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[Imagen: C%C3%A1rcel.jpg]

Cuatro puntos sobre los que reflexionar, nada más. La pregunta fundamental, la que todos los libros eluden siempre, dejándola al margen o tendiendo a confundir de modo más o menos eficaz, esta pregunta fundamental es: si la cárcel significa punición, castigo, pena, evidentemente, hace referencia a la transgresión de una determinada regla (de hecho, la punición interviene en el momento en que la regla se trasgrede, se viola). Ahora, la transgresión de la regla remite a su vez al concepto mismo de regla, es decir, a quién decide –y cómo– las reglas de una sociedad. Esta es la cuestión que los distintos operadores del sector, los expertos, no afrontan nunca. Esta es la cuestión que contiene todas las demás y que, si se desarrolla hasta el final, amenaza con derrumbar todo el edificio social y, con él, sus prisiones. ¿Quién decide, y cómo, las reglas de esta sociedad?
 
Está claro que todas las chácharas que se cuentan sobre el poder del ciudadano (“el ciudadano, esa cosa pública que ha suplantado al hombre”, decía Darien), sobre la participación directa, se muestran cada vez más como lo que realmente son, mentiras. Decidir, en esta sociedad y en todas las sociedades basadas en el Estado, en la división de clases, en la propiedad, lo hace una reducida minoría de individuos que se autodenomina representantes del “pueblo” y que imponen, basándose en determinados poderes ejecutivos (coercitivos), sus reglas. Esta definición, más bien genérica, resalta de inmediato que regla y ley, acuerdo y ley, no son sinónimos. La ley no es una regla como las demás, es una forma particular de concebir y definir la regla: la ley es una regla autoritaria, es una regla coercitiva impuesta, además, por una reducida minoría. Ahora bien, es posible concebir un modo completamente distinto de definir las reglas, o dicho de otra manera, de tomar acuerdos. Por tanto, si no hay coincidencia entre acuerdo y ley, la pregunta fundamental es: ¿cómo se puede puede castigar a un individuo o conjunto de individuos en base a una reglas coercitivas, esto es, leyes que nunca han suscrito, que nunca han aceptado libremente, que nunca han establecido? Esta es una cuestión extremadamente simple, pero que nunca se formula.
 
Sin plantear aun la pregunta de qué significa concebir las relaciones entre individuos en términos de punición, castigo, pena; sin plantear aun esta cuestión, es necesario preguntarse si es legítimo, justo, útil, agradable, que un individuo, un conjunto de individuos, sean reprimidos, castigados, encerrados, torturados por la transgresión de normas que nunca han concebido ni suscrito. Es esta la cuestión fundamental a la que se intenta encontrar respuesta, una respuesta que a pesar de ser teórica, debe hacerse espacio en la práctica. Ahora, evidentemente, en la misma forma en que planteo aquí el problema a contraluz, se puede ver cómo pienso afrontarlo.
 
El libre acuerdo es la posibilidad y la capacidad que varios individuos, más o menos numerosos en su asociación, tienen de establecer en común determinadas reglas para realizar su actividad, actividad cuyas finalidades e instrumentos controlan. Sin este control de las finalidades y los instrumentos del actuar propio, no existe autonomía alguna, que es exactamente la capacidad de asignarse las propias reglas. Existe entonces el dominio, el ser dirigidos por otros, por tanto, la explotación. Justo porque esta sociedad no se basa en el libre acuerdo, esto último se desarrolla solo dentro de pequeños grupos donde existe la conciencia de la posibilidad de tener relaciones de reciprocidad, de libertad, por lo tanto, sin formas coercitivas; pero más allá de pequeños grupos que, de forma conflictiva con la sociedad, buscan vivir de este modo, en este orden de cosas no existe una posibilidad parecida, porque precisamente vivimos en una sociedad basada en la división de clases, en el dominio y en el Estado que, de alguna manera, es producto y garante de esta división de clases y de este dominio.
 
Entonces se entenderá porqué esta sociedad tiene la prisión como centro, se entenderá porqué y para quién existe esta prisión. Y, partiendo justo de esta reflexión, se puede entender el problema de la punición y, así, el del derecho y, aun más concretamente, del código penal en el que los jueces basan sus sentencias que encierran bajo llave a hombres y mujeres en cualquier parte del mundo, en el que los policías encuentran la autoridad para arrestar, los carceleros para vigilar, el asistente social de la cárcel para invitar a la calma y la colaboración, el cura para encontrar materia funcional a sus prédicas sobre el sacrificio, la renuncia, la culpa (por citar algunos de los que garantizan este sistema social). Partiendo de esta reflexión uno se puede dar cuenta de que, en la sociedad actual, la cárcel es un problema insuprimible, porque el problema del crimen, es decir, de la transgresión de las normas coercitivas (las leyes) es un problema fundamentalmente social.
 
Por decirlo de otra forma: mientras existan ricos y pobres, existirá el robo; mientras exista el dinero, no habrá nunca suficiente para todos; mientras exista el poder, nacerán siempre sus fuera de la ley. Por lo tanto, dándole la vuelta a la cuestión, la cárcel es una solución estatal a los problemas estatales, es una solución capitalista a los problemas capitalistas. El problema del robo, al igual que el de todos esos crímenes que tienden a discutir el orden social, como las revueltas, las resistencias, las luchas insurreccionales, etc., todos estos problemas están vinculados a la raíz misma de esta sociedad. Es evidente que estamos todavía en el ámbito de las reivindicaciones. Las respuestas solamente pueden venir de una práctica social desde la que es posible delinear únicamente algunas perspectivas. Precisamente, porque hablar de estos problemas formulados así no nos permite salir de ese imagen social donde solo ahí tienen sentido.
 
En realidad, la cárcel es un elemento central, fundamental de esta sociedad; está presente en toda la sociedad y no se confunde solo con esos edificios que físicamente confinan a determinados hombres y determinadas mujeres. ¿Por qué es un eje de esta sociedad? Justamente porque la represión cuya expresión más radical es la cárcel no se entiende como algo diferente al consenso forzado, cuya paz social en la que se basa el orden actual de las cosas, entendiendo por paz social no la convivencia pacífica de las personas, sino la convivencia pacífica entre explotadores y explotados, entre dominadores y dominados, entre dirigentes y ejecutores.
 
Así, la paz social es esa condición producida por órganos muy precisos, como la magistratura y la policía, pero al mismo tiempo por todas esas instituciones –sean estas el trabajo, la familia, la escuela, el sistema de los medios de comunicación de masas, etc. – que hacen imposible o extremadamente difícil cualquier pensamiento crítico y, por tanto, cualquier voluntad de transformar radicalmente la vida propia; en resumen, esa trama de relaciones, de palabras y de imágenes que presenta el actual orden de las cosas no como un producto histórico, y, por tanto, como todos los productos históricos, modificable, sino como un hecho natural que nadie tiene la posibilidad ni el derecho de poner en entredicho. Así, si nosotros vemos la cárcel (y, más en general, la represión cuyo ejemplo es la cárcel) como una prolongación de esas normas sociales que cotidianamente nos imponen una supervivencia cada vez más privada de sentido, entonces, vemos que la cárcel es un espectro que se agita contra los inquietos que podrían, en un determinado momento de su vida, ponerle fin a esta forma de sobrevivir, a esta forma de estar atados en sociedad y luchar para conquistar la libertad, una dignidad diferentes. Este espectro se agita continuamente ante los ojos capaces de mirar más allá, de lanzarse más allá de las jaulas sociales.
 
Desafortunadamente –y esta es la paradoja de la sociedad en la que vivimos– esos ojos son pocos, porque ese deseo de rebelarse ya es un esfuerzo, un salto que se conquista con dificultad, porque para vencer, muchas veces, no es ni el miedo al castigo, miedo que afecta solo a quienes, por un motivo u otro, se meten en el problema concreto de transgredir las reglas de una manera que no conviene a esta sociedad, para todos los demás basta el chantaje, continuo e incesante que es el vivir civilmente, el vivir socialmente con todas sus obligaciones y sus prestaciones. Incluso antes de este miedo al castigo, es decir, la represión preventiva es la incapacidad de imaginar una vida diferente: sin tener una alternativa –no como modelo social, sino como proyecto de vida, de modificación de lo existente–; sin tener esta alternativa en la cabeza, no queda más que aceptar este mundo.
 
De hecho, en la actualidad, para hacernos aceptar esta sociedad, la propaganda dominante ya casi no usa los argumentos del orden justo, aceptados en base a los sacrosantos principios de la propiedad, del derecho, de la moral (la suya, evidentemente), sino que dice más simplemente y sin adornos: no existe otra cosa. Por lo tanto, dado que no existe otra cosa, porque o ha terminado ya en la basura de la historia o es impracticable, entonces no queda más que resignarse y aceptar esta sociedad. Esta condición, más que ser una condición de consenso, entendiendo consenso como un asentir consciente, directo y libre a determinadas situaciones, a determinados acuerdos, es la de un consenso por defecto, esto es, un no-disenso: se vive en esta sociedad simplemente porque no se consigue imaginar y practicar cualquier cosa diferente. (Y esto nos remite nuevamente al discurso inicial sobre la diferencia entre libre acuerdo – condición de reciprocidad – y leyes – condición de jerarquía).
 
Todo lo que esta sociedad vende como Progreso, como metas a alcanzar, es cada vez más manifiestamente impresentable, porque los desastres producidos por este modo de vida (en forma de opresiones, de hambrunas, de catástrofes enmascaradas como naturales pero en realidad profundamente sociales) están ante los ojos de todos. El poder mismo, esa megamáquina en la que la política, la economía, la burocracia, el comando militar se confunden, apuesta hoy por un discurso catastrofista: el mundo se dirige al desastre evidente, pero dado que somos nosotros quienes lo hemos creado –nos dicen los expertos pagados para serlo–, somos también los únicos poseedores de la clave para resolverlo. Así, dentro de este baile inmóvil de disfraces sociales y de remedios artificiales, a su vez portadores de nuevos desastres, la imaginación se congela, se coloniza; ninguna alternativa es posible y por lo tanto todo continúa mediante consenso negativo, por no-disenso. Pero evidentemente no todos estamos de acuerdo con estas reglas.
 
Si nos tomamos al pie de la letra la ideología dominante, la liberal, se nos dice que el vivir social es el resultado de un contrato estipulado del que no se sabe bien ni el cuándo ni el por quién, en cualquier caso, por generaciones anteriores, ante el que las generaciones presentes no pueden hacer otra cosa que adaptarse: esto ya es más bien indicativo del modo de concebir los acuerdos, establecidos una vez no se sabe bien el por quién y que después debería vincular (la ley, precisamente) el resto del tiempo a todas las generaciones futuras de la humanidad. En todo caso, estas estupideces las contaron también filósofos bastante acreditados y por tanto se dice, este “se” impersonal que es todos y nadie, que esta sociedad es fruto de un contrato.
 
Ahora bien, es evidente que cuando existen millones de individuos (porque siempre hay que pensar con un ojo puesto en el planeta y en la historia, desde el momento en que el Poder quiere empujarnos a pensar en un eterno presente que no tiene ninguna referencia con el pasado y, sobre todo, nos cierra los ojos ante el funcionamiento del modelo democrático a escala planetaria) a quienes se les niega incluso el mínimo vital, este contrato social es una tomadura de pelo asesina. Cuando se habla de democracia, no hay que tener presente solo la televisión, las compras de Navidad, los coches nuevos y las consecuencias que todo esto implica a nivel social y psicológico; hay que tener presente también los campos de trabajo forzado en Indochina, el hambre de las poblaciones del sur del mundo, las guerras sembradas por todo el planeta, porque todo esto es la periferia de nuestras ciudadelas democráticas. El mismo orden capitalista democrático que asegura a determinados súbditos, en vistas a un determinado desarrollo político, económico, burocrático, un cierto modo de vivir, impone a otros que se pudran en las reservas, en los guetos.
 
Si nos metemos en el asunto de tomar al pie de la letra esta ideología del contrato social –del que las diferentes teorías ortopédicas son el simple corolario– se hace evidente entonces que para quien no tiene de qué vivir, para quien ni siquiera es considerado ciudadano, porque no tiene los documentos en regla, porque no le dejan pasar en las fronteras, para quien es forzado a condiciones de clandestinidad, de invisibilidad social, para mujeres y hombres como estos (y hoy son millones), el presunto contrato ha sido violado para siempre, en el momento en que no garantizan ni siquiera los medios de subsistencia. Ahora bien, incluso filósofos que eran de todo menos libertarios, de todo menos partisanos de la emancipación individual y social, sostenían que cuando un contrato se viola unilateralmente, quien sufre los efectos tiene todo el derecho de ir y tomar esos bienes, esas riquezas, esas condiciones que le han sustraído; si no tiene ningún acceso a este mundo de la propiedad es necesario y justo que ataque ese mundo alargando las manos sobre las riquezas, es decir, robando.
 
Dentro de esta sociedad, aunque el problema parezca numéricamente poco consistente, porque son pocos en términos generales a los que se recluye, el chantaje de la cárcel pesa sobre millones de individuos. La supervivencia se hace cada vez más precaria, basta pensar en las razones concretas por las que la mayor parte de ellos acaba en la cárcel procesados y después condenados y recluidos; se trata, en su gran mayoría, de pequeños delitos, hurtos, tráfico que un ordenamiento legislativo diferente podría no considerar como delitos mañana, y así cancelar de un solo golpe todo aquello que durante décadas ha sido considerado crimen. Y esto hablando de la universalidad de los principios que deberían valer en cualquier lugar y en cualquier época. Las razones sociales del crimen son tan evidentes, que los reformadores del Estado deben hacer cómo que hacen algo.
 
Existe una diferencia profunda entre la perspectiva de abolir la cárcel en esta sociedad, cosa que significaría reforzar el dominio dando un toque de respetabilidad a un orden social profundamente autoritario, y la de destruirlo –lo que significa: destruir todas las condiciones sociales que la hacen necesario. Esto es una cosa completamente diferente. Paradójicamente, la única perspectiva no utópica no es la de pensar que pueda existir el dinero sin el hurto, el poder sin las revueltas, la colonización sin la resistencia; es la de subvertir desde la raíz las condiciones que hacen todo esto necesario, suprimir las clases y derrocar todos los Estados.
 
 
Massimo Passamani
Cita:
Traducido por amotinadxs. Extracto de la conferencia con el título ‘La cárcel y su mundo. Reflexiones para una sociedad sin jaulas’ en Rovereto el 5 de diciembre del 2000 y publicada en italiano en la página web Anarchaos.

https://revistanada.com/
[Imagen: Nacionalismo-y-Cultura.jpg]
Resulta curioso que los anarquistas, o al menos gran parte de ellos, a pesar de su repulsa a toda dominación, hayan analizado que la llamada "voluntad de poder" es uno de los estímulos más fuertes en el desenvolvimiento de la sociedad humana. A pesar de su importancia, y de ser de alguna manera la esencia del socialismo, se critica la rígida visión de Marx, según la cual todo acontecimiento político y social es únicamente el resultado de las condiciones económicas.

Ya autores anteriores al autor de El capital señalaron la importancia de ello, pero es necesario analizar otras razones para explicar los fenómenos sociales. En ese sentido (y en un muchos otros), Rudolf Rocker es de una actualidad innegable, al negar esa visión necesaria y absoluta de la historia. No es casualidad que Marx sea un discípulo de Hegel, el creador del Absoluto, de la necesidad histórica y descubridor de las "auténticas" leyes sociales. A su vez, los discípulos de Marx convirtieron su visión en poco menos que una nueva religión, de índole científica, pero religión al fin y al cabo al estar plagada de dogmas y ser aceptados de forma más bien acrítica. No es posible equiparar, con pertinaz cientifismo, los fenómenos sociales a los fenómenos físicos. Las leyes de causalidad gobiernan la naturaleza y los hechos estrictos la caracterizan. Por su parte, la existencia humana está determinada también por esas leyes, y aunque es posible canalizar esas fuerzas naturales hasta cierto punto, nunca será posible suprimirlas.

Nuestra voluntad y nuestro deseo pueden mejorar ciertas manifestaciones de las leyes naturales, pero el proceso general jamás podremos eliminarlo. La necesidad e inmutabilidad presente en la naturaleza, que pueden ser calculadas e interpretadas gracias al método científico, llevó a algunos pensadores a creer que podrían hacer lo mismo con los fenómenos sociales. No hay que confundir las necesidades mecánicas del desarrollo natural con las intenciones y propósitos de los hombres, ya que solo pueden ser valorados como  resultados de su pensamiento y de su voluntad. Por supuesto, no se niegan las leyes causales que también están presentes en la historia y en la mente humana, pero no como la necesidad que se produce en el mundo físico. Este último, se desarrolla sin nuestra conformidad, mientras que en aquellos influyen las manifestaciones de nuestra voluntad (estimulada por leyes causales, por supuesto, nada que ver con el "libre albedrío" religioso, pero tampoco sujeta a ninguna necesidad).

También resulta curioso que Rocker recurra al término "fe", que por supuesto tiene muchas interpretaciones más allá de la religiosa. Gracias a ese concepto, el ser humano escapa de toda necesidad e influyen toda una serie de factores (ética, costumbres, tradiciones, política, formas de propiedad, condiciones de producción...) para que en la existencia humana no se dé lo forzoso y sí la probabilidad. En definitiva, Rocker pretende salvar la libertad, económica, política y presente en cualquier ámbito humano, bien distinta de las leyes naturales y no condicionada por ellas. Todo investigador puede analizar las relaciones íntimas del devenir histórico, pero teniendo en cuenta su carácter diferenciado al de las relaciones de los procesos naturales. La historia tiene que verse como el dominio de los propósitos humanos, por lo que toda intepretación que hagamos es cuestión de creencia, en la que pueden darse las probabilidades, pero no la seguridad forzosa. Desgraciadamente,  a pesar de algo tan lleno de sentido común y que tanto puede ayudar al progreso, a comienzos del siglo XXI todavía gran parte de la humanidad se refugia en creencias rígidas e inmutables (aquí podemos reírnos de todo tipo de profecías, incluidas algunas que pretenden tener base "científica").

Precisamente, lo que abre la posibilidad de un mundo mejor es tener en cuenta la importancia del factor de deseo en el mejoramiento de las condiciones sociales, y no la necesidad histórica (con la que juegan también los defensores de lo establecido). La fe, o la creencia, tanto puede mirar hacia adelante, como puede ser conservadora y determinista, mandamiento de una voluntad divina o producto de leyes inmutables ante las cuales el hombre poco puede hacer. El fatalismo es muy similar, y tanto da si es de naturaleza religiosa, política o económica, anula el impulso para la acción que surge de necesidades inherentes al ser humano. Tal vez es incluso más peligroso cuando se presenta con cierta legitimidad "científica", y termina por suplantar a las antiguas teologías. Se critica así la rigidez del materialismo histórico: a pesar de la importancia de las condiciones económicas para explicar un determinado periodo histórico, no puede ser explicado todo en base a ellas y hay que tener en cuenta la influencia de otros factores para explicar los fenómenos de la vida socia

Rudolf Rocker afirma que la voluntad de poder ha sido y es una de las fuerzas motrices más importantes de la historia, decisiva en la formación de la vida económica y social. Hay que estar de acuerdo con este autor cuando, sin negar la importancia de las condiciones económicas para el desenvolvimiento social, señala muchos ejemplos históricos en los que las aspiraciones religiosas y políticas de dominio tienen un importante papel también en el curso de la economía, la paralizan por largo tiempo o la empujan por otro camino. Todavía existe algo más importante en el análisis de la historia, y es cuando se reconoce solo y exclusivamente a los representantes habituales de un determinado nivel económico. Rocker no se anda con chiquitas a la hora de juzgar tan estrecha visión y considera que tal cosa convierte en una caricatura la historia y empequeñece notablemente el campo del investigador (está abriendo aquí el camino para su tesis de que la sociedad evoluciona de forma inversamente proporcional a la nación-Estado).

No podemos estar más de acuerdo con el anarquista Rocker, al tener unas miras tan amplias y no caer en ningún tipo de reduccionismo ni determinismo, cuando señala cosas como que una clase social como la burguesía, en ciertas ocasiones, ha realizado cosas encomiables que van contra sus intereses (establecimiento de la paz, enfrentamiento con la Iglesia...). Para demostrar su teoría, y nada más actual, Rocker señala las continuas (y devastadoras) crisis que sufre el capitalismo, las cuales no avanzan necesariamente las condiciones hacia formas de producción socialistas. Las condiciones económicas, por sí solas, no modifican la estructura social y se necesitan las condiciones sicológicas y espirituales que impulsen el deseo de transformación. Rocker denunciaba en Nacionalismo y cultura la actitud de los partidos socialistas, y de los sindicatos inspirados por ellos, los cuales se habían subordinado al capital y a intereses nacionales, abriendo incluso la puerta al fascismo.

Insistiría en la actualidad de este análisis, el socialismo como movimiento no ha estado históricamente a la altura de las circunstancias, y sus representantes solo han procurado débiles reformas malgastando su tiempo la mayor parte de las veces en luchas intestinas. Hace más de medio siglo que Rocker mantenía ya este discurso, e incluso considerando que la necesidad misma de las cosas empuja a veces al cambio, todo indicaba que en el futuro el papel de los productores sería subordinado (bien al capital, bien al Estado, o a ambos). La denuncia es a esa forma de considerar el progreso asado en necesidades económicas, es decir, que ocurren de forma inevitable. Cuántas veces esta concepción empuja al conformismo y a la debilidad de espíritu, de tal manera que se acaba justificando un determinado estado de las cosas, por muy detestable que sea. Frente a una visión de la economía meramente determinista, hay que recalcar la importancia del pensamiento y de la acción humanos, en aras de potenciarlos para su influencia en el desenvolvimiento social. Aunque tantas veces hayan sido de modo equivocado, y ha empujado a los más devastadores conflictos, la constante apelación en los seres humanos a motivos éticos y de justicia también ha ayudado a mover el mundo.

En ese sentido, hay otro factor nefasto, que parte habitualmente de ciertos individuos y de algunas minorías en las sociedad, y es la voluntad o aspiración de dominio. El mal no está necesariamente en esas personas, sino en la misma política de dominio, sin importar por quién sea movida ni las finalidades que persiga. Es por eso que esa política de domino solo resulte imaginable llevando a cabo todos los medios favorables a sus propósitos, tantas veces repudiables, para conseguir el éxito y justificados en la llamada razón de Estado. No importa el tamaño del crimen que se lleve a cabo, si lo efectúa el aspirante a dominador y tiene éxito, puede ser presentado como un hecho meritorio al servicio del Estado. Rocker recoge aquí la tradición de Bakunin, y señala el Estado como la providencia terrenal, al margen de lo bueno y de lo malo. Al igual que se hace con Dios, puede verse el Estado como un Absoluto, no sometido a los principios de la moral humana.

Por lo tanto, los intereses económicos no son el único factor que empuja al conflicto, hay que tener en cuenta el interés político, y ya Rocker denunciaba en su momento que se confundían ambos factores en el moderno capitalismo. Es un análisis que subscribiría también Erich Fromm, el deseo enfermizo de tantos capitalistas de someter a millones de seres humanos y, no tanto, la ganancia material en exclusividad. Lo podemos ver como una visión insana, que no admite igualdad de derechos, genera una conciencia distorsionada y una evidente corrupción moral. El contacto con una realidad concreta puede generar una determinada conciencia, como era el caso de las relaciones económicas en el pasado en el que al menos el pequeño empresario tenía cierta relación con los trabajadores. No es el caso de los modernos señores de la política y de las altas finanzas, los cuales manejan a las personas solo como objeto colectivo de explotación. La voluntad de poder, llevado a cabo por minorías y justificadas en el absolutismo, han hecho y siguen haciendo mucho daño. La posibilidad de una nueva estructura social tiene que tener en cuenta este factor, junto a los también evidentes intereses económicos.

Capi Vidal
http://reflexionesdesdeanarres.blogspot.mx/
[Imagen: Anarquismo-Autogestion.jpg]
Parece ser que el término autogestión es de uso, relativamente, reciente. A pesar de ello, y como han manifestado ya muchos autores, el fenómeno autogestionario se ha dado, aunque solo fuera de forma embrionaria, en lejanos estadios históricos. Puede decirse que la autogestión es una toma de conciencia del ser humano, a nivel individual y colectivo, a través del espacio y del tiempo. Como afirma Heleno Saña, no es posible reducir el fenómeno autogestionario al doctrinarismo del siglo XIX (socialista y comunista), ya que con ello se le reduce a un epifenómeno y se le desprende de sus raíces históricas y teóricas, más profundas y permanentes.

No es posible negar el carácter social del hombre, lo mismo que hay que aceptar su individualidad, la voluntad y conciencia propias de cada ser humano. En una fase inicial, el hombre se ve condicionado por la necesidad de la comunidad, es posible que predomine en un primer instante la conciencia colectiva sobre la subjetiva. Hasta determinado momento histórico, como se esforzó en demostrar Erich Fromm, el hombre no posee el afán de autonomía individual, su felicidad dependía de su lugar en la familia y en la sociedad. Si Rudolf Rocker consideraba el anarquismo como la gran síntesis entre socialismo y liberalismo, Saña considera algo similar, la autogestión sería algo consustancial a las ideas libertarias, en cualquier campo de la actividad humana (Sindicalismo y autogestión, 1977). Tal y como lo expresa este autor, la concepción autogestionaria es la síntesis de dos grandes principios, históricos y antropológicos: el comunitario-socialista y el liberal-democrático.

Las tendencias socialistas y comunistas se habrían dado a lo largo de la historia, no es posible poner su punto de partida en el siglo XIX. El mismo Platón, en La República, muestra una sociedad organizada según los principios comunistas. Sin embargo, es conocida la concepción elitista y jerárquica que hay presente en esa visión, en la que se sacrifica la subjetividad y la libertad del individuo. Aunque el germen del totalitarismo, donde el Estado es todo y el individuo es nada, se ha atribuido a muchos autores, puede decirse que el sistema platónico tiene mucho de ello. Lo importante es comprender que en un sistema autogestionario (anarquista, socialista libertario, o reciba el nombre que queramos) las exigencias objetivas de la sociedad estarían siempre equilibradas por las necesidades subjetivas de cada individuo.

Recordaremos que la sociedad de la antigua Grecia se caracterizaba por la pluralidad, y que la concepción de Platón era solo una de tantas. En la filosofía griega podemos encontrar una enorme sensibilidad comunitaria, e importante resulta esta tradición para una concepción autogestionaria del hombre y de la sociedad. No obstante, es posible que los antiguos griegos se preocuparan más del individualismo, que de los principios socialistas tal y como los entendemos ahora, pero su afán de perfeccionamiento y su constante búsqueda de la virtud son rasgos que deben forma parte de nuestro patrimonio y que es necesario elevar también a la comunidad. En ese sentido, Heleno Saña (haciendo honor a su propio nombre) coloca el punto de partida del socialismo en el humanismo griego, si entendemos aquel como búsqueda de la igualdad, la justicia y la libertad (y no como lo que se ha sufrido en los regímenes socialistas autoritarios). Al igual que Nettlau, en La anarquía a través de los tiempos, Saña considera que Zenón, fundador de la escuela estoica, es el precursor del comunismo libertario y del ideal autogestionario. Esto es debido al cosmopolitismo del estoicismo (aunque tenga otros rasgos más cuestionables, en mi opinión) y su superación de las barreras sociales y políticas, junto con la búsqueda de la virtud al margen de cualquier institución.

El otro gran principio pilar de la concepción autogestionaria es el liberal-democrático (tal y como lo denomina Saña, aunque al igual que ocurre con el socialismo y el comunismo, sea una terminología cuestionable al deformarse y haber creado nuevas sistemas de dominación), un despliegue de la conciencia del hombre sobre la libertad. Es posible que Aristóteles, haciendo contrapeso con Platón, sea el representante de esta tradición basada en el individuo, la familia, los vínculos afectivos y los grupos autónomos. Dentro de esta concepción también griega, el hombre virtuoso es el "autarkes", el que se basta a sí mismo y mantiene su independencia moral y material. La polis griega es el primer modelo histórico de una comunidad formada por hombres libres (aunque es sabido que eso no es así de forma absoluta, ya que hay prácticas esclavistas y represivas; tampoco podemos saber qué hubiera pasado sin la llegada del cristianismo, si esas sociedades griegas hubieran evolucionado sin desaparecer). Dando un gran salto histórico, y aceptando los rasgos presentes en cada época, hay que hablar de que el liberalismo moderno degenera pronto en insolidaridad y atomismo social.

Lo que sigue siendo reclamable, a pesar de los tiempos que corren en los que quiere verse que la lucha social ha sido también fagocitada por el Estado y el capital, son los valores y prácticas autogestionarias basados en la libertad, la dignidad y la solidaridad. Modelos existen en la sociedad contemporánea, dentro de la tradición de resistencia proletaria al capitalismo, en los que se entendía la vida del ser humano como síntesis o armonía entre el sujeto y el objetivo (individuo y sociedad). El lema de la fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores, "la emancipación de los trabajadores tiene que ser obra de los mismos trabajadores", ya anuncia la concepción autogestionaria. Conocido es que la corriente anarquista, fraccionada de la AIT, era más afín a esta visión que cualquier partido socialista o comunista, lo que conduce posteiormente a una CNT española dirigida auténticamente por los trabajadores. Una concepción jerárquica y autoritaria del socialismo, deformación del principio de justicia social, ha fracasado y el sistema triunfante de momento es el capitalismo, deformación del principio de libertad. Las crisis, económicas y de valores, se suceden (o, mejor expresado, permanecemos constantemente en ellas), por lo que una gestión humana y racional es prioritaria. Es necesario poner el punto de partida para una concepción autogestionaria de la vida y de la sociedad, una transformación profunda e integral (que no supone un mero programa político), el nacimiento de una nueva sensibilidad, conciencia y ética, de una nueva humanidad. Tal vez es algo que solo exista en potencia, o de forma muy minoritaria, pero así se empieza forjando un mejor horizonte.


Capi Vidal
http://reflexionesdesdeanarres.blogspot.mx/
[Imagen: fanelli-bakunin.png]

Bakunin y la Primera Internacional

Cosa extraña entre los historiadores de la Internacional (nótese el sarcasmo), generalmente de corte marxista, suele pensarse o confundirse que el propio Marx fue uno de los fundadores de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), mejor conocida como la Primera Internacional. Sin embargo, no fue una sola cabeza la que dio origen y vida a la organización obrera. Suele pensarse que las clases explotadas no cuentan con la capacidad de llevar a cabo una organización de tal magnitud y que forzosamente debe existir un pensamiento intelectualioide detrás de éstos. Pero son las situaciones, las experiencias propias las que llevan a buscar formas organizativas diferentes que permiten la búsqueda de una mejora en la vida tan dura que se presenta ante nuestros ojos.
En este aspecto, fueron los obreros franceses, socialistas proudhonianos quienes comenzaron con esta tarea revolucionaria,[1]desafortunadamente y debido a las condiciones a las que Napoleón III llevó al país galo, el Consejo General de la Internacional no pudo situarse en dicho país. Por lo que el Consejo tuvo que trasladarse a Inglaterra.[2]Marx participó en la creación, pero como lo comentamos, no fue el fundador de la Internacional, “pero también fue el enterrador de esta organización que, al escapársele su control de las manos prefirió desplantarla de su suelo en el Congreso de la Haya en 1872 […]”.[3]
Como ya lo mencionamos, la iniciativa partiría de los trabajadores galos y de los ingleses, sin embargo la misma no sería tan acogida por los propios obreros ingleses como por los franceses, en quienes, durante los primeros congresos, serían la fuerza de la Internacional junto a los suizos. Y sería hasta septiembre de 1866 que se llevaría a cabo el Primer Congreso. De entre los puntos que podemos resaltar en el orden del día podemos encontrar: Reducción de horas de trabajo; el trabajo de las mujeres y los niños, el trabajo cooperativo; la necesidad de extirpar la influencia rusa en Europa (apartado visiblemente influenciado por Marx), así como la afectación de las ideas religiosas en el movimiento social, político e intelectual.[4]Podría ser criticado esta primera labor de la propia Internacional, pero debemos tener en cuenta eso, en su primer congreso era necesario comenzar paso a paso, así mismo la asistencia de delegados fue de 60, predominando los suizos y los franceses con 33 y 17 representantes respectivamente. También hubo delegados de Inglaterra y Alemania en menor medida.
Además de los puntos señalados anteriormente, se suscitaron dos debates de gran importancia durante este primer congreso, el primero se refiere a la adhesión de trabajadores intelectuales a la organización. La idea de los franceses era la de formar una organización puramente obrera, sin intervención de otras clases (intelectuales) que pudiesen permear el trabajo arduo que había costado levantar a la AIT. Pero los intelectuales han representado una clase explotada de igual forma, al estar sujetos a un patrón han de ser identificados como trabajadores u obreros asalariados. Han sido sus aspiraciones burguesas lo que a lo largo de los años ha llevado a este distanciamiento de las clases obreras y campesinas. Pero la resolución del Primer Congreso fue que los intelectuales podían adherirse, pero no podrían fungir como delegados, esta tarea sería encargada a los trabajadores manuales. Y el segundo debate se debió, no alejado del primero, a que los trabajadores galos pretendían formar una organización netamente obrera basada en federaciones, a su vez formados por sindicatos o sociedades de resistencia, pero conocemos la historia.
Pero tras los devenires y debates en los primeros congresos, los recelos de Marx hacia quienes no coincidían con su pensamiento y actuar se hicieron siempre presentes. Sería en el Tercer Congreso en Bruselas donde haría presencia uno de los grandes promotores de la lucha y organización revolucionaria: “Bakunin aparece en ese congreso rodeado de una aureola de gigante. Su figura llegó a ofuscar a la del gran Garibaldi y su discurso, desgraciadamente perdido por la posteridad porque los taquígrafos no lograron seguirlo en su rápido francés, fue uno de los más aplaudidos”.[5]En ese mismo año, Bakunin llegaba a Ginebra para radicar en aquel lugar, adhiriéndose en aquella sección, pues había salido de la Liga de la Paz y de la Justicia.
Para mala fortuna del propio Marx, quien desde los primeros congresos se propuso como objetivo derrotar a los proudhonianos franceses, estos serían vencidos en este Tercer Congreso, pero esta tarea no sería llevada a cabo por los autoritarios, sino por las ideas colectivistas que ya se venían exponiendo en oposición al cooperativismo.[6]Este periodo sería bastante agitado en diversas situaciones, en Francia, la Asociación sería disuelta en dos ocasiones, en la que abría detenidos y pagos de multas, la represión contra las organizaciones obreras eran el pan de cada día en el país galo. Es en este periodo en que Bakunin comienza su trabajo en España, enviando Giuseppe Fanelli, amigo íntimo de este primero y en donde comenzaría a organizar a los trabajadores en la Alianza Internacional de la Democracia Socialista para difundir las ideas colectivistas.[7]
Las ideas del ruso retroalimentaron las discusiones dentro de la Internacional, como fue el caso del derecho de herencia de la propiedad o la necesidad de la colectivización. Referente a las propiedades de minas, cuencas, ferrocarriles y la propiedad agrícola y en las que concluyen y son influenciadas las ideas bakuninistas, las canteras y cuencas, los ferrocarriles, así como las tierras agrícolas pertenecerían a las sociedades y no a los capitalistas, sumándose a estos los caminos, los canales y las redes telegráficas como resolutivos del Congreso. Se condenó la propiedad individual y los delegados argüían la entrada de temáticas de vital importancia a la AIT.
Mientras tanto, Fanelli permitía que se fundaran secciones obreras en Madrid y en Barcelona dando no solo un empuje considerable a la Alianza, sino a la propia Internacional. En la Suiza francesa se formó la Federación Romanda, unión de varias secciones y que crearían el periódico L’Egalité en el que el propio Bakunin tendría gran participación con la idea de desenmascarar a los falsos socialistas, ganando de esta forma la simpatía y amistad de los trabajadores de la región del Jura.[8]Además de esta sección, las de Francia, Bélgica e Italia comenzaron a marchar junto a las ideas colectivistas, lo que comenzó a dar fuerza a los antiautoritarios y que permitía prever el triunfo se estas ideas en el siguiente congreso.
En el año de 1869, año del IV Congreso fue de un distanciamiento más serio entre los grupos autoritarios y antiautoritarios en el seno de la Internacional. Marx, al conocer la existencia de la Alianza, desde el Consejo General busca la disolución de ésta so pretexto de que no podía existir una organización dentro de la AIT, pues esta misma era una asociación ya internacional.[9]Aunque el alemán pretendía restar fuerza a los libertarios, pues Bakunin acepta las ideas del Consejo y por medio de una consulta a los adherentes a la Alianza, se decide disolver, sin embargo el congreso celebrado en Basilea, sería de una mayoría predominantemente colectivista, asestando una derrota más al ala autoritaria dirigida por Marx. Farga Pellicer y el doctor Santiñon serían delegados españoles en este congreso. Este año sería fructífero para la propia Internacional pues contaba con más de un millón de afiliados mientras que el propio Bakunin tuvo una extensa actividad literaria participando en la L’Egalité, como ya mencionamos y el Progrés, órgano editorial de James Guillaume.
Las disputas y las intrigas de Marx y Engels, así como sus triquiñuelas para restarle simpatía entre las organizaciones son de orden público. Sabemos que el alemán prefería ver muerta a la Internacional antes de que terminara encabezada por los libertarios, específicamente por Bakunin. La guerra franco-prusiana en 1870 fue el punto culminante de la escisión en la AIT pues “Marx pensó que el triunfo prusiano favorecía los intereses de la clase obrera alemana, a la que consideraba vanguardia teórica del movimiento proletario europeo, mientras que Bakunin rechazaba la expansión germánica, nefasta para la liberación de los pueblos”.[10]Durante este año y por las condiciones de guerra, no fue posible llevar a cabo el congreso, pero la misma guerra y la derrota de la Comuna de París permitió abrir aún más la brecha entre autoritarios y libertarios. Los alemanes consideraron prudente la centralización de la AIT dirigida desde el propio Consejo General, mientras que la Federación Jurasiana optó por una coordinación de federaciones. Bakunin salió de Ginebra y se dirigió a Italia en donde llevaría un trabajo propagandístico aminorando el sentimiento nacionalista que había generado Mazzini y fortaleciendo el empuje de la Internacional.
Ya para 1871, se llevaría a cabo una Conferencia en Londres, en donde las ideas de Marx y Engels saldrían avantes debido a las calumnias de los alemanes, acusando estos a Bakunin de ser el provocador de la escisión en la Internacional. Las disputas arreciaron entre las dos alas.[11]La moneda estaba echada al aire y el Congreso de La Haya en 1872 sería un año capital para la Internacional y los objetivos tanto de antiautoritarios como de libertarios…
 
 
Bibliografía
Bakunin, Mijaíl, Tácticas revolucionarias, introducción de James Guillaume, Buenos Aires, Libros de Anarres, 2013.
Cappelletti, Ángel, Bakunin y el socialismo libertario, México, Editorial Minerva, 1987.
García, Víctor, La Internacional Obrera, México, Ediciones La Voz de la Anarquía, 2016.
Nettlau, Max, Miguel Bakunin, la Internacional y la Alianza en España. 1868-1873, Madrid, La Piqueta, 3ª ed., 1977.
Nettlau, Max, La anarquía a través de los tiempos, Madrid, Júcar, 1977.
Paniagua, Javier, Breve historia del anarquismo, México, Tombooktu, 2012.
 
 
 


[1]No olvidemos que la idea de crear una organización internacional que cobijara a los trabajadores partió, en 1843, de la anarquista Flora Tristán.
[2]García, Internacional, 2016.
[3]Ibid., p. 26.
[4]Ibid.
[5]Ibid., p. 51.
[6]Guillaume en Bakunin, Tácticas, 2013.
[7]Para mayor información vid. Max Nettlau, Miguel Bakunin y la Alianza en España 1868-1873, 1977.
[8]Guillaume en Bakunin, Tácticas, 2013.
[9]Ibid.; García, Internacional, 2016 y Paniagua, Breve, 2012.
[10]Paniagua, Breve, 2012, p. 46.
[11]para mayor información sobre estos debates, vid. Anselmo Lorenzo, El proletariado militante.
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Insistimos, desde el anarquismo, en la solidaridad como nexo social, lo que implica el ejercicio de ser libre en cada individuo y la posibilidad de que esa convivencia se produzca en paz.

Kant afirmó, ante la cuestión de si nuestros actos espontáneos y libres acaban con la destrucción de la sociedad,  que el nexo social forma parte de nuestra naturaleza. De esta manera, según el filósofo alemán, el hombre avanza moralmente mediante el uso de su razón, por lo que existiría una especie de determinismo positivo hacia el perfeccionamiento. Hay que insistir en la fe de Kant en el progreso; no se habría producido un paso brusco del estado de la naturaleza al estado civil, son necesarios unos cuantos pasos previos antes de la aparición de la moralidad.

Sin embargo, ante aquella pregunta, el anarquismo insistirá en proponer la solidaridad como forma de cohesión social. El código genético del anarquismo, gracias a Kropotkin, sabe que la sociabilidad (concretada en el apoyo muturo) es una ley de la naturaleza, tan poderosa al menos como el llamado combate por la supervivencia. La propuesta de la solidaridad, como factor predominante en la vida social, no supone, como solemos escuchar a menduo, un "optimismo antropológico" ni niega las complejidades de la realidad del ser humano. Se trata de una alternativa a esta especie de socialdarwinismo a que nos obliga el capitalismo. Creo poder afirmar que ningún pensador anarquista ha tenido una confianza extrema en una supuesta naturaleza benévola del ser humano. No se trata de convertir en buenos a todos los seres humanos, sino de que la sociedad no los envilezca, los haga todavía peores.

No hay ningún afán homogeneizador en afirmar que alguien que se considere anarquista solo puede confiar en la solidaridad y el apoyo mutuo como factor predominante de la convivencia social. Debemos insistir en ello y reproducir, en la medida que nos sea posible, lo que consideraríamos esa sociedad anarquista en cualquier ámbito de nuestra existencia. No es ensalzar al ser humano, se trata de potenciar lo que consideramos que sí forma parte de su naturaleza: la sociabilidad. Recordaremos una vez más que, para el anarquismo, el concepto de libertad solo cobra sentido dentro de la sociedad. Aristóteles hablaba del hombre como "animal político", algo repetido por Bakunin en diversas ocasiones, y creo que muy asumido por la moderna disciplina de la sicología social. Sin embargo, si podemos entender de esta manera que la posibilidad de organización social existe en cada uno de nosotros, no así el Estado o cualquier forma de organización externa al ser humano. Lo necesario es la sociedad, no el Estado.

Para Bakunin, resultaba absurda la idea contractualista, del hombre como previo a la sociedad. La metáfora de una serie de hombres en estado natural como creadores de las sociedad mediante un pacto, se convierte en irrisoria en la práctica. El hombre nace ya en el seno de una sociedad, y de alguna manera determinado por ella. De la manera que fuere, lo que hace al individuo desarrollarse (pensar, hablar, amar, desear...) es la sociedad. El hombre aislado es para el anarquista ruso una ficción, una abstracción similar a la idea de Dios. Recordaremos la idea del auténtico individualismo, el que supone autonomía e independencia en cada persona y reconocimiento de las mismas cualidades en los otros.

Por el contrario, el individualismo aislado (aunque se dé también en formas sociales, en la que se prima el lucro material y el utilitarismo) se muestra como impotente e incapaz de relacionarse auténticamente con los otros. En este punto, llegamos a la frontera entre liberalismo y anarquismo, ya que el primero vincula la libertad con la propiedad y se verá determinado a relacionarse con los demás de forma estrictamente mercantil. Tal y como lo expresaba Bakunin, las relaciones motivadas por necesidades económicas, y no sancionadas o apoyadas por una necesidad moral, solo puede recibir el nombre de explotación. Una sociedad, la burguesa (hay que seguir empleando este nombre, aunque a algunos les suene algo anacrónico, seguimos en ese estado en el que se prima la competencia y siguen existiendo explotadores y explotados), estructurada a partir de un individualismo utilitarista y del ánimo de lucro, en el que hay una evidente carencia de solidaridad (más allá de poses mediáticas sin excesivo contenido), solo puede recibir el nombre de darwinismo social.

Podemos reivindicar la herencia kantiana, a través de Bakunin: el ser humano no es un objeto que lo utilizamos como medio, es un fin en sí mismo. Se trata de una reivindicación de la dignidad humana, pero no en abstracto, sino reconociendo esa posibilidad en cada individuo. La libertad y autonomía de cada ser humano solo cobra sentido en una comunidad de hombres libres. Frente a la visión que reduce la sociedad a una mera satisfacción de las necesidades primarias de subsistencia, se reinvidican los rasgos morales que alcanzan su plenitud en la vida social. Libertad y autonomía, por otra parte, son dos conceptos íntimimamente vinculados: hombres que no deséen dominar ni ser dominados, que piensen por sí mismos sin repetir lo que dicen otros, que sean capaces de alcanzar la mayoría de edad.  No hay ninguna división entre teoría y praxis: se presupone que el ser humano libre, capaz de afirmar "yo pienso", es capaz por encima de todo del "yo actúo" de forma libre y espontánea.

Capi Vidal
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La crítica libertaria a cualquier estructura de dominación implica una búsqueda amplia del campo de experimentación humana, contingente y no trascendente, así como un cuestionamiento permanente de toda certeza absoluta; especialmente, si se presenta con falaces máscaras de emancipación.

Albert Camus dijo: "pese a todo, hay que imaginar a un Sísifo feliz, su recompensa no está en culminar la meta, sino en el propio esfuerzo desplegado para caminar hacia una meta que sabe inalcanzable". Todo es movimiento en la vida, flujo y reflujo, y deberíamos rechazar las tramposas falacias de los "lugares de placidez". Deberíamos tener presente, de manera constante y no necesariamente con un "programa" apriorístico, ese "proyecto revolucionario" (por llamarlo de algún modo) que implica una mejora constante en nuestras vidas y que se muestra en permanente tensión ante lo instituido del mundo sociopolítico y ante las certezas de todo pensamiento. Es el anarquismo, en su perfecta síntesis entre sus orígenes modernos y su futuro posmoderno, el movimiento que mejor asume la falta de asideros de esta época. Porque esa, en principio, falta de seguridad y estado de confusión permanente que supone la posmodernidad parece anular los postulados de la modernidad.

Sin embargo, todos somos herederos de aquella época y de sus pretensiones. Seguimos observando tremendos desastres en el mundo, debidos especialmente a la dominación política, y la falta de un terreno firme donde desenvolvernos puede ser motivo para la esperanza. Me explico, los anarquistas han sido, casi con seguridad, los que más han insistido en ese movimiento presente en todos los ámbitos de la vida, en la más bella y prágmatica concepción del progreso, por lo que la ausencia de un suelo firme (léase, dogmas de cualquier clase) es motivo para reivindicar, no la ausencia de algo sólido sobre nuestros pies, sino la posibilidad de ensanchar el camino y multiplicar su existencia. El ser humano parece tener necesidad, de algún modo, de certezas y seguridades, por lo que la posmodernidad tiene una doble cara y nos muestra un nihilismo frívolo y vacuo (y tal vez estos apelativos suponga caer en el pleonasmo). El nihilismo, tal y como yo lo observo, es una tensión permanente contra todo pretensión absolutista, la ausencia de creencias supone trasladar al plano humano toda deliberación (y toda liberación), lo que supone al mismo tiempo tender a cualquier aspiración. Esto es, potenciar lo terrenal, tal y como deseaban tantos pensadores modernos.

Rechazar a todo "profeta de la certeza" (tal y como lo expresa Tomás Ibáñez) es crear un terreno en el que nos veamos obligados a razonar, de la manera más amplia posible, y cooperar con nuestros semejantes en busca de constantes acuerdos. Obviar a toda clase mediadora en este cometido es seguir confiando de algún modo en la lucha de clases (en el socialismo, si lo queremos llamar así, conceptos tan cuestionados por la posmodernidad). El único socialismo con futuro, según estas premisas, es el anarquismo. Los mismos que nos critican por seguir confiando en ese proyecto revolucionario y libertario, con todas las herramientas con las que podemos dotarnos y con la razón y la ética como únicas banderas (por lo que jamás podrá tener cabida el autoritarismo), son los que luego acaudillan una concepción falaz del progreso y acaban justificando cualquier dominación política (sustentada, en mayor o en menor medida, en certezas).

Una de esas herramientas que siempre combatirá el autoritarismo es el conocimiento; mi actitud vital supone aceptar la constante fluctuación de ese conocimiento y no tanto fascinarme por sus resultados. Es lo que yo llamo tantes veces "expansión del conocimiento" con intenciones emancipadoras, lo que no supone caer, como está sucediendo ahora en nuestra sociedad, en alguna suerte de relativismo. Es decir, la falta de asideros a grandes verdades no debería conducirnos a agarrarnos a otras, tal vez más sugerentes por presentarse de manera atractiva o novedosa. La aceptación de la diversidad y de la particularidad debe ser garante también de lucha contra el dogmatismo. Es humano, y bueno seguramente para nuestro espíritu y salud mental, aceptar lo bueno de tantas cosas que se nos presentan en la vida. Pero también indagar en todo ello, tratar de comprender los mecanismos de producción del conocimiento. Ser crítico obliga a ello, lo que quiere significar caer en el desprecio hacia todos los logros de la civilización.

Es decir, el eclecticismo y el multiculturalismo propios de la posmodernidad, y tan apreciables como punto de partida, se mantienen a salvo de nuevos absolutismos gracias a esa constante crítica e indagación. No me gusta el desprecio, tantas veces enmascarado con actitudes contrarias al sistema establecido, de ciertas vías del conocimiento en aras de elogiar y primar otras supuestas verdades (minoritarias o aparentemente proscritas). Desechar sin más los paradigmas establecidos, sin una consistencia crítica, nos conduce a los dos polos: a un nuevo dogmatismo o a un relativismo vacío y sin pretensiones. Permitir que los programas de investigación se desarrollen adecuadamente, antes de emplear una crítica corrosiva, es también dar mayor horizonte a la razón y al conocimiento. Una de las grandes características de la modernidad fue la predominancia de la producción del ser humano, y para ello hay que ampliar el campo de investigación y utilizar adecuadamente lo establecido.

Dentro de las señas de identidad del anarquismo, tal y como yo lo observo, están esas pretensiones de crítica constante, pero también de "crítica a la misma crítica", de llamada a una reflexión continua y de rechazo a toda pretensión trascendente. Ello supone confiar en nosotros mismos, los seres humanos con sus grandezas y sus vilezas, su potestad y sus limitaciones, y dejar todas las preguntas en un plano humano y contingente. Naturalmente, también dentro de las ideas libertarias que nos ocupan, esta traslación de todo problema al ámbito de deliberación humano obliga a un mayor compromiso con los valores y con los medios; con la adecuación de una ética, definitivamente humana, a los fines propuestos. La propuesta del anarquismo, y evitaremos ya los calificativos de moderno o posmoderno, debería ser la de una filosofía con una horizonte amplio, siempre inquieta por permanecer demasiado tiempo en algún lugar. No hay respuestas definitivas, por mucho que vayamos necesitándolas en nuestro día a día. Partimos de esa gran crítica a la modernidad que supone confiar de manera ciega en el conocimiento, en la producción, como un instrumento de emancipación.

Salvaguardados de cualquier tipo de dogmatismo, insistiremos en un mayor campo para la experimentación humana con la crítica permanente a las estructuras de dominación. Es algo que pensadores anarquistas como Tomás Ibáñez no observan como una obligación moral y sí como una búsqueda de dar sentido a la vida, a nivel individual y también colectivo, de encuentro con los otros. Si la razón o la ciencia forman parte de esas estructuras de dominación, especialmente en tiempos de una revolución tecnológica que abre nuevos abismos en la humanidad, la prioridad es debilitar todo poder desarrollado en ese sentido y posibilitar nuevas prácticas libertarias para el conocimiento (sin reproducción alguna de nuevas estructuras de dominación). La gran propuesta, asumiendo la crítica al conocimiento como elemento liberador, es desarrollar esas prácticas que debiliten a la ciencia (en la que una vez se confíó excesivamente) como instancia dominadora. Por el camino, mucho más frondoso que en el pasado reciente obligándonos a una tarea mucho más ardua, seguimos creando herramientas críticas contra toda autoridad coercitiva. No obstante, debemos ser críticos también con ello y asumir sus limitaciones.

Capi Vidal
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El Estado manifiesta frecuentemente su temor a cualquier signo de rebeldía, a cualquier inminente situación que ponga en riesgo su casi inquebrantable poder. El Estado premedita sus acciones con el fin de evitar el más mínimo intento de ser libre. Sin embargo, ese mismo Estado establece a priori una serie de estereotipos que le permiten actuar de forma más violenta en casos muy concretos. Pero dándole el beneficio al aparato estatal, no cabe duda que ciertos actores se ganan el “privilegio” de causar más “daño moral” a la institucionalidad del statu quo.

La anarquía es, sin lugar a dudas, el enemigo número uno del Estado. Es, históricamente, su más acérrimo oponente, el cual se ha manifestado tanto de formas violentas como no violentas, siempre con éxitos crecientes y evidenciables, pero rápidamente reprimidos y destruidos, porque tal cosa llamada libertad no puede permitírsele a los seres humanos.

Cuando las personas luchan por ser libres y por liberar a otros de toda esclavitud, el Estado interviene con fuerza y brutalidad. Esto porque es necesario acabar con los ejemplos de un mundo sin autoridad, sin ley y sin amo. Y no importa qué tan enemigo sea un Estado de otro, si la anarquía se manifiesta, incluso esos acérrimos enemigos son capaces de unirse con tal de aplastar la libertad humana. Los ejemplos sobran, aunque sea Francia o España los que mejor lo recuerden.

Abogar por la libertad implica negar la existencia del Estado, destruirlo. No puede existir libertad con el Estado presente, cualquiera que sea su naturaleza. Mientras la autoridad exista, mientras los instrumentos de opresión se perpetúen, mientras la esclavitud del dinero, de la consciencia y de la dignidad se mantenga, la libertad seguirá siendo solo un espejismo y una fatídica utopía inalcanzable. Por eso, cada acción, por pequeña que esta sea, que implique escapar al control policiaco del Estado, significa rebelión y esta se penaliza con la ley, el juez y la cárcel.

El Estado es el mejor instrumento del poder que ha inventado un pequeño grupo de personas para asegurar sus privilegios de clase. Y con este nació una guardia especializada, la legislación, el juzgado y la prisión. Este se valió así mismo de la religión para someter las consciencias, mientras el Capital se alimentaba del trabajo de miles y millones de personas. Y así, con el desarrollo de la consciencia sobre esta situación existencial, las formas de vislumbrar un mundo distinto fueron apareciendo, pero no se planteaba la transformación radical de la sociedad, la economía, la política o la cultura, hasta que la anarquía se abrió paso entre los escombros y la podredumbre de los Estados, el Capital y la Religión.

Por eso, la anarquía es tan temida, tan incomprendida, tan criminalizada. No puede dejársele ni un espacio de acción, debe ser reprimida lo más pronto posible, antes que la idea de libertad pueda esparcirse como semilla y que germine en las mentes y corazones de las personas. Debe criminalizársele como terrorista, como aniquiladora de la democracia representativa y del imperio de la ley, como incendiaria de todas las prisiones. También ha de perseguírsele como supuesta aliada de la reacción contrarrevolucionaria, de coquetear con la derecha, incluso de proponer la conjugación perfecta del derecho individual y colectivo.

La anarquía es la gran enemiga de los idólatras del poder, de los hambrientos de megalomanía. Es “la gran utópica”, es “la inalcanzable”, “la incapaz”, la que debe ser repudiada a toda costa, la que debe ser asesinada, purgada y confinada. La anarquía tiene el gran pecado de ser la verdadera gran liberadora de la humanidad, por eso y más es comprensible su persecución.

La represión por la represión es la característica fundamental del Estado en contra de la anarquía. Se basa en los prejuicios, los estereotipos y la ignorancia. Pero también se basa en el miedo a lo desconocido y en el terror que implica, para cada ser humano, ser verdaderamente libre, asumir la responsabilidad de sus acciones, de su destino, sin la intermediación de un poder opresivo y omnímodo, porque es más fácil vivir sin cuestionar, aunque sea en la miseria. Por eso las personas, en la gran mayoría de los casos, han optado por la sumisión como mecanismo facilista para escapar de su realidad. Prefiere vivir de espejismos, de falsedades, de indignidad. Prefiere ser máquina antes que asumirse como humano.

La violencia, la explotación, el autoritarismo son fenómenos del poder, vistos como irremediables, naturalizados hasta la saciedad. Cualquiera que traiga un mensaje distinto al poder es tachado de enemigo de la paz, de la democracia y de la supuesta libertad. Porque el mensaje implica la renuncia de las mentiras aceptadas consciente o inconscientemente por las masas, implica empezar de cero, concebir todo un mundo alternativo, implica dejar de esperar recibir para empezar a hacer. Por eso el Estado obnubila, corrompe e ilusiona con mentiras.
José Solano
http://www.equipocritica.org/
"Desde el momento en que se repite una y otra vez el estribillo de la cantinela antirrepresiva, las cosas se quedan como están y cualquiera puede cantar la misma melodía sin que se le preste ninguna atención." *Michel Foucault

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1. La lucha contra la prisión no regresa como se había ido. Tampoco nosotros mismos volvemos del todo inocentes, como si no supiéramos cómo, en los años 70, esta fracasó.

2. La función de la prisión en la economía general de la servidumbre es materializar la falsa división entre criminales e inocentes, entre buenos ciudadanos y delincuentes. Esta “utilidad” no es social sin ser, al mismo tiempo, psíquica. Es el encarcelamiento y la tortura del preso lo que produce el sentimiento de inocencia del ciudadano. Además, en tanto no se admita el carácter criminal de toda existencia bajo el Imperio, la necesidad de castigar y de ver castigado permanecerá y ningún argumento contra la prisión será válido.
3. La división entre criminales e inocentes es falsa. Invertirla no hace más que duplicar el engaño. Cada vez que, en la lucha contra las prisiones, presentamos a los presos como buenos chicos, como víctimas, renovamos esa lógica donde la prisión es la sanción.

4. La frase “la cárcel es la celda de castigo de la sociedad” es cierta siempre que se añada como corolario: no existe “la sociedad”. No es “la sociedad” quien produce la prisión. Al contrario, es la prisión quien produce la sociedad. Es planteándose –creándose un afuera ficticio –la prisión, cuando SE crea la ficción de un adentro, de una inclusión, de una pertenencia. Que las técnicas mediante las cuales SE maneja la cotidianidad de las metrópolis imperiales y la de los detenidos sea sustancialmente la misma, debe quedar solo en conocimiento de los gestores. “Una prisión es una pequeña ciudad. Allí se duerme, allí se come, allí se trabaja, allí se enseña, allí se hace deporte, allí se va a la iglesia. Salvo que la vida que allí fluye está bajo coacción constante. En una calle hay comercios, cines, etc. Y yo me preguntaba, ¿por qué no recuperar esta dimensión en las prisiones? Y cómo hacerla vivir sin que la precariedad se vea socavada.” Por parte de uno de los principales arquitectos de las nuevas cárceles francesas no sería prudente decir más.
5. El silencio implacable en torno al funcionamiento de las cárceles a veces nos obliga a hablar en nombre de los prisioneros. Con el sentimiento especial de “estar en el lado bueno de la barricada”. SE ha hablado también durante mucho tiempo en nombre de los obreros, de los proletarios, de los sin-papales, etc. Hasta que comienzan a tomar la palabra para decir algo muy diferente a lo que SE esperaba de ellos. Ese defecto es la ventriloquia política. Toda ventriloquia política nos sitúa en un cómodo paréntesis: llevamos un discurso en el que, no estando en juego, tampoco podemos ser puestos en duda. Nos ahorra la constatación de que bajo el Imperio, bajo un régimen de poder que no permite ostentación radical, toda existencia es abyecta en cuanto participa, al menos pasivamente, del crimen permanente que es la supervivencia de esta sociedad. Si necesitáramos una causa justa para rebelarnos, ningún habitante de las metrópolis podría tener título alguno, visto el partido que cada uno de nosotros saca diariamente del saqueo universal. Ningún estajanovismo militante, ninguna abnegación sería suficiente para expiar esta connivencia. Nuestra condición no es la de la clase obrera durante la primera “revolución industrial”, que aún podía oponer a la moral de los consumidores, a la moral burguesa, su moral de productores. Nuestra condición es la de la plebe. Vivimos en el centro del Imperio en medio de una indigerible abundancia de mercancías. Nos acomodamos diariamente en lo intolerable –una patrulla de policías armados en nuestra calle, un anciano que se queda dormido en una rejilla de ventilación del metro, un amigo que nos traiciona ostensiblemente y no matamos, etc. Entramos varias veces al día en relaciones puramente mercantiles. Y, salvo nuestra mala conciencia, siempre y cuando nos dotemos de medios para una ofensiva, llevamos a cabo una forma de acumulación primitiva. Si la cuestión era saber lo que nosotros somos, es muy cierto que no somos “los pobres”, “los desposeídos”, “los oprimidos”, y esto en la medida exacta en que tenemos aún fuerza para luchar. Lo que nos une en realidad no es la rebelión contra los excesos de desgracias que hoy afligen al mundo, sino la perenne repugnancia por las formas de felicidad que ofrece. Nuestra posición es por tanto la indigna, costosa, esquizofrénica, de la plebe, que no puede rebelarse contra el Imperio sin rebelarse contra lo que ella es, contra la posición que ella misma en él ocupa. No hay rebelión que no sea al mismo tiempo rebelión contra nosotros mismos. Esta es la rareza de la época, y el reto de cualquier proceso revolucionario a partir de ahora.
6. “La justicia penal se está convirtiendo en una justicia funcional. Una justicia de seguridad y de protección. Una justicia que, como tantas otras instituciones, tiene que gestionar una sociedad, tiene que detectar lo que es peligroso para ella, tiene que advertir sobre sus propios peligros. Una justicia que se da por misión velar por una población, más que respetar temas de derecho.” (Foucault) La prisión no está hecha para las clases peligrosas, sino para los cuerpos rebeldes –el milimetraje de la coerción en la educación burguesa o la obsesión de la comodidad propia de la pequeña burguesía planetaria explican sin duda la escasez de cuerpos rebeldes en ciertos ambientes, y la infra-representación de estos en la representación carcelaria. A través de la prisión y otros dispositivos, a partir de ahora se trata, para la civilización, de gestionar su putrefacción para retrasar tanto como se pueda el previsible colapso. El Imperio promete a todos los que no funcionan, a todos aquellos que perturban, allí donde sea, la situación normal. De este modo la civilización espera sobrevivirse, asegurando la puesta en secreto de los “bárbaros”.
7. Conocemos la prisión, la amenaza de la prisión, como restricción manifiesta a la libertad de nuestras acciones. La lucha contra la prisión desde fuera, haciéndonosla familiar, liquidando el potencial de temor que lleva aparejado, debe romper esa barrera. Se trata para ello de eliminar en nosotros el miedo a luchar. Vemos que no es una necesidad moral la que nos lleva a combatir las cárceles sino una necesidad estratégica, la de hacernos colectivamente más fuertes. “La eficacia de la acción auténtica reside en el interior de sí misma”.
8. “Decimos: no más prisiones. Y cuando, a esta especie de crítica masiva, la gente razonable, legisladores, tecnócratas, gobernantes, preguntan: “¿Qué quieren entonces?” La respuesta es: “No nos corresponde a nosotros deciros en qué salsa queremos ser devorados; no queremos seguir jugando a este juego de castigo, no queremos seguirjugando a este juego de sanciones penales, no queremos jugar más a este juego de la justicia.” (Foucault)
9. La lógica revolucionaria y la lógica de apoyo a los presos en cuanto presos no coinciden. El apoyo a los presos está impulsado por una solidaridad afectiva, humana si no humanitaria, con todos aquellos que sufren, con todos los que el poder aplasta –la actividad de los católicos del Génépi [Grupo de Estudiantes para la Enseñanza a Personas Encarceladas, NdT.] encuentra ahí su causa. La lógica revolucionaria, ella, es estratégica, a veces inhumana y a menudo cruel. Apela a otro tipo muy diferente de afectos.
10. En la cárcel toda lucha es radical –conlleva en cada pequeña reivindicación la supervivencia o el aplastamiento, la dignidad o la locura. Pero allí toda lucha es también reformista, porque debe mendigar lo que obtendrá, aun por medio de motines, de un poder soberano que tiene la vida del detenido entre sus manos.
11. En todas las revoluciones del siglo XIX –1830, 1848, 1870 –era tradición: sea que hubiera revueltas en el interior de las prisiones, y que los detenidos se solidarizaran con el movimiento revolucionario que se desarrollaba en el exterior, sea que los revolucionarios fueran a las prisiones para abrir por la fuerza sus puertas y liberar a los detenidos. En cualquier caso, el camino más corto para poner fin a las prisiones es, de nuevo, construir un movimiento revolucionario.
12. No hay expresidiarios entre nosotros. Hay amigos que han pasado por el trullo. El recluso en cuanto recluso, ese que, incluso una vez ha salido, sigue siendo el exconvicto es una figura literaria, de novela negra. El preso en cuanto preso no existe. Lo que hay son formas-de-vida que la máquina penitenciaria quisiera reducir a una vida, a carne apaciblemente almacenada. El mito de la celda expresa el sueño de tener frente a sí ya no cuerpos animados por irreductibles razones, violentos afectos y lógicas dementes, sino trozos de carne inertes, en espera.
13. Bajo el Imperio, es decir en el seno de la guerra civil mundial, la amistad es una noción política. Toda alianza traza una línea en la confrontación general, y toda confrontación exige alianzas. El hecho de encarcelar a alguien es un acto político. El hecho de ir a liberar a un amigo, por ejemplo con una bazuca, como se ha hecho recientemente en Fresnes, es un gesto político. No es por haber sido encarcelados porque han luchado por lo que los presos de Action Directe son políticos, sino porque ellos aún luchan.
14. Tenemos amigos entre los reclusos, pero no solo. La lucha contra las prisiones no es la lucha por los presos. Nosotros queremos la abolición de las cárceles porque limitan tanto nuestras posibilidades de alianza como la satisfacción de nuestras diferencias. Queremos la abolición de las cárceles para que se libren libremente las verdaderas guerras, en lugar de la actual pacificación que eterniza la falsa escisión entre culpables e inocentes. Se trata de nuevo, para nosotros, de dividir la división.
15. Una sociedad que necesita prisiones, no menos que una sociedad que recurre a la policía, es sin ninguna duda una sociedad donde toda libertad está anulada. Al revés, una sociedad sin prisión no es automáticamente una sociedad libre. Si tenemos en cuenta que la prisión no se convirtió en la forma común de castigo hasta principios del siglo XIX, no faltarán ejemplos históricos para ilustrar este hecho.
16. Ni la brutalidad de los carceleros, ni la arbitrariedad de la administración penitenciaria ni el hecho, más general, de que la prisión sea una máquina de destrozar seres, nada de esto produce escándalo. Queda admitido que la función de la prisión es la de reprimir a los cuerpos indómitos, la de domesticar a los “violentos”. En relación a la rueda, a la pira o a la guillotina, el encarcelamiento ha sido concebido desde el principio como el castigo civilizado y civilizador. “El encarcelamiento es la pena por excelencia en las sociedades civilizadas”, escribía P. Rossi en su Tratado de Derecho Penal, en 1829. La espera es la virtud propia del ciudadano; y pedir permiso antes de hacer nada es el abecé de su educación. Es en la medida en que nuestra lucha es principalmente una lucha contra la civilización que lo es también contra la prisión.
17. En el combate contra la civilización, la prisión es “el brazo que mata y la mano que soba” [cfr. Los Castigos de Víctor Hugo. NdT] Pero nadie puede argumentar razonablemente que es golpeando el puño como abatiremos al adversario.
18. El razonamiento que consiste en decir que esta sociedad no podría seguir funcionando sin las prisiones y por tanto, atacándolas, hacemos tambalearse la totalidad del sistema, es correcto lógicamente pero no en la práctica. La prisión no es “el eslabón débil”. El recurrente debate sobre el anacronismo de las prisiones, por otro lado efímero, primero nos recuerda esto: tal anacronismo garantiza la “modernidad” de todo lo demás.
19. La prisión es, en cuanto amenaza, uno de los medios que la civilización despliega para disuadirnos de frecuentar lo salvaje que hay en nosotros, de abandonarnos a las intensidades que nos atraviesan. En esto ya entendemos que el enemigo no está del todo fuera de nosotros, que la civilización es algo en lo que hemos cuajado directamente en la medida en que ya ella nos posee. Porque al final, la disputa con los ciudadanos nos lleva a este punto: que uno pueda preferir la “barbarie” a la civilización.
20. En realidad, en la época de extrema separación que estamos viviendo, la lucha contra las prisiones es para nosotros primeramente un pretexto. No se trata de añadir un capítulo a la pena de los activistas sino de utilizar el proyecto de abolición de las prisiones como base de reencuentro para organizarse más ampliamente. Del mismo modo que el reto de cualquier lucha en la cárcel es, en última instancia, la conquista del espacio de autoorganización necesario para formar potencia colectiva frente a la administración, igualmente se trata primeramente, para nosotros, que nos constituyamos en fuerza, en fuerza material, en fuerza material autónoma en el seno de la guerra civil mundial. La lucha contra las prisiones alcanza su cénit cada vez que hacemos fracasar la represión. Triunfa allí donde nosotros conseguimos arrogarnos la impunidad.
21. Frente al engaño de la civilización, nosotros tenemos razón. Pero “Un mundo de mentiras no puede ser derrocado por la verdad” (Kafka). Toda la proliferación policíaca que nos circunda está ahí para impedirnos ese pasaje, para impedirnos llegar a ser, poco a poco, una realidad. Cada día añade un dispositivo a nuestra ya cuadriculada cotidianidad. Se trata de reprimirnos, de perseguir en nosotros cualquier resto de potencia, de salvajismo. Cada día curvamos nuestra espalda, pasamos sin molestar, en la relación de fuerza desmesurada que nos impone la avalancha de dispositivos; y por la noche nos felicitamos por haber sobrevivido a ellos. Pero no es así: cada vez que nos sometemos, nos morimos un poco. La prisión es este mega-dispositivo en el que no se termina de morir en pequeñas dosis, morir a fuerza de sobrevivir. Si ocupamos juntos una penitenciaría, no debe ser para discutir nuevamente sobre la prisión, el encarcelamiento, el aislamiento, sino para desplegar libremente, en una relación de fuerza invertida, el juego entre nuestras formas-de-vida. Y demostrar que podemos hacer un uso muy distinto de nuestros cuerpos y del lugar.
TIQQUN
Fuente: Préliminaire à toute lutte anticarcerale
Traducción: LaGranjadeax.
https://revistanada.com/
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Muchas personas se están llevando las manos a la cabeza y se están escandalizando, por primera, segunda o tercera vez, al enterarse de los famosos papeles de Panamá. Está bien el escandalizarse y empezar a denunciar a todos los tipejos y las tipejas que aparecen como propietarios o accionistas de empresas "offshore" para evadir o eludir impuestos en sus países de origen. Los patriotas ministros, ex ministros, presidentes, ex presidentes, políticos, ex políticos de la mayoría de países del mundo, que obligan a tributar a los trabajadores que dependen de una nómina, a los vilipendiados autónomos y a aquellos que no tienen tras de sí a una cohorte de testaferros, abogados, economistas, asesores fiscales o delincuentes legalizados, que les aconsejan para evitar el pago de impuestos, en esas patrias que llenan sus bocas en elecciones, discursos y entrevistas en las que son protagonistas.
Parece mentira que los periodistas estén hablando de todo esto no digan realmente que esto de la corrupción, la elusión y la evasión de impuestos es propio del sistema capitalista en el que estamos viviendo. Mientras la evasión de impuestos es ilegal y está penada, la elusión de impuestos es algo legal en el sistema capitalista y la excusa es que es una forma de asegurar las transacciones en países poco seguros, una paparruchada más para defender a las grandes empresas multinacionales que son las que utilizan los paraísos fiscales para no tener que pagar impuestos en los países donde están radicadas. Todo esto se hace con el beneplácito de los gobiernos de los diferentes países del mundo, sean de paraísos fiscales o no, que legislan para que pueda haber formas legales para impedir la contribución a la hacienda pública por parte de las empresas más depredadoras del planeta, y si todas las leyes fallan y evaden impuestos, acaban otorgando amnistías fiscales para que puedan regularizar sus situación y así perdonar sus deudas como buenos cristianos.

Los refugiados indeseados
Por otra parte estamos viendo como los países de Europa, los de la Unión Europea, permiten que sus gobiernos estén poniendo en marcha unas prácticas inhumanas para con todos los perseguidos políticos que han tenido que migrar a consecuencia de las guerras y las inestabilidades que han provocado los mismos gobiernos que ahora no les quieren en su tierra. Cuando las empresas europeas se han aprovechado de las riquezas de los países de origen de los migrantes, de los refugiados, no han pensado que esas acciones iban a tener sus reacciones. Si los gobiernos y nuestros países han sido los causantes ahora tienen que reparar los daños, no podemos permitir que las empresas multinacionales europeas hayan esquilmado esos países y a sus habitantes y ahora permitir que los políticos europeos se rasguen las vestiduras porque los migrantes quieran ir a los países más prósperos de Europa. Si Alemania, Francia, Holanda, Reino Unido, España, etc., etc., se han beneficiado de las riquezas extraídas y hurtadas de estos países y les han hecho ver que ellos son las economías mejores y más prosperas, poniéndose como ejemplo a seguir, ahora no pueden extrañarse ni querer que otros les blinden para que los refugiados no puedan llegar hasta sus "puras sociedades". La expulsión de los refugiados y migrantes a países extracomunitarios sólo es un nuevo genocidio de los muchos que acompañan la historia europea, campos de exterminio nazi, persecución de judíos en toda Europa; represión, asesinatos promovidos y bendecidos por la Santa Inquisición; esclavismo y tráfico de esclavos; matanzas de no creyentes en el continente americano, etc.

Los políticos farsantes
No podemos extrañarnos de que en España hayan pasado casi seis meses desde las elecciones y sus políticos electos no sean capaces de ponerse de acuerdo para acabar con la actual situación de postración de la mayor parte de la población ante las leyes y normas impuestas desde la Unión Europea y desde los mercados financieros.
Que ningún ingenuo piense que hay buenos y hay malos en todo este proceso, ya que cuando alguien está al lado del pueblo hace lo posible y lo imposible para que el pueblo deje de sufrir.
Aquí tenemos a cuatro partidos políticos que siendo engranajes del actual sistema político, mantienen el sistema económico que nos explota y nos esclaviza, ¿cómo lo hace cada uno de ellos?
El Partido Popular, que es el menos cercano al pueblo aunque se llame popular, ya que su política esta basada en la atención a los poderes económicos, sirviéndoles en bandeja, leyes, empresas públicas y dinero para que puedan generar beneficios aunque el país y sus ciudadanos se mueran de hambre o queden en la indigencia. Para hacer todo esto son financiados y pagados por esas empresas (corrupción) para que se sientan bien remunerados y puedan acceder a posiciones sociales que les separen del resto de la población. Son los apéndices necesarios para que el sistema pueda seguir aumentando sus ganancias.
El Partido Socialista Obrero Español, su nombre no tiene nada que ver con el mismo partido, hace años que dejo de ser socialista, primero se convirtió en socialdemócrata, para pasar a ser social-liberal; hace años que ha dejado de ser de los obreros para convertirse en un partido de clases medias acomodadas, de accionistas de empresas, de empresarios y de gentes que viven de la política y a para ella, los obreros solo les sirven para que les voten por pensar que un partido llamado obrero es su representante; hoy por hoy lo único que queda del nombre es partido español y esto lo lleva hasta las últimas consecuencias, es como si las enseñanzas del régimen franquista lo hubieran abducido y pone el concepto de España delante y por encima de su ideología y de la clase a la que dice representar, lo único que es intocable para ellos es la unidad de España...
Ciudadanos, otro partido de derechas que utiliza conceptos que nada tienen que ver con ellos, se llaman ciudadanos, que no ciudadanas, y con ese nombre quieren aparentar que son la voz y la representación de toda la ciudadanía, hasta de los trabajadores, de los que estamos siendo explotados por el sistema económico. Mientras que utilizan ese nombre se olvidan de la ciudadanía cuando hay que defender los intereses de las grandes corporaciones financieras, comerciales o industriales. Para ellos la economía, la estabilidad presupuestaria, está por encima de las garantías sociales y de las necesidades de la ciudadanía de una vida, un sustento y un techo digno. Para ellos primero es garantizar los beneficios empresariales, salvar el sistema económico desigual y después garantizar una vida mejor para los que con su trabajo tienen que hacer funcionar el sistema. En definitiva son el sustituto directo del Partido Popular que ya no puede aguantar más por la corrupción que le supura por todos los poros de su organización.
Podemos, la falacia de la izquierda, los trepas que se han aprovechado de las luchas populares del 15M, de las mareas, de los desahuciados, de los parados, de los desposeídos. Son todos aquellos que en las plazas del 15M defendían que era necesario cambar a los políticos por gente más preparada, eran aquellos que entendían que gente preparada eran aquellos que tenían estudios universitarios, eran aquellos que no consideran como iguales a los que trabajan de forma manual que a los que los hacen de forma intelectual. En definitiva eran los que pretendían cambiar a las élites existentes para convertirse, ellos mismos, en las nuevas élites, en definitiva acabar con la casta para que otra casta les sustituyera.

Los proscritos trabajadores
Mientras quienes tenemos que vivir de un salario estamos aguantando unas tasas de paro superiores al 25 por ciento; bajadas de salarios, subidas de horas de trabajo; contratos basura por menos de 600 euros mensuales; jornadas de trabajo irregulares, estando a disposición de la empresa para cuando te quiera llamar; contratos de lunes a viernes para no cotizar a la seguridad social sábados y domingos; elevación de los años cotizados necesarios para optar a la paga de jubilación; aumento de la edad mínima para poderse jubilar; aumento del IVA; necesidad de muchos estudios para optar a cualquier puesto de trabajo; desmantelamiento de los servicios públicos siendo sustituidos por privados; bajada de las indemnizaciones por despido, etc., etc.
Desde la famosa crisis generada por el sistema financiero capitalista se ha optado por hacer pagar a los que solo tienen sus manos, sus piernas y su cabeza para poder subsistir, a los únicos que son productivos; mientras los que la han generado siguen beneficiándose de las leyes que les permiten seguir evadiendo impuestos, aumentando sus beneficios y esquilmando las riquezas naturales del planeta en beneficio de sus cuentas corrientes.
Lo incongruente de todo esto es que los trabajadores siguen votando a los políticos farsantes ya que esperan que alguno de ellos cambie las cosas, sin ser conscientes de que unos políticos que aceptan las reglas del sistema y entran en su engranaje están completamente vendidos al mismo. Más alarmante es confiar en sindicatos que a través de la participación en Comités de Empresa, mantienen unas estructuras que los convierten más en empresas que en organismos para la defensa de los intereses de los explotados. Los sindicatos actuales sólo piensan en mantener estas estructuras porque muchos de sus dirigentes han olvidado qué es estar en los tajos de trabajo, han olvidado mancharse las manos con el trabajo diario, han adquirido un estatus social que les aleja de los trabajadores a los que dicen defender. Unos sindicatos que han creado unas estructuras que viven de las ayudas y las subvenciones del Estado y las empresas, no pueden ser verdaderos instrumentos para la lucha contra la explotación que estamos sufriendo por el capitalismo neoliberal de las empresas multinacionales, que emplean la famosa globalización mundial para campar a sus anchas sin dar explicaciones, ni rendir cuentas de nada ni a nadie. No son útiles sindicatos nacionales o regionales que no planteen una lucha global (mundial/internacional) contra el nuevo capitalismo de la globalización económica, o se extiende la lucha y se globaliza o la clase trabajadora está condenada al esclavismo moderno, a la tiranía del dinero y de los poderosos.
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¿Qué es capitalismo?
Eso pregunta el político, el empresario, el accionista, el banquero, el sindicalista acomodado, el evasor de impuestos, el policía, el juez, el fiscal, el militar, mientras clavan en nuestra pupila su pupila negra oscura.
Y nosotros sólo podemos contestar, parafraseando al poeta: ¿Qué es capitalismo? ¿Y tú me lo preguntas?

Capitalismo... eres tú, político
Tú que dictas y apruebas leyes para que las grandes empresas y corporaciones multinacionales se beneficien de paraísos fiscales, de despidos gratuitos; de una masa de parados inexplicable; de una represión en aumento, de una insolidaridad vergonzante; de una inactividad inhumana; de unos salarios por no gobernar que causan indignación. Por dictar normas para los trabajadores que les llevan a no poder cobrar el paro al cabo de poco tiempo sin trabajo y no aplicarlas a todos los políticos que son incapaces de llegar a acuerdos para formar gobierno después de unas elecciones ¿Por qué no les hacen devolver todo el dinero cobrado a todos los diputados y senadores salidos de las últimas elecciones por no ser capaces de hacer lo que les han encomendado sus votantes, sus contribuyentes? ¿Por qué no se les hace devolver a sus partidos todo el dinero que se les ha pagado por voto obtenido en las últimas elecciones por ser incapaces de hacer lo que les ha encomendado el pueblo al que dicen representar? No lo hacen porque eso es capitalismo.

Capitalismo... eres tú, empresario
Que explotas a tus semejantes para obtener unos beneficios y un dinero que no obtendrías sin que ellos trabajasen para ti.

Capitalismo... eres tú, accionista
Que te llevas los beneficios por apostar dinero en la bolsa para hacer que suban o bajen las acciones; que te beneficias del sudor, del esfuerzo, de la salud de los trabajadores y trabajadoras para aumentar tu patrimonio y tu cuenta corriente.

Capitalismo... eres tú, banquero
Que das préstamos a los trabajadores con unos intereses muy superiores a los que tú tienes que pagar por el dinero que te han prestado anteriormente. Que te beneficias de las leyes o pactos entre empresarios para que los trabajadores tengan que cobrar sus nóminas por el banco, pagar sus gastos por el banco y tener sus cuentas en los bancos pagando por ello en vez de sacar un beneficio por dejar su dinero a los bancos.

Capitalismo... eres tú, sindicalista acomodado
Que diciendo que defiendes a los trabajadores y que eres su arma contra los capitalistas lo que haces es vivir sin trabajar, cobrando del Estado y aceptando liberaciones por las empresas. Eres tú que vives de las cuotas de esos trabajadores o de las subvenciones preocupándote más por conservar tu posición que por obtener verdaderas conquistas sociales. Todo aquel que vive de los asalariados o de los sufrimientos de estos es un parásito, es capitalismo.

Capitalismo... eres tú, evasor de impuestos
Que llamándote patriota, español, francés, inglés, norteamericano, vasco, catalán gallego, valenciano, griego, andaluz, chino, etc., te llevas el dinero que consigues en tu país a paraísos fiscales para no pagar impuesto en esa patria que te llena la boca cada vez que hablas.

Capitalismo... eres tú, policía
Que trabajas reprimiendo a aquellos que se movilizan contra la injusticia del poder, de las leyes, del Estado de la economía capitalista.

Capitalismo... eres tú, juez
Que dices aplicar la ley sin mirar a quién pero no te tiembla la mano a la hora de dictar ordenes de desahucio; de poner fianzas de risa a los poderosos; de poner fianzas impagables a los desposeídos; de ser benévolo con los ladrones de cuello blanco y condenar a quien no tiene para comer por llevarse comida sin pagar de un supermercado; que eres capaz de dejar en la cárcel y perseguir a unos titiriteros por denunciar la podredumbre del sistema y dejar en libertad a unos capos del narcotráfico porque no tienes la honestidad de oponerte a la legislación que limita el principio de Justicia Universal, en virtud del cual resultaba posible la persecución penal por parte de la Justicia española de determinados crímenes de gravedad (entre los que se encontraban graves violaciones de derechos humanos, como es el caso de los crímenes de genocidio).

Capitalismo... eres tú, fiscal
Que defiendes al gobierno y a las instituciones por encima de la aplicación de la justicia y la ley. Que persigues o mandas perseguir a los que se manifiestan, a los que protestan, a los que luchan contra la injusticia, exigiendo a los jueces que les apliquen las sentencias más duras; mientras que pides sentencias suaves y poco ejemplificadoras contra los ladrones de cuello blanco, contra los políticos corruptos, contra las instituciones involucradas en corrupción, contra los partidos que optan por la corrupción como una forma natural de financiación.
Que te inhibes en plantear demandas contra aquellos que son un poder dentro del sistema, mientras que te personas siempre contra los pobres que quieren defender su dignidad ante la opresión.

Capitalismo... eres tú, militar
Que tomas las armas y desfilas a las órdenes de los poderes políticos que defienden intereses económicos de las grandes corporaciones financieras, industriales, comerciales y agrarias internacionales o nacionales, para someter y sojuzgar a pueblos que tienen riquezas que son del interés de esos poderes a los que sirves.
Que no tiemblas ni dudas en dispara contra tus conciudadanos si te lo exigen tus jefes y superiores.
Que piensas que la paz se defiende con las armas y la guerra.

Capitalismo... eres tú
Que planteas la desigualdad entre los seres humanos por cuestión de sexo, de raza, de patria, de idioma…
Que compras y consumes sin tener en cuenta que los productos que estas utilizando provienen de la explotación infantil o de cualquier ser humano; que provienen de la tortura animal o de esquilmar los recursos naturales que están destruyendo el planeta.
Que pretendes alcanzar el poder de aquellos que lo tienen para sustituirles o para ser igual de desalmado que ellos.
Que defiendes o no te movilizas contra todos los que mantienen el sistema económico que nos está destruyendo.
Que engañas a tus semejantes para que no cambie nada y todo siga igual.
Que piensas que todo siempre ha sido así y no puede cambiar.
Que no quieres pensar porque es muy cansado y sacrificado, porque es muy duro.
Que no tienes empatía con los que sufren las injusticias y las persecuciones del sistema económico imperante en el mundo.
Que no luchas contra la globalización económica porque esperas sacar algún beneficio de ella.

En conclusión
Todo lo que hemos dicho hasta aquí es capitalismo, aunque lo simple y lo correcto es decir que el capitalismo es un sistema basado en el robo de unas personas a otras, ya que es imposible que una persona se pueda enriquecer de la forma que lo hacen los capitalistas de este mundo solo con su trabajo. Nadie, con su trabajo, solo con lo que le da su trabajo, es capaz de hacerse rico. Nadie se hace rico sin robar, sin apropiarse lo que pertenece a otros o a todos. El capitalismo es un engaño y cada uno de nosotros tenemos que ser capaces de darnos cuenta si queremos creernos el engaño, si queremos seguir engañados. Por tanto hablar de los que salen en los papeles de Panamá, de los políticos que nos lían y nos confunden, de los refugiados que son desterrados por los países europeos y sus políticos, de los padecimientos que sufren los trabajadores no es más que hablar de lo que es y de lo que representa el sistema económico capitalista. Por tanto capitalismo es lo de los papeles de Panamá, los políticos farsantes, las políticas antirrefugiados y la explotación de los trabajadores.
Por supuesto que no es capitalismo la anarquía, por eso se la persigue y se la desprestigia.
Por la anarquía como filosofía de vida para una humanidad justa e igualitaria, sin fronteras, sin persecuciones, sin patrias, sin dioses y sin salvadores.

Manuel Vicent 
http://www.nodo50.org/tierraylibertad/