas todas; no entra en su pensamiento racionalizar el que, pidiendo más leyes, no se hace más que reafirmar la creencia en el Estado, institución criminal a la que deberían combatir. No son conscientes de que solicitando más leyes hacen más fuerte a su enemigo en lugar de combatirlo.
Surge en ellos y ellas el temor cuando se les dice que se deben abolir las leyes (¿lo sintieron un par de líneas arriba?). Consideran que sin leyes vendría el caos, el desorden, la miseria, la matanza y la barbarie, pero no advierten que aquello a lo que temen es precisamente lo que ya están viviendo bajo el imperio de la ley, de las leyes y de más leyes.
Una cosa es que el Estado meta a la cárcel a algún pobre diablo para aparentar que hace algo y otra que él pueda ser impartidor de justicia; una cosa es que de vez en cuando otorgue pensiones, paro o seguridad social y otra que cuide de los pueblos: cuida de sus esclavos, a los que quieren sanos para que puedan producir y consumir para sus amos los capitalistas; una cosa es que de vez en cuando hagan alguna obra pública y otra que se interese por la gente: se interesa porque sus esclavos puedan seguir produciendo. ¡El ganadero también cuida de sus animales para poderlos destazar después!
El Estado no solamente es una inutilidad para resolver los problemas sociales, cosa que está a la vista de todos. El Estado es inútil para conseguir cualquier mejora básicamente porque no entra en sus propósitos dar libertad, ni justicia ni equidad a los pueblos. Su misma existencia constituye la negación de toda libertad, de toda justicia, de toda equidad.
Efectivamente ¿cómo podría haber justicia en dominar a los demás, en gobernarlos, valga decir, en someterlos?
Y esto no se circunscribe únicamente para las instituciones del Estado, sino también para quienes las personas que las administran: acostumbrados a vivir en la holganza y el saqueo de las arcas públicas, no tienen la menor intención de que semejantes condiciones cambien porque, si en algún momento las condiciones del pueblo mejoraran y existiera justicia, libertad y equidad ¿para qué iban a ser necesarios todos esos burócratas? En ese momento deberían, por primera vez en su vida, ponerse a trabajar como hacen los demás.
Jamás serán los funcionarios del Estado elementos que puedan brindar justicia al pueblo. En la negación misma de la justicia tienen ellos y ellas los elementos que les da justificación a su existencia, y por ello lejos de brindar justicia se esfuerzan porque no la haya, o que la haya en muy reducidas cantidades.
El Estado creó a su entorno una nueva clase, la clase política, que vive gracias y por el Estado. Esta clase debe su existencia y privilegios al Estado, y por su mantenimiento dan todo. Se deben a él en cuerpo y alma, y no en modo alguno a las poblaciones.
Tenemos, pues, que el Estado, sus instituciones y personal administrativo, son elementos no solamente indiferentes a la justicia y la libertad, sino elementos contrarios a las mismas, por ser la negación de la justicia y la libertad los pilares sobre los que se crea el Estado, por los cuales se mantiene y alimenta, y de los cuales depende su existencia misma.
Toda petición de justicia y libertad al Estado será inútil, porque trastoca su existencia misma.
Pueden hacer caso a una persona cuando levante una demanda, cuando reclame un robo, cuando solicite una pensión. Cosas mínimas que el Estado realiza para justificar su existencia.
Pero cuando el pueblo reclame cosas sociales, exigencias de justicia social, cuestione o ponga en duda la eficacia del Estado y sus instituciones, o cuando se registren demandas y requerimientos a los grandes capitalistas y gobernantes, todo será chocar contra la pared.
Verán rostros humanos, pero en realidad hablarán con piedras sordas y ciegas a las peticiones de justicia.
Y es que esta inutilidad del Estado para satisfacer las demandas sociales no es un asunto de gustos, de tendencias, de que esté tal o cual persona en el poder o la administración. Se trata de su propia naturaleza, se trata de que está en sus genes ser indiferente a toda demanda benéfica al pueblo.
No hay identificación alguna entre esa maquinaria estatal de defensa de los capitalistas y el pueblo trabajador. Son dos polos antagónicos, y el uno vivirá solamente a costa de la muerte e incapacidad del otro.
Hasta el día de hoy el Estado triunfa, y el pueblo es sometido.
Hora es, ya, de que el pueblo se apreste a ser triunfador.


Erick Benítez Martínez. Abril del 2020.


Notas:

1.- Para más datos sobre esto consultar mi “Apuntes sobre el comunismo anarquista y otros textos”.
Kropotkin nos dice a su vez:

“Estado es una forma social que se ha desenvuelto del siglo XVI acá bajo la influencia de una serie de causas para cuyo examen remito al lector a mi ensayo El Estado. Su función histórica” (La ciencia moderna y el anarquismo, página 114. Ediciones La voz de la anarquía, México, 2020)

2.- La ciencia moderna y el anarquismo, página 62. Ediciones La voz de la anarquía, México, 2020.
3.- Sobre la Comuna de París conviene anotar que así como hubo anarquistas en la lucha y hay una perspectiva de descentralización y abolición del Estado, existe también la visión de un “Estado revolucionario”, con sus instituciones y policía. Así que el tema es complejo de desarrollar aquí y me vería en el caso de salirme del tema principal.
4.- Aunque comunas similares existieron en Ucrania durante 1919-1923 y en el norte de México en 1911, las comunas de Ucrania se vieron fuertemente afectadas por el acoso de blancos y bolcheviques por igual, lo que les obligaba a no poderse asentar en un sitio fijo; las comunas del norte de México fueron muy efímeras y rápidamente aplastadas.


“El campo de batalla del anarquismo, ínterin se espera la revolución social, tendría que ser la pluma, la palabra y el ejemplo […] Revolucionarios, meditad que la hora de nuestra emancipación tanto más tardará en sonar cuanto más tiempo permanezcamos en la ignorancia. Eduquémonos, instruyámonos, que el porvenir es nuestro”

José Llunas
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