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[Imagen: Michael-Ulrich.jpg]


Cita:
“el panóptico (…) debe ser comprendido como un modelo generalizable de comportamiento; una manera de definir las relaciones de poder en la vida cotidiana de los hombres”.
Michel Foucault, Vigilar y Castigar (1980)

Posiblemente sí nos asociamos al concepto de “Panoptismo” de inmediato deberíamos hablar de lo que desde fines del siglo XVIII fue la estructura de arquitectura carcelaria más revolucionaria de la época; era el Panóptico, diseño y propuesta del inglés Jeremy Benthan. El Panóptico -diría después Michel Foucault- “era un sitio en forma de anillo en medio del cual había un patio con una torre en el centro. El anillo estaba dividido en pequeñas celdas que daban al interior y al exterior y en cada una de esas pequeñas celdas había, según los objetivos de la institución, un niño aprendiendo a escribir, un obrero trabajando, un prisionero expiando sus culpas, un loco actualizando su locura, etc. En la torre central había un vigilante y como cada celda daba al mismo tiempo al exterior y al interior, la mirada del vigilante podía atravesar toda la celda; en ella no había ningún punto de sombra y, por consiguiente, todo lo que el individuo hacía estaba expuesto a la mirada de un vigilante que observaba a través de persianas, postigos semicerrados, de tal modo que podía ver todo sin que nadie, a su vez, pudiera verlo. Para Bentham, esta pequeña y maravillosa argucia arquitectónica podía ser empleada como recurso para toda una serie de instituciones. El Panóptico es la utopía de una sociedad y un tipo de poder que es, en el fondo la sociedad que actualmente conocemos, utopía que efectivamente se realizó. Este tipo de poder bien puede recibir el nombre de panoptismo: vivimos en una sociedad en la que reina el panoptismo.”(1) Entonces bajo está impecable definición que nos entrega el filósofo francés sobre el Panóptico y el conjunto de las relaciones de poder asociadas nos deja entrever que la sociedad -disciplinaria, si se quiere- y su estructura tanto urbana, institucional y productiva obedece a los principios y direccionamientos del panoptismo.

En términos generales el panoptismo se define como la suma de “vigilancia, control y corrección”, estos tres elementos se vuelven los soportes de las normas prescriptivas sean culturales y biopolíticas que rigen de manera hegemónica en la sociedad, y por consecuencia sirven a los agentes e instituciones dedicadas a la normalización y regulación de los sujetos. Pero el panoptismo cobra también gran importancia en el tipo de relaciones que se desarrollan a través de los grupos que la sociedad ofrece y promociona como únicas formas y espacios de socialización, esto porque estos grupos sociales funcionan -y son- como instituciones. Quizás sería redundante decir que la “familia” -al ser en Occidente el grupo social primero- funciona bajo los principios del panoptismo regulando su desarrollo, y volviendo el actuar de los miembros una acción pre-determinada por la norma. A partir de la familia el panoptismo se encuentra siendo la base regulatoria de nuestras socializaciones jerarquizadas en nuestro actuar y decir, estipula roles de vigilantes y vigilados -padres e hijos-, configura dinámicas autoritarias y la protege -a la familia- de posibles entropías. Lo que viene después son las sociabilidades productivas en instituciones pre-concebidas como Panópticas, pensemos en la escuela, la universidad y el trabajo, e incluso grupos asociados como la amistad o la pareja. En esos espacios/instancias el tipo de socialización se encuentra totalmente direccionado por el panoptismo, y cohesiona con la actuación/representación que ofrece el Espectáculo. No es posible el desarrollo de relaciones espontaneas o sinceras puesto que todas las dinámicas y roles a la hora de socializar ya han sido escritos y normados, y se encuentran sujetos a códigos y estructuras panópticas que funcionan como soportes y defensas establecidas y duraderas del estado de las cosas.

Quizás en el caos y lo temporal se tejan lineas de fuga al panoptismo, como decía el viejo filósofo -en “La Historia de la locura en la época clásica Vol 1”- “El orden de los Estados no tolera ya el desorden de los corazones”, tal vez ese desorden se traduzca en los monólogos del loco, en los encuentros informales, en las sociabilidades egoístas -en términos stirnerianos-, en las tertulias entre anormales, en lo que Hakim Bey llamaría una Zona Autónoma Temporal.


Escrito por Orlando S.

Colectivo Antipsiquiaría.
https://colectivoantipsiquiatria.wordpress.com/
Notas:
(1) M. Foucault, La verdad y las formas jurídicas, cuarta conferencia.
[Imagen: 427509abab036a9ceca3e38aa4ecae34o.jpg]

Muy distinto a lo que se cree habitualmente, no se patologiza a la infancia porque se quiera -al menos ahora- excluir a los niños que antes cargaban con diagnósticos de “idiotismo”, o ahora con “trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH)” y otros, se realiza este proceso a cargo de la escuela, la psiquiatría y parte de la psicología porque se pretende la normalización forzosa de aquellos niños a priori desviados o resistentes a la norma. La creación de está norma es también la construcción de un “desarrollo” que determinaron instituciones médicas y pedagógicas para todos los niños, esté desarrollo pretende ser verdad y a la vez tiranía de la regulación de la infancia. Tal como decía Foucault, “el desarrollo es común a todo el mundo, pero lo es más como una especie de óptimo, una regla de sucesión cronológica con un punto ideal de culminación”(1), este punto final que Foucault se refiere como “ideal” es la llegada a la identidad “adulta”. El adulto no es nunca un ser natural, es una creación jurídica, médica e identitaria, que debe portar y reconocer sobre sí mismo el sujeto “normal y sano”. La adultez es entonces el arquetipo de la sociedad disciplinaria y el orden dominante.

El niño que entre los siglos XVIII-XIX era llamado idiota, es aquel que sus primeros años de vida se detiene, y no persigue la norma, o sea el desarrollo que le han impuesto. En el caso del niño hasta ahora es llamado “retrasado”, no es quién se quedó en determinado momento de su vida, sino aquél que no recorre el desarrollo a la estricta velocidad que este exige. Foucault decía -“que todos los fenómenos de la debilidad -la idiotez propiamente dicha o el retraso- se situarán respecto de dos instancias normativas: el adulto como estadío normal, los niños como definidores de la media de velocidad del desarrollo”(2).

El proceso de normalización a los niños desviados o resistentes, que realizan a la par dos instituciones -con la familia como bisagra de estas-; la psiquiatría (incluyase la psicología clínica y escolar) y la escuela, es al amparo de un manual intangible y no tanto, de un desarrollo difundido en la cultura dominante, y en el imaginario publico como verdad absoluta. Pretenden asesinar cualquier tipo de manifestación de singularidad en los niños, se pretende en última instancia homogeinizarlos para direccionarlos a ser obedientes, a ser adultos. Cualquier niña que se resista al “saber” normado de la escuela, se le medicalizara a cargo de la psiquiatría en funcionalidad con la pedagogía. El orden hegemónico no tolerará la disidencia, el desorden, o la fuga.
La desconstrucción que propongo frente a la normalización, debe partir asesinado a ese sujeto psicológicamente normal: el adulto. Tal como exprese en un texto anterior (click), dejar de ser adultos no significa una cuestión etaria, mucho menos una retórica romántica “pro-niños”, sino lanzarnos al devenir fugitivo de niñas huérfanas desnormalizadas.

Orlando Esquizo.
Colectiva Antipsiquiatría
antipsiquiatria@riseup.net
https://colectivoantipsiquiatria.wordpress.com/
Notas

(1) . Clase del 16 de Enero de 1974. El poder psiquiátrico, Michel Foucault
(2) . Clase del 16 de Enero de 1974. El poder psiquiátrico, Michel Foucault
[Imagen: 117237_subitem_full.gif]

[Charla de David Whitehouse en Chicago, junio 2012. Publicada en inglés en libcom.org.]

En Inglaterra y en EE.UU. la policía apareció en el intervalo de unas pocas décadas, aproximadamente entre 1825 y 1855. La nueva institución no era una respuesta al aumento de los delitos, y en realidad no supuso nuevos métodos para tratar de hacer frente al crimen. La manera corriente que tenían las autoridades para resolver un crimen, antes y después de que surgiera la policía, era la delación.

Aparte de esto, el delito es un acto individual, y las élites dirigentes que inventaron la policía estaban tratando de responder a los desafíos que planteaba la acción colectiva. En pocas palabras, las autoridades crearon la policía para hacer frente a unas masas amplias y desafiantes, como era el caso de las huelgas en Inglaterra, los disturbios en el norte de Estados Unidos y la amenaza insurreccional de los esclavos en el Sur de ese mismo país. Por lo tanto, la policía es una respuesta a las masas, no al crimen.

Me centraré en quiénes eran estas masas, y cómo llegaron a ser una amenaza. Veremos que una de las dificultades a las que se enfrentaban los dirigentes, aparte del desarrollo de la polarización social en las ciudades, fue la descomposición de los antiguos métodos de supervisión personal de la población trabajadora. En aquellas décadas, el Estado intervino para enmendar esta fractura social.


Veremos como, en el Norte, la invención de la policía no fue sino una parte del esfuerzo estatal para controlar y modelar a la fuerza de trabajo de manera cotidiana. Los gobiernos también extendieron sus sistemas de beneficencia para regular el mercado de trabajo, desarrollando el sistema de la educación pública para controlar la mentalidad de los trabajadores. Relacionaré estos puntos con el trabajo de la policía más tarde, pero esencialmente me centraré en cómo se desarrolló la policía en Londres, Nueva York, Charleston (Carolina del Sur) y Filadelfia.
***
Para hacernos una idea de lo que significa la moderna policía hay que hablar de la situación existente cuando el capitalismo estaba en sus inicios. Concretamente, vamos a ver cómo eran las ciudades comerciales del último período medieval, hace unos mil años.

La clase dominante de la época no residía en las ciudades. Los señores feudales se asentaban en el campo. No disponían de policía. Podían reunir fuerzas armadas para aterrorizar a los siervos, que eran semi-esclavos, o podían guerrear contra otros nobles. Pero estas fuerzas no eran profesionales, ni lo eran a tiempo completo.

La población de las ciudades eran principalmente siervos que habían comprado su libertad, o simplemente habían escapado de sus señores. Eran conocidos como burgueses, o residentes en las ciudades. Fueron los pioneros en poner en marcha las relaciones económicas que mas tarde fueron conocidas como capitalismo.Para el propósito de nuestra discusión, digamos que un capitalista es alguien que usa el dinero para hacer más dinero. Al principio, los capitalistas dominantes eran mercaderes. Un mercader usa el dinero para comprar mercancías con el objetivo de venderlas por más dinero. Hay también capitalistas que tratan solo con dinero, los banqueros, que prestan una cierta suma con el objetivo de conseguir una mayor.

También podían ser artesanos, que compran materiales y hacen algo, por ejemplo zapatos, para venderlos por más dinero. En el sistema de gremios, un maestro artesano supervisaba y trabajaba con obreros y aprendices. Los maestros se aprovechaban de su trabajo, así que había explotación, pero los trabajadores y los aprendices tenían razonables esperanzas de llegar a ser ellos también maestros. Por ello, las relaciones de clase en las ciudades eran bastante fluidas, especialmente en comparación con las relaciones entre nobles y siervos. Además, los gremios operaban bajo formas que limitaban la explotación, por lo que eran los mercaderes los que acumulaban realmente capital en la época.

En Francia, durante los siglos XI y XII, estas ciudades eran conocidas como comunas. Se incorporaban al estatus de comuna bajo ciertas condiciones, a veces con el permiso de un señor feudal, pero en general eran contempladas como entidades autogobernadas o, incluso, como ciudades-estado.

Pero no disponían de policía. Tenían sus propios tribunales, y unas pequeñas fuerzas armadas formadas por los propios vecinos. Estas fuerzas no se encargaban de acusar a nadie. Si se robaba o se sufría un ataque, o se era estafado en un negocio, entonces el ciudadano, como víctima, planteaba las acusaciones.

Un ejemplo de esta justicia do-it-yourself, un método que duró siglos, era conocido como el griterío. Si se estaba en un mercado y se veía a alguien robando, se suponía que el testigo gritaría « ¡Al ladrón, al ladrón!», persiguiéndole. La costumbre era que la gente que lo veía se sumara al griterío y corriera también tras el ladrón.
Las ciudades no tenían policía, porque en ellas existía un alto grado de igualdad social, que daba al pueblo una sensación de responsabilidad mutua. Con los años, los conflictos de clase se intensificaron en las ciudades, pero aun así permanecieron unidas, gracias al antagonismo común contra el poder de los nobles, y continuaron con sus lazos de responsabilidad mutua.
Durante siglos, los franceses mantuvieron e idealizaron el recuerdo de estas tempranas ciudades comunas, comunidades autogobernadas de iguales. Por lo que no es sorprendente que en 1871, cuando los trabajadores tomaron París, lo bautizaran como la Comuna. Pero hemos dado un salto histórico demasiado grande para el tema que nos ocupa.

***

El capitalismo fue experimentando importantes cambios a medida que fue creciendo en el seno de la sociedad feudal. En primer lugar, el tamaño de la propiedad del capital creció. Recordemos que esta es la cuestión: convertir pequeños montones de dinero en montones más grandes. El volumen de los capitales comenzó a crecer de forma astronómica durante la conquista del continente americano, a medida que el oro y la plata se saqueaba del Nuevo Mundo y los africanos eran secuestrados para trabajar en las plantaciones.

Cada vez se producían más cosas para su venta en los mercados. Los perdedores en la competición mercantil comenzaron a perder su independencia como productores y tuvieron que emplearse como asalariados. Pero en lugares como Inglaterra, la fuerza que impulsaba a la gente a buscar trabajo asalariado era el Estado, que trataba de expulsar a los campesinos de la tierra.

Las ciudades crecieron, a medida que esos campesinos llegaban desde el campo como refugiados, mientras la desigualdad crecía en las ciudades. La burguesía capitalista se convirtió en una capa social aun más distinta de los trabajadores de lo que solía ser. El mercado causaba un efecto corrosivo sobre la solidaridad de los gremios, algo que trataremos con más detalle cuando hablemos sobre Nueva York. Los talleres eran más grandes que nunca, y un jefe inglés podía tener a su mando docenas de trabajadores. Ahora estamos hablando de un periodo en torno a mediados del siglo XVIII, el período inmediatamente anterior al principio de la auténtica industrialización.

Aún no había policías pero las clases ricas empleaban cada vez más violencia para suprimir la población pobre. A veces se ordenaba al ejército disparar contra las masas rebeldes, y a veces los jueces locales arrestaban a los líderes y les colgaban. La lucha de clases comenzaba a intensificarse, pero las cosas empiezan a cambiar realmente con el despegue de la Revolución Industrial en Inglaterra.


***

Paralelamente, Francia atravesaba su propia revolución política y social, que empieza en 1789. La respuesta de la clase dirigente británica fue de pánico por si los trabajadores ingleses seguían el camino francés. Ilegalizaron los sindicatos y las reuniones de más de 50 personas. Sin embargo, los trabajadores ingleses participaron en manifestaciones y huelgas cada vez más extensas entre 1792 y 1820. La respuesta de la clase dirigente fue el envío del ejército. Pero el ejército solo puede hacer dos cosas, y ninguna buena. Pueden negarse a disparar, y las masas seguirán haciendo lo que vinieron a hacer. O pueden disparar a la muchedumbre y producir mártires obreros.


Es exactamente lo que sucedió en Manchester en 1819. Los soldados fueron enviados contra una muchedumbre de 80.000, hiriendo a centenares de personas y matando a once. En vez de someter a las masas, estos sucesos, conocidos como la Masacre de Peterloo, provocaron una ola de huelgas y protestas.

Incluso el clásico remedio de colgar a los líderes del movimiento comenzó a tener repercusiones negativas. Una ejecución podía ejercer un efecto intimidante sobre cien personas, pero ahora los reunidos para apoyar al condenado eran cincuenta mil, y las ejecuciones les animaban a la lucha. El crecimiento de las ciudades británicas, y el crecimiento dentro de ellas de la polarización social (es decir, dos cambios cuantitativos), comenzaron a producir explosiones de lucha cualitativamente diferentes.

La clase dirigente necesitaba nuevas instituciones para poder controlar esto. Una de ellas fue la policía de Londres, fundada en 1829, solamente diez años después de Peterloo. La nueva fuerza policial fue específicamente diseñada para aplicar violencia no letal contra las masas, para romperlas y evitar deliberadamente que surgieran mártires. Ahora bien, cualquier fuerza organizada para desplegar violencia de forma rutinaria matará alguna vez. Pero por cada asesinato policial, hay centenares o miles de actos de violencia policial que no son letales, calculados y calibrados para producir intimidación y evitar una respuesta colectiva furiosa.

Cuando la policía de Londres no estaba concentrada en escuadrones para controlar a la multitud, se dispersaba por la ciudad para controlar la vida cotidiana de los pobres y de la clase trabajadora. Aquí se reúnen ya las funciones de la moderna policía: la forma dispersa de vigilancia e intimidación, llamada lucha contra el crimen, y la forma concentrada de actividad contra huelgas, disturbios y grandes manifestaciones.

Esto último es para lo que fueron creados, para enfrentarse a masas, pero lo que vemos la mayor parte del tiempo es la presencia del guardia. Antes de hablar sobre la evolución de la policía en Nueva York, quiero explorar las conexiones entre estas dos formas de trabajo policial.


***

Comenzaré con el tema general de la lucha de clases en torno al uso del espacio público. Es un tema con mucha relevancia para los trabajadores y los pobres. Los espacios abiertos son importantes para los trabajadores:


para trabajar
·         para divertirse y entretenerse
·         para vivir, si no se tiene una casa
·         y para la política
En primer lugar, el trabajo. Mientras los mercaderes prósperos pueden controlar espacios cerrados, los que no tienen medios son vendedores callejeros. Los comerciantes asentados los veían como competidores y llamaban a la policía para expulsarles.
Los vendedores callejeros son también activos proveedores de mercancías robadas, por su movilidad y su anonimato. No solo utilizaban a los vendedores callejeros los carteristas y los rateros. Los criados y los siervos de la clase dominante también robaban a sus dueños y pasaban los bienes a los vendedores locales. (Por cierto, en Nueva York hubo esclavitud hasta 1827). La sustracción de riquezas de los confortables hogares de la ciudad es otra razón por la cual la clase burguesa pedía acciones contra los vendedores callejeros.

La calle era también ese lugar en el que los trabajadores pasaban su tiempo libre, porque sus hogares no eran cómodos. Era el lugar en el que se desarrollaba la amistad y se podía encontrar diversión gratuita, y, dependiendo de la época y del lugar, podrían tomar contacto con la disidencia política o religiosa. El historiador marxista E.P. Thompson resumía todo esto, cuando escribía que la policía del siglo XIX era:
«[…] imparcial, intentando retirar de las calles con ecuanimidad a traficantes callejeros, mendigos, prostitutas, artistas de calle, piquetes, niños que jugaban al fútbol y oradores socialistas. El pretexto muy a menudo era una denuncia por interrupción del comercio recibida de un tendero
En ambos lados del Atlántico, la mayoría de los arrestos estaban relacionados con delitos sin víctimas, o delitos contra el orden público. Otro historiador marxista, Sidney Harring destaca: «La definición criminológica de ‘delitos de orden público’ se acerca peligrosamente a la descripción que hace el historiador de las ‘actividades de la clase trabajadora en su tiempo libre’.»
La vida al aire libre era (y es) especialmente importante para política de la clase obrera. Los políticos del sistema y los empresarios pueden reunirse en locales y tomar decisiones que tienen grandes consecuencias porque están al mando de burocracias y de plantillas. Pero cuando los trabajadores se reúnen y toman decisiones sobre cómo cambiar las cosas, normalmente no tiene mayor repercusión a menos que puedan reunir seguidores en la calle, ya sea para una huelga o una manifestación. La calle es el campo de pruebas para buena parte de la política obrera, y la clase dirigente lo sabe muy bien. Por eso colocan a la policía en la calle como contrapeso, cuando la clase trabajadora demuestra su fuerza.

Podemos ver ahora la relación que existe entre las dos principales formas de actividad policial, las patrullas rutinarias y el control de masas. La patrulla callejera acostumbra a la policía a usar la violencia y la amenaza de violencia. Ello les prepara para la represión a gran escala, que es necesaria cuando los trabajadores y los oprimidos se levantan en grupos más grandes. No es solo cuestión de coger práctica con las armas y la táctica. El trabajo de la patrulla callejera es crucial para crear un estado mental en la policía que les haga asimilar que su violencia es por un bien superior.

El trabajo callejero también permite a los oficiales descubrir qué policías se encuentran más cómodos provocando daño, asignándolos a las primeras líneas cuando hay enfrentamientos. Al mismo tiempo, el “policía bueno” con el que nos cruzamos lleva a cabo una labor esencial de “relaciones públicas” para encubrir el trabajo brutal que tiene que ser efectuado por los “policías malos”. El trabajo callejero también es útil en períodos de agitación política, porque la policía ya ha estado en los barrios intentando identificar a los líderes y a los radicales.

***


Retrocedemos ahora en la narración histórica para hablar de Nueva York.


Comenzaré con un par de cuestiones sobre las tradiciones de las masas anteriores a la revolución. Durante el período colonial, podían darse a veces tumultos, pero a menudo se formalizaban de manera que la élite colonial podía aprobarlas, o al menos tolerarlas. Había algunas fiestas que caían en la categoría de “desórdenes”, donde las relaciones sociales se invertían y los estratos bajos podían hacer como que estaban arriba. Para las clases subordinadas era una manera de soltar presión, satirizando a sus amos, pero reconociendo al mismo tiempo el derecho de la élite de estar al mando todos los demás días del año. Esta tradición de desórdenes simbólicos era especialmente notable en torno a las Navidades y la víspera de Año Nuevo. Incluso se permitía participar a los esclavos.

Existía igualmente la celebración del Día del Papa, durante la cual los miembros de la mayoría protestante desfilaban con efigies, incluyendo una del Papa, quemándolas todas al final. Era una pequeña provocación sectaria, siempre en buen ambiente, aprobada por los patricios de la ciudad. El Día del Papa nunca solía terminar en violencia contra los católicos, porque solamente eran unos pocos cientos en Nueva York, y no había ninguna iglesia católica antes de la revolución.

Estas tradiciones eran ruidosas e incluso tumultuosas, pero tendían a reforzar la conexión entre las capas bajas y la élite, y no a romper esta ligazón.

Estos estratos bajos están también ligados a las élites por una constante supervisión personal. Esto afectaba a los esclavos y a los sirvientes domésticos, desde luego, pero los aprendices y los artesanos asalariados también vivían en la propia casa del maestro. Por consiguiente, los grupos de subordinados no andaban por la calle a cualquier hora. De hecho, hubo por un tiempo una ordenanza colonial que decía que los trabajadores sólo podían estar en las calles al ir y venir del trabajo.

Esta situación colocaba a los marinos y a los jornaleros como elementos más conflictivos, sin vigilancia. Pero los marinos pasaban la mayor parte del tiempo cerca del puerto y los jornaleros, es decir, los trabajadores asalariados, no constituían aún un grupo muy numeroso.

Bajo estas circunstancias, en las cuales la mayoría de la gente ya estaba vigilada durante el día, no se necesitaba una fuerza policial regular. Existía una vigilancia nocturna, con el fin de luchar contra el vandalismo, arrestando a cualquier persona negra que no pudiera probar que no era esclava. Esta vigilancia no era profesional en absoluto. Todos tenían su trabajo durante el día, rotando en estas labores temporalmente, por lo que no patrullaban de forma regular, y todos odiaban esta tarea. Los ricos pagaban a sustitutos y se libraban.

Durante el día ejercía un pequeño número de alguaciles, pero no patrullaban. Eran agentes del tribunal que ejecutaban mandatos judiciales, como citaciones y avisos de detención. No ejercían un trabajo de detectives. En el siglo XVIII y entrado el XIX, el sistema se apoyaba en informadores civiles a los que se prometía una parte de la multa que el transgresor tuviera que pagar.

***

El período revolucionario cambió bastantes cosas respecto al papel de las masas y la relación entre las clases. En la década de 1760, junto con la agitación contra la Stamp Act, la élite de mercaderes y propietarios apoyaron nuevas formas de movilización popular. Se dieron nuevas potentes manifestaciones y disturbios que utilizaron las tradiciones, de forma evidente en el uso de efigies. En vez de quemar al Papa, se quemaba al gobernador o al Rey Jorge.

No tengo tiempo para entrar en detalles sobre lo que hicieron, pero es importante destacar la composición clasista de estas masas. Podían estar presentes miembros de la élite, pero su cuerpo principal eran trabajadores cualificados, conocidos colectivamente como mecánicos. Lo que significa que un maestro podía estar en la manifestación junto con sus asalariados y sus aprendices. La gente de rango social más alto tendía a contemplar al maestro artesano como lugarteniente capaz de movilizar al resto de los mecánicos.

A medida que se intensificaba el conflicto con Inglaterra, los mecánicos se fueron radicalizando y organizándose de forma independiente de la élite colonial. Hubo roces entre los mecánicos y la élite, pero nunca se llegó a una completa ruptura.

Y, naturalmente, cuando los británicos fueron derrotados y las élites establecieron su propio gobierno, ya habían tenido bastantes agitaciones callejeras. Siguieron dándose rebeliones y disturbios en los recién independizados Estados Unidos, pero fueron tomando nuevas formas, en parte porque el desarrollo económico estaba rompiendo la propia unidad de los mecánicos.


***

Trataremos ahora aquellos desarrollos que siguieron a la revolución, unos cambios que produjeron una nueva clase trabajadora, salida de una conflictiva mezcolanza de elementos sociales.


Empezaremos con los trabajadores cualificados. Incluso antes de la revolución, la división entre maestros y asalariados se había agudizado. Para comprender esto, debemos observar más detenidamente la persistente influencia del sistema de gremios; formalmente los gremios no existían en los Estados Unidos, pero algunas de sus tradiciones seguían vivas entre esos trabajadores.

Los viejos gremios habían sido esencialmente cartels, uniones de trabajadores que tenían el monopolio de un oficio particular que les permitía dirigir el mercado. Podrían establecer precios obligatorios para sus mercancías e incluso decidir con antelación el tamaño del mercado.

El mercado dirigido permitía cierta estabilidad de relaciones entre los trabajadores del mismo ramo. Un maestro adquiría un aprendiz como un sirviente a plazo fijo, a cambio de la promesa a sus padres de enseñarle un oficio y proporcionarle cama y comida por siete años. Los aprendices se graduaban para ser oficiales asalariados, pero a menudo continuaban trabajando para el mismo maestro en tanto en cuanto no había espacio para que se pudieran convertir en maestros. Los asalariados recibían sus salarios correspondientes con contratos a largo plazo. Esto significaba que recibían la paga a pesar de las variaciones estacionales en la carga de trabajo. Incluso sin la estructura formal de los gremios, muchas de sus relaciones habituales seguían funcionando en el período pre-revolucionario.

Entre 1750 y 1850, sin embargo, esta estructura corporativa en los oficios se derrumba, a causa de que la relación externa (el control del mercado por el artesano) estaba también rompiéndose. El comercio procedente de otras ciudades o de ultramar minaba la capacidad del maestro para establecer precios, de tal forma que los talleres tenían que competir, en una forma que hoy nos es muy familiar.

La competencia llevó a los maestros a parecerse cada vez más a los empresarios, buscando innovaciones que ahorrasen trabajo y tratando a sus trabajadores como asalariados a su disposición. Las empresas se hicieron más grandes y más impersonales, parecidas a las fábricas, con docenas de empleados.

En las primeras décadas del siglo XIX los empleados no solo estaban perdiendo sus contratos a largo plazo, sino también su alojamiento en las instalaciones de los maestros. Los aprendices lo tomaron como una experiencia liberadora, como jóvenes que escapaban de la autoridad de sus padres y de sus maestros. Libres para ir y venir como querían, podían encontrarse con chicas jóvenes y crear su propia vida social con sus iguales. Las mujeres trabajadoras se empleaban principalmente en el servicio doméstico de diversos tipos, a menos que fueran prostitutas.

La vida al aire libre se transformaba, a medida que estos jóvenes se mezclaban con otras capas de la población, que incluía a una clase obrera en crecimiento.

Esta mezcla no era siempre pacífica. La inmigración católica irlandesa se empezó a expandir después de 1800. Hacia 1829, había unos 25.000 católicos en la ciudad, una de cada ocho personas. Los irlandeses estaban segregados por barrios, a menudo viviendo junto a los negros, que eran ahora el 5% de la población. En 1799 los protestantes quemaron una imagen de San Patricio, y los irlandeses respondieron. Estas batallas se repitieron en años siguientes, y estaba claro para los irlandeses que los guardias y los vigilantes estaban en su contra.

Así, antes incluso de la existencia de las modernas fuerzas de policía, los legisladores estaban llevando a cabo una discriminación racial. Las élites ciudadanas tomaron nota de la falta de respeto de los irlandeses hacia los guardias, de su abierta combatividad, y respondieron aumentando el número de vigilantes y orientando mejor sus patrullas. Esto se acompañó de un aumento de la atención policíaca hacia los africanos, que vivían en las mismas zonas y a menudo tenían la misma actitud hacia las autoridades.

Pero tras las divisiones raciales y sectarias estaba la competencia económica, ya que los trabajadores irlandeses estaban por lo general menos adiestrados y obtenían menores salarios que los trabajadores técnicos. Al mismo tiempo, los maestros intentaban despojar a los oficios del taller de su cualificación. Los aprendices angloamericanos pasaron a formar parte de un auténtico mercado de trabajo al perder sus contratos a largo plazo. Cuando esto sucedió, se encontraron con que solo estaban un peldaño por encima de los inmigrantes irlandeses en la escala salarial. Los trabajadores negros, que se dedicaban al servicio doméstico o trabajaban como peones, estaban a su vez un escalón o dos por debajo de los irlandeses.

Al mismo tiempo, la vieja fracción no cualificada de asalariados, que trabajaba en los muelles y la construcción, crecía con el aumento del comercio y de la construcción tras la Revolución.

En resumen, la población estaba aumentando rápidamente. Nueva York tenía 60.000 habitantes en 1800, en 1820 ya había doblado su tamaño. En 1830, Nueva York tenía más de 200.000 habitantes, y 312.000 en 1840.

***

Un resumen aproximado de la nueva clase obrera en Nueva York.

En estas décadas, todas las secciones de la clase se lanzaron a la acción colectiva por su cuenta. Es una historia muy complicada, debido al número de acciones y a la fragmentación de la clase. Pero podemos empezar generalizando, y decir que la forma más común de lucha era también la más elemental: los disturbios.

Más concretamente, desde 1801 a 1832, los negros neoyorquinos se sublevaron cuatro veces, para impedir que antiguos esclavos fueran devueltos a sus amos de fuera de la ciudad. Estos esfuerzos fracasaron por lo general, por la violenta respuesta de los vigilantes, y los participantes recibieron sentencias inusualmente duras. Los abolicionistas blancos se unieron a la condena de estos disturbios. Estos ilustran la actividad popular que existía pese a la desaprobación de la élite, por no mencionar la disparidad racial en la aplicación de la ley.

También se dieron provocaciones por parte de los blancos hacia iglesias negras y teatros, a veces alcanzado el nivel de disturbios. Los inmigrantes pobres participaban, pero a veces también tomaron parte los blancos ricos y los mismos agentes de policía. Unos disturbios contra los negros duraron tres días en 1826, dañando las casas y las iglesias de éstos, junto con las viviendas y las iglesias de los pastores blancos abolicionistas.

Pero no había solamente conflictos entre los trabajadores blancos y negros. En 1802, marineros blancos y negros hicieron huelgas por unos salarios más altos. Como en la mayoría de huelgas en esta época, el método era algo que el historiador Eric Hobsbawm denominó “negociación colectiva mediante disturbios”. En este caso, los huelguistas boicotearon los barcos que contrataban con menores salarios. Los trabajadores de los muelles también estuvieron unidos por encima de líneas raciales o sectarias en las huelgas militantes de 1825 y 1828.

Las acciones sindicales llevadas a cabo por los trabajadores cualificados no necesitaban usualmente recurrir a ninguna coerción física, al poseer el monopolio de las habilidades importantes. Pero sin embargo se fueron haciendo más militantes en estos años. Las huelgas en los ramos más técnicos se dieron en tres oleadas, comenzando en 1809, en 1822 y en 1829. Cada ola era más militante y coactiva que la anterior, al enfrentarse a otros compañeros que rompían la solidaridad. En 1829 se inició un movimiento dirigido a limitar la jornada laboral a 10 horas, creando el Workingsman’s Party. El partido se hundió el mismo año, pero llevó a la fundación de la General Trade Union en 1833.

Mientras los trabajadores se iban haciendo más conscientes de sí mismos como clase, comenzaron a hacerse más corrientes los disturbios, cuando la multitud se reunía en las tabernas, en los teatros o en la calle. Tales disturbios bien podían no tener objetivos económicos o políticos claros, pero si que eran ejemplos de autoafirmación colectiva por parte de la clase obrera, o por fracciones étnicas o raciales de esa clase. En las primeras décadas del siglo, se dieron disturbios de este tipo unas cuatro veces al año, pero en el período de 1825 a 1830, los neoyorquinos salieron a la calle una vez al mes.

Una de estas algaradas alarmó de forma especial a la élite. Fueron conocidos como los disturbios de Navidad de 1828, pero de hecho sucedieron el día de Año Nuevo. Una ruidosa muchedumbre de 4.000 jóvenes trabajadores angloamericanos cogió sus tambores y matasuegras y tomó dirección Broadway, donde vivían los ricos. Por el camino, dañaron una iglesia africana y golpearon a los miembros de la iglesia. Los vigilantes arrestaron a bastantes, pero la muchedumbre los rescató, haciendo huir a los guardias.

La masa se fue incrementando y se encaminó hacia el distrito comercial, en donde dañaron las tiendas. En Battery rompieron los cristales de las casas de algunas de las personas más ricas de la ciudad. Y tomaron camino de Broadway, sabiendo que los ricos estaban celebrando su propia fiesta en el City Hotel. Allí, la masa bloqueo la salida de los coches. Un amplio contingente de vigilantes hicieron acto de presencia, pero los líderes de la muchedumbre llamaron a una tregua de cinco minutos. Esto permitió a los vigilantes reflexionar sobre la lucha en la que se iban a meter. Cuando transcurrieron los cinco minutos, los vigilantes se hicieron a un lado, y la ensordecedora masa siguió su marcha hacia Broadway.

El espectáculo de una clase obrera desafiante se mostró en su plenitud ante las familias que dirigían Nueva York. Los diarios empezaron de forma inmediata a reclamar un aumento de la vigilancia, por lo que los Disturbios de Navidad aceleraron el establecimiento de reformas que llevaron finalmente a la creación del New York City Police Department, en 1845.

Las reformas de 1845 aumentaron las fuerzas policiales, las profesionalizaron y las centralizaron, con una cadena de mando más militar. La vigilancia se amplió las 24 horas, y se prohibió a los policías tener un segundo empleo. Se incrementó su paga, y dejó de recibir una parte de las multas que se cobraban.

Esto significó que los policías ya no saldrían a patrullar buscando cómo ganarse la vida, un procedimiento que podía llevar a una extraña selección de objetivos. Eliminar el sistema de comisiones dio a los mandos más libertad para marcar prioridades, y ello capacitó al departamento para responder a las crecientes necesidades de la élite económica.

Así es como se creó la policía de Nueva York.

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 La historia de la policía en el Sur, como puede suponerse, es un poco diferente.

Una de las primeras policías de tipo moderno surgió en Charleston, Carolina del Sur, años antes de que en Nueva York se hiciera plenamente profesional. Los precursores de la fuerza policial de Charleston no fueron los grupos de vigilantes, sino las patrullas de esclavistas que operaban en el campo. Como afirmó un historiador, «[antes de la Guerra Civil] por todos los Estados [del Sur], patrullas móviles de policías armados recorrían el campo día y noche, intimidando, aterrorizando y aplastando a los esclavos, sometiéndoles y humillándoles». Eran generalmente fuerzas de voluntarios blancos que portaban sus propias armas. Con el tiempo, el sistema se adaptó a la vida urbana. La población de Charleston no aumentó como la de Nueva York. En 1820, aún había menos de 25.000 habitantes, pero la mitad de ellos eran negros.

La única manera de que en el Sur pudiera desarrollarse algún tipo de industrialización pasaba por permitir a los esclavos trabajar como asalariados en las ciudades. Algunos esclavos eran propiedad de los propietarios de las factorías, especialmente en la ciudad más industrial del Sur, Richmond. La mayoría de los esclavos urbanos, sin embargo, eran propiedad de los burgueses ciudadanos, que les usaban para servicios personales y les “alquilaban” a los empleados a cambio de salario.

En un principio, los amos encontraban los trabajos para sus esclavos y tomaban para sí todo el salario. Pero rápidamente descubrieron que era más conveniente dejar a los esclavos buscar sus propios trabajos, recibiendo del esclavo una prestación por el tiempo empleado fuera.

Esta nueva situación alteró fundamentalmente la relación entre los esclavos y sus amos, por no mencionar la relación entre los mismos esclavos. Por largos períodos de tiempo, los esclavos se libraban de la supervisión directa de sus dueños, pudiendo disponer de dinero efectivo para sí mismos, si conseguían más que las tasas que pagaban a sus dueños. Muchos afroamericanos eran capaces incluso de vivir fuera de las dependencias de sus amos. Podían casarse y cohabitaban independientemente. Hacia las primeras décadas del siglo XIX, Charleston tenía un barrio negro, poblado principalmente por esclavos y algunos hombres libres.

La población blanca sureña, tanto en la ciudad como en el campo, vivía con un miedo constante a la insurrección. En el campo, sin embargo, los negros estaban bajo una continua vigilancia, y pocas oportunidades había bajo el agotador régimen de trabajo de los esclavos para desarrollar conexiones sociales. Las condiciones mucho más libres de las ciudades implicaban que el Estado tenía que participar en el trabajo de represión que los amos habían efectuado hasta entonces por sí mismos.

La organización del Charleston Guard and Watch se fue desarrollando con el método de prueba y error hasta constituir una fuerza policial moderna hacia la década del 1820, llevando a cabo un acoso diario a los negros, y siempre dispuestos a responder con una rápida movilización para el control de las masas. Recibió un fuerte impulso hacia la profesionalización en 1822, cuando se descubrieron los planes para una insurrección coordinada de esclavos. Aplastaron la insurrección, y reforzaron la fuerza.

Las fuerzas del Sur estaban más militarizadas que en el Norte, incluso antes de su profesionalización. La policía montada era una excepción en el norte, pero era habitual en el sur. Y la policía en el sur portaba escopetas, con bayonetas.

La historia concreta de las fuerzas policiales varía en todas las ciudades norteamericanas, pero en tanto en cuanto se enfrentaban a problemas similares de represión de los trabajadores urbanos y de los pobres, en todas partes se tendió a dar las mismas soluciones institucionales. La experiencia del sur también refuerza una perspectiva que ya hemos visto en el norte: el racismo contra los negros estuvo presente en la policía norteamericana desde su primer día.

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Para terminar, diré algunas cosas sobre Filadelfia, pero antes voy a tocar algunas características comunes en todas partes.

En primer lugar, hay que situar la labor policial en el contexto de un gran proyecto de la clase dirigente para controlar y moldear a la clase obrera. Dije al principio que la emergencia de la revuelta obrera coincidió con la ruptura de los viejos métodos de la constante vigilancia personal de la fuerza de trabajo. El Estado comenzó entonces a proporcionar esa vigilancia. Los policías eran parte de este esfuerzo, pero en el norte el Estado también incrementó sus programas de alivio de la pobreza y enseñanza pública.


El trabajo policial estaba integrado en el programa de asistencia pública, en tanto que los guardias trabajaban en el registro de pobres para su ingreso en las fábricas. Incluso antes de que la policía se profesionalizara, los guardias elegían a los pobres. Si alguien estaba desempleado y era incapaz de trabajar, era enviado a la caridad de las iglesias o de la propia ciudad. Pero si eran hábiles para el trabajo, se consideraban como “vagos”, y eran enviados a los horrores de las casas de trabajo (workhouses).
El sistema de asistencia pública contribuyó de manera crucial a la creación del mercado asalariado. La función clave de ese sistema era hacer el desempleo tan desagradable y humillante que la gente prefería tomar trabajos normales con salarios muy bajos, para evitarlo. Castigando a los más pobres, el capitalismo creó una baja base de partida para los salarios, rebajando el conjunto de la escala salarial.

La policía ya no cumplirá un papel directo en la selección de gente para la asistencia, pero se encargarán del castigo. Como sabemos, mucho del trabajo policial consiste en hacer la vida desagradable a los desempleados en la calle.

La aparición de la moderna función policial coincide con la aparición de la educación pública. Las escuelas públicas acostumbran desde la infancia a la disciplina del puesto de trabajo capitalista; los niños son separados de sus familias para ejecutar una serie de tareas junto con otros, bajo la dirección de una figura autoritaria, según un programa dirigido por un reloj. El movimiento de reforma escolar de las décadas de1830 y 1840 también perseguía formar el carácter moral de los estudiantes. Se suponía que así los estudiantes se someterían de buen grado a la autoridad, siendo capaces de trabajar duro, ejercer el autocontrol y retrasar la gratificación.

De hecho, los conceptos de “buen ciudadano” que resultaron de la reforma escolar se ajustaban perfectamente a los conceptos de criminología que estaban inventándose para clasificar a la gente en la calle. La policía se iba a centrar no solo en el delito sino también en los tipos de delincuentes, un método de clasificación respaldado por unas supuestas credenciales científicas. El “delincuente juvenil”, por ejemplo, es un concepto común en la escuela y en la policía, y ha ayudado a ligar la práctica de las dos actividades.

Esta ideología de la buena ciudadanía se suponía que tenía un gran efecto en la cabeza de los estudiantes, invitándoles a pensar que los problemas de la sociedad son consecuencia de las acciones de “chicos malos”. Un objetivo clave en la escolarización, según el reformador Horace Mann, debería ser implantar una cierta clase de conciencia en los estudiantes, de manera que ellos mismos disciplinen su propio comportamiento, siendo sus propios policías. En palabras de Mann, el objetivo para los niños era “pensar en el deber más que en el policía”.

Ni que decir tiene que ese esquema analítico de dividir la sociedad entre buenos y malos es perfecto para encontrar chivos expiatorios, especialmente de tipo racial. Ese esquema moral era (y es) también un enemigo directo de una cosmovisión con conciencia de clase, que identifica el antagonismo básico de la sociedad en el conflicto que existe entre explotadores y explotados. La actividad policial va de esta manera mas allá de una simple represión; enseña una “ideología” de buenos y malos ciudadanos que enlaza con las lecciones del aula y del taller.

Podemos resumir diciendo que la invención de la policía era parte de una expansión de la actividad estatal para ganar control sobre el comportamiento cotidiano de la clase trabajadora. La escolarización, la asistencia pública y el trabajo policial se dirigían de forma conjunta a formar a los trabajadores para ser útiles (y leales) a la clase capitalista.

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El próximo punto trata sobre algo que todos sabemos, y que es lo siguiente: una cosa es la ley, y otra lo que hace la policía.

Lo primero, algunas palabras sobre la ley. A pesar de lo que podamos haber aprendido en clase, la ley no es el marco en el cual opera la sociedad. La ley es producto de la manera en que funciona la sociedad, pero no te dice cómo funcionan las cosas en realidad. La ley tampoco es el marco en el que la sociedad deberíafuncionar, pese a que algunos tengan esta esperanza.
La ley es en realidad una herramienta más en manos de aquellos que disponen del poder para usarla, para cambiar el curso de los acontecimientos. Las corporaciones tienen poder para usar esta herramienta porque pueden contratar abogados caros. Políticos, fiscales y la policía también pueden usar la ley.

Ahora algunos detalles sobre los policías y la ley. La ley tiene muchos más recursos de los que ellos usan en la práctica, por lo que el cumplimiento por su parte es siempre selectivo. Esto significa que la policía estásiempre seleccionando qué parte de la población es su objetivo y escogiendo qué clase de comportamiento quieren modificar. Esto también significa que los policías tienen continuamente oportunidad de corromperse. Si tienen capacidad para decidir quien es acusado de un delito, también pueden pedir una recompensa por no acusar a alguien.
Otra forma de ver la brecha que existe entre la ley y lo que hace la policía es examinar la idea común de que el castigo comienza con una sentencia tras un juicio. El tema es que cualquiera que haya tenido tratos con la policía os dirá que el castigo comienza cuando te ponen sus manos encima. Pueden detenerte y meterte en la cárcel incluso sin cargos. Esto es un castigo y ellos lo saben. Por no mencionar el abuso físico que puedes sufrir o los problemas que te pueden causar aunque no te detengan.

Así, la policía controla a la gente a diario sin mandamiento judicial, y castigan a la gente a diario sin una sentencia. Obviamente, algunas de las funciones sociales clave de la policía no están escritas en la ley. Forman parte de la cultura policial que aprenden unos de otros con el apoyo y la dirección de sus mandos.


Esto nos remite a la cuestión con la que hemos comenzado. La ley trata de delitos, y son individuos a quienes se acusa de delitos. Pero en realidad la policía fue inventada para tratar con lo que los trabajadores y los pobres se llegan a convertir sus expresiones colectivas: la policía trata con muchedumbres, vecindarios, seleccionando a la población; todos son entidades colectivas.
Pueden usar la ley para hacer esto o aquello, pero sus principales directivas les llegan de sus mandos o de su propio instinto como policías con experiencia. Las directrices policiales tienen frecuentemente una naturaleza colectiva, como por ejemplo, cómo hacerse con el control de un barrio rebelde. Ellos deciden lo que hay que hacer y después eligen qué leyes emplear.
Este es el significado de “tolerancia cero” y de “ventanas rotas”, orientaciones que, en el pasado, podrían haber sido denominadas perfectamente políticas contra la “chulería negra”. El objetivo es intimidar y ejercer control sobre una masa de gente, actuando sobre unos pocos. Esas tácticas han sido construidas sobre el trabajo policial desde el mismo principio. La ley es una herramienta para usar sobre los individuos, pero la meta real es controlar el comportamiento de masas más grandes.

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Usaré mis últimos minutos para hablar sobre algunas alternativas. Una de ellas es el sistema judicial existente en los Estados Unidos antes de la aparición de la policía. Está bien documentado en Filadelfia, que es el sitio del que hablaremos. La Filadelfia colonial desarrolló un sistema denominado juicios menores, en los que tenían lugar la mayoría de las acusaciones. El alcalde y un concejal ejercían de jueces, de magistrados. La gente pobre ahorraba dinero para pagar una tasa al magistrado que atendía su caso.

Entonces, como ahora, la mayoría de delitos eran cometidos por gente pobre contra gente pobre. En estos juicios, la víctima del asalto, robo o difamación actuaba como fiscal. Intervenía un agente para traer al acusado, pero no tenía nada que ver con un policía efectuando una detención. Toda la acción estaba dirigida por la voluntad de la víctima, no en función de los objetivos del Estado. El acusado podía también demandar a su vez. No había abogados involucrados en las partes, por lo que el único gasto era la tasa al magistrado. El sistema no era perfecto, porque el juez puede ser corrupto, y la vida del pobre no deja de ser miserable por ganar un caso. Pero el sistema era bastante popular y continuó funcionando por algún tiempo, incluso mientras el sistema de la policía moderna y los fiscales del Estado se desarrollaba en paralelo.

El ascenso de la policía, que vino acompañado del auge de los fiscales, implicaba que el Estado dejara su huella en la jerarquía judicial. En el tribunal, uno puede esperar que le traten como inocente hasta que se pruebe la culpabilidad. Antes de llegar al juicio, sin embargo, se pasa por las manos de la policía y de los fiscales que, ciertamente, no te tratan como si fueras inocente. Tienen oportunidad de presionarte o torturarte para confesar, incluso antes de llegar ante el tribunal.

Injusto como era este sistema dominado por policías y acusadores, los juicios menores habían demostrado a los filadelfios que había una alternativa más cercana a una resolución entre iguales.

Esta es la clave. Podemos hacer de nuevo factible una alternativa si abolimos las relaciones sociales de desigualdad para cuya defensa fue inventada la policía. Cuando los trabajadores de París tomaron la ciudad por dos meses en 1871, establecieron un gobierno bajo el viejo nombre de Comuna. Los principios de la igualdad social en París eliminaron la necesidad de la represión y permitieron a los comuneros el experimento de abolir la policía como fuerza estatal separada, al margen de la ciudadanía. El pueblo elegía a sus propios funcionarios de seguridad pública, escogidos por los electores y sujetos una inmediata destitución.

Nunca llegó a ser una rutina establecida, porque la ciudad estuvo asediada desde el primer día, pero los comuneros estaban en la vía correcta. Para superar un régimen de represión policial, el trabajo esencial era defender los principios de la Comuna, es decir construir una comunidad autogobernada de iguales. Y esto es lo que hoy en día nosotros debemos conseguir.

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http://www.abajolosmuros.org/

BIBLIOGRAFÍA
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Thompson, E. P. The Making of the English Working Class. Vintage, 1966.
Farrell, Audrey. Crime, Class and Corruption. Bookmarks, 1995.
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Silberman, Charles E. Criminal Violence, Criminal Justice. First Edition. New York: Vintage, 1980.
Bacon, Selden Daskam. The Early Development of American Municipal Police: A Study of the Evolution of Formal Controls in a Changing Society. Two volumes. University Microfilms, 1939.
Gilje, Paul A. The Road to Mobocracy: Popular Disorder in New York City, 1763-1834. The University of North Carolina Press, 1987.
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Wade, Richard C. Slavery in the Cities: The South 1820–1860. Oxford University Press, 1964.
Bowles, Samuel, and Herbert Gintis. Schooling In Capitalist America: Educational Reform and the Contradictions of Economic Life. Reprint. Haymarket Books, 2011.
Cita:
“Hoy el espíritu se ahoga en una masa de encuentros al azar. Estamos buscando a aquellos que aún están lo suficientemente vivos para apoyarse unos a otros más allá de esto; aquellos que escapan de la Vida Normal.”
*Against Sleep and Nightmare

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Vivimos en una sociedad en la que la mayoría de nuestros encuentros han sido ya definidos en forma de roles predeterminados y relaciones en las que no tenemos nada que decir. Una aleatoriedad desprovista de sorpresa rodea el tormento programado del trabajo con un “tiempo libre” que carece del gozo, de la capacidad de asombro o de cualquier libertad real de actuar a nuestro antojo, un “tiempo libre” no muy diferente del trabajo del que se supone que es un respiro.
 
La explotación se hace presente en el conjunto de la existencia al estar cada una de nuestras interacciones canalizadas hacia una forma de relacionarse que ya ha sido determinada en función de las necesidades del orden dominante, con el fin de garantizar la reproducción continuada de una sociedad en la que unos pocos controlan las condiciones de la existencia de todos, y por tanto poseen nuestras vidas.
 
Así pues, la revuelta contra nuestra explotación no es esencialmente una lucha política o incluso económica, sino una lucha contra la totalidad de nuestra existencia actual, contra las actividades e interacciones cotidianas que nos son impuestas por la economía, el estado y todas las instituciones y aparatos de dominación y control que componen esta civilización. Esta lucha no se puede llevar a cabo por cualquier medio.
 
Requiere un método de encontrarse y actuar en el mundo en el que se manifiesten aquí y ahora nuevas relaciones, las de individuos libres que rechazan ser explotados y dominados e igualmente rechazan dominar o explotar. En otras palabras, nuestra lucha debe ser la reapropiación inmediata de nuestras vidas, en conflicto con la actual sociedad.
 
Partiendo de esta base, el rechazo a la formalidad y el desarrollo de relaciones de afinidad no puede ser visto en términos meramente tácticos o estratégicos. Más bien, son el reflejo en la práctica de aquello por lo que estamos luchando si, efectivamente, estamos luchando por retomar nuestras vidas, por reapropiarnos de la capacidad de determinar las condiciones de nuestra propia existencia -es decir, la capacidad para la autoorganización.
 
El desarrollo de relaciones de afinidad es específicamente el desarrollo de un profundo conocimiento del otro de un modo complejo, una profunda comprensión de las ideas, sueños, deseos, pasiones, aspiraciones, capacidades, y concepciones de la lucha y de la vida, de los demás. Es por supuesto un descubrimiento de lo que se tiene en común, pero más significativamente es un descubrimiento de las diferencias, de lo que es único en cada individuo, porque es en la diferencia donde se puede descubrir realmente qué proyectos se pueden llevar a cabo con otros.
 
Dado que el desarrollo de relaciones de afinidad es en sí mismo un reflejo de nuestros objetivos y dado que se propone crear un conocimiento profundo y en constante expansión del/a otra, no se puede abandonar simplemente al azar. Necesitamos crear adrede la oportunidad para los encuentros, discusiones y debates en los que nuestras ideas, aspiraciones y visiones de la lucha revolucionaria puedan ponerse en discusión, donde las afinidades reales y los conflictos reales salgan a la luz y se desarrollen no con el objetivo de encontrar un termino medio en el que todos transijan por igual, sino para clarificar distinciones y así descubrir una base real para crear proyectos de acción que no sean simplemente desempeñar el papel de radical, activista o militante, sino que sean reflejos reales de los deseos, pasiones e ideas de quienes se impliquen.
 
Aunque las publicaciones, las redes sociales y el email pueden proporcionar medios para hacer esto en algunos niveles, en cuanto que son foros abiertos tienden a ser demasiado aleatorios, con el riesgo de que la discusión pierda cualquier proyectualidad y se desvía hacia el intercambio democrático de opiniones que tienen poca conexión con la propia vida.
 
A mi entender, las mejores y más significativas discusiones pueden tener lugar en encuentros cara a cara entre gente con alguna claridad de porqué se están reuniendo para discutir. Así pues, organizar grupos de discusión, debates, encuentros, etc. es una parte integral del desarrollo de relaciones de afinidad y por tanto de proyectos de acción.
 
La necesidad de perseguir el desarrollo de relaciones de afinidad de forma intencionada no significa el desarrollo de una base formal para la afinidad. La formalidad socava la posibilidad de afinidad, porque está basada por naturaleza en un espacio común predeterminado, y por tanto arbitrario. La organización formal se basa en una unidad ideológica o programática que resulta por último en adhesión a la organización como tal. Las diferencias se deben dejar a un lado por la causa de la organización, y cuando las diferencias se dejan a un lado, lo mismo ocurre con los sueños, deseos, aspiraciones y pasiones dado que éstas solo pueden pertenecer al individuo.
 
Pero, de hecho, la organización formal no tiene nada que ver con la intención o la proyectualidad. En realidad, al proporcionar una ideología a la que adherirse, libra al individuo de la responsabilidad de pensar por si mismo y desarrollar su propia comprensión del mundo y de su lucha en el. Al proporcionar un programa, libra al individuo de la necesidad de actuar autónomamente y hacer análisis prácticos de las condiciones reales en las que está luchando. Por tanto, en realidad la formalidad socava la proyectualidad y la capacidad para la autoorganización y de esta forma socava el objetivo de la lucha anarquista.
 
Las relaciones de afinidad son la base necesaria de autoorganización en el nivel cotidiano más básico de lucha y de vida. Es el conocimiento profundo y creciente del/a otra lo que proporciona la base para desarrollar proyectos de revuelta que reflejen verdaderamente nuestras propias aspiraciones y sueños, para desarrollar una lucha compartida que se base en el reconocimiento y, en el mejor de los casos, el apasionado disfrute de nuestras muy reales y hermosas diferencias.
 
Esto requiere una organización de la actividad más allá del ámbito de nuestras relaciones de afinidad, pero son los proyectos que desarrollamos de estas relaciones lo que nos proporcionan la capacidad para la autoorganización, la fuerza para rechazar toda formalidad y, por tanto, a todos los grupos que pretenden representar la lucha, ya se llamen partidos, sindicatos o federaciones.
 
En las relaciones de afinidad, empieza ya a desarrollarse una nueva forma de relacionarse libre de todos los roles y de toda relación social ya manida, y con ésta una aparente impredecibilidad que las autoridades nunca entenderán. Aquí y ahora, abrazamos un mundo de maravilla y gozo que es un arma poderosa para destruir el mundo de dominación.
 
Willful Disobedience Vol. 2 No. 12
Traducción Palabras de Guerra
Revisado por Besan
https://revistanada.com/
[Imagen: thump_962051211058632644083849070.jpg]

Puede decirse que la rebelión anárquica rechaza una concepción de la vida basada en el conservadurismo, el miedo, la estrechez, la mera supervivencia, los caminos ya transitados, y sí apuesta por un desarrollo de las fuerzas y por crearse su propio camino. La voluntad de vivir no puede verse bloqueada por determinadas condiciones materiales o espirituales, ello da lugar a esa rebelión, a una lucha que bien provoca la transformación o bien ve aplastada la propia vida.

Hay quien dijo que la primera expresión de la anarquía es este choque de un impulso vital contra las estructuras que se oponen a su despliegue, contra toda autoridad o poder constituidos contrarios al desarrollo que llegará tras aquel impulso. La rebelión puede tener un sentido de desesperación, el cual desemboca a veces en una explosión de violencia (la cual nunca es buena ni soluciona nada por sí sola, en mi opinión, aunque hay que considerar la concentración de fuerzas que siempre realiza el poder político y los males de la jerarquización social), aunque no hay que negar que algunos anarquistas la han considerado frente a un orden inadmisible. Solo así puede entendersela frase de Bakunin "La alegría de destruir es una alegría creadora", pero recomiendo enérgicamente, para la salud mental y para la preservación de la inteligencia, no tomar al pie de la letra lo que pudiera decir cualquier autor y sí tratar de profundizar en los motivos que llevaron a afirmar tal cosa. No creo en la trascendencia de ningún concepto, ni siquiera, o menos aún, hablando de la revolución o de la anarquía, por lo que apostar ciegamente por ello puede ser contrario a la rebelión libertaria. Frente a un poder aplastante y totalizador, puede ser una opción la búsqueda de un desorden que haga surgir de nuevo el deseo de libertad, pero solo como un desesperado recurso que impulse la vida popular y posibilite su desarrollo.
 
No es necesario aclarar que el ideal anárquico nada tiene que ver con el desorden y el caos, y sí con la aspiración a un orden nuevo en el que la igualdad social sea un hecho y la libertad individual constituya un valor supremo que no se vea enfrentado con la organización colectiva. El poder político tiende a ser más sutil en los regímenes democratico-liberales, sin menospreciar otros modos de dominación que obstaculizan el desarrollo del pensamiento y de la conciencia, por lo que los motivos de la falta de proliferación de una rebelión anárquica son dignos de estudio (no vale ya el victimismo plañidero por una sociedad que no es la que nos gustaría, las quejas constantes que buscan motivos externos, la legitimación de medios ajenos al anarquismo). Creo, una creencia que pretende no ser ciega, que en todo ser humano hay un deseo legítimo de rebelión y de deseo de una vida mejor para sí mismo y para los demás, pero despertar los mecanismos que despierten esa conciencia no parece tarea fácil (la propaganda honesta resulta una gota en el oceáno ante el maremágnum de información inconsistente). Esa ansiada rebelión sería la explosión de una energía vital comprimida, un primer movimiento que afirmará determinados valores.
 
Albert Camus dijo que la conciencia nace con la rebelión, en la que el ser humano se da cuenta de que no puede ser cosificado, de que lo inhumano no es tolerable. Así, el rebelde no admite ya que sus posibilidades de desarrollo, de elección o de rechazo, su propia autodeterminación, se vea ya mermada o negada. Sería ya el inicio de una lucha en nombre de la integridad; una exigencia de libertad, la cual sería la tensión esencial de su ser. Camus consideró que esa rebelión puede ser en un principio confusa, pero acaba despertando un sentimiento común en todos los hombres, una razón de obrar sustentada en la solidaridad de los oprimidos. Es por eso que la rebelión, despertando a la conciencia de sí mismo y de los demás, afirmando la ruptura con lo instituido en nombre de valores humanos superiores, hace surgir una comunidad nueva en la que el opresor no tiene ya cabida por su falta de humanidad. Esta nueva sociedad puede y debe ser libertaria (aunque, obviamente, toda rebelión no desemboca en el anarquismo), ya que sería la única que no traiciona sus fuentes originarias y que no niega la posibilidad de un horizonte mejor. El anarquismo confía en esa rebelión que concluye que la existencia humana no tiene sentido sin la libertad, pero debe seguir contribuyendo a afirmar la realidad (social e individual, alimentadas mutuamente) en base a esa libertad. Es toda una filosofía práctica de vida: la libertad no es real si no está sustentada en el comportamiento y la acción cotidianos. Es la gran pregunta a hacer a las personas, si nuestra conciencia, la ausencia o no de rebelión, la imposibilidad de detectar los obstáculos que imposibilitan nuestro desarrollo, están condicionados o no por motivos externos, por nuevas formas de determinación sin mucho que ver con nuestro verdadero ser (cuestionando siempre, por supuesto, que exista una verdad definitiva o una esencia inamovible).
 
Capi Vidal
http://reflexionesdesdeanarres.blogspot.com.es/
[Imagen: thumbs.jpg]

Las ideas de Proudhon, Bakunin y Kropotkin, que parecían sepultadas por la historia, en especial a partir de la segunda mitad del siglo XX, recuperan gran parte de su vigencia. Crece la cantidad de banderas libertarias en las manisfestaciones contra la globalización y las corporaciones, sus postulados aparecen en los deabtes contemporáneos sobre el neoliberalismo o la ecología, se multiplican los grupos de Internet que, de hecho, adhieren a sus principios. E intelectuales como Michael Foucault, Gilles Deleuze, Osvaldo Bayer, Noam Chomsky, Murray Boochkin… reconocen en sus trabajos la herencia de los primeros ácratas. La historia que construyeron los anarquistas en su pelea contra el poder y la opresión del Estado, que alcanzó su punto más alto en las Comunas campesinas de la España prefranquista, afecta también al mundo de la cultura y forma parte fundante de las vanguardias artísticas del siglo XX y también de algunos fenómenos de la cultura popular, como el movimiento punk. En el texto de Marcus Mayer, acompañado de los notables dibujos de Sanyú, Anarquismo para principiantes recorre la historia y las influencias de este movimiento que ha demostrado, con sus contradicciones y tropiezos, pero también con una notable imaginación y un incansable espíritu de lucha, que aún tiene mucho para aportar a la escena contemporánea.

Cita:[...] el problema principal del esclavo no son en sí mismas las distintas calamidades que tiene que soportar día tras día por su condición de esclavo
(...) sino que es, más bien, la matriz de pensamiento que no le permite cuestionar su esclavitud. [...]
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¿Cadenas físicas o mentales?
En el sí de una sociedad dada, podríamos plantearnos lo siguiente: ¿qué es lo peor que le puede pasar a un esclavo?
Uno podría responder que, sin duda alguna, lo peor de la vida de esclavo es, desde luego, la humillación constante y el trato degradante que supone su condición de esclavo. Sin embargo, habría otra posible respuesta: lo peor que le puede pasar a un esclavo es sentirse satisfecho y hasta agradecido de la vida que le ha tocado vivir y del trato que recibe. 
Esta satisfacción paradójica propia del neurótico adaptado, no reflexiona acerca del futuro y reduce la complejidad de la vida a la satisfacción inmediata de la rutina diaria. Aunque muchos contemplan esta filosofía de vida del carpe diem como una muestra loable de adaptación y de optimismo, lo cierto es que es una forma más de autoengaño. La trampa cognitiva radica en que el esclavo satisfecho aumenta progresivamente su aceptación resignada de su condición de esclavo; una condición que, a base de hic et nunc, termina por pasar inadvertida por el propio individuo.
Lo que define a un esclavo no son sus amarres físicos y su nula libertad de movimientos sin la expresa autorización de su amo. Ni siquiera lo define los latigazos que recibe.
El problema del esclavo satisfecho con los golpes y latigazos no es el dolor físico que éstos le causan, sino la predisposición psicológica a recibirlos y a naturalizar el ensañamiento del poderoso sobre él. 
En consecuencia, la desgracia del esclavo no son tanto las formas situacionales que sufre en su cotidianidad en términos de maltrato físico, sino la asunción del pensamiento del poderoso, que le impide plantearse y por tanto cuestionar su estado de sumisión. Esto conlleva que acepte de forma acrítica las condiciones de vida con una pasividad resignada y sin atisbo de determinación para poder revertir su vida. Si además sumamos una percepción de satisfacción por el trato que se le ofrece en tanto que esclavo, el individuo está condenado a vivir una vida miserable. En este caso, las cadenas no sujetan el cuerpo, sino la mente.

El esclavo satisfecho en la sociedad actual
Es cierto que, en las sociedades actuales, las luchas por los derechos sociales y civiles han ido cimentando algunas leyes que nos protegen de abusos flagrantes como el esclavismo de cadena y látigo. Sin embargo, todavía arrastramos algunos vestigios del sistema esclavista. 
El sistema socioeconómico y cultural vigente nos impone ciertos valores y ejerce una manipulación continua sobre la forma en que pensamos, conduciendo a la aceptación de algunas prácticas que chocan de pleno con el derecho básico de pensar de forma crítica y autónoma.
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El esclavismo moderno consiste en que atendemos sin reflexión previa a una serie de rutinas familiares, laborales y sociales. En este día a día frenético, se nos anula la capacidad para tomar la iniciativa ante cuestiones sumamente importantes como el consumo (qué compramos y para qué), la moda (muy relacionada con la imagen de nosotros mismos que queremos proyectar al mundo) y la moralidad (aquellas reflexiones que deberían guiar nuestros actos encaminados hacia fines concretos).
Entre el acriticismo, la pasividad y el carpe diem mal entendido, nuestra mente deja de plantearse ciertas cosas, lo que a la postre significa una resignación pasiva ante las vicisitudes de la vida. De este modo, tal como actuaría un esclavo y por la indefensión aprendida que supone la nula confianza en nuestras posibilidades, acabamos siendo meros espectadores de un statu quo que creemos ubicuo y, por tanto, por sí mismo legítim[color=rgba(0, 0, 0, 0.870588)]o.[/color]

Jóvenes depresivos y anestesiados
Tal como escribió Álvaro Saval en su artículo "¿Juventud depresiva o juventud anestesiada?", la manipulación de nuestros pensamientos va conformando una cultura fértil para el poder:nos amarra a prejuicios, consignas y estereotipos que paralizan a los jóvenes en un presente carente de esperanza. Aunque el movimiento 15-M despertó gran parte de estos jóvenes anestesiados bajo el yugo del pensamiento uniforme de la tecnocracia y el presentismo, la otra mitad sigue habitando un escenario en que la uniformidad de pensamiento, los empleos precarios y los momentos de ocio siguen un patrón idéntico. 
En estos círculos, cualquier atisbo de pensamiento independiente o de crítica hacia ciertos usos y costumbres se vilipendia y se excluye sistemáticamente. Así, el miedo a pensar por uno mismo y la autocensura son los obstáculos para escapar de las cadenas y latigazos en el esclavismo moderno. Por supuesto, el sistema saca rédito de este tipo de pensamiento, apuntalando individuos altamente obedientes: trabajadores precarios pero productivos, consumistas sin criterio y, por supuesto, nada críticos con la sociedad ni con las injusticias que sufren aun sin percatarse de ello.
La adolescencia no solo es la etapa en que nuestra personalidad se consolida, sino tambiénes el tiempo de nuestros pensamientos se estructuran y trazan ciertas líneas maestras de nuestra percepción del mundo que nos rodea. La influencia del grupo sobre el adolescente siempre es un factor relevante a la hora de presumir la influencia en el pensamiento uniforme o, por el contrario, en el pensamiento crítico. 
Sin cultura crítica, los individuos se muestran incapaces de pensar la realidad por sí mismos. En este sentido, la existencia deja de ser un viaje en busca del bien, la verdad y la felicidad, para convertirse en una sinrazón de espejismos y estereotipos cuya apariencia se revista del bienestar que nos brinda un pensamiento impuesto y asimilado: todo por no tener la valentía de superar a tiempo las cadenas del esclavo.
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Eliminemos la propiedad privada,
y la especie humana dejará de ser
un cuartel diario de guerra.
 
No son pocas las personas, y aun las hay entre los socialistas, que se escandalizan al escuchar esas afirmaciones en los anarquistas.
Son tantos los prejuicios que hay sobre la propiedad que el espanto es normal. Se piensa que sin propiedad privada el género humano caería en un apocalipsis, en una catástrofe a donde no merece llegar. Y en efecto, los anarquistas no buscan ninguna de esas desgracias para la humanidad. Se debe todo a un prejuicio, y esperamos aclararlo en las siguientes líneas.
Es necesario que antes de crearnos un prejuicio sobre las posibles (y solo imaginadas) consecuencias de la abolición de la propiedad privada nos preguntemos si hasta ahora el régimen de propiedad privada ha dado algún beneficio para el género humano.
Se piensa que el trabajo genera el derecho a la propiedad privada y ya que se piensa que es así se deduce que “nada más justo que quien trabaje tenga acceso a lo que desee y no se le prive de ello” nos dicen los defensores de la propiedad, y pareciera a primera vista que, efectivamente, no hay nada más justo.
Sin embargo antes de aceptar esto como algo cierto hay que analizarlo.
Bien que una persona que trabaje tenga con toda justicia el derecho de obtener lo que necesite para desarrollarse física y culturalmente, así como las necesidades primarias de todo ser humano.
Pero, preguntamos ¿Es esto lo que prima en nuestra sociedad bajo el régimen de la propiedad privada? ¿En realidad el trabajo genera el derecho a ser propietario de algo?
En la actualidad la enorme mayoría de los medios de producción son propiedad de personas que o han heredado las propiedades (es decir, no han trabajado para obtenerlas) o las han obtenido poniendo a otros a trabajar para ellos (es decir, no han trabajado ellos), dándoles apenas lo necesario para no desfallecer y continuar produciéndoles riqueza.
Vemos por el otro lado una enorme capa de trabajadores de todos los niveles, verdaderos productores de la riqueza que paradójicamente no pueden disfrutar del fruto de su trabajo porque se les quita para entregarla a otros. No se les quita necesariamente con la fuerza física, sino con la fuerza económica cimentada en artilugios que el trabajador común rara vez comprende y por medio de los cuales no percibe el robo del que es objeto.
Trabajan y producen la riqueza durante toda su vida para que al final de su existencia no tengan ni lo necesario para descansar en su vejez; entre tanto los dueños oficiales de los medios de producción, que nunca han trabajado y que se dedican únicamente a disfrutar la vida a costa del pueblo productor, tienen el futuro asegurado para ellos y para su descendencia. Preguntamos entonces: si el trabajo genera el derecho a la propiedad ¿Cómo es que los trabajadores carecen de todo y los que nunca trabajan poseen todo?
Se debe a un hurto, a un robo del que nuestros economistas oficiales no dicen una sola palabra.
A consecuencia de semejante hurto a los trabajadores tenemos actos absurdos (o en palabras de Proudhon, un  sistema de las contradicciones económicas) como por ejemplo agricultores que desfallecen de hambre; albañiles sin casa… porque en esta sociedad donde supuestamente el que trabaja consume sucede que el que trabaja apenas puede consumir lo que produce. Y ello aún en una etapa de la historia humana donde el consumismo es lo que permea en la sociedad… pero no en todos lados.
Y si estas incongruencias en que vivimos no fuesen suficientes para tensar nuestros sentimientos de igualdad, recordemos que mientras tres cuartas partes de la población mundial viven en condiciones de pobreza, la mayor parte de la riqueza está actualmente en muy pocas manos, siempre a costa de todo un mar de pobres que les sostienen en la holganza.
Estas condiciones, las de la propiedad privada que otorga todo a unos cuantos y priva al resto de casi todo, son sostenidas siempre por las leyes de cada país donde el respeto a la propiedad privada constituye uno de los fundamentos en que está basada la sociedad autoritaria. Porque protección a la propiedad privada exigen los dueños de los medios de producción. Protección siempre en contra de quienes ellos privan de todo. Y ahí tenemos explicada la existencia de militares, policías, fuerzas armadas en general, cuya misión no consiste en defender al país en una guerra con un enemigo externo (que de momento no hay), sino en mantener a raya al enemigo interno, es decir, al pueblo que es robado diariamente y el que bien podría sublevarse contra sus verdugos. La guerra, pues, es siempre interna y perpetua. Esa guerra que tanto temor suscita en las personas a su sola mención se ejerce diariamente contra las poblaciones sin que la mayor de las veces se den cuenta de ello. Las leyes no son sino códigos de protección al robo que se mantienen no por consenso (a nadie le han preguntado si está de acuerdo o no), sino por la fuerza de las armas contra las poblaciones.
El Estado, defensor de esas leyes y cuya función primordial es la de asegurar estas condiciones, al hacerlo se convierte en el guarura del capital, no en tus representantes.
Pero ejemplifiquemos la manera absurda en que está basada la propiedad privada.
Una fábrica se construye a partir de la colaboración de muchos albañiles para su construcción primero; se dota de mercancías producidas por obreros manufactureros o campesinos después; se administra por trabajadores; se atiende por trabajadores; y sin embargo, esos mismos trabajadores rara vez pueden acceder a la mercancía que se vende donde trabajan. Todos sus salarios juntos nunca podrían comprar la mercancía con que se comercia en sus puestos de trabajo.
Nuestros economistas nos cuentan que los beneficios obtenidos por el dueño se deben a una especie de seguro por su inversión. Puesto que la ha puesto en riesgo ha colaborado para la producción. El trabajador no arriesga nada (nos dicen) y entonces sus ganancias son menores en consecuencia.
Suponiendo el que argumento fuera válido, preguntamos ¿En cuánto tiempo se reintegra el dinero al inversor, más aparte una gratificación por su “riesgo”? Porque cuando la empresa ya está funcionando el dueño cesa de arriesgar su capital, que recupera en seguida, y el restante tiempo es el trabajador el que continúa –como desde el inicio y de hecho con mayor riesgo porque no arriesga dinero, sino su salud y su tiempo (vida) en la fábrica- arriesgándolo todo, gastando su propia vida (un medio invaluable y no restituible), y sin embargo tenemos que el patrón sigue engordando sin cesar y el trabajador padeciendo siempre. El robo es bien visible.
Pero el absurdo va más allá, porque incluso los artículos que cualquier empresa pueda vender son imposibles de evaluar. Una silla, por ejemplo, no puede decirse que sea producto de un carpintero. Es el resultado de muchos otros trabajadores:
El transportista que entregó la madera contribuyó al proceso; antes que él hubo un talador que cortó y preparó la madera; e incluso antes de éste último hubo quien sembró el árbol, y quienes cuidaron de él hasta que estuviera listo para ser cortado.
Un articulo pues, sea el que sea, pertenece a toda una serie de trabajadores, por lo que no es posible valuar el artículo. A ello sumemos otro ejemplo: quien inventó digamos la sierra eléctrica recibió un pago por dicho invento (a veces ni eso sucede) a la hora de patentarlo, pero este ha continuado produciendo madera a una velocidad más rápida que antes de su invención, lo cual no ha sido pagado porque ¿La cantidad dada al inventor es la correcta pese al paso del tiempo? Los beneficios que produce su invento a lo largo de siglos e incluso sus mejoras que harán dicho invento más eficiente ¿realmente se paga con una cantidad x dada al momento de su fabricación? ¿qué hay de las devaluaciones de la moneda respecto a este caso? Porque con lo que antes se compraba una casa hoy apenas alcanza para malvivir ¿no afecta ello al pago dado al inventor y demuestra que el pago en realidad no fue justo? Existe entonces un valor que flota en el tiempo que no se paga, pero del que se beneficia el capitalista. Todo invento, pues, es víctima de otro robo a manos del capitalista. Los inventos y los productos, pues, para no sufrir robos y beneficiar realmente deberían ser propiedad de la humanidad en su totalidad. Y si la economía actual no estuviera de cabeza el capitalista, que no produce nada, no sería dueño de nada, ni de los medios de producción ni de los productos obtenidos por ellos.
Pasemos a otra parte de la propiedad, el de la restitución de la producción. Todo artículo, como hemos dicho, es producto de una cantidad inexacta de trabajadores a los que no se les retribuye el costo del producto. Se les paga un jornal –teoría proudhoniana-, pero no se les paga nunca el costo por la asociación que dicho trabajo genera.
Una casa puede ser construida por 50 albañiles en un mes; esa misma casa jamás podría ser construida por 1 albañil en 5 años. Para construirla se precisa de la acumulación de fuerzas y de asociación que hace posible levantar la estructura necesaria para la cimbra. Esa fuerza y esa asociación no la puede conseguir ninguna persona como no sea apoyándose en otros trabajadores.
Así pues, aunque el patrón pague los jornales, esa fuerza colectiva jamás es pagada.
¿Qué decir por ejemplo de la plusvalía?
Una empresa produce en medio día (o en menos) la cantidad necesaria de productos para pagar los jornales (solo los jornales, ya que como hemos indicado la fuerza asociativa jamás es pagada) de los obreros.
La fuerza asociativa generada por el trabajo de éstos y la cantidad de productos generados a partir digamos del medio día, jamás es pagada a los trabajadores.
Esta cantidad de dinero sobrante la producen los trabajadores y les es completamente robado bajo distintos argumentos apoyados en teorías economicistas a beneficio del burgués y siempre apoyados en las leyes del Estado.
Esas ganancias van a parar a otorgar un nivel de vida a los dueños de la empresa sin haber movido un solo músculo para obtenerlas. Aun en el caso de que el dueño de la empresa se involucra en alguna actividad sus ganancias son muchas veces mayor a las de los demás trabajadores: un robo por donde quiera que se le vea.
Un estudiante de ingeniería construye un invento que hará que el proceso de siembra sea dos veces más sencillo ¿Beneficiará eso al campesino para que su vida sea menos agotadora?
No. Beneficiará al terrateniente, que comprará el invento para producir más; y al campesino, o se le paga menos, o se le corta la jornada laboral con lo que sus ingresos igualmente degeneran. Tenemos pues que en la sociedad actual todo avance en la producción con máquinas no beneficia a los trabajadores, los empobrece. Se les roba primero el producto de su trabajo; se les roba después la vida misma cuando son suplantados por una máquina. Porque ¿qué otra cosa es sino el hecho de quedar en la calle porque una máquina hace el trabajo de 20 trabajadores?
Ejemplos como este podemos encontrar por montones en todo el avance humano desde que un grupo de rufianes amparados en las armas dijeron “esto nos pertenece” y se convirtieron en propietarios.
El capitalismo no solamente comete un robo contra los trabajadores, sino que impide incluso que el avance humano sea en provecho de la especie humana, y utiliza todo avance para generar más ganancias al más bajo costo.
El robo no puede ser más grande.
Ahora transportemos este caso a todos los procesos productivos donde se utilizan herramientas y máquinas creadas no por un hombre extraordinario (hemos visto que eso no es posible), sino por una infinidad de ideas de generaciones anteriores, y veremos que el producto del trabajo no puede sino pertenecer a toda la especie humana.
El capitalismo se aprovecha de esta forma económica que el Estado y la propiedad privada pone a su servicio (la explotación “legal” de los trabajadores y con ello el dominio de la economía) para generar inmensas riquezas a costa siempre de la explotación de los trabajadores.
Al ser el capitalismo quien mueve toda la economía puede poner y quitar gobiernos conforme le venga en gana (1) y estos, si no quieren ser un órgano parasitario y con ello ser reemplazados (pues ellos nunca dejan de existir ¡de ellos no te libras!) por otros, deben ser obedientes y poner toda la maquinaria del Estado (fuerzas armadas, leyes, medios de comunicación, etc.) al servicio del capitalismo.
Tenemos entonces que es completamente normal que el Estado defienda la propiedad privada como principio sagrado de sus instituciones, que el policía arremeta contra las ocupaciones, expropiaciones de empresas y toda forma organizativa tendente a destruir los cimientos de la propiedad privada, y que sus economistas hagan toda una maraña de teorías sofísticas cuyo fin más inmediato es la defensa teórica de la propiedad privada.
Porque si no ¿Qué sabio economista podría explicar esta contradicción de trabajadores empobrecidos/holgazanes enriquecidos, sin decir abiertamente que todo ello se debe a que el propietario es un ladrón amparado por las leyes?
¿Qué derecho tienen los propietarios a declarar como suyo algo por lo que no han trabajado? ¿Con qué derecho entonces se atreven a quedarse con la mayor parte de las ganancias? ¡Con el derecho que le otorga el gobierno, perro fiel a su servicio!
Se nos dice que la abolición de la propiedad privada y la anarquía misma conducirían a los pueblos a la miseria, la desorganización, la injusticia y que todos arreglarían sus diferencias a tiros. ¿Y qué es lo que existe ahora bajo el Estado y la propiedad privada sino hambre, miseria, caos, injusticia, desigualdad, miseria, desorganización y masacres a tiros contra los pobres cuando se sublevan para mejorar sus condiciones de vida?
Al analizar pues semejantes mentiras aparece por deducción lógica la figura contraria: la anarquía y la abolición de la propiedad privada significarán la justicia, la equidad, la prosperidad del pueblo y el cese de los vividores y ladrones que hoy tienen en sus manos los medios de producción y la riqueza generada por todo el pueblo trabajador.
Es normal entonces que los anarquistas veamos la propiedad privada como algo ilógico, injusto, cruel y totalmente necesaria de abolir. En un mundo de justicia social, de equidad y de hermandad como el que proponemos, la propiedad privada no tiene cabida.
El derecho de propiedad que otorga a unos cuantos la posibilidad de acumular riquezas y explotar al pueblo, tiene como corolario el hambre, la miseria, la guerra, la explotación, la injusticia, la degeneración humana.
Más que como principio revolucionario, la eliminación de la propiedad privada se presenta ante quienes analizan la cuestión social a fondo como una necesidad no ya solo de la revolución, sino de la propia especie humana.
La desaparición de la propiedad privada y su consecuente, la destrucción del capitalismo, va de la mano de la destrucción del Estado y de la autoridad, pues el uno no puede sobrevivir sin el otro, y es necesario a cada una de estas instituciones defender a su homólogo.
La cuestión a resolver por los revolucionarios actuales como lo fue por los anteriores, no es la manera en la que se debe reformar o embellecer la esclavitud, sino destruirla; y en ese trabajo la abolición de la propiedad privada ha de ser uno de los asuntos neurálgicos de la revolución social.
Pero no creas amigo lector que pretendemos solamente destruir sin edificar nada; lejos de nosotros semejante pensamiento.
A la propiedad oponemos la posesión. Nos explicamos:
 
Propiedad privada significa la posibilidad de acumular riquezas. Y vemos ya que esa “posibilidad” no es sino una exclusiva de los detentadores de los medios de producción. Es decir, de los capitalistas.
La posesión significa, valga la redundancia, la posesión que cada persona hace de las cosas que necesita para su desarrollo físico, intelectual y personal.
Más claramente: mientras la propiedad hace posible que en las manos de una sola persona haya, por ejemplo, 20 casas mientras hay 19 familias sin hogar, la posesión de las cosas hace que cada quien tenga solamente (pero no restrictivamente) aquello que necesita para vivir bien.
¿Para qué tener 20 casas, si se puede vivir en una de forma cómoda y sin privaciones?
Acumular riquezas significa privar a otras personas del derecho a la vida, y la sociedad libre de parásitos sociales que proponemos los anarquistas, será una sociedad donde a nadie se le prive del derecho a vivir.
Abolida la propiedad privada el delito pierde bastante sentido: si todo es de todos ¿Quién robará a su prójimo arriesgando con ello la libertad como ocurre en la actualidad?
¿No es acaso claro que todo lo que hay en el mundo –exceptuando la naturaleza- ha sido hecho por trabajadores como tú amigo lector, y que a todos ustedes es a quienes realmente pertenece todo?
Nos dicen en la escuela, en la Iglesia y en trabajo que el robo es malo; no lo es, sin embargo, si quienes roban lo hacen conforme a las leyes. Tales mentiras ponen al descubierto la miseria de un sistema que mientras aplasta a las mayorías, protege siempre a los mayores ladrones de la sociedad.
Nosotros proponemos la abolición de la propiedad privada como condición inmediata para la extirpación en la sociedad de los ladrones grandes: el Estado, capital, clero, propietarios.
Porque sin propiedad privada toda persona en condiciones de trabajar tendrá derecho a techo, alimento, vestido, calzado, etc., todo lo que necesite para vivir bien, a cambio únicamente de trabajar un par de horas (el avance de los métodos de producción hace posible esto) en un trabajo no como el actual, lleno de penurias, carencias e injusticias, sino en un ambiente laboral sano, seguro, limpio, en camaradería con sus compañeros de labor.
Auguramos para dicha sociedad una espléndida forma de vida, pues estamos seguros que derribados los principales cimientos del crimen y de la injusticia (Estado, capitalismo, clero, autoridad, propiedad privada, leyes, etc.), la sociedad, al estar conformada por seres sociables, sabrá desarrollarse en plena libertad y justicia, donde el mundo en que vivimos ahora será solamente un triste recuerdo.
 
 
Salud y revolución social.
 
Erick Benítez Martínez. Octubre del 2013.
 
Notas:
 
1.- “Dadme el control de la moneda de un país y no me importará quién hace las leyes” Ha dicho Rothschild hace muchos años, y es completamente verdad. Está a la vista de todos que quienes mueven el mundo, las leyes y los gobiernos son siempre los burgueses.
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Durante casi sesenta años Malatesta desarrolló actividades dentro del movimiento anarquista como agitador y propagandista. Basta con dar una ojeada a los archivos de la prensa anarquista para percibir que fue uno de los miembros más respetados del movimiento, así como siguió siendo hasta el final uno de los más controvertidos. Su actividad abarcó muchas partes del mundo, y también la dirección de una cantidad de diarios anarquistas italianos, incluido el cotidiano Umanità Nova (1920-22). Pasó la mitad de su vida en el exilio y el respeto con el que le trataron los gobiernos queda claramente en evidencia por el hecho de que estuvo preso durante más de diez años, generalmente en espera de juicio. Los jurados, por contraste, mostraron un respeto diferente, absolviéndolo en casi todos los casos y reconociendo que el único galantuomo, el único hombre honesto, era el que los enfrentaba en el banquillo de los acusados.


Estaba el Buda meditando en la espesura junto a sus discípulos, cuando se acercó un detractor espiritual que lo detestaba y aprovechando el momento de mayor concentración del Buda, lo insultó, lo escupió y le arrojó tierra.

Buda salió del trance al instante y con una sonrisa plácida envolvió con compasión al agresor; sin embargo, los discípulos reaccionaron violentamente, atraparon al hombre y alzando palos y piedras, esperaron la orden del Buda para darle su merecido.

Buda en un instante percibe la totalidad de la situación, y les ordena a los discípulos, que suelten al hombre y se dirige a este con suavidad y convicción diciéndole: "Mire lo que usted generó en nosotros, nos expuso como un espejo muestra el verdadero rostro. Desde ahora le pido por favor que venga todos los días, a probar nuestra verdad o nuestra hipocresía. Usted vio que en un instante yo lo llené de amor, pero estos hombres que hace años me siguen por todos lados meditando y orando, demuestran no entender ni vivir el proceso de la unidad y quisieron responder con una agresión similar o mayor a la recibida.

Regrese siempre que desee, usted es mi invitado de honor. Todo insulto suyo será bien recibido, como un estímulo para ver si vibramos alto, o es sólo un engaño de la mente esto de ver la unidad en todo".

Cuando escucharon esto, tanto los discípulos como el hombre, se retiraron de la presencia del Buda rápidamente, llenos de culpa, cada uno percibiendo la lección de grandeza del maestro y tratando de escapar de su mirada y de la vergüenza interna.

A la mañana siguiente, el agresor, se presentó ante Buda, se arrojó a sus pies y le dijo en forma muy sentida: "No pude dormir en toda la noche, la culpa es muy grande, le suplico que me perdone y me acepte junto a Usted".

Buda con una sonrisa en el rostro, le dijo: "Usted es libre de quedarse con nosotros, ya mismo; pero no puedo perdonarlo".

El hombre muy compungido, le pidió que por favor lo hiciera, ya que él era el maestro de la compasión, a lo que Buda respondió: " Entiéndame, claramente, para que alguien perdone, debe haber un ego herido; solo el ego herido, la falsa creencia de que uno es la personalidad, ese es quien puede perdonar, después de haber odiado, o resentido, se pasa a un nivel de cierto avance, con una trampa incluida, que es la necesidad de sentirse espiritualmente superior, a aquel que en su bajeza mental nos hirió. Solo alguien que sigue viendo la dualidad, y se considera a sí mismo muy sabio, perdona, a aquel ignorante que le causó una herida". Y continuó: "No es mi caso, yo lo veo como un alma afín, no me siento superior, no siento que me hayas herido, solo tengo amor en mi corazón por usted, no puedo perdonarlo, solo lo amo. Quien ama, ya no necesita perdonar".

El hombre no pudo disimular una cierta desilusión, ya que las palabras de Buda eran muy profundas para ser captadas por una mente llena todavía de turbulencia y necesidad, y ante esa mirada carente, el Buda añadió con comprensión infinita: -"Percibo lo que le pasa, vamos a resolverlo: Para perdonar, ya sabemos que necesitamos a alguien dispuesto a perdonar.
Vamos a buscar a los discípulos, en su soberbia están todavía llenos de rencor, y les va a gustar mucho que usted les pida perdón. En su ignorancia se van a sentir magníficos por perdonarlo, poderosos por darle su perdón, y usted también va a estar contento y tranquilo por recibirlo, va a sentir un reaseguro en su ego culposo, y así más o menos todos quedarán contentos y seguiremos meditando en el bosque, como si nada hubiera pasado". Y Así fue.


No creáis nada por el simple 
hecho de que muchos lo crean
o finjan que lo creen; creedlo
después de someterlo al
dictamen de la razón y a la voz
de la conciencia. Buda