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Reflexiones sobre el colectivismo y el comunismo. El anarquismo sin adjetivos
#1
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[Imagen: anarchism-is-for-everyone2.jpg]

 
Nada de comunismo, ni de colectivismo,
ni de individualismo, si por cualquiera de
estos apelativos había de sobreentenderse
un sistema exclusivo de convivencia económica o social
 
Eleuterio Quintanilla (1)
 
El anarquismo se compone de algunos puntos nodales en su estructura.
Si bien existen diferentes maneras de entender el anarquismo que van desde el individualismo hasta el comunismo anarquista, algunas partes del anarquismo son perfectamente identificables y definibles, de las cuales podemos enumerar las siguientes:
 
1.- Aspecto económico. Es la parte que brinda la manera de organizar la sociedad desde el anarquismo en el aspecto de la producción y distribución de los productos.
2.- Aspecto político. Es la parte en la que el anarquismo propugna la abolición de las leyes e instituciones que ahogan la libertad del pueblo en aras de los privilegios de un puñado de capitalistas bajo el pretexto de organizar la sociedad y brindar protección al pueblo.
3.- Aspecto social. Es la manera en que el anarquismo propugna no solamente la cuestión relativa a la equidad entre las personas sin importar género sexual, procedencia, color de piel, etc., sino también la situación revolucionaria que ha traer la sociedad anarquista: la revolución más que ser política ha de ser social, ha de ir a los fundamentos mismos de la sociedad para transformarlos.
Este aspecto es fundamental en el anarquismo ya que si bien la revolución que se propone contiene elementos políticos (negadores de toda forma de códigos y Estados), es ante todo social. El anarquismo no busca una revolución política o meramente económica que deje en pie los pilares de la desigualdad social (piénsese en la revolución secuestrada por el bolchevismo en 1917), sino una revolución específicamente social transformadora de la sociedad completa.
4.- Aspecto religioso. Si bien los anarquistas son por excelencia ateos, es este ateísmo por sí mismo una postura respecto de la religión.
 
Ahora bien, si hasta aquí estamos de acuerdo, hemos de poner la lupa sobre la historia del anarquismo y ver la evolución en las diferentes formas económicas que ha tenido: al mutualismo de Proudhon le sustituyó el colectivismo de Bakunin; a este le sustituyó en preferencia el comunismo anarquista difundido primeramente por Malatesta y Cafiero (1876) y posteriormente por Kropotkin (1879) por mencionar solamente las formas económicas  más significativas dentro del anarquismo.
Grande fue el debate en torno a la transición entre el colectivismo y el comunismo anarquista. Malatesta, Cafiero y Kropotkin cimentaron una escuela del comunismo anarquista que bien pronto se esparció por todo el mundo.
Pero hasta entonces la escuela del colectivismo bakuninista primaba en prácticamente el movimiento anarquista mundial, y durante los primeros debates la palabra comunista se usaba por los anarco-colectivistas hasta como insulto a quienes comenzaban a introducir las ideas anarco-comunistas (2). Por su parte los comunistas anarquistas no se medían tampoco en los debates y lanzaron varios ataques furiosos a los defensores del colectivismo anarquista en el periodo más álgido de los debates (3).
En este debate, aparte de las grandes figuras de Malatesta y Kropotkin, se sumó el más grande historiador del anarquismo: Max Nettlau. Hizo este algunos textos en contra del colectivismo, y por su parte Ricardo Mella abundó brillantemente en contra del comunismo en el anarquismo (4), siendo prácticamente el último en defender el colectivismo anarquista.
Otras personalidades como Francisco Tomás y José Llunas defendían también férreamente el colectivismo rechazando de manera firme la introducción del comunismo en el anarquismo.
Cierto es que tras la resistencia al comunismo libertario por los colectivistas se hallaba el fantasma de las maquinaciones de Karl Marx y se defendían contra estas ideas los anarquistas pensando que tras la idea de anarco-comunismo se hallaba la infiltración marxista; pero no es menos cierto que las críticas entonces lanzadas al comunismo eran bastante interesantes y dignas de crítica no solo al marxismo (ya con bastantes críticas encima), sino al comunismo como concepto económico.
Finalmente el cubano radicado en España, Fernando Tárrida del Marmol, vino a zanjar el asunto en su mayoría con su propuesta de anarquismo sin adjetivos.
Básicamente la síntesis de Tárrida del Marmol apuntaba a que estas discusiones eran del todo absurdas: el colectivismo o el comunismo no son más que propuestas económicas pensadas para el aquí y ahora, pero de ninguna manera una formulación para el porvenir.
El comunismo libertario no es, pues, un programa definitivo y una bandera a tomar para el presente y el futuro.
Jugar a ser profetas jamás será algo digno de ser tomado en serio.
Los medios de producción avanzan vertiginosamente, y siendo la economía un punto neurálgico de las formas de organización del trabajo y de distribución de productos, es absurdo definir desde ahora mismo una forma económica que no sabemos si en el futuro ha de ser caduca e inservible habiendo otras formas organizativas sin Estado que brinden mejores posibilidades de organización y justicia para el pueblo.
Y es que al margen de lo justo de esta proposición están también las críticas que se podrían formular con toda justicia tanto al colectivismo como al comunismo anarquista.
Me referiré únicamente al colectivismo y al comunismo anarquistas, dejando de lado por el momento los comentarios al mutualismo, sistema que, aunque en la actualidad no sea de mucha preferencia, es bastante digno de analizar.
El colectivismo reconoce la virtud y el esfuerzo del trabajador al dar a este el usufructo de los medios de producción y el producto de su trabajo. Siguiendo los planteamientos proudhonianos (aunque formulados por Bakunin) los productos se cambian por productos creando así una red de reciprocidad entre todos los componentes.
El acicate de trabajar a cambio de tener derecho a consumir de acuerdo a su capacidad genera en el individuo la virtud y el esfuerzo en vistas de una forma de vida buena sin más necesidad que la de trabajar.
El sistema es bastante simple: los medios de producción son usufructuados, pero el producto del trabajo corresponde a quien lo genera, cambiando este su producto por los productos de los demás.
Así, el bienestar no es fruto de la nada ni se piensa románticamente que éste viene inevitablemente: el trabajador lo produce mediante su esfuerzo e ingenio.
Los que anteriormente ejercían trabajos de policías, curas, ministros o simplemente burgueses, no tendrán absolutamente nada si no trabajan realizando algo productivo para la sociedad.
El parasitismo queda así eliminado, la propiedad se convierte en posesión (¿no se nota aquí el halo proudhoniano acaso?), el trabajador tiene cubiertas sus necesidades a cambio de trabajar y contribuir al mejoramiento de la sociedad.
Pide además el colectivismo (5) el derecho del trabajador a donar sus productos a la comunidad o conservarlos. El derecho, nada más que el derecho a decidir el trabajador por sí mismo si su producto es común o lo conserva.
Este derecho inobjetable hace un puente (me parece verlo) entre el colectivismo y el comunismo anarquista donde los productos son de propiedad común.
Hasta aquí el colectivismo es aceptable.
Pero tiene sus partes injustas también, porque en esta forma de organización económica, cuya fórmula es “a cada uno según su trabajo” quedan relegadas las personas que por discapacidades, enfermedades o edad avanzada no puedan trabajar.
Porque si aquella frase de “la tierra es de quien la trabaja” aplica a algún sistema económico es precisamente al colectivismo: solo el que trabaje podrá comer.
Si la tierra, y podríamos ampliar el concepto a los medios de producción en general, no son de quienes los trabajan hay injusticia. El que trabaja es dueño o por mejor decir usufructuario (en el caso del colectivismo) de la tierra o los medios de producción, y por lo tanto tiene derecho al producto del trabajo.
Dentro del colectivismo podemos entonces afirmar la frase “la tierra es de quien la trabaja”.
Puede este concepto ser bastante válido a la hora al espetar en la cara de los burgueses su holgazanería y sus lujos, pero es completamente injusta al ser aplicada al enfermo, al anciano o al niño que no tienen la capacidad para laborar.
El colectivismo conserva de esta manera cierta parte de la propiedad privada si bien en manera de usufructo; pero este derecho usufructuario no sería más que para quienes estuvieran en condiciones de trabajar. Es totalmente injusto hacia quienes se vean incapacitados de trabajar y atenta de esta manera contra el apoyo mutuo y la solidaridad, puntos vitales del anarquismo.
El colectivismo tiene, pues, puntos buenos y puntos malos.
Ahora bien, si el colectivismo tiene sus puntos buenos, el comunismo anarquista también: en este las personas discapacitadas, enfermos y niños (y en general quienes no puedan producir) tendrán el cobijo amoroso de la comunidad. Siendo todo de todos, no les faltará lo que en derecho les pertenece.
En este sistema económico los trabajadores no obtienen el producto de su trabajo pues, como ya se demostró en su momento durante los debates contra el colectivismo, no es posible determinar la parte que le corresponde al trabajador en un producto dado, ya que éste es fruto de una infinidad de colaboraciones. Por lo tanto el producto pertenece a la sociedad si bien lo ha generado el individuo.
Se reconoce sin embargo el derecho del individuo a trabajar por su cuenta, pero sin el apoyo de la comunidad más que a condición de colaborar con ella. El derecho de decisión del trabajador de dar su producto a la comunidad o conservarlo que pide el colectivismo no existe en esta forma económica. O existe, a condición de quedarse solo sin apoyo de la comunidad.
Esto es entendible dentro de la perspectiva del comunismo libertario pues, si tenemos en cuenta la imposibilidad de determinar el fruto del trabajo, es imposible dar a cada quien la cantidad de producto de trabajo que no se sabe cuál sea por ser indefinible (6).
Los medios de producción son de todos, no en calidad de usufructo, sino a título de propiedad de la sociedad entera.
Sin obtener el producto de su trabajo, el trabajador obtiene por su concurso en la producción el derecho pleno al disfrute del bienestar general y tiene asegurado el vestido, comida, calzado y vivienda.
No se produce para sí mismo, sino para la comunidad entera. El individuo tiene satisfechas sus necesidades y beneficia a la vez a la comunidad entera.
La justicia y el apoyo mutuo son, en este sistema cuya máxima es “a cada cual según su necesidad”, enaltecidos y fortalecidos por ser actos entre seres libres.
Pero si el colectivismo tiene sus lados flacos, el comunismo también.
Sobrada razón tenía Proudhon cuando nos hablaba del normamiento que existiría en una sociedad basada en la comunidad:
 
“El fuerte debe realizar el trabajo del débil, aunque ese deber sea puramente moral y no legal, de consejo y no de precepto; el diligente debe ejecutar la tarea del perezoso, aunque esto sea injusto; el hábil la del idiota, aunque resulte absurdo; el hombre, en fin, despojado de su yo, de su espontaneidad, de su genio, de sus afecciones, debe inclinarse humildemente ante la majestad y la inflexibilidad de la comuna” (7)
 
Efectivamente, en el comunismo la igualdad mata la virtud. El holgazán, el que busca vivir en el placer o en el mínimo de trabajo, podría con todo descaro calificarse como poco hábil, débil u otra justificación para que los demás trabajen por él.
El comunismo exige que el individuo de según sus capacidades, pero ¿cómo determinar la capacidad de cada quien si no es en base al autojuicio de sí mismo? Y en este autojuicio no faltará quien diga que su capacidad no da para mucho aunque sea mentira.
No es un punto en contra del anarquismo, ya que trata este texto de no casar al anarquismo con un concepto económico, colectivismo o comunismo, sino algo para reflexionar: miles de años de depravación social no será borrados de un plumazo por una revolución, aún la más radical que podamos imaginarnos. Y en esa depravación social no faltarán el perezoso, el gandalla, el que debido a su poca o nula formación haya caído en la depravación social buscando siempre sacar tajada de la situación.
¡Y que la justicia nos libre de una autoridad, un Estado o una personalidad que en nombre de reparar estos fallos nos pretenda imponer su autoridad, porque nos asquea el Estado republicano o la monarquía tanto como el marxismo y su dictadura del proletariado!
No sería ni de lejos una solución: la dictadura y el gubernamentalismo dan peores problemas que los que estamos viendo ahora.
En estos casos la educación será la cura del mal, el ejemplo y la coacción moral de la que nos hablaba Ricardo Mella ayudarán a combatir estos males. Pero esto no será de un día para otro, y eso habremos de tenerlo muy en cuenta.
Ahora bien, para lidiar con esta gente sería muy fácil echarlos de la comunidad, pero habrá quienes sin negarse a trabajar hagan todo lo posible por hacer lo menos cansado.
¿Qué trabajar es una actividad sana necesaria para el cuerpo como ejercicio para la salud personal?
Error: los burgueses tienen la gimnasia, por ejemplo, para ejercitarse sin producir absolutamente nada benéfico.
Para hacer que esta gente trabaje solamente quedaría un acto: determinar acciones necesarias (valga decir obligatorias para quienes se empeñen en holgazanear) para hacer que todos trabajen en algo productivo, y todo ello en pro de la comunidad. Estas actividades para las cuales todos deberán colaborar, no serán más que una imposición creada por las necesidades y no por persona alguna, pero el dilema estará cuando alguien no lo vea así (y esperemos que sean los menos posibles) y la comunidad deba imponerse o echar al antisocial.
Habrá quienes entiendan la bondad de aportar a lo común, pero habrá quienes no, e incluso quienes quieran hacerlo, pero lo mínimo posible. Aquí la comunidad habrá de pesar sobre el individuo, y estaremos ya en un dilema.
Aún existirá otro tipo de personas y de las cuales, en virtud de no extender demasiado este texto, no nos ocuparemos de ellas. Son aquellas personas que conociendo o no el colectivismo anarquista quieran conservar el producto de su trabajo o, como mínimo, tener el derecho a decidir sobre ello.
Estas dificultades (exceptuando al último ejemplo) no son inherentes al ser humano. Son efectos de la organización social bajo el Estado y el capital, cuyas principales virtudes son las de arrojar al campo de batalla a unos contra otros por el mendrugo de pan.
Esto degenera el buen sentido de la cooperación y la solidaridad, y ello deberá ser eliminado solamente con la educación y el ejemplo propio. Pero olvidémonos de que estas depravaciones sociales puedan ser eliminadas de un día para otro y que el comunismo anarquista habrá de funcionar perfectamente sin dificultades desde el primer día. Aún en plena sociedad anarquista el trabajo de educación y fomento de una moral humana, justicia social y entendimiento de la libertad y la necesidad de la cooperación habrán de ser vitales. Las depravaciones sociales deberán siempre ser combatidas para evitar que florezcan de nuevo. El ser humano no es perfecto, ni la sociedad que propugnamos lo sería por la simple y sencilla razón de que eso es imposible.
El mismo Kropotkin nos decía:
 
“A medida que la servidumbre vaya desapareciendo, volveremos a posesionarnos de nuestros derechos; sentiremos la necesidad de odiar y de amar” (8)
 
Obviamos al lector la ineficacia de una dictadura, como opinan los marxistas, para obligar a quienes no deseen colaborar con la comunidad: la historia demuestra que lejos de remediar el mal generan el estraperlo, la especulación, los privilegios, la burocracia y el despotismo contra los cuales se habrá luchado.
Para estos dilemas en una sociedad anarco-comunista solo existe un remedio: el ejemplo, la educación y lo que como indicábamos antes, Ricardo Mella nos brindaba hace años la manera de resolver el nudo gordiano en este aspecto: la coacción moral del organismo social podría ser una herramienta útil para solucionar estos problemas, pero ha de ser también un asunto que ha de resolverse en el momento y no profetizado desde ahora. ¿Quién podría adivinar el nivel de relaciones sociales malas o buenísimas que haya cuando estalle la revolución? Es evidente que nadie.
Las sociedades tienen periodos de brillantes relaciones, de relaciones enfermizas y de relaciones hostiles que dependen de mil factores que no pueden ser adivinados desde ahora para cuando estalle la revolución social que ha de implantar la sociedad libre por la que lucha el anarquismo.
Todo lo anterior dicho de bueno y malo sobre el colectivismo y el comunismo sólo nos puede llevar a una resolución: nosotros podemos pensar la sociedad anarquista en el aquí y ahora, pero es totalmente absurdo tomar a cualquiera de ambos conceptos económicos como bandera definitiva y punto inevitable al cual debemos dirigirnos.
El comunismo en el anarquismo no es más que una forma económica (9) más propuesta por el anarquismo, con sus aciertos y sus errores.
El anarquismo es una serie de conceptos económicos, políticos y sociales bastante grandes como para ser encerrados de manera definitiva en un concepto económico.
 
“Larga y penosa fue la lucha intestina entre los partidarios del anarquismo colectivista y el comunista; al final predominó el anarquismo comunista como la fórmula ideal de la perfección. Ahora, a la distancia, deploramos aquel derroche de pasión y combatividad; ahora comprendemos mejor que los que nos antecedieron que se limitaba así el anarquismo a una concepción, a un sistema y que, si pudo ganar algunos prosélitos, perdía mucho de su esencia con la limitación de un paraíso inobjetable” (10)
 
Somos anarquistas, enemigos del Estado, la autoridad, el clero y las injusticias, y punto.
Corresponderá a la generación que viva la revolución social determinar si esta ha de ser mutualista, individualista, colectivista, comunista o cualquier otra forma de organización en la que el Estado no exista y donde la comunidad y el individuo no se vean ni perdidos en la multitud ni sometido a unos cuantos, sino donde prime la libertad y la justicia más amplia.
Sí, por ahora y si se nos preguntara, diríamos que el comunismo anarquista brinda las mejores perspectivas organizativas; pero perspectiva después de todo, nunca un programa inamovible e inatacable que propugnemos desde ahora y para siempre, ni algo que nos haga cerrarnos a otras formas de organización económica que no reviva al Estado ni a la explotación del hombre sobre el hombre que sin duda alguna haría resurgir al Estado.
Si la explicación exigiera mayores detalles, habremos de decir bien alto que somos anarquistas sin adjetivos.
 
 
Erick Benítez Martínez. Junio de 2017
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Notas:
 
1.- Ver Álvarez Ramón (1973) Eleuterio Quintanilla (vida y obra del maestro). Contribución a la historia del sindicalismo revolucionario en Asturias, México: Editores Mexicanos Unidos. p.p. 332.
2.- Véanse los debates sumamente interesantes relatados por José Álvarez Junco (1976) en su libro La ideología política del anarquismo español, España: Siglo XXI editores. p.p. 359 y siguientes.
Si hablo sobre el contexto español es porque en este país se dieron más abundantemente los debates que en otros países y, sobre todo, por la virulencia que llegaron a tener en cierto momento.
3.- Ídem.
4.- Véase su trabajo Diferencias entre comunismo y colectivismo presentado en el Primer Certamen Socialista de 1885. Uno de los mejor argumentados textos contra la idea de anarco-comunismo hechos por un anarquista.
5.- Véanse las brillantes disertaciones de Ricardo Mella en defensa del colectivismo.
6.- Piotr Kropotkin abundó en este asunto en su libro La conquista del pan y a ello recomendamos al lector para no abundar más en el tema.
7.- Proudhon Pierre Joseph (2002) ¿Qué es la propiedad?, España: Ediciones Folio. p.p. 210
8.- Piotr Kropotkin (2003). La moral anarquista, España: Los libros de la catarata. p.p. 124. Edición de Frank Mintz.
9.- Se entiende que lo económico deriva en lo social, en lo político y hasta en lo religioso, pero es en esencia siempre económico el efecto que suerte.
10.- Diego Abad de Santillán. Prólogo a El anarquismo, los estudiantes y la violencia de Fidel Miró (1977): México: Editores mexicanos unidos. p.p. 13. 





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