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[Imagen: 650845.jpg]

La palabra ANARQUÍA viene del griego y está compuesta de la partícula privativa a y de arquía, mando, poder, autoridad. Etimológicamente, pues, lapalabra ANARQUÍA, que debería escribirse an-arquía, significa estado de un pueblo, o dicho con más exactitud, de un medio social sin gobierno.
Como ideal social y como realización efectiva, ANARQUÍA quiere decir una manera de vivir en la cual el individuo, desembarazado de toda coacción legal y colectiva que tenga a su servicio una fuerza pública no tendrá otras obligaciones que las que le imponga su propia conciencia. Poseerá, por tanto, la facultad de entregarse a las inspiraciones reflexivas de su iniciativa personal; gozará del derecho de intentar todas las experiencias que le parezcan deseables o fecundas; aceptará libremente todos los contratos que le liguen a sus semejantes, siempre de carácter temporal y revocable; y no queriendo hacer sufrir la autoridad de otro, sea quien sea. Así, dueño soberano de sí mismo, de la dirección que dé a su vida, de la utilización que haga de sus facultades, de sus conocimientos, de su actividad productora, de sus relaciones de simpatía, de amistad y de amor, el individuo organizará su existencia como mejor le parezca: desenvolviéndose en todos los sentidos a su manera, gozando, en todo, de su plena y entera libertad, sin más límites que los señalados por la libertad, plena y entera también, de los demás individuos.
Esta manera de vivir implica un régimen social del que está desterrada, de hecho y de derecho, toda idea de salario y asalariado, de capitalista y proletario, de amo y servidor, de gobernante y gobernado.
Se explica que, definida así la palabra ANARQUÍA, haya sido, con el tiempo, insidiosamente desviada de su significación exacta; que haya sido tomada en el sentido de “desorden”, y que en la mayoría de los diccionarios y enciclopedias sólo se mencione esa acepción: desorden, y sus sinónimos: caos, trastorno, confusión, etcétera.
Exceptuando a los anarquistas, todos los filósofos, moralistas y sociólogos, incluso los teóricos de la democracia y los doctrinarios del socialismo, afirman que sin gobierno, sin legislación, sin una fuerza represiva que asegure el respeto a la ley y castigue toda infracción de ésta, no hay, no puede haber más que desorden y criminalidad.
Ahora bien; ¿es que no se dan cuenta, moralistas y filósofos, estadistas y sociólogos, del espantoso desorden que, a pesar de la autoridad que gobierna y de la ley que reprime, reina en todas partes? ¿Tan ayunos están de sentido crítico y de espíritu de observación que no advierten que, cuanto más aumenta la reglamentación, y más se estrechan las mallas de la legislación, y más se extiende el campo de la represión, en mayor grado se multiplican la inmoralidad, la abyección, los delitos y los crímenes?
Es imposible que esos teóricos del “Orden” y esos profesores de “Moral” confundan seria y honradamente lo que ellos llaman “Orden” con las atrocidades, los horrores y las monstruosidades cuyo indignante espectáculo pone ante nuestros ojos la observación diaria.
Y, si hay grados en lo imposible, mayor es aún la imposibilidad de que esos sabios doctores acudan a la virtud de la Autoridad y a la fuerza de la Ley para atenuar y hacer desaparecer a fortiori todas aquellas infamias.
Semejante pretensión sería pura demencia.
La ley tiene un solo objetivo: justificar primero y sancionar después todas las usurpaciones e iniquidades sobre las cuales se asienta lo que los beneficiarios de esas iniquidades y usurpaciones llaman “orden social”. Los detentadores de la riqueza han cristalizado en la ley la legitimidad original de su forma; los detentadores del Poder han elevado a la categoría de principio inmutable y sagrado el respeto debido por las muchedumbres a los privilegiados, al Poder y a la majestad con que se aureolan. Se puede examinar hasta el fondo el conjunto de esos monumentos de hipocresía y de violencia que son los Códigos, todos los Códigos: no se hallará una disposición que no esté en favor de estos dos hechos de orden histórico y circunstancial que se pretende convertir en hechos de orden natural y fatal: la Propiedad y la Autoridad. Cedo a los hipócritas oficiales y a los profesionales del charlatanismo burgués todo lo que en la legislación se refiere a la “Moral”, ya que ésta no es, ni puede ser, en un estado social basado en la Autoridad y en la Propiedad, más que la humilde servidora y la desvergonzada cómplice de aquélla y de ésta.
A propósito de la palabra ANARQUÍA, tomada en el sentido de desorden, nos parece conveniente transcribir estas magníficas palabras de Kropotkin:
«“¿De qué orden se trata? ¿Es de la armonía con que soñamos los anarquistas? ¿De la armonía que se establecerá libremente en las relaciones humanas cuando la humanidad deje de estar dividida en dos clases, una de las cuales es sacrificada en provecho de la otra? ¿De la armonía que surgirá espontáneamente de la solidaridad de intereses, cuando todos los hombres formen una sola familia, cuando cada uno trabaje para el bienestar de todos y todos para el bienestar de cada uno? ¡Claro que no! Los que tachan a laANARQUÍA de ser la negación del Orden, no hablan de esta armonía de porvenir; hablan del orden tal como se le concibe en nuestra sociedad actual.
Veamos, pues, lo que es ese “Orden” que la ANARQUÍA quiere destruir.
“El Orden de ahora, lo que se entiende por “Orden”, es que las nueve décimas partes de la humanidad trabajen para procurar el lujo, los goces y la satisfacción de las pasiones más execrables a un puñado de haraganes. El Orden de la privación, para esas nueve décimas partes, de todo lo que es condición necesaria para una vida higiénica, para un desenvolvimiento racional de las cualidades intelectuales. Reducir a nueve décimas partes de la humanidad a vivir al día, como bestias de carga, sin poder atreverse a pensar jamás en los goces suministrados al hombre por el estudio de las ciencias, por la creación artística: ¡he ahí “el Orden”!”
“El Orden es la miseria, el hambre convertida en estado normal de la sociedad. Es el campesino irlandés muriendo de hambre; es el pueblo de Italia reducido a tener que abandonar su campiña lujuriante para vagar a través de Europa en busca de un túnel cualquiera que perforar, en donde correrá el peligro de morir aplastado, tras haber subsistido unos meses más; es la tierra arrebatada al campesino para dedicarla a la cría de ganado o de caza, que servirá de alimento a los ricos; es la tierra dejada sin cultivar antes de restituirla al que no pide otra cosa que cultivarla”.
“El Orden es la mujer que se vende para sustentar a sus hijos; es el niño reducido a estar encerrado en una fábrica o a morir de inanición; es el fantasma del obrero rebelde ante las puertas del rico, el fantasma del pueblo sublevado ante las puertas de los gobernantes”.
“El Orden es una minoría ínfima elevada a los sitiales gubernamentales, que se impone, por esta razón, a la mayoría, y que adiestra a sus hijos para ejercer más tarde las mismas funciones, a fin de mantener los mismos privilegios por la astucia, la corrupción, la fuerza y la matanza”.
“El Orden es la guerra continua de hombre a hombre, de oficio a oficio, de clase a clase, de nación a nación; es el cañón que no cesa de retumbar; es la devastación de las campiñas, el sacrificio de generaciones enteras sobre los campos de batalla, la destrucción en una año de las riquezas acumuladas durante siglos de rudo trabajo”.
“El Orden es la servidumbre, el encadenamiento del pensamiento, el envilecimiento de la raza humana, sometida por el hierro y por el látigo; es la muerte repentina por el grisú, la muerte lenta por el hundimiento, que hace perecer todos los años, enterrados y destrozados, a millares de mineros, víctimas de la avaricia de los patronos; es la persecución, bayoneta en ristre, de los que se atreven a quejarse. ¡He ahí el Orden!”».
Y para dar mayor fuerza a su pensamiento, Kropotkin continúa en estos términos:
«”Y el desorden, lo que suelen llamar desorden, es el levantamiento del pueblo contra ese orden innoble, rompiendo sus cadenas, destruyendo sus trabas y yendo hacia un porvenir mejor; es lo más glorioso que la humanidad tiene en su historia; es la rebelión del pensamiento en la víspera de las revoluciones; es el derrocamiento de las hipótesis sancionadas por la inmovilidad de los siglos precedentes; es la aparición de todo un raudal de ideas nuevas, de invenciones audaces; es la solución de los problemas de la ciencia”.
“El desorden es la abolición de la esclavitud antigua; es la insurrección de los municipios, la abolición de la servidumbre feudal, las tentativas de abolición de la servidumbre económica”.
“El desorden es la insurrección de los campesinos sublevados contra los curas y los señores, quemando los castillos para dejar sitio a las cabañas, saliendo de sus guaridas para ocupar un sitio al sol”.
“El desorden, lo que llaman el desorden, son las épocas durante las cuales generaciones enteras soportan una lucha incesante y se sacrifican para preparar a la humanidad una existencia mejor, librándola de las servidumbres del pasado. Son las épocas durante las cuales el genio popular cobra su libre desarrollo y da, en pocos años, pasos gigantescos, sin los cuales el hombre permanecería en el estado de esclavo antiguo, de ser rastrero, de animal envilecido en la miseria”.
“El desorden es el nacimiento de las más bellas pasiones y de las mayores abnegaciones; es la epopeya del supremo amor a la humanidad”».

ORDEN Y ORDEN
Juan Guillermo Colins, el fundador del socialismo racional, ha expuesto, en sus múltiples producciones, que el Orden es indiscutiblemente necesario a la vida de los hombres agrupados en sociedad. Ahora bien, dice (resumo aquí lo esencial de su doctrina), el Orden no puede basarse más que en la fuerza o la razón. Si se basa en la fuerza, sólo puede mantenerse por la violencia sistemática y gubernamentalmente organizada. Si se basa en la razón, halla su punto de apoyo en la aquiescencia voluntaria y reflexiva de todos. En el primer caso, el Orden, sinónimo de injusticia y de desigualdad, es inestable, frágil, efímero; está constantemente expuesto a ser perturbado por el descontento y la insurrección de la muchedumbre a la que pretende imponerse; y entonces el Orden no se concibe sino bajo la forma del policía y del verdugo. Mas si se basa sobre el granito de la razón, madre de la justicia y de la igualdad, el Orden llega a ser de una sorprendente estabilidad: los cambios, las transformaciones traídas del régimen social no hacen más que fortalecer su poder, puesto que esos progresos y mejoras son el resultado de un esfuerzo nuevo hacia un resplandecimiento más fecundo de la razón misma.
Los anarquistas se expresan de un modo casi idéntico. Dicen que el orden social no puede apoyarse más que en la violencia o en la armonía. Si se apoya en la violencia, es evidente que dimana -sea cual sea en sus detalles-del principio de autoridad, y que encarna en la institución gubernamental proclamada necesaria. Si, por el contrario, se apoya en la armonía, excusado es decir que procede -sea cual sea en sus detalles- del principio de libertad, y que la organización del orden social así concebido y realizado rechaza implacablemente todo organismo central: Poder, Gobierno, Estado, que engendra e implica fatalmente la violencia.

JUSTIFICACIÓN DEL ANARQUISMO
En ciencia, cuando después de haber recorrido con perseverancia el ciclo de las experiencias, hechas sobre la aplicación de un mismo principio, se ha demostrado y reconocido que esas experiencias no han llevado a los resultados que se esperaban; cuando por la acumulación de estos reiterados fracasos se ha establecido que principio, método y resultados se excluyen; en ciencia, digo, es usual y corriente condenar, en tales condiciones, el método aplicado y el principio del cual aquél no es más que la realización práctica. Ahora bien; he aquí que hace siglos y siglos que, para organizar y asegurar la armonía social, los pensadores, teóricos y doctrinarios fieles al principio de autoridad aplican, en el dominio social, todos los métodos de gobierno posibles e imaginables. Puede decirse que no han olvidado ninguno: aristocracia, democracia, oligarquía, plutocracia, poder absoluto, poder constitucional, monarquía, república, dictadura, cesarismo; la historia atestigua que se han experimentado todas las formas gubernamentales. El resultado constante de esos experimentos ha sido constante el embrollo, el desorden, los antagonismos, las guerras, los crímenes de toda clase, en todos los tiempos y en todos los lugares.
Pues buen; lejos de condenar el principio de autoridad y de renunciar a los métodos de aplicación que de él se derivan, nuestros amos -es bien fácil comprender por qué- se obstinan en afirmar que es necesario aquel principio y que son excelentes estos métodos.
Esto es sencillamente una aberración. Sólo los anarquistas se alzan contra esa incurable locura. Sólo ellos afirman que, no habiendo engendrado el Gobierno, el Estado, la Autoridad, desde que existen, en todos los países del mundo, a pesar de los cambios de forma y de nombre, de la transformación de las constituciones y de los regímenes, más que confusión, sufrimiento, miseria, guerras y desórdenes, la más elemental cordura exige que se renuncie a esperar de ellos lo que no pueden producir, y que se intente lealmente el ensayo de una organización social sin Gobierno, sin Estado y sin Autoridad; es decir, el ensayo de una sociedad anarquista.

INUTILIDAD DE TODA OPOSICIÓN AL ANARQUISMO
Como puede verse, el concepto anarquista no es fruto de generación espontánea. No ha nacido súbitamente y como por parte del birlibirloque de una hipótesis que surge sin que nada la haya suscitado, de una inspiración repentina, pueril o genial. Este concepto hunde sus raíces en el suelo profundo de la Historia, de la experiencia y de la razón. Y estas raíces son ya indestructibles. Todavía les es posible a los amos cortarlas a medida que rasgan la corteza de los prejuicios que las cubren y les impiden mostrarse a los ojos de todos; pero no por eso dejan de persistir en desarrollarse, robusteciéndose y extendiéndose en las entrañas del viejo mundo de opresión, de ignorancia, de miseria, de odio y de fealdad.
LA DOCTRINA ANARQUISTA SE RESUME EN UNA PALABRA: LIBERTAD
La ANARQUÍA no es una religión; no tiene por punto de partida ninguna revelación; no conoce afirmación dogmática alguna; repudia el apriorismo; no admite la idea sin prueba.
Es a la vez una doctrina y una vida: doctrina que se inspira en la evolución constante de los acuerdos individuales y colectivos que constituyen la vida misma de las personas y de las colectividades; vida que tiene en cuenta esa transformación incesante y se refleja en la doctrina.
Es una doctrina porque la historia, la experiencia y la razón nos han demostrado ciertas verdades cuya exactitud, confirmada por la observación y el examen escrupulosamente imparcial de los hechos, no es ya discutible. Esas mismas verdades son concordantes; no sólo no se combaten, sino que incluso se unen, se apoyan mutuamente, se encadenan. Ya fuertes y resistentes por sí mismas, cada una de esas verdades toma a las demás -próximas o distantes-un aumento de fuerza y de resistencia. Este conjunto de certidumbres es lo que forma y cimenta la doctrina, sobre cuyo fondo mismo todas las tendencias anarquistas, aunque numerosas, son unánimes e inseparables.
De esta doctrina se desprenden cierto número de principios directores que, aplicados a la vida, determinan el medio social que quieren instaurar los anarquistas.
Así, pues, por una parte es el estudio, la observación de la vida individual y social, lo que nos aporta las verdades y certidumbres sobre las cuales se edifica nuestra doctrina anarquista; por otra parte, son los principios directores los que, procediendo de esta doctrina, deben presidir a la organización de la vida individual y social que nosotros llamamos “la ANARQUÍA”.
La doctrina parte del individuo que vide en sociedad: he ahí el aspecto teóricode la ANARQUÍA. Después, como regla de vida, la ANARQUÍA parte de la doctrina y determina el medio social y sus innumerables convenios: he ahí el aspecto práctico de la ANARQUÍA.
Desde el punto de vista social, la ANARQUÍA se resume en dos palabras: Libre acuerdo. Si esta fórmula parece demasiado breve, si se quiere que sea más explícita, diré, para que gane en claridad y precisión: Libertad por el acuerdo, o mejor aún: Libertad de cada uno por el acuerdo entre todos. La libertad es el alfa y omega, es decir, el punto inicial y el punto final de la teoría: el libre acuerdo es el principio y el fin de la práctica. Dicho de otro modo: La libertad es la doctrina; el acuerdo es la vida.
Pero esto requiere más explicaciones. He aquí la demostración que se impone:
Todos los filósofos y sociólogos que han estudiado seria e imparcialmente la naturaleza humana, han comprobado que todas las aspiraciones, todos los deseos, todos los anhelos, todos los movimientos, todas las actividades del individuo tienen por objeto la satisfacción de una o varias necesidades. No hace falta, por lo demás, haberse entregado a profundos estudios filosóficos, biológicos o sociológicos para llegar a esta comprobación. Cualquiera de nosotros puede hacerla si se lo propone.
A esa primera comprobación hay que añadir la siguiente: que la satisfacción de una necesidad proporciona al que la siente una sensación de placer, mientras que la no satisfacción de esa necesidad le causa una sensación de pena.
Esta segunda comprobación es también una de las muchas que cualquiera de nosotros puede hacer y que no deja lugar a dudas.
De estas dos comprobaciones, de las que la segunda no es más que la consecuencia lógica de la primera, sacamos por conclusión que el individuo, al buscar la satisfacción de sus necesidades, tiene por mira el placer que encuentra, y en consecuencia afirmamos que el hombre busca la dicha.
La persecución de la dicha se convierte, pues, en el objetivo preciso al cual tiende el ser viviente.
Henos aquí llegados a un punto importante, que consideramos como fundamental de la ANARQUÍA.
El ser humano no vive en el aislamiento, sino que se agrupa con los seres de su especie: vive en sociedad. Esto nos conduce a pasar de lo individual a lo social. Si el individuo se agrupa, lo hace, en primer lugar, porque ello está dentro de su naturaleza y porque experimenta esta necesidad; en segundo lugar, porque instintivamente trata de aumentar su felicidad mediante el apoyo y la protección que espera encontrar en sus semejantes.
De ahí esta conclusión: la agrupación en sociedad tiene por objeto aumentar la felicidad de los que la constituyen. En otros términos: lo social debe contribuir a que el individuo se acerque al logro de su objetivo: la felicidad. Por consiguiente, la razón de ser de lo que ese llama sociedad no es otra que la de asegurar la felicidad de sus miembros.
Henos ya en posesión de un segundo puesto importante, fundamental de laANARQUÍA.
Dirijamos ahora una rápida mirada hacia atrás, tanto para ver el camino recorrido por nuestro razonamiento como para soldar fuertemente las dos comprobaciones que llevamos hechas.
Primera comprobación: el individuo busca la felicidad por la satisfacción de sus necesidades. Segunda comprobación: la sociedad tiene por objeto asegurar y aumentar la felicidad de todos sus miembros. Luego la felicidad del individuo es la finalidad de la vida individual, y la felicidad de todos los individuos es la finalidad de la vida social.
Así llego a la tercera de las comprobaciones que, ligadas entre sí, conducen a la primera de las certidumbres sobre las cuales descansa la doctrina anarquista.
De todas las formas de sociedad, la peor es forzosamente la que más se aleja del objetivo por alcanzar: la felicidad de los individuos que la componen. De todas las formas de sociedad, la mejor es forzosamente la que más se aproxima a aquel objetivo. La sociedad más criminal es aquella en que la proporción de los desgraciados es más elevada, y la sociedad ideal es aquella en que serán dichosos cuantos la compongan. El progreso social, el progreso verdadero, positivo, indiscutible, no es, no puede ser otra cosa que la ascensión gradual hasta esta sociedad ideal. Tal es nuestra tercera comprobación.
Como hace un momento, volvamos sobre nuestros pasos, o, mejor dicho, detengámonos y formemos un haz con las tres comprobaciones adquiridas:
Primera: El individuo busca la felicidad.
Segunda: La sociedad tiene por objeto procurársela.
Tercera: La mejor sociedad es la que más se acerca a este objeto.
Tenemos ya, aquí, la primera de nuestras certidumbres.
Busquemos la segunda, planteándonos esta cuestión: las múltiples formas de sociedad que se han sucedido hasta hoy, ¿han respondido al fin que debe asignarse la agrupación social: la felicidad de todos sus miembros?
Aquí entra la Historia en escena: la Historia, que nos ofrece las enseñanzas del pasado. Nos es preciso, pues, consultar la Historia. Esta nos suministra, apoyándola en la más abundante y auténtica documentación, la prueba de que la inmensa mayoría de los individuos ha sido, y es, desgraciada.
Me parece que, sobre este punto, no tengo que insistir. Así, pues, prosigo y planteo dos por qués ligados entre sí.
a) ¿Por qué han sido desgraciados los individuos? Porque casi todos ellos estaban privados de la facultad de satisfacer sus necesidades.
b) ¿Por qué estaban privados de esta facultad? Porque desde hacía siglos y siglos unos cuantos hombres se habían apoderado de todas las riquezas y de todas las fuentes de éstas, en detrimento de los demás hombres. Porque esos poseedores dictaron leyes destinadas a legitimar, a consolidar sus expoliaciones. Porque organizaron un Poder y unas fuerzas cuya misión era someter a los despojados, impedir que se sublevaran y, en caso de rebelión, castigarles. Porque los poseedores y amos inventaron unas religiones cuyo fin era imponer a los desposeídos y sojuzgados la sumisión a las leyes, el respeto a los amos y la resignación a su propio infortunio. Porque ese acaparamiento de la riqueza, esa legislación, ese Poder y esa religión se coligaron poderosamente contra la multitud de los explotados y de los oprimidos, privados así de la facultad de comer según su apetito, de hablar, de escribir, de agruparse a su capricho, de pensar y de obrar libremente. Porque la Propiedad era la autoridad de una clase sobre las cosas; el Estado, la autoridad sobre los cuerpos; la Ley, la autoridad sobre las conciencias, y la Religión, la autoridad sobre los espíritus y los corazones. Porque todos aquellos que no pertenecían a la clase dominante, en cuyas manos estaban reunidos el Capital, el Estado, la Ley y la Religión, formaban una clase innumerable de pobres, de súbditos, de sometidos a jurisdicción y de resignados. Porque, física, intelectual y moralmente, esa multitud estaba reducida a la esclavitud. Porque, en una palabra, esa multitud no era libre.
Esta clase no poseía ayer, ni posee hoy, la libertad de satisfacer las necesidades de su cuerpo, de su espíritu y de su corazón; por eso ha sido y sigue siendo desgraciada.
He ahí lo que, consultadas leal, atenta e imparcialmente, responden la Historia y la Experiencia. Ambas atestiguan que, en el seno de las sociedades pasadas, la clase más numerosa era desgraciada porque no era libre; y que lo mismo acontece en nuestros días.
La causa de todo el mal ha sido, pues, y lo sigue siendo, la autoridad bajo todas las formas, formas que ya he enumerado. El remedio consiste, por tanto, en romper todos los resortes de esa autoridad: Capital, Estado, Ley, Religión, y en fundar una sociedad enteramente nueva basada en la Libertad.
He ahí nuestra segunda certidumbre. Enlazándola a la primera, vamos a ver toda la doctrina.
Primera certidumbre: El hombre busca la felicidad; la sociedad tiene por objeto asegurársela: la mejor forma de sociedad es aquella que más se acerca a este objeto.
Segunda certidumbre: El hombre es feliz en la medida que es libre de satisfacer sus necesidades; la peor de las sociedades es aquella en que el hombre tiene menos libertad; la mejor es, en consecuencia, aquella en la cual tiene más libertad. La sociedad ideal será aquella en que el hombre sea completamente libre.
En conclusión: la doctrina anarquista se resume en una sola palabra: Libertad.

CÓMO SE REALIZARÁ LA ANARQUÍA
Pero he dicho que la ANARQUÍA es: primero, una Doctrina; segundo, una Vida. Vamos a pasar ahora de la primera a la segunda, de la teoría a la práctica, del principio a la realización, de la Doctrina que inspira e impulsa a la Vida que realiza.
De cuando llevamos dicho se desprende que el nacimiento de la ANARQUÍA (estado social sin Gobierno, sin Estado, sin Autoridad, sin violencia) no puede ser sino consecutivo a la muerte del estado social actual.
Aquí comienza la segunda parte de mi demostración.
La Historia, la Experiencia y el Razonamiento, esas tres abundantes fuentes de las que el hombre extrae todas las verdades útiles, nos han llevado a la condenación inapelable de todas las sociedades que practican el régimen de la autoridad y a la necesidad de instituir sobre la Libertad el medio social.
Me imagino, pues, hecha la revolución: la autoridad ha sido reducida a cenizas; se trata, ya, de vivir en libertad. Hemos destruido, nos es preciso reconstruir. ¿Qué haremos?
Los semilocos (no puedo, si son sinceros, calificarnos de otro modo) piensan todavía en un acoplamiento singular de los dos principios contradictorios de Libertad y Autoridad. Sueñan aún con asentar la libertad de todos sobre la autoridad de unos pocos, icono si la Autoridad pudiera dar origen a la Libertad y favorecer su desarrollo. Los anarquistas combaten este absurdo con una lógica implacable y una energía indómita. Se yerguen contra toda tentativa de restauración autoritaria; se oponen a todo ensayo de resurrección del Poder, sea en la forma que sea. Acaban por triunfar sobre sus adversarios y rompen sus últimas resistencias. Es el período, más o menos largo, durante el cual el deber más apremiante y la necesidad más imperiosa son defender la revolución libertaria victoriosa contra las reacciones ofensivas de los mantenedores de la autoridad, incluso de la que los anarquistas consideran como la más intolerable, más absurda y más peligrosa: la dictadura del proletariado.
Los defensores de la revolución estiman, en fin, que dos cosas contradictorias no pueden engendrarse mutuamente, puesto que se excluyen, y que, por consiguiente, así como la autoridad social no puede conducir a la libertad individual, del mismo modo de la libertad individual no puede salir autoridad social.
La quiebra y la abolición del principio de autoridad no se hallan bien definidamente establecidas. No se trata ya sino de dar al principio de libertad una realidad viva y fecunda.
Sigamos con ahínco el problema y no perdamos de vista que suponemos la autoridad gubernamental destrozada por la revolución triunfante: he ahí al individuo desembarazado de sus cadenas; se ha convertido en un ser libre, es decir, está en posesión de la facultad de satisfacer sus necesidades y, por consiguiente, de ser feliz.
Pero como es un ser sociable que vive entre sus semejantes y participa de la vida común, hay que precisar lo que habrá de dar a sus iguales y lo que deberá recibir de ellos; en qué condiciones y en qué medida colaborará a la satisfacción de las necesidades experimentadas por todos y obtendrá, en cambio, la satisfacción de las suyas.
El problema se impone, imperioso y urgente. ¿Cómo resolverlo? No hay que pensar en recurrir a la fuerza, a la violencia, a la sujeción, formas diversas de la autoridad, sino a la dulzura, a la persuasión, a la razón, formas múltiples de la Libertad.
Fijémonos en la razón. Ante todo, es preciso que ésta se imponga por sí misma, en virtud de su propia fuerza; por el único ascendiente de su prestigio, y no por amenazas o sanciones.
Entonces se indaga, se experimentan, se compulsan, se examinan los resultados de los diversos métodos de aplicación. Aparece el acuerdo, se muestra, se recomienda por sus resultados y conquista los sufragios.
Ahí está, elocuente y demostrativo, el ejemplo de la Naturaleza. Todo en ella es armonía por acuerdo libre y espontáneo, por afinidades y caracteres comunes entre individuos o unidades de la misma especie; las infinitamente pequeñas, como partículas de polvo, se buscan, se atraen, se aglomeran y forman organismos; estos organismos se buscan, se atraen, se aglomeran y forman organismos cada vez más vastos.
Se hace la prueba de este método tomado del origen natural, una prueba leal y realmente condicionada. Se repite el ensayo: los resultados, aplicados al orden social, son satisfactorios. Se extiende el ensayo, se aplica a masas crecientes: sale vencedor de esta prueba, triunfa, queda finalmente adoptado.
Este es el método del acuerdo libre y espontáneo. La unidad más pequeña: el individuo, busca, atrae a las demás, se aglomera con ellas y así se forman los municipios. Los municipios, a su vez, se buscan, se atraen, se aglomeran y forman un organismo más vasto aún y más complejo: la nación.
Acuerdo entre los individuos y las familias que constituyen el organismo municipal; acuerdo entre los municipios que constituyen el organismo regional; acuerdo entre las regiones que constituyen el organismo nacional; acuerdo de abajo arriba, acuerdo en todos los grados, acuerdo en todas las partes.
Los pueblos que viven en comunismo libertario se buscan, se atraen, se aglomeran y forman un organismo más vasto aún que la nación. El día en que todas las naciones vivan en comunismo libertario, se buscarán necesariamente, se atraerán fatalmente, se aglutinarán y formarán un inmenso organismo internacional que las englobe a todas. Ésta será la realización mundial de la libertad de cada uno por el acuerdo entre todos.
Porque, lo que no hay que perder de vista, es que la organización central no es ya, como antes, el organismo más vasto, que por vía de absorción o de anexión, de violencia o de guerra, acarrea la comprensión de los organismos intermediarios y de los núcleos para llegar al aplastamiento de las moléculas individuales. Todo lo contrario: la molécula individual es la que, por vía de acuerdo y de extensión o desarrollo, se une a las moléculas más próximas y forman núcleo con ellas; luego, pasando por organismos cada vez mayores y ensanchándose continuamente, el círculo de acuerdo reúne, en una vida cada vez más intensa, fecunda y feliz, la totalidad de las moléculas individuales.
He ahí la imagen de la vida comunista libertaria, de la ANARQUÍA, de la libertad de cada uno por el acuerdo entre todos.

SÓLO EN ANARQUÍA ES LIBRE EL INDIVIDUO
La ANARQUÍA es de base individualista. Los gobiernos, las religiones, las patrias, las morales, tienen este rasgo común: que en su nombre e interés ­llamado “superior”- se han olvidado, violentado e inmolado los verdaderos intereses del individuo. Los gobiernos comprimen, oprimen y estrujan al individuo; las religiones le privan de la facultad de pensar libremente y de razonar cuerdamente; las patrias le precipitan, de grado o por fuerza, en las matanzas guerreras; las morales hacen pesar sobre él las más necios obligaciones y los deberes más opuestos a su expansión natural y a la vida normal. Por la ignorancia y la cobardía, mediante la violencia y la represión, todas estas instituciones autoritarias crean en la muchedumbre las mentalidades de esclavos y los hábitos gregarios de que las clases dominantes tienen necesidad para perpetuar el régimen del cual son ellas las exclusivas e insolentes beneficiarias. La ANARQUÍA se propone sustraer a todos los seres humanos a esa multitud de violencias físicas, intelectuales y morales de que son víctimas. Niega a la sociedad el derecho de disponer soberanamente de aquellos que la componen. Declara que este término vago: “la sociedad”, no responde a nada fuera de los individuos, que son los únicos que le dan una realidad viva y concreta. Certifica que sin el individuo, unidad tangible, palpable, la sociedad sería un total inexistente y una expresión desprovista de toda significación positiva. Estas aserciones son de una exactitud tan palmaria, que se siente cierta vergüenza al formularlas, con la aprensión de verse acusado de querer empujar puertas abiertas.
Pero hay que guardarse bien de creer que, si la ANARQUÍA es de base individualista, se ha de deducir de ahí que condena al individuo al aislamiento y rompe los lazos de todo género que le unen a sus semejantes.
Lo cierto es precisamente lo contrario, y no es posible concebir un medio social en el cual sean más sólidas y más numerosas que en ANARQUÍA las relaciones que unen entre sí a todos los representantes de la especie. En tanto que -y esta oposición es fundamental-, aprisionado el individuo en la red de obligaciones y constreñimientos que en nombre del Estado, de la propiedad, de la religión, de la moral, de la familia, de la patria y demás... mojigangas hacen de él un esclavo, que se ve obligado a pasar promiscuidades, asociaciones, complicidades y contratos respecto a los cuales, no habiendo sido consultado, no le ha sido, por tanto, hacedero pronunciarse, ese mismo individuo, convertido en un ser libre, tendrá en una sociedad anarquista la facultad de disponer de sí mismo en todo y para todo, sin otra obligación que la que libre y conscientemente haya contraído. Bajo un régimen autoritario. Los lazos que encadenan a los individuos entre sí son rígidos, artificiales y obligatorios; enANARQUÍA sólo serán válidos los contratos libremente contraídos que los unan, y estos contratos serán siempre simples, naturales, libremente aceptados y libremente anulados.

OBJETIVO DE LA ANARQUÍA
En El Dolor Universal preciso en estos términos el fin a que tiende la ANARQUÍA: “Instaurar un medio social que asegure a cada individuo la mayor felicidad posible adecuada a cada época, según el progresivo desenvolvimiento de la Humanidad”.
A más de treinta y cinco años de distancia, no veo la necesidad de modificar esta proposición. Pero requiere algunas ampliaciones, y voy a examinar uno por uno sus términos.
a) Instaurar. – No digo “crear”, sino “instaurar”. He aquí por qué: Todo, en la Naturaleza, evoluciona sin cesar. Nada es fijo, nada está inmóvil. El individuo, como todo lo demás, se transforma continuamente; no permanece nunca idéntico a sí mismo; su hoy está hecho necesariamente de todos sus ayer y contiene, en estado potencial, todos sus mañana. El agregado humano no es, pues, más que una forma pasajera de la materia, y este mismo agregado sufre incesantemente las más diversas modificaciones.
Ahora bien; Spencer dice (El Individuo contra el Estado) que “la naturaleza de los agregados está necesariamente determinada por la naturaleza de las unidades componentes”, de donde se deduce que, no por menos visibles, los perpetuos cambios del agregado colectivo o social son menos reales que las modificaciones del agregado individual. Compuesto de unidades en estado constante de modificación, el cuerpo social se transforma sin descanso. Su presenteestá hecho de todos los materiales de su pasado y contiene, en germen, todos los materiales de su porvenir.
Augusto Comte, en su Introducción a la Metafísica, escribe: “Cada individuo, cada pueblo, cada ciencia, y la misma Humanidad, pasan por todas las fases. Las ideas que caracterizan un período nacen de las ideas de períodos precedentes, se desarrollan y crecen a expensas de estas ideas, y luego, a su vez, menguan insensiblemente, después de haber dado origen a las ideas del período siguiente”.
“La vida social -dice Guillermo de Greef, en Introducción a la Sociología, tomo I­, es decir, la correspondencia siempre completa y perfecta de sus órganos y de sus funciones en condiciones cada vez más numerosas y particulares, es una eterna metamorfosis; en esto no hace más que ajustarse a las leyes universales de la materia y de la fuerza”­
Y más adelante añade: “La sociedad es un organismo cuyo equilibrio, siempre inestable, contiene órganos y funciones que le unen al pasado, y otros que le ligan al porvenir”.
¡Notable rareza de la óptica humana! Dos fenómenos que reunidos producen ante todo el intelecto una especie de contradicción por su apariencia antitética, ocultan a nuestros ojos el indisoluble encadenamiento de los hechos, que une todas las páginas de la historia humana: es la inmensidad del camino recorrido comparada con la lentitud de la evolución social.
Es tan breve nuestra vida y tan débil nuestra vista, que no divisamos los innumerables elementos que se mueven a nuestro alrededor matando esto y dando movimiento a aquello. Creemos tener ante los ojos el espectáculo de la inmovilidad. Es esta sensación superficial de estancamiento social, o al menos de la lentitud evolutiva, lo que por un efecto, en cierto modo reflejo, contribuye a esa misma lentitud.
“Esto no cambiará nunca; en todo caso, si cambia, nosotros no lo veremos”. He ahí lo que dicen muchas gentes. Y los desheredados se resignan, conllevan su mal con paciencia, aceptan lo que miran como una especie de fatalidad. “¡No hay remedio!”, exclaman, y los privilegiados se tranquilizan, se ciegan y se acorazan en indiferencia. “¡Después de nosotros, el diluvio!”, se dicen.
No obstante, ¡qué incalculable serie de transformaciones, desde los toscos esbozos de las primeras aglomeraciones humanas hasta la organización tan compleja, tan metódicamente dispuesta de las sociedades modernas! El espíritu se queda estupefacto y los ojos deslumbrados ante el espectáculo grandioso de un desarrollo tan extraordinario.
Uno de los hombres que más han contribuido, en nuestra época, a la vulgarización de la idea materialista, L. Büchner, se expresa así:
“Llegará un tiempo en que la distancia entre el punto de partida y el punto de llegada se ensanchará de tal modo, que los mismos sabios del porvenir se negarán a admitir la posibilidad de un nexo entre ellos, si los escritos y los vestigios del pasado no les ofrecen los materiales necesarios para guiarles en sus juicios”. (Luz y Vida, página 326).
Me ha parecido conveniente insistir en las consideraciones que me han llevado a servirme de la expresión “instaurar” con preferencia a la de “crear”, por ejemplo, y esto no sólo porque la palabra es infinitamente más exacta, sino también y sobre todo porque nos proponemos indicar, en el transcurso de este estudio, los fenómenos que empujan triunfalmente a las presentes generaciones hacia la dicha instauración y los medios que conviene emplearpara apresurarla. Se verá así también la distancia que separa a la ANARQUÍA de las “utopías”, construidas las más de las veces por hombres de buena fe que presentían de un modo notable el porvenir, pero que prescindían en absoluto, en sus concepciones respetables, de los materiales que la época ponía a su disposición.
b) Un medio social. – Estas palabras son tan claras por sí mismas, que apenas exigen explicación.
El medio social es como la síntesis de las innumerables relaciones de los individuos, de los sexos, de los grupos entre sí. Es la resultante de todas las organizaciones, instituciones y costumbres. Es una especie de ser impersonal, como la sociedad misma, constituido por las relaciones de toda índole -físicas, intelectuales, morales- que entraña la práctica de la sociabilidad.
Si existe hoy una teoría fuera de todo debate y espléndidamente esclarecida por los naturalistas, seguramente es la de “la adaptación del ser al medio”.
No cabe duda de que, en el mundo físico, el medio ejerce una influencia decisiva sobre todo y sobre todos; ¿quién se atrevería a afirmar que en el mundo psíquico no acontece lo propio?
Algunos afirman que si el medio social actúa sobre el individuo, éste es capaz de reaccionar. Esta opinión es justa hasta cierto punto. Sostener lo contrario sería reconocer a la vez, de una manera implícita, que el medio social es en cierto modo independiente de las personalidades que lo componen, lo que sería un absurdo, y que al individuo, por no poder nada sobre el medio, por ser inútil todo esfuerzo, no le queda más que cruzarse de brazos.
Ninguna doctrina sería tan peligrosa, y conviene combatirla con la mayor energía, no tanto porque sea peligrosa como porque es contraria a la verdad, a la observación.
Pero no es menos cierto que, así como la fauna y la flora toman del ambiente cósmico los elementos de su vida, y un observador atento y clarividente podría, examinando un animal o una planta, determinar las condiciones de época, de clima, de atmósfera y de topografía, del mismo modo el individuo toma de la estructura social sus ideas, sus sentimientos, sus aspiraciones y sus costumbres.
Se comprenderá, pues, toda la importancia de ese medio social de cuyo establecimiento se trata, puesto que deberá, por decirlo así, poner su garra en todas las manifestaciones de la vida social y privada; puesto que lo que vele el medio vale el hombre; puesto que el uno es el árbol y el otro el fruto; puesto que, en fin, tan ilógico sería pensar en transformar al individuo sin tocar al medio, como racional es prever, sin que sea necesario para ello ser profeta, que modificado el medio modificados serán también los hombres que lo componen.
c) Que asegure a cada individuo. – Las formas sociales que se han sucedido hasta hoy, al jerarquizar las funciones y los seres, han tenido como consecuencia invariable asegurar todas las ventajas a un número más o menos restringido de éstos, en detrimento de los demás.
Ahora bien; ¿conviene tratar de invertir el orden de los factores en el sentido de favorecer al mayor número? La cuestión social, ¿se aplica a unos pocos, a la mayoría, o a la universalidad de los seres humanos?
Basta con hacer la pregunta: cada cual responda.
Yo hubiera podido escribir, en lugar de estas tres palabras: “a cada individuo”, estas otras: “al pueblo”; o éstas: “a la humanidad”; o éstas: “al proletariado”; o éstas, en fin: “a todos”. Pero desconfío de las expresiones demasiado generales. La experiencia me ha ensañado que ocultan casi siempre una trampa, o que al menos pueden ocultarla.
¡Pobre “pueblo”, pobre “humanidad”, pobre “todo el mundo”! ¡Se ha usado y abusado tanto de ustedes para mejor disimular las vergonzosas combinaciones de los gobiernos y de las clases!
Hay multitud de ficciones que, por un medio de espejos sabiamente dispuestos, dan la ilusión de la realidad; tal, por ejemplo, la igualdad de todos ante la ley. Basta pasar por detrás de los espejos para descubrir el “truco”.
La expresión “cada individuo” tiene la ventaja de cortar de raíz toda interpretación ambigua y de dejar bien sentado que el problema social no tiene por objeto esta fórmula un tanto vaga: “la felicidad común”, sino esta otra, bastante más significativa y exacta: “la felicidad de cada individuo”.
Sí; que ni un solo niño, ni un solo adulto, ni un solo anciano, ni un solo hombre, ni una sola mujer, ni un solo ser humano, en fin, pueda ser privado de la más mínima parte del goce que implica el derecho a la existencia en su integridad. Tal es el problema que estudia y debe resolver el pensador atormentado por la cuestión social.
Ni uno solo, digo, porque bastaría desconocer el derecho de uno solo para que el derecho de los demás se viera amenazado; porque, a pesar de las apariencias, para que se realicen y mantengan en el cuerpo social el equilibrio y la buena salud, es necesario que entre todas sus partes exista una solidaridad tan extremada que, si un órgano, uno solo, no recibe su parte de vida, el mal se apodera gradualmente del organismo entero, haciéndole resentirse, debilitarse y languidecer.
Resuelto para todos, excepto para uno solo, el problema social se refugiaría en este último, el cual, protesta viviente, se alzaría contra los demás y su voz, que no tardaría en ser oída, se elevaría, discordante, en el seno del armonioso concierto que debe formar una sociedad compuesta de seres dichosos, libres y fraternales.
d) La mayor felicidad posible. – El espectáculo de los infortunios más o menos inmerecidos, de las miserias más o menos injustificadas, ha incitado siempre a los filósofos, a los pensadores y a los moralistas a indagar las causas de tales sufrimientos para combatir sus efectos.
Disminuir la cuantía de los dolores humanos, atenuar las desigualdades demasiado ostensibles, mejorar las condiciones de la vida; en otros términos: buscar la felicidad universal, ha sido en todo tiempo el objeto de todos los planes, de todos los sistemas de renovación social.
Con respecto a este punto, todos los que se han ocupado de la cuestión se muestran unánimes. Podría citar a centenares, pero me limitaré a unos pocos.
Prescindo de todos los autores antiguos, para dejar a los modernos un sitio más amplio en estas citas, que no quiero multiplicar a fin de no cansar al lector:
“El objeto de la sociedad es el bien en sus miembros” (Grocio). “La sociedad está obligada a hacer cómoda la vida de todos” (Bossuet). “El verdadero fin de la sociedad es la felicidad duradera de todos sus miembros” (Mably). “¿Cuál es el objeto de la ciencia de la moral? No puede ser otro que la felicidad general. Si se exigen virtudes a los particulares, es porque las virtudes de los miembros hacen la felicidad del todo” (Helvicio. Del hombre. Su educación). “Buscar la dicha haciendo el bien, ejercitándose en el conocimiento de la verdad, no perdiendo nunca de vista que no hay más que una sola virtud: la Justicia, y un solo deber: hacerse feliz” (Diderot). “El objeto de la sociedad es la felicidad común” (Declaración de los Derechos del Hombre, art. 1º). “El fin de la Revolución es acabar con la desigualdad y establecer la felicidad común” (Conspiración bobuvista. Base de la República de los Iguales, art. 10). “¡Que la infinita variedad de deseos, de sentimientos y de inclinaciones se reúna en una sola virtud; que no mueve a los hombres sino hacia un objetivo único: la felicidad común!” (Morrelly. La Basilea). “El placer sin igual será el de fundar la felicidad pública. No sé si me engaño en mis anhelos; pero pienso que algún día se podrá extraer de todos los cuerpos un principio nutritivo; entonces le será tan fácil al hombre alimentarse como saciar la sed en el agua de un río. ¿Qué será entonces de los combates del orgullo, la ambición y la avaricia? ¿Qué de todas las crueles instituciones de los grandes imperios? Un alimento fácil, abundante, a disposición del hombre, será la prenda de su tranquilidad y de su virtud” (Mercier. El cuadro de París). “Si la primera voz de la Naturaleza nos dice que debemos desear nuestra propia felicidad, las voces unidas de la prudencia y de la benevolencia se hacen oír y nos dicen: “Busquen su felicidad en la felicidad ajena”. Si cada hombre, obrando con conocimiento de causa en su interés individual, obtuviera la mayor suma de dicha posible, entonces la humanidad llegaría a la suprema felicidad y el objetivo de toda moral, la dicha universal, sería alcanzado” (Bentham). “El principio general con el cual deberían estar de acuerdo todas las reglas de la práctica no es otro que la felicidad del género humano y de todos los seres sensibles” (L. S. Mill). “La sociedad debe estar organizada de tal modo (y este caso, desgraciadamente, no es frecuente hoy) que la felicidad de unos no tenga su origen en la ruina de los demás, sino que cada individuo halle su bien en el de la colectividad, siendo el bien de la colectividad la resultante del bien del individuo” (L. Büchner. Fuerza y Materia). “El problema de la felicidad universal, por efecto de la solidaridad cada vez mayor, está dominado hoy más que nunca por el problema de la felicidad social. Ya no son sólo nuestros dolores presentes y personales, sino los de la humanidad venidera de los que convierten para nosotros en motivo de inquietudes” (Guyau. La irreligión del porvenir). “El ideal puro sería que la totalidad universal de los seres fuera una sociedad consciente, unida, dichosa” (Alfredo Fouillée. Crítica de los sistemas de moral contemporánea). “La máxima felicidad del mayor número por medio de la ciencia, de la justicia, de la bondad, del perfeccionamiento moral; no podría hallarse más amplio ni más humano motivo de ética” (Benito Malón. Socialismo integral).
Basta de citas. Podría añadir la autorizada opinión de todos los sociólogos contemporáneos, incluso los burgueses; mas, ¿para qué? La causa está clara: todos, absolutamente todos, proclaman, de acuerdo con la Declaración de los
Derechos del Hombre, que “el fin” de la sociedad es la “felicidad común”.
Es, quizás, el único punto sobre el que existe unanimidad; pero se reconocerá que es de importancia, y yo quiero sacar inmediatamente dos conclusiones, sobre las cuales llamo particularmente la atención. La primera es la condenación implícita de la organización social que nos rige: puesto que esta organización acumula en manos de una minoría privilegiada poder, riquezas, saber, goces, y condena a la inmensa mayoría a la servidumbre, a las privaciones, a la ignorancia y al dolor, es evidente que vuelve la espalda al fin hacia el cual tiene por misión tender toda sociedad equitativa y racional, y que, por consiguiente, debe sucumbir. La segunda conclusión es que, de todas las doctrinas sociales que se disputan la sucesión de lo que ha de desaparecer, la única que se dirige resueltamente y sin rodeos hacia aquel fin, es la que preconizan las teorías anarquistas, porque siendo la única que hace cesar las desigualdades, las guerras y las violencias, la única que asegura a cada individuo toda la suma de libertad y de bienestar que lleva consigo el desarrollo progresivo de la humanidad, es la única que realiza ele deseo clara y unánimemente expresado: la felicidad común.
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Revista NADA / 10/01/2017
Una historia de la idea anarquista es inseparable de la historia de todos los desarrollos progresivos y de las aspiraciones hacia la libertad, ambiente propicio en que nació esta comprensión de vida libre propia de los anarquistas y garantizable sólo por una ruptura completa de los lazos autoritarios, siempre que al mismo tiempo los sentimientos sociales (solidaridad, reciprocidad, generosidad, etc.) estén bien desarrollados y tengan expansión libre. Esta comprensión se manifiesta de innumerables maneras en la vida personal y colectiva de individuos y de grupos, comenzando por la familia, ya que la convivencia humana no sería posible sin ella. Al mismo tiempo la autoridad, sea tradición, costumbre, ley, arbitrariedad, etc., ha puesto desde la humanización de los animales que forman la especie humana, su garra de hierro sobre un gran número de interrelaciones, hecho que sin duda procede de una animalidad más antigua todavía, y la marcha hacia el progreso que se hace indudablemente a través de las edades, es una lucha por la liberación de esas cadenas y obstáculos autoritarios. Las peripecias de esa lucha son tan variadas, la lucha es tan cruel y ardua que relativamente pocos hombres han llegado todavía a la comprensión anarquista más arriba descrita, y aquellos incluso que luchaban por libertades parciales no los han comprendido más que rara e insuficientemente y en cambio han tratado a menudo de conciliar sus nuevas libertades con el mantenimiento de antiguas autoridades, ya quedasen ellos mismos al margen de ese autoritarismo, o creyesen útil la autoridad y capaz de mantener y de defender sus nuevas libertades. En los tiempos modernos tales hombres sostenían la libertad constitucional o democrática, es decir libertades bajo la custodia del gubernamentalismo. De igual modo en el terreno social esa ambigüedad produjo el estatismo social, un socialismo impuesto autoritariamente y desprovisto por eso de lo que, según los anarquistas, le da su verdadera vida, la solidaridad, la reciprocidad, la generosidad, que sólo florecen en un mundo de libertad.

Antiguamente, pues, el reino de la autoridad fue general, los esfuerzos ambiguos, mixtos (la libertad por la autoridad) fueron raros, pero continuos, y una comprensión anarquista, al menos parcial y tanto más una integral, ha debido ser muy rara, tanto porque exigía condiciones favorables para nacer, como porque fue cruelmente perseguida y eliminada por la fuerza o gastada, desamparada, nivelada por la rutina. Sin embargo, si de la promiscuidad tribal se llegó a la vida privada relativamente respetada de los individuos, no es sólo el resultado de causas económicas, sino que fue un primer paso de la marcha de la tutela a la emancipación; y de sentimientos paralelos al antiestatismo de los hombres modernos, han pasado los hombres de esos tiempos antiguos a esta dirección. Desobediencia, desconfianza de la tiranía y rebelión han impulsado a muchos hombres enérgicos a forjarse una independencia que han sabido defender o han sucumbido. Otros supieron sustraerse a la autoridad por su inteligencia y por capacidades especiales, y si en un tiempo dado los hombres pasaron de la no-propiedad ( accesibilidad general) y de la propiedad colectiva ( de la tribu o de los residentes locales) a la propiedad privada, no sólo la codicia de posesión, sino también la necesidad, la voluntad de una independencia asegurada, han debido impulsarlos a ello.

Los pensadores anarquistas integrales de esos antiguos tiempos, si los hubo, son desconocidos, pero es característico que todas las mitologías han conservado la memoria de rebeliones, e incluso de luchas nunca terminadas, de una raza de rebeldes contra los dioses más poderosos. Son los Titanes que dan el asalto al Olimpo, Prometeo desafiando a Zeus, las fuerzas sombrías que en la mitología nórdica provocan el crepúsculo de los dioses, es el diablo que en la mitologíá cristiana no cede nunca y lucha a toda hora y en cada individuo contra el buen Dios, ese Lucifer rebelde que Bakunin respetaba tanto, y muchos otros. Si los sacerdotes, que manipulaban esos relatos tendenciosos en el interés conservador, no han eliminado esos atentados peligrosos a la omnipotencia de sus dioses, es que las tradiciones que tenían por base han debido estar tan arraigadas en el alma popular que no se han atrevido a ello y sólo se contentaron con desnaturalizar los hechos, insultando a los rebeldes, o bien han imaginado más tarde interpretaciones fantásticas para intimidar a los creyentes, como sobre todo la mitología cristiana con su pecado original, la caída del hombre, su redención y el juicio final, esa consagración y apología de la esclavitud de los hombres, de las prerrogativas de los sacerdotes como mediadores, y esa postergación de las reivindicaciones de justicia para el último término imaginable, para el fin del mundo. Por consiguiente, si no hubiese habido siempre rebeldes atrevidos y escépticos inteligentes, los sacerdotes no se habrían tomado tanto trabajo.

La lucha por la vida y la ayuda mutua estaban quizás inseparablemente entrelazadas en esos antiguos tiempos. ¿Qué es la ayuda mutua sino la lucha por la vida colectiva, protegiéndose así una colectividad contra un peligro que aplastaría a los aislados? ¿Qué es la lucha por la vida sino un individuo que reúne un mayor número de fuerzas o capacidades triunfando sobre otro que reune una cantidad más pequeña? El progreso se hizo por independencias e individualizaciones fundadas en un medio de sociabilidad relativamente segura y elevada. Los grandes despotismos orientales no permitieron verdaderos progresos intelectuales, pero sí el ambiente del mundo griego, compuesto de autonomías más locales, y la primera floración del pensamiento libre que conocemos fue la filosofía griega, que ha podido en el curso de los siglos, tener conocimiento de lo que pensaban en la India y en China algunos pensadores, pero que ante todo hizo una obra independiente, que ya los romanos, a quienes les interesaba tanto instruirse en las fuentes griegas de la civilización, no pudieron comprender y continuar y menos aún el mundo inculto del milenio de la edad media.

Lo que se llama filosofía fueron al comienzo reflexiones todo lo independientes que es posible de la tradición religiosa por individuos que dependían de su ambiente, y sacadas de observaciones más directas y, algunas, resultados de la experiencia; reflexiones por ejemplo sobre el origen y la esencia de los mundos y de las cosas (cosmogenia), sobre la conducta individual y sus mejoras deseables (moral), sobre la conducta colectiva cívica y social (politica social) y sobre un conjunto más perfecto en el porvenir y los medios de llegar a él (el ideal filosófico que es una utopía, derivada de las opiniones que esos pensadores se han formado sobre el pasado, el presente y la dirección de la evolución que creen haber observado o que consideran útil y deseable). Las religiones se habían formado antes aproximadamente de manera parecida, sólo que en condiciones generales más primitivas, y la teocracia de los sacerdotes y el despotismo de los Reyes y de los jefes corresponden a ese estadio. Esa población de los territorios griegos, continente e islas, que se mantenía contra los despotismos vecinos, fundando una vida cívica, autonomías, federaciones, rivalizando en pequeños centros de cultura, produce también esos filósofos que se elevaron sobre el pasado, que trataban de ser útiles a sus pequeñas Repúblicas patrias y concebían sueños de progreso y de felicidad general (sin atreverse o sin querer tocar a la esclavitud, claro está, lo que muestra cuan difícil es elevarse verdaderamente sobre el ambiente).

De esos tiempos datan el gubernamentalismo de formas en apariencia más modernas, y la política, que tomaron el puesto del despotismo asiático y de la arbitrariedad pura, sin reemplazarlos totalmente. Fue un progreso semejante al de la revolución francesa y al del siglo XIX, comparados con el absolutismo del siglo XVIII, y como este último progreso dio un gran impulso al socialismo integral y a la concepción anarquista, así al lado de la masa de los filósofos y de los hombres de Estado griegos moderados y conservadores, hubo pensadores intrépidos que llegaron ya entonces a las ideas socialistas estatales, los unos, y a las ideas anarquistas, los otros -una pequeña minoría, sin duda-, pero hombres que hicieron su marca, que no se les pudo ya borrar de la historia, aunque rivalidades de escuela, persecuciones o la incuria de edades ignorantes hayan hecho desaparecer los escritos. Lo que de ellos subsiste se ha preservado sobre todo como extractos en textos de autores reconocidos que se han conservado.

Había en esas pequeñas Repúblicas siempre amenazadas, y ambiciosas y agresivas a su vez, un culto extremo al civismo, al patriotismo, y había también riñas de los partidos, demagogia, y la preocupación del poder, y sobre esa base se desarrolló un comunismo muy crudo. De ahí la aversión de otros contra la democracia y la idea de un gobierno de los más prudentes, de los sabios, de los hombres de edad, como soñaba Platón. Pero también la aversión contra el Estado, del que había que apartarse, que profesó Aristipo, las ideas libertarias de Antifon, y sobre todo la gran obra de Zenon (342-270 a. de C.), el fundador de la escuela estoica, que elimina toda coacción exterior y proclama el impulso moral propio en el individuo como único y suficiente regulador de las acciones del individuo y de la comunidad. Fue un primer grito claro de la libertad humana que se sentía adulta y se despojaba de sus lazos autoritarios, y no hay que asombrarse de que ese trabajo fuese ante todo depurado por generaciones futuras, luego completamente dejado al margen para irse perdiendo.

Sin embargo, como las religiones transportan las aspiraciones de justicia y de igualdad a un cielo ficticio, también los filósofos y algunos jurisconsultos se transmitieron el ideal de un derecho verdaderamente justo y equitativo, basado en las exigencias formuladas por Zenón y los estoicos; fue el llamado derecho natural que, como igualmente una concepción ideal de la religión, la religión natural, iluminó débilmente numerosos siglos de crueldad y de ignorancia, y a su resplandor en fin se rehicieron los espíritus y se comenzó a querer hacer realidades de esas abstracciones ideales. Ese es el primer gran servicio que la idea libertarla ha prestado a la humanidad: su ideal, tan enteramente opuesto al ideal del reino supremo y definitivo de la autoridad, es absorbido después en más de dos mil años y queda implantado en cada hombre honesto que sabe perfectamente que es eso lo que haría falta, por eséptico, ignorante o desviado que esté, a causa de intereses particulares, en relación a la posibilidad, y sobre todo a la posibilidad próxima, de realizaciones.

Pero se comprende también que la autoridad -Estado, propiedad, iglesia- veló contra la popularización de esas ideas, y se sabe que la República y el Imperio romano y la Roma de los Papas hasta el siglo XV, imponían al mundo occidental un fascismo intelectual absoluto, con el despotismo oriental que renacía en bizantinos, y turcos y zarismo ruso (continuado virtualmente por el bolcheviquismo ruso) como complemento. Entonces, hasta el siglo XV y más tarde aún (Servet, Bruno, Vanini), el pensamiento libre fue impedido bajo peligro de pena de muerte y no pudo transmitirse más que secretamente por algunos sabios y sus discípulos, tal vez en el núcleo más íntimo de algunas sociedades secretas. No se mostró en plena luz del día más que cuando, entremezclado con el fanatismo o el misticismo de las sectas religiosas, no temía ya nada, sintiéndose impulsado al sacrificio, sabiéndose consagrado o consagrándose alegremente a la muerte. Aquí las fuentes originales fueron cuidadosamente destruídas y no conocemos más que las voces de los denunciadores, de los insultadores y a menudo de los verdugos. Así Karpokrates, de la escuela gnóstica en Egipto, preconizó una vida en comunismo libre en el siglo segundo de la era presente, y también esta idea emitida en el Nuevo Testamento (Pablo a los Galateos): si el espíritu os manda, no estáis sin ley – pareció prestarse a la vida fuera del Estado, sin ley ni amo.

Los últimos seis siglos de la Edad Media fueron la época de las luchas de autonomías locales (ciudades y pequeños territorios) dispuestos a federarse y de grandes territorios que fueron unificados para formar los grandes Estados modernos, unidades políticas y económicas. Si las pequeñas unidades eran centros de civilización y habrían podido prosperar por su propio trabajo productivo, por federaciones útiles a sus intereses, y por la superioridad que su riqueza les dio sobre los territorios agrícolas pobres y sobre las ciudades menos afortunadas, su éxito completo no habría sido más que la consagración de esas ventajas a expensas de la inferioridad continua de los menos favorecidos. ¿Es más importante que algunas ciudades libres, Florencia, Venecia, Génova, Augsburg, Nurenberg, Bremen, Cante, Brujas y otras se enriquezcan o que todos los países en que están situadas sean elevados en confort, en educación, etc? La historia, hasta 1919 al menos, ha decidido en el sentido de las grandes unidades económicas y las autonomías fueron reducidas o han caído. La autoridad, el deseo de extenderse, de dominar, estaba verdaderamente en ambas partes, en los microcosmos y en los macrocosmos y la libertad fue un término explotado por los unos y por los otros; los unos rompieron el poder de las ciudades y de sus conjuraciones (ligas); los otros el de los Reyes y de sus Estados. Sin embargo, en esta situación las ciudades favorecían a veces el pensamiento independiente, la investigación científica, y permitieron a los disidentes y heréticos, proscritos en otras partes, hallar en ellas un asilo temporal. Sobre todo allí donde los municipios romanos situados en los caminos del comercio, u otras ciudades prósperas, eran más numerosas, había focos de esa indepedencia intelectual; de Valencia y Barcelona hacia la Alta Italia y Toscana, hacia la Alsacia, Suiza, Alemania meridional y Bohemia, por París hacia las Bocas del Rhin, Flandes y Países Bajos y el litoral germánico (las ciudades hanseáticas), tal fue ese país sembrado de focos de libertades locales. Y fueron las guerras de los emperadores en Italia, la cruzada contra los albigenses y la centralización de Francia por los Reyes, sobre todo por Luis XI, la supremacía castellana en España, las luchas de los Estados contra las ciudades en el mediodía y en el norte alemán, por los duques de Borgoña, etc., las que produjeron la supremacía de los grandes Estados.

Entre las sectas cristianas se nombra sobre todo a esos Hermanos y Hermanas de espíritu libre como practicantes de un comunismo ilimitado entre ellos. Partiendo probablemente de Francia, destruidos por la persecución, su tradición ha sobrevivido más en Holanda y en Flandes y los Klompdraggers del siglo XIV y los partidarios de Eligius Praystinck, los libertinos de Amberes en el siglo XVI (los loistas) , parecen derivarse de ellos. En Bohemia, después de los husitas, Peter Chelchicky preconizó una conducta moral y social que recuerda la enseñanza de Tolstoi. También allí había sectas de prácticos, llamados libertinos directos, los adamitas sobre todo. Se conocen algunos escritos, sobre todo de Chelchicky ( cuyos partidarios moderados se conocieron más tarde como Hermanos moravos) , pero en cuanto a las sectas más avanzadas se han reducido a los peores libelos de sus perseguidores devotos, y es difícil, si no imposible, distinguir en qué grado su desafío a los Estados y a las leyes era un acto antiautoritario consciente. Porque se dicen autorizadas por la palabra de Dios, que es así su amo supremo.

En suma, la Edad Media no pudo producir un libertarismo racional e integral. Sólo el re-descubrimiento del paganismo griego y romano, el humanismo del Renacimiento, dio a muchos hombres instruidos medios de comparación, de crítica; veían varias mitologías tan perfectas como la mitología cristiana, y entre la fe en todo eso y la fe en nada de ello, algunos se han emancipado de toda creencia. El título de un pequeño escrito de origen desconocido, De tribus imposioribus, sobre los tres impostores (Moisés, Cristo y Mahoma) marca esa tendencia y, en fin, un sacerdote francés, François Rabelais, escribe las palabras libertadoras Haz lo que quieras, y un joven jurista, Etienne de la Boetie (1530-1563), nos dejó el fámoso Discours de la servitude volontaire.

Estas investigaciones históricas nos enseñan a ser modestos en nuestras expectativas. No sería difícil hallar los más bellos elogios de la libertad, del heroísmo de los tiranicidas y otros rebeldes, de las revueltas sociales populares, etc.; pero la comprensión del mal inmanente en la autoridad, la confianza completa en la libertad, eso es rarísimo, y las manifestaciones mencionadas aquí son como las primeras tentativas intelectuales y morales de los hombres para marchar de pie sin andadores tutelares y sin cadenas de coacción. Parece poco, pero es algo, y no ha sido olvidado. Frente a los tres impostores se erigió al fin la ciencia, la razón libre, la investigación profunda, el experimento y una verdadera experiencia. La Abbaye de Thézeme, que no ha sido la primera de las islas dichosas imaginadas, no fue la última, y junto a las utopías autoritarias, estatistas, que reflejan los nuevos grandes Estados centralizadores, hubo aspiraciones de vida idílica, inofensiva, graciosa, llena de respetos, afirmaciones de la necesidad de libertad y de convivencia en esos siglos XVI, XVII, XVIII de las guerras de conquista, de religión, de comercio, de dIplomacia y de las crueles colonizaciones de ultramar – el sometimiento de los nuevos continentes -. Y la servidumbre voluntaria tomaba a veces impulso para poner fin a sí misma, como en la lucha de los Países Bajos y contra la realeza de los Stuart en los siglos XVI y XVII y la lucha de las colonias norteamericanas contra Inglaterra en el siglo XVIII. hasta la emancipación de la América latina a comienzos del siglo XIX. La desobediencia entró así en la vida política y social. De igual modo el espíritu de la asociación voluntaria, de los proyectos y tentativas de cooperación industrial en Europa, ya en el siglo XVII, de la vida práctica por organizaciones más o menos autónomas y autogobernadas en América del Norte antes y después de la separación de Inglaterra. Ya los últimos siglos de la Edad Media habían visto el desafío de la Suiza central al Imperio alemán y su triunfo, las grandes revueltas de los campesinos, las afirmaciones violentas de independencia local en varias partes de la Península ibérica; París se manturo firme contra la realeza en diversas ocasiones, hasta el siglo XVII, y de nuevo en 1789.

El fermento libertario, lo sé bien, era todavía demasiado pequeño, y los rebeldes de ayer se quedan prendidos en una nueva autoridad al día siguiente. Todavía se puede hacer matar a los pueblos en nombre de tal o cual religión y, más aún, se les inculcó las religiones intensificadas de la Reforma y por otra parte se les puso bajo la tutela y la férula de los jesuitas. Europa, además, fue sometida a la burocracia, a la policía, a los ejércitos permanentes, a la aristocracia ya las Cortes de los Príncipes, aun siendo sutilmente dirigida por los poderosos del comercio y de las finanzas. Muy pocos hombres entreveían a veces soluciones libertarias y hablaban de ellas en algunos pasajes de sus utopías, como por ejemplo Gabriel Faigny en Les Aventures de Jacques Sadeur dans la découverte et le voyage de la Terre australe (1676); o sirviéndose de la ficción de los salvajes que no conocían la vida refinada de los Estados policiales, como por ejemplo Nicolás Gueudeville en los Entretiens entre un sauvage et le baron de Hontan (1704); o bien Diderot en el famoso Supplément au Voyage de Bougainville.

Hubo el esfuerzo de acción directa, la recuperación de la libertad después de la caída de la monarquía en Inglaterra en 1649, hecha por Gerard Winstanley (the Digger); los proyectos de socialismo voluntario por asociación, de P. C. Plockboy (1658) , un holandés, John Bellers (1695), el escocés Robert Wallace (1761), en Francia de Rétif de la Bretonne.

Razonadores inteligentes disecaban el estatismo, como – no importa que haya sido una extravagancia- Edmund Burke en A Vindication of Natural Society (1756), y en Diderot fue familiar una argumentación verdaderamente anarquista. Hubo aislados que impugnaban la ley y la autoridad, como William Harris en el territorio de Rhode Island (Estados Unidos), en el siglo XVII; Mathias Knutsen, en el mismo siglo, en el Holstein; el benedictino Dom Deschamps, en el siglo XVIII, en un manuscrito, dejado por él, en Francia ( conocido desde 1865); también A. F. Doni, Montesquieu (los trogloditas), G. F. Rebmann (1794), Dulaurens (1766, en algunos rincones de Compêre Matthieu), esbozan pequeños países y refugios felices sin propiedad ni leyes. En las décadas anteriores a la revolución francesa, Sylvain Maréchal (1750 – 1803), un parisien, propuso un anarquismo muy claramente razonado, en la forma velada de la vida feliz de una edad pastoral arcadiana; así en L’Age d’Or, recueil de contes pastoraux par de Berger Sylvain (1782) y en Livre échappé ou déluge ou Pseaumes nouvellement découverts (1784-). El mismo hizo una propaganda ateísta de las más decididas y en sus Apologues modernes, a l’usage d’un Dauphin (1788) , esboza ya las visiones de los Reyes deportados todos a una isla desierta en que acaban por destruirse unos a otros, y de la huelga general, por la cual los productores, las tres cuartas partes de la población, establecen la sociedad libre. Durante la revolución francesa Maréchal fue impresionado y seducido por el terrorismo revolucionario, pero no pudo menos, sin embargo, de poner en el Manifeste des Egaux de los babouvistas, estas palabras famosas: desapareced, repulsivas diferencias de gobernadores y de gobernados, que fueron radicalmente desaprobadas durante su proceso por los acusados socialistas autoritarios y por Buonarroti mismo.

Se encuentran ideas anarquistas claramente expresadas por Lessing, el Diderot alemán del siglo XVIII ; los filósofos Fichte y Krause, Wilhelm von Humboidt (1792); (el hermano de Alejandro) se inclinan del lado libertario en algunos de sus escritos. De igual modo los jóvenes poetas ingleses S. T. Coleridge y sus amigos del tiempo de su Pantisocracy. Una primera aplicación de esos sentimientos se encuentra en la reforma de la pedagogía entrevista en el siglo XVII por Amos Comenius, que recibió su impulso por J. J. Rousseau, bajo la influencia de todas las ideas humanitarias e igualitarias del siglo XVII, y particularmente atendida en Suiza (Pestalozzi) y en Alemania, donde también Goethe contribuyó de buena gana. En el núcleo más íntimo de los Iluminados alemanes (Weishaupt), la sociedad sin autoridad fue reconocida como objetivo final. Franz Baader (en Baviera) fue impresionadísimo por la Enquiry on Political Justice de Godwin, que apareció en alemán ( sólo la primera parte en 1803, en Würzburg, Baviera) y también Georg Forster, el hombre de ciencia y revolucionario alemán leyó ese libro en París, en 1793, pero murió pocos meses después, en enero de 1794, sin haber podido dar una expresión pública sobre ese libro que le fascinó (carta del 23 de julio de 1793) .

Estas son referencias rápidas de los principales materiales que he discutido en el libro Der Vorfrühling der Anarchie, 1925, págs. 5-66. Es probable que por algunos meses de investigaciones especiales en el British Museum, las completase un poco, y son sobre todo libros españoles, italianos, holandeses y escandinavos los que no he consultado sino muy poco. En los Iibros franceses, ingleses y alemanes he buscado ya mucho. En suma, lo que falta puede ser numeroso e interesante, pero no será probablemente de primera importancia, o su repercusión sobre los materiales ya conocidos nos habría advertido de su existencia.

Los materiales no son, pues, muy numerosos, pero son bastante notorios. Todo el mundo conoce a Rabelais; a través de Montagine se llegó siempre a La Boetie. La utopía de Gabriel Foigny fue bien conocida, varias veces reimpresa y traducida. La idea juvenil o la escapada de Burke, tuvo gran voga, y Sylvain Maréchal hizo hablar de sí bastante. Diderot y Lessing fueron clásicos. Así esas concepciones profundamente antiautoritarias, esa crítica y rechazo de la idea gubernamental, los esfuerzos serios para reducir e incluso negar el puesto de la autoridad en la educación, en las relaciones de los sexos, en la vida religiosa, en los asuntos públicos, todo eso no pasó desapercibido para el mundo avanzado del siglo XVIII y se puede decir que, como ideal supremo, sólo los reaccionarios lo combatían y sólo los moderados ponderados lo creían irrealizable para siempre. Por el derecho natural, la religión natural o la concepción materialista del tipo d’Holbach (Sisteme de la Nature, 1770) y de Lamettrie, por el encaminamiento de una menor a una mayor perfección de las sociedades secretas, todos los cosmopolitas humanitarios del siglo estaban intelectualmente en ruta hacia el mínimo de gobierno, sino hacia su ausencia total para los hombres libres. Los Herder y los Condorcet, Mary Wollstonecraft como no mucho después el joven Shelley, todos comprendieron que el porvenir va hacia una humanización de los hombres, que reduciría a nada inevitablemente el gubernamentalismo.

Tal fue la situación en vísperas de la revolución francesa, cuando no se conocían sino todas las fuerzas que un golpe decisivo dado al antiguo régimen iba a poner en movimiento para el bien y para el mal. Se estaba rodeado de aprovechadores insolentes de la autoridad y de todas sus víctimas seculares, pero los hombres del progreso querían un máximo de libertad y tenían buena conciencia y buena esperanza. La larga noche de la era de autoridad iba al fin a terminar …

Max Nettlau

Cita:
Capítulo “Libertad y anarquía: sus más antiguas manifestaciones y las concepciones libertarias hasta 1789” de su libro “La Anarquía a través de los tiempos” [pdf.]
[Imagen: 51049459.jpg]

"Esta es la verdad sobre la CNT. Organización verdadera, humana, apasionada, realista, siempre grande en sus gestas, en sus luchas ; con militantes hechos a todo, a la muerte cuando las balas asesinas los sorprendían, cuando había que segar la vida de los enemigos. No hubo otra CNT. No existió una CNT carente de hombres de acción. La acción, en nuestra organización, era producto de las grandes resistencias que a su crecimiento oponía la infinita gama de intereses creados por la sociedad burguesa. Para poder crecer y desarrollarse, la CNT tenía que hacer saltar la costra que impedía su crecimiento. De ahí que fuese violenta en sus métodos. Y la cantidad de su violencia correspondía exactamente a la cantidad de vioiencia que se le oponía"

Juan García Oliver

Índice de la obra
1. El anarcosindicalismo en la calle.
2. El anarcosindicalismo en el Comité de Milicias.
3. El anarcosindicalismo en el gobierno.
4. El anarcosindicalismo en el exilio.



[Imagen: 20151117121125-c78907c8.gif]

Fuente: http://www.portaloaca.com/historia/histo...liver.html
ustedes que opinan sobre el anarquismo en mexico y su acciones?
Hola compis, soy nuevo en este foro y quería presentarme. A la edad de 13 conecté con el anarquismo gracias a Los Muertos de Cristo y Sin Dios, he tenido la oportunidad de vivir en diferentes países europeos hasta que volví a España hace unos 6 meses. Me he unido al foro para poder conversar, aprender y compartir pensamientos con otros u otras libre-pensadoras.

Un saludo
Entre os dias 16, 17,18 de junho de 2017 a Iniciativa Federalista
Anarquista no Brasil (IFA-Bra) realizou o 3º Fórum Geral Anarquista na
Cidade de Campinas - São Paulo - Brasil.
Nesta versão do FGA participaram nove federações em América Latina e
Europa. De acordo com a disponibilidade de alguns companheiros destas
federações a IFA-Bra promoveu várias parcerias para realização de
conferências em várias cidades em três Estados no país: São Paulo, Rio
de Janeiro e Bahia.
Em Salvador uma parceria entre IFA-Bra com Maloca Libertária e
SINDIPETRO-Bahia promoveu a conferência Revolussão Russa: 100 anos.
Segue agora a gravação audiovisual com apresentação do convidado René
Berthier, integrante do Grupo Gaston Leval associado da Federação
Anarquista Francófona. A gravação é incrementanda por considerações,
questões, inquietações de uma cheia plateia de trabalhadores e
estudantes.
Assim nós da IFA-Bra, neste ano de 2017 entendemos necessário e
importante os anarquistas recordarem a Revolução Russa, suas
conquistas, seus fracassos, seus erros, mudanças, permanências. Dessa
forma nos reaproximamos do ideal revolucionários social colocando-nos
diante de nossa história e diante da inexorável realidade na qual o
capitalismo se mantém, persistindo a exploração e a opressão contra a
maioria da população brasileira, latino americana e mundial.

Não obstante revemos a prática de infiltração, manipulação, traição,
perseguição, extradição e assassinato promovidas pelos comunistas, do
agrupamento bolchevique, contra o povo russo e todos anarquistas e
socialistas. Então estes se apropriaram e deram fim ao processo
revolucionário social que se iniciara em 1905 (no domingo do dia 22 de
janeiro de 1905 ou 9 de janeiro, segundo o calendário juliano, vigente
no país a época) tendo seu momento crucial em fevereiro de 1917 (março
de 1917, pelo calendário ocidental) que derrubou o Estado monarquico
russo e o governo do Czar Nicolau II. Em outubro de 1917 (novembro do
mesmo ano, pelo calendário ocidental) os bolcheviques matam a Revolução
Social Russa golpeando definitivamente ao povo, aos socialistas e
anarquistas dando início ao capitalismo de Estado conduzido pela
ditadura do proletariado baseada no centralismo político e econômico
guarnecida pelo braço armado militar vermelho encarnados no que se
autoproclamou pelos bolcheviques como Ditadura do Proletariado,
princípio, método e modelo cunhado por Karl Marx e combatido desde seu
primeiro momento por Mikhail Alexandrovich Bakunin.
Agradecemos ao companheiro René Berthier por sua contribuição e a
parceria da Maloca Libertária e SINDIPETRO-Bahia pelo acolhimento e
realização do evento que promove a abertura do compartilhamento do
conhecimento histórico e social dos trabalhadores e da Revolução Social
Russa.
Saudações anarquistas e bom prazer com a conferência.
Links dos vídeos:
Parte 1 - https://www.youtube.com/watch?v=BZ7wd-wE7v8
Parte 2 - https://www.youtube.com/watch?v=vAp5o8ymeVk
Parte 3 - https://www.youtube.com/watch?v=H_nyU4Z1a4g
Parte 4 - https://www.youtube.com/watch?v=bSs3zV7lI8A
Carta das Federações associadas a Internacional de Federações Anarquistas desde CRIFA-Brasil em 2017 chamado à campanha de solidariedade ao povo e anarquistas em Venezuela.

Documento anexo e link:

https://ligarj.wordpress.com/2017/07/26/...ezuelanos/
[Imagen: bandnegs.jpg]
El anarquismo es enemigo de todo dogma y propulsor de un auténtico pensamiento libre; por ello, está obligado a revisar y renovar sus planteamientos emancipadores, máxime en un escenario tan diferente al que vivieron los militantes clásicos.

El mundo se ha transformado radicalmente en las últimas décadas, de ahí que las antiguas recetas emancipadoras, con una concepción de la revolución social con mayúsculas, resulten cuestionables. Si preguntamos a gran parte de la sociedad sobre los anhelos anarquistas, de libertad, igualdad y justicia para todos, lo más probable es que, en el mejor de los casos, lo consideren un bello sueño inalcanzable. Ello, a pesar de que tal y como está el mundo, con una evidente y creciente desigualdad económica y política, y con la amenaza constante incluso de la destrucción del planeta, las ideas libertarias sean más necesarias que nunca. ¿Qué podemos hacer? Por supuesto, no conducirnos a la desesperanza, pero tampoco a la automarginación, enclaustrándonos en la defensa de principios inamovibles ni en cierta actitud esteril desuperioridad moral. La primera tarea es comprender que, por mucho que nos guste buscar un vínculo con el pasado, con el anarquismo clásico o moderno, el mundo es hoy muy diferente. Hay que comprender que la praxis emprendida por los libertarios del pasado, no sabemos si están o no obsoletas o resultan absolutamente inviables, pero sí pertenecen a un mundo que ya no existe. Ello no impide, por supuesto, aprender mucho de militantes y pensadores pertenecientes a otro tiempo, pero no podemos abundar en concepciones dogmáticas ni en una suerte de papanatismo adornado con bellas propuestas emancipadoras.

Como anarquistas, estamos obligados a renovarnos y movernos constantemente, buscando esas nuevas vías emancipadoras que verdaderamente renuncian al autoritarismo. Recordemos que las propuestas del anarquismo, con su coherencia entre medios y fines, y su renuncia a toda praxis coercitiva, está en las Antípodas de otras corrientes (supuestamente) emancipadoras, como la socialdemócrata o la comunista. Así, esas opciones políticas es lógico que abunden en la repetición, como vemos una y otra vez en la práctica, a pesar de conocer los resultados. Las ideas libertarias, muy al contrario, están obligadas a reinventarse. No es ninguna paradoja, ni una renuncia a los principios fundamentales anarquistas, que tienen que ver precisamente con esa práctica real de solidaridad, descentralización y libertad. Anarquismo es movimiento y renovación permanente, precisamente porque el resto de propuestas insiste en cambiar el sistema desde dentro. Las ideas libertarias representan la verdadera autonomía, la gestión por parte de la propia sociedad, frente a la heteronomía, que insiste en representarla y tutelarla. Si se quiere, y es posible que con este lenguaje atraigamos la conciencia de las personas, el anarquismo es una profundización en la democracia, que siempre debería haber sido la gestión social y política realizada por el propio pueblo (por recuperar la etimología de la palabra).

Tal vez, el siglo XXI nos depare la auténtica evolución de la democracia, que es esa profundización en la misma que representa el anarquismo. La democracia representativa, heteronomía política, subordinada o fusionada con el capitalismo, representa hoy el inmovilismo, el Estado con mayúsculas, la desesperanza y la continuación en fórmulas obsoletas. Todo lo que el anarquismo no puede ser, ya que hay que convencer de que se trata de la mejor alternativa a cualquier forma de explotación y dominación, aunque se revista de modos democráticos. El sistema económico, el capitalismo, por su parte, a pesar de lo injusto, embrutecedor y destructor que resulte, es el sistema consolidado en la modernidad. La concepción socialista de la sociedad parece hoy obsoleta, identificada exclusivamente con sus fracasadas propuestas estatales. Ello explica, en gran medida, aunque no solo, la supremacía del capitalismo, a pesar de que el anarquismo también fue en origen una corriente socialista con una sólida concepción de la libertad vinculada a la igualdad. Por supuesto, no podemos lamentarnos sobre por qué el anarquismo no ha encontrado su lugar en la modernidad y sí realizar un análisis del nuevo escenario y de las nuevas estrategias ácratas.

Recordemos que el anarquismo no es simplemente una ideología o una teoría, aunque es cierto que pudo verse influido en ciertos aspectos por las visiones marxistas sobre un movimiento obrero que vislumbraba un horizonte emancipador. Es decir, una organización de masas trabajadoras, por muy descentralizada que se presentara en el caso de la influencia anarquista, y un gran evento revolucionario que nos condujera al deseado socialismo libertario. Hoy, hay que ser críticos con esta concepción. El marxismo, la otra gran corriente emancipadora, ha sufrido un periplo peculiar en la modernidad, huyendo del horror de su praxis y buscando una renovación que en sus mejores propuestas le acababa acercando a las ideas libertarias. El anarquismo, sin grandes propuestas teóricas (por supuesto, nada "científicas"), ni mucho menos totalitarias, pero con un gran y ecléctico corpus, busca batallar siempre en el seno de los movimientos sociales. Los estudiosos e investigadores aseguran que, al menos, desde Mayo del 68 de una forma más evidente en diversas luchas concretas. Al fin y al cabo, las denominaciones no son importantes, y lo importante es esa concepción amplia de la libertad, vinculada a la autogestión y la horizontalidad, con su rechazo al poder y a la jerarquía, tengo o no la etiqueta de anarquista. Esa renovación del anarquismo, con el nombre que se quiera (por eso, hay quien le coloca el prefijo neo o post), se está produciendo desde las últimas décadas y consolidando en el siglo XXI. Sin entrar en disquisiciones filosóficas acerca del postestructuralismo y la posmodernidad, diremos que la propia condición anarquista obliga a esa crítica permanente, a esa revisión y renovación, que no renuncia totalmente al pasado, y sí lo utiliza para enriquecer las propuestas actuales. Como anarquistas, solo podemos rechazar el dogma y amar el auténtico pensamiento libre, no solo el que se reviste de meras oposiciones para evidenciar su impotencia. Tal y como lo expresan pensadores anarquistas actuales, como Octavio Alberola o Tomás Ibáñez, el anarquismo del siglo XXI se puede caracterizar por una cierta conservación de algunos ideales clásicos "para construir la anarquía en los hechos" y sea capaz de poner al día todas sus potencialidades de emancipación.
Capi Vidal
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"La libertad no es poder elegir entre unas pocas opciones impuestas, sino tener el control de tu propia vida. La libertad no es elegir quién será tu amo, es no tener amo" *Richard Matthew Stallman

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Salud.
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Nada de comunismo, ni de colectivismo,
ni de individualismo, si por cualquiera de
estos apelativos había de sobreentenderse
un sistema exclusivo de convivencia económica o social
 
Eleuterio Quintanilla (1)
 
El anarquismo se compone de algunos puntos nodales en su estructura.
Si bien existen diferentes maneras de entender el anarquismo que van desde el individualismo hasta el comunismo anarquista, algunas partes del anarquismo son perfectamente identificables y definibles, de las cuales podemos enumerar las siguientes:
 
1.- Aspecto económico. Es la parte que brinda la manera de organizar la sociedad desde el anarquismo en el aspecto de la producción y distribución de los productos.
2.- Aspecto político. Es la parte en la que el anarquismo propugna la abolición de las leyes e instituciones que ahogan la libertad del pueblo en aras de los privilegios de un puñado de capitalistas bajo el pretexto de organizar la sociedad y brindar protección al pueblo.
3.- Aspecto social. Es la manera en que el anarquismo propugna no solamente la cuestión relativa a la equidad entre las personas sin importar género sexual, procedencia, color de piel, etc., sino también la situación revolucionaria que ha traer la sociedad anarquista: la revolución más que ser política ha de ser social, ha de ir a los fundamentos mismos de la sociedad para transformarlos.
Este aspecto es fundamental en el anarquismo ya que si bien la revolución que se propone contiene elementos políticos (negadores de toda forma de códigos y Estados), es ante todo social. El anarquismo no busca una revolución política o meramente económica que deje en pie los pilares de la desigualdad social (piénsese en la revolución secuestrada por el bolchevismo en 1917), sino una revolución específicamente social transformadora de la sociedad completa.
4.- Aspecto religioso. Si bien los anarquistas son por excelencia ateos, es este ateísmo por sí mismo una postura respecto de la religión.
 
Ahora bien, si hasta aquí estamos de acuerdo, hemos de poner la lupa sobre la historia del anarquismo y ver la evolución en las diferentes formas económicas que ha tenido: al mutualismo de Proudhon le sustituyó el colectivismo de Bakunin; a este le sustituyó en preferencia el comunismo anarquista difundido primeramente por Malatesta y Cafiero (1876) y posteriormente por Kropotkin (1879) por mencionar solamente las formas económicas  más significativas dentro del anarquismo.
Grande fue el debate en torno a la transición entre el colectivismo y el comunismo anarquista. Malatesta, Cafiero y Kropotkin cimentaron una escuela del comunismo anarquista que bien pronto se esparció por todo el mundo.
Pero hasta entonces la escuela del colectivismo bakuninista primaba en prácticamente el movimiento anarquista mundial, y durante los primeros debates la palabra comunista se usaba por los anarco-colectivistas hasta como insulto a quienes comenzaban a introducir las ideas anarco-comunistas (2). Por su parte los comunistas anarquistas no se medían tampoco en los debates y lanzaron varios ataques furiosos a los defensores del colectivismo anarquista en el periodo más álgido de los debates (3).
En este debate, aparte de las grandes figuras de Malatesta y Kropotkin, se sumó el más grande historiador del anarquismo: Max Nettlau. Hizo este algunos textos en contra del colectivismo, y por su parte Ricardo Mella abundó brillantemente en contra del comunismo en el anarquismo (4), siendo prácticamente el último en defender el colectivismo anarquista.
Otras personalidades como Francisco Tomás y José Llunas defendían también férreamente el colectivismo rechazando de manera firme la introducción del comunismo en el anarquismo.
Cierto es que tras la resistencia al comunismo libertario por los colectivistas se hallaba el fantasma de las maquinaciones de Karl Marx y se defendían contra estas ideas los anarquistas pensando que tras la idea de anarco-comunismo se hallaba la infiltración marxista; pero no es menos cierto que las críticas entonces lanzadas al comunismo eran bastante interesantes y dignas de crítica no solo al marxismo (ya con bastantes críticas encima), sino al comunismo como concepto económico.
Finalmente el cubano radicado en España, Fernando Tárrida del Marmol, vino a zanjar el asunto en su mayoría con su propuesta de anarquismo sin adjetivos.
Básicamente la síntesis de Tárrida del Marmol apuntaba a que estas discusiones eran del todo absurdas: el colectivismo o el comunismo no son más que propuestas económicas pensadas para el aquí y ahora, pero de ninguna manera una formulación para el porvenir.
El comunismo libertario no es, pues, un programa definitivo y una bandera a tomar para el presente y el futuro.
Jugar a ser profetas jamás será algo digno de ser tomado en serio.
Los medios de producción avanzan vertiginosamente, y siendo la economía un punto neurálgico de las formas de organización del trabajo y de distribución de productos, es absurdo definir desde ahora mismo una forma económica que no sabemos si en el futuro ha de ser caduca e inservible habiendo otras formas organizativas sin Estado que brinden mejores posibilidades de organización y justicia para el pueblo.
Y es que al margen de lo justo de esta proposición están también las críticas que se podrían formular con toda justicia tanto al colectivismo como al comunismo anarquista.
Me referiré únicamente al colectivismo y al comunismo anarquistas, dejando de lado por el momento los comentarios al mutualismo, sistema que, aunque en la actualidad no sea de mucha preferencia, es bastante digno de analizar.
El colectivismo reconoce la virtud y el esfuerzo del trabajador al dar a este el usufructo de los medios de producción y el producto de su trabajo. Siguiendo los planteamientos proudhonianos (aunque formulados por Bakunin) los productos se cambian por productos creando así una red de reciprocidad entre todos los componentes.
El acicate de trabajar a cambio de tener derecho a consumir de acuerdo a su capacidad genera en el individuo la virtud y el esfuerzo en vistas de una forma de vida buena sin más necesidad que la de trabajar.
El sistema es bastante simple: los medios de producción son usufructuados, pero el producto del trabajo corresponde a quien lo genera, cambiando este su producto por los productos de los demás.
Así, el bienestar no es fruto de la nada ni se piensa románticamente que éste viene inevitablemente: el trabajador lo produce mediante su esfuerzo e ingenio.
Los que anteriormente ejercían trabajos de policías, curas, ministros o simplemente burgueses, no tendrán absolutamente nada si no trabajan realizando algo productivo para la sociedad.
El parasitismo queda así eliminado, la propiedad se convierte en posesión (¿no se nota aquí el halo proudhoniano acaso?), el trabajador tiene cubiertas sus necesidades a cambio de trabajar y contribuir al mejoramiento de la sociedad.
Pide además el colectivismo (5) el derecho del trabajador a donar sus productos a la comunidad o conservarlos. El derecho, nada más que el derecho a decidir el trabajador por sí mismo si su producto es común o lo conserva.
Este derecho inobjetable hace un puente (me parece verlo) entre el colectivismo y el comunismo anarquista donde los productos son de propiedad común.
Hasta aquí el colectivismo es aceptable.
Pero tiene sus partes injustas también, porque en esta forma de organización económica, cuya fórmula es “a cada uno según su trabajo” quedan relegadas las personas que por discapacidades, enfermedades o edad avanzada no puedan trabajar.
Porque si aquella frase de “la tierra es de quien la trabaja” aplica a algún sistema económico es precisamente al colectivismo: solo el que trabaje podrá comer.
Si la tierra, y podríamos ampliar el concepto a los medios de producción en general, no son de quienes los trabajan hay injusticia. El que trabaja es dueño o por mejor decir usufructuario (en el caso del colectivismo) de la tierra o los medios de producción, y por lo tanto tiene derecho al producto del trabajo.
Dentro del colectivismo podemos entonces afirmar la frase “la tierra es de quien la trabaja”.
Puede este concepto ser bastante válido a la hora al espetar en la cara de los burgueses su holgazanería y sus lujos, pero es completamente injusta al ser aplicada al enfermo, al anciano o al niño que no tienen la capacidad para laborar.
El colectivismo conserva de esta manera cierta parte de la propiedad privada si bien en manera de usufructo; pero este derecho usufructuario no sería más que para quienes estuvieran en condiciones de trabajar. Es totalmente injusto hacia quienes se vean incapacitados de trabajar y atenta de esta manera contra el apoyo mutuo y la solidaridad, puntos vitales del anarquismo.
El colectivismo tiene, pues, puntos buenos y puntos malos.
Ahora bien, si el colectivismo tiene sus puntos buenos, el comunismo anarquista también: en este las personas discapacitadas, enfermos y niños (y en general quienes no puedan producir) tendrán el cobijo amoroso de la comunidad. Siendo todo de todos, no les faltará lo que en derecho les pertenece.
En este sistema económico los trabajadores no obtienen el producto de su trabajo pues, como ya se demostró en su momento durante los debates contra el colectivismo, no es posible determinar la parte que le corresponde al trabajador en un producto dado, ya que éste es fruto de una infinidad de colaboraciones. Por lo tanto el producto pertenece a la sociedad si bien lo ha generado el individuo.
Se reconoce sin embargo el derecho del individuo a trabajar por su cuenta, pero sin el apoyo de la comunidad más que a condición de colaborar con ella. El derecho de decisión del trabajador de dar su producto a la comunidad o conservarlo que pide el colectivismo no existe en esta forma económica. O existe, a condición de quedarse solo sin apoyo de la comunidad.
Esto es entendible dentro de la perspectiva del comunismo libertario pues, si tenemos en cuenta la imposibilidad de determinar el fruto del trabajo, es imposible dar a cada quien la cantidad de producto de trabajo que no se sabe cuál sea por ser indefinible (6).
Los medios de producción son de todos, no en calidad de usufructo, sino a título de propiedad de la sociedad entera.
Sin obtener el producto de su trabajo, el trabajador obtiene por su concurso en la producción el derecho pleno al disfrute del bienestar general y tiene asegurado el vestido, comida, calzado y vivienda.
No se produce para sí mismo, sino para la comunidad entera. El individuo tiene satisfechas sus necesidades y beneficia a la vez a la comunidad entera.
La justicia y el apoyo mutuo son, en este sistema cuya máxima es “a cada cual según su necesidad”, enaltecidos y fortalecidos por ser actos entre seres libres.
Pero si el colectivismo tiene sus lados flacos, el comunismo también.
Sobrada razón tenía Proudhon cuando nos hablaba del normamiento que existiría en una sociedad basada en la comunidad:
 
“El fuerte debe realizar el trabajo del débil, aunque ese deber sea puramente moral y no legal, de consejo y no de precepto; el diligente debe ejecutar la tarea del perezoso, aunque esto sea injusto; el hábil la del idiota, aunque resulte absurdo; el hombre, en fin, despojado de su yo, de su espontaneidad, de su genio, de sus afecciones, debe inclinarse humildemente ante la majestad y la inflexibilidad de la comuna” (7)
 
Efectivamente, en el comunismo la igualdad mata la virtud. El holgazán, el que busca vivir en el placer o en el mínimo de trabajo, podría con todo descaro calificarse como poco hábil, débil u otra justificación para que los demás trabajen por él.
El comunismo exige que el individuo de según sus capacidades, pero ¿cómo determinar la capacidad de cada quien si no es en base al autojuicio de sí mismo? Y en este autojuicio no faltará quien diga que su capacidad no da para mucho aunque sea mentira.
No es un punto en contra del anarquismo, ya que trata este texto de no casar al anarquismo con un concepto económico, colectivismo o comunismo, sino algo para reflexionar: miles de años de depravación social no será borrados de un plumazo por una revolución, aún la más radical que podamos imaginarnos. Y en esa depravación social no faltarán el perezoso, el gandalla, el que debido a su poca o nula formación haya caído en la depravación social buscando siempre sacar tajada de la situación.
¡Y que la justicia nos libre de una autoridad, un Estado o una personalidad que en nombre de reparar estos fallos nos pretenda imponer su autoridad, porque nos asquea el Estado republicano o la monarquía tanto como el marxismo y su dictadura del proletariado!
No sería ni de lejos una solución: la dictadura y el gubernamentalismo dan peores problemas que los que estamos viendo ahora.
En estos casos la educación será la cura del mal, el ejemplo y la coacción moral de la que nos hablaba Ricardo Mella ayudarán a combatir estos males. Pero esto no será de un día para otro, y eso habremos de tenerlo muy en cuenta.
Ahora bien, para lidiar con esta gente sería muy fácil echarlos de la comunidad, pero habrá quienes sin negarse a trabajar hagan todo lo posible por hacer lo menos cansado.
¿Qué trabajar es una actividad sana necesaria para el cuerpo como ejercicio para la salud personal?
Error: los burgueses tienen la gimnasia, por ejemplo, para ejercitarse sin producir absolutamente nada benéfico.
Para hacer que esta gente trabaje solamente quedaría un acto: determinar acciones necesarias (valga decir obligatorias para quienes se empeñen en holgazanear) para hacer que todos trabajen en algo productivo, y todo ello en pro de la comunidad. Estas actividades para las cuales todos deberán colaborar, no serán más que una imposición creada por las necesidades y no por persona alguna, pero el dilema estará cuando alguien no lo vea así (y esperemos que sean los menos posibles) y la comunidad deba imponerse o echar al antisocial.
Habrá quienes entiendan la bondad de aportar a lo común, pero habrá quienes no, e incluso quienes quieran hacerlo, pero lo mínimo posible. Aquí la comunidad habrá de pesar sobre el individuo, y estaremos ya en un dilema.
Aún existirá otro tipo de personas y de las cuales, en virtud de no extender demasiado este texto, no nos ocuparemos de ellas. Son aquellas personas que conociendo o no el colectivismo anarquista quieran conservar el producto de su trabajo o, como mínimo, tener el derecho a decidir sobre ello.
Estas dificultades (exceptuando al último ejemplo) no son inherentes al ser humano. Son efectos de la organización social bajo el Estado y el capital, cuyas principales virtudes son las de arrojar al campo de batalla a unos contra otros por el mendrugo de pan.
Esto degenera el buen sentido de la cooperación y la solidaridad, y ello deberá ser eliminado solamente con la educación y el ejemplo propio. Pero olvidémonos de que estas depravaciones sociales puedan ser eliminadas de un día para otro y que el comunismo anarquista habrá de funcionar perfectamente sin dificultades desde el primer día. Aún en plena sociedad anarquista el trabajo de educación y fomento de una moral humana, justicia social y entendimiento de la libertad y la necesidad de la cooperación habrán de ser vitales. Las depravaciones sociales deberán siempre ser combatidas para evitar que florezcan de nuevo. El ser humano no es perfecto, ni la sociedad que propugnamos lo sería por la simple y sencilla razón de que eso es imposible.
El mismo Kropotkin nos decía:
 
“A medida que la servidumbre vaya desapareciendo, volveremos a posesionarnos de nuestros derechos; sentiremos la necesidad de odiar y de amar” (8)
 
Obviamos al lector la ineficacia de una dictadura, como opinan los marxistas, para obligar a quienes no deseen colaborar con la comunidad: la historia demuestra que lejos de remediar el mal generan el estraperlo, la especulación, los privilegios, la burocracia y el despotismo contra los cuales se habrá luchado.
Para estos dilemas en una sociedad anarco-comunista solo existe un remedio: el ejemplo, la educación y lo que como indicábamos antes, Ricardo Mella nos brindaba hace años la manera de resolver el nudo gordiano en este aspecto: la coacción moral del organismo social podría ser una herramienta útil para solucionar estos problemas, pero ha de ser también un asunto que ha de resolverse en el momento y no profetizado desde ahora. ¿Quién podría adivinar el nivel de relaciones sociales malas o buenísimas que haya cuando estalle la revolución? Es evidente que nadie.
Las sociedades tienen periodos de brillantes relaciones, de relaciones enfermizas y de relaciones hostiles que dependen de mil factores que no pueden ser adivinados desde ahora para cuando estalle la revolución social que ha de implantar la sociedad libre por la que lucha el anarquismo.
Todo lo anterior dicho de bueno y malo sobre el colectivismo y el comunismo sólo nos puede llevar a una resolución: nosotros podemos pensar la sociedad anarquista en el aquí y ahora, pero es totalmente absurdo tomar a cualquiera de ambos conceptos económicos como bandera definitiva y punto inevitable al cual debemos dirigirnos.
El comunismo en el anarquismo no es más que una forma económica (9) más propuesta por el anarquismo, con sus aciertos y sus errores.
El anarquismo es una serie de conceptos económicos, políticos y sociales bastante grandes como para ser encerrados de manera definitiva en un concepto económico.
 
“Larga y penosa fue la lucha intestina entre los partidarios del anarquismo colectivista y el comunista; al final predominó el anarquismo comunista como la fórmula ideal de la perfección. Ahora, a la distancia, deploramos aquel derroche de pasión y combatividad; ahora comprendemos mejor que los que nos antecedieron que se limitaba así el anarquismo a una concepción, a un sistema y que, si pudo ganar algunos prosélitos, perdía mucho de su esencia con la limitación de un paraíso inobjetable” (10)
 
Somos anarquistas, enemigos del Estado, la autoridad, el clero y las injusticias, y punto.
Corresponderá a la generación que viva la revolución social determinar si esta ha de ser mutualista, individualista, colectivista, comunista o cualquier otra forma de organización en la que el Estado no exista y donde la comunidad y el individuo no se vean ni perdidos en la multitud ni sometido a unos cuantos, sino donde prime la libertad y la justicia más amplia.
Sí, por ahora y si se nos preguntara, diríamos que el comunismo anarquista brinda las mejores perspectivas organizativas; pero perspectiva después de todo, nunca un programa inamovible e inatacable que propugnemos desde ahora y para siempre, ni algo que nos haga cerrarnos a otras formas de organización económica que no reviva al Estado ni a la explotación del hombre sobre el hombre que sin duda alguna haría resurgir al Estado.
Si la explicación exigiera mayores detalles, habremos de decir bien alto que somos anarquistas sin adjetivos.
 
 
Erick Benítez Martínez. Junio de 2017
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Notas:
 
1.- Ver Álvarez Ramón (1973) Eleuterio Quintanilla (vida y obra del maestro). Contribución a la historia del sindicalismo revolucionario en Asturias, México: Editores Mexicanos Unidos. p.p. 332.
2.- Véanse los debates sumamente interesantes relatados por José Álvarez Junco (1976) en su libro La ideología política del anarquismo español, España: Siglo XXI editores. p.p. 359 y siguientes.
Si hablo sobre el contexto español es porque en este país se dieron más abundantemente los debates que en otros países y, sobre todo, por la virulencia que llegaron a tener en cierto momento.
3.- Ídem.
4.- Véase su trabajo Diferencias entre comunismo y colectivismo presentado en el Primer Certamen Socialista de 1885. Uno de los mejor argumentados textos contra la idea de anarco-comunismo hechos por un anarquista.
5.- Véanse las brillantes disertaciones de Ricardo Mella en defensa del colectivismo.
6.- Piotr Kropotkin abundó en este asunto en su libro La conquista del pan y a ello recomendamos al lector para no abundar más en el tema.
7.- Proudhon Pierre Joseph (2002) ¿Qué es la propiedad?, España: Ediciones Folio. p.p. 210
8.- Piotr Kropotkin (2003). La moral anarquista, España: Los libros de la catarata. p.p. 124. Edición de Frank Mintz.
9.- Se entiende que lo económico deriva en lo social, en lo político y hasta en lo religioso, pero es en esencia siempre económico el efecto que suerte.
10.- Diego Abad de Santillán. Prólogo a El anarquismo, los estudiantes y la violencia de Fidel Miró (1977): México: Editores mexicanos unidos. p.p. 13.