El foro anarquista

Versión completa: Anarquismo y juventud
Actualmente estas viendo una versión simplificada de nuestro contenido. Ver la versión completa con el formato correcto.
Por Brigada Emma Goldman

Invierno de 2014


Cita:Si quieres ir rápido, anda solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado.  Proverbio africano.


         En los últimos meses hemos participado en un intenso período de agitación y organización política. No es exagerar que el 2014 estuvo marcado por la acción estudiantil, teniendo al estudiantado como principal actor histórico. Fue una excelente ocasión coyuntural, la de revivir la histórica solidaridad demostrada entre la IPN y la UNAM, como nunca desde el 68, la que le dio un nuevo respiro a las asambleas estudiantiles como también han fortalecido la organización y los métodos asamblearios (que se merece un análisis histórico-crítico aparte, bien emparentado al anarquismo asambleario emprendido por los colectivismos, especialmente español y ucraniano, y y que hoy el estudiantado mexicano reconstruye y apropia con su identidad, acompañando a este análisis una crítica contemporánea al asambleismo light de Occupy Wall Street y las prácticas asambleístas que llevaron a los Kirchner al poder, quien es Graber uno de sus artífices aun no desenmascarados del todo).
         A las vindicaciones anarquistas tampoco le ha sido ajeno. Así como otros grupúsculos han coincidido en aumentar las tensiones históricas desde el insurreccionalismo (y no necesariamente anarquistas) también participan de manera activa en las asambleas universitarias, por lo que es urgente hacer un balance, necesario en la correlación de fuerzas y objetivos entre acción directa y acción política. Porque es claro el desgaste que también sufren las asambleas a raíz de la persecución política, los encarcelamientos aleatorios tanto expedidos, propio de un estado fascista, así como la delación y aplazamientos que componen a sus mesas de diálogo, esto ha orillado a no pocas personas a optar por la radicalidad en un medio cuyos extremismos chauvinistas y de derecha aparentemente demandarían también métodos extremos de respuestas. En lo siguiente, no es nuestra obligación moralizar o condenar arbitrariamente estas decisiones, que las pasiones por las que nos hemos dejado desbordar son precisamente el camino y meta por la realización y bienestar humanos, sino que hemos de afinar los objetivos y los medios por los cuales conducimos nuestra pasión por conquistar la libertad social.

         Así, la crítica se centrará en el nivel programático de los alcances de la organización, otro tanto en las contradicciones nacionales, antes de emitir un juicio sobre la personalidad de los actores históricos resueltos en un método o vía de organización u otra sino también a las organizaciones de base e individualidades afines a los objetivos de la emancipación. Repetimos, que no califiquemos a las personas no por ello se hará la vista gorda alguna de las contradicciones inmersas en la organización --es la organización y sus alcances organizativos lo que merece ser juzgado, no a sus individuos. La crítica es de preocupación vital de todas y todos, siempre y cuando reconozcamos autodeterminación de las asambleas estudiantiles como de los distintos grupúsculos que también se han acercado a ellas, sea directa o indirectamente. Es necesaria, pues, la unidad, la solidaridad, ocupar flacos en coordinación, más no la homogenización, más no la estandarización de métodos.
         De existir un rechazo al respecto, es el hecho de haberse tomado prestado de alguna manera la organización estudiantil teniendo como antecedente el 132 en tanto “plataforma” y difusión para las prácticas e ideas asamblearias, y emparentado al simulacro del asambleismo light ya mencionado en un paréntesis; pero rápidamente se despeja este condicionamiento al considerar el contexto histórico del anarquismo actual, distinto a la agitación sindical de antaño y del movimiento anarcopunk de hace dos o tres sexenios, para ser ahora parte de una nueva respuesta generacional, pero diacrónica, independiente y convergente al estudiantado en cuanto alguno de los fines. Incluso el asambleísmo estudiantil indica signos de madurez en la apertura y adaptación, al inspirar parte de sus integrantes volcarse hacia la acción directa, en vez de advertir algún retroceso.
         Opiniones encontradas hay; pero las transformaciones paulatinas, graduales, por supuesto que se están dando. Pareciera ser que este acercamiento entre acción directa para impulsar la acción política[1] y convenido dentro de medio federado –en la que se proclama una fracción de organización estudiantil asamblearia para sostenerse– y el proceso excarcelario, en vez de causar admiración, con todo y las limitaciones que éstos acercamientos representan, causa cierto rechazo entre los puritanos del asambleísmo que ven éste método más como una mera toma de decisiones colectivas, algo meramente eventual, y no como una organización auténtica de lucha y vinculación, de medianos y largos planozs, para integrantes de base de otros colectivos que no demanden “contrato de exclusividad” en sus filas.

         Para no abundar en los detalles de cómo se ha sostenido socialmente esta organización, siquiera detenernos en su calificación como a analizar algunas contradicciones, centraremos las siguientes líneas desde las cuestiones particulares a las generales de la programática organizativa, en sencillas tesis para ser desmenuzadas, y acompañadas de un pequeño rodeo epistemológico, histórico como ideológico en este tránsito.


      1. Es vital, urgente la apertura en la organización, en la acción y en lo ideológico. Por apertura ideológica considérese aquí extender los significados y experiencias históricas de otros pueblos, no hacer amalgama con principios autoritarios ni estatistas.

Pero una organización, se dice, supone la obligación de coordinar la propia acción y la de los otros, y por lo tanto viola la libertad, traba la iniciativa. A nosotros nos parece que lo que verdaderamente elimina la libertad y hace imposible la iniciativa es el aislamiento que vuelve a los hombres impotentes”[2].
         Aunque la anterior cita se la apropió a su manera el Comité Invisible, y nos reservamos una crítica a esta organización en otra parte, esta misma expresión usada por Malatesta en sus “Un plan de organización anarquista” no deja de tener relevancia. Pero antes de estudiar sólo algunas de las condiciones de la alienación que inhibe la iniciativa de organización, incluso, la alienación misma de una organización incapaz de asimilar y acompañar a sus miembros, primero hay que señalar, ante el rechazo de la opinión generalizada: el anarquismo en México actualmente no se halla en fase de decadencia en su organización. La pluralidad de colectivos e individualidades afines al anarquismo, en auge desde las tensiones globales promovidas por Génova, Seattle, Grecia, Turquía y España en los últimos 20 años, y más coyunturalmente en México desde el 2007 y el 1ro. de diciembre del 2012, prueba la necesidad de contrarrestar el avance de la reacción partidista y económica así como la necesidad convergente de vincularse los distintos bloques y colectivos alrededor del mundo. Este fenómeno se halla en un contexto más amplio de rechazo mundial a las políticas nacionales-culturales como al modelo económico adoptado por los gobiernos, indicando un grave problema en las condiciones de vida institucional en todo el orbe.
         Más bien, las limitaciones de la organización anarquista en México no responden a sus militantes ni a la anarquía misma, se debe a una limitación histórica en la conciencia crítica del ‘ciudadano’ mexicano. Más de 500 años de segregación política y étnica no se erradicarán con solo molotovs, con asambleas con quórum, y menos aun se transformará votando –ni siquiera está dispuesto un escenario así de generalizado para incluir en el asambleísmo las tácticas revolucionarias, cuando en otras latitudes están marcados por una rica integración étnica, sindical y/o independentista solamente en lo táctico, como el vasco, el eslavo, el ucraniano, el italiano o el español. Estimando la experiencia histórica registrada por estos pueblos, se advierte la concomitancia entre esos pueblos y el nuestro: vencer el colonialismo. Es menester, pues, la construcción de una nueva mexicanidad, cosmopolita, internacionalista, vaciada de patriotismo, y vaciado de Vasconcelos, aunque esta mexicanidad sea menos que un pretexto ideológico y político para transformar la idiosincrasia de la población. Partimos de la consideración no han sido debidamente experimentadas las culturas mexicanas como antagonistas en nuestros medios contestatarios, no siendo exclusivo a la ciudadanía este error en la confrontación táctica, de subestimar e incluir las prácticas culturales como sí lo logra el neozapatismo (aunque, por desgracia su comandancia indígena ha desistido de tácticas de confrontación directa).
        Por ello es necesaria la apertura a nuevas experiencias históricas. Pero seamos claros: el plataformismo según sus revisionistas y el concejismo marxista no corresponden a esta apertura ni ningún contubernio que sea con el poder gubernamental o cualquier otro empoderamiento que busca legitimidad “¡la legitimidad no rebasará a las razones nunca!”. No podemos imaginar con precisión cómo se dé esta apertura en el futuro, risible considerar la organización anarquista como una ciencia mecánica de la predicción; lo que sí podemos imaginar e ir construyendo de una vez son los encuentros inmediatos para el reconocimiento histórico de nosotras y nosotros como población, como sea que se den éstos encuentros en los términos de su acercamiento. La creación de una coordinadora nacional estudiantil semejante a la FEL española es la clave para lograr tales acercamientos; pero sin un ateneo de la juventud que ponga sobre la mesa y a discusión las más importantes cuestiones de la actualidad en ciencias, política y educación, será imposible dicho acercamiento. Pues además de la coordinadora estudiantil, es menester un nuevo ateneo para su propagación, un ateneo de la juventud, como las que impulsaran las organizaciones anarquistas en Grecia en años recientes, y como fuera el antecedente y fermento revolucionario en México de 1909, paralelamente al activismo y agitación de Magón.

         La desarticulación del sindicalismo en México de las causas más apremiantes de la sociedad mantiene coaccionados a la CROC, a la CTM y a la SNTE, constituyendo las tres más grandes corporaciones de agremiados y trabajadores. No podemos esperar de estas corporaciones la respuesta histórica del sindicalismo en nuestros días. La distancia entre éstos y los estudiantes se ensancha cada vez más con una brecha generacional que oculta la lucha de clases y de castas silenciadas por el contrato colectivo, la normatividad institucional. Guerra de castas silenciada por la inmediatez de la política, producto de instituciones caducas desde su origen. En esta brecha, la vejez se muestra conservadora y paternalista aun siendo veinteañera, contra una juventud innovadora y crítica, y que está lista para construir un futuro en el que la fraternidad establezca las relaciones de trabajo para su sana socialización, en un nuevo acontecer. Reconozcamos en las asociaciones no alineadas de trabajadores, de Luz y Fuerza, de las secciones combativas de la CNTE, de mineros y campesinos, de jornaleros y obreros en lucha, un posible vínculo allí donde el encuentro entre viejos y jóvenes permitan siempre y cuando marchar juntos hacia la emancipación, para que esta brecha generacional se vea ridícula, en el que el aislamiento de la acción política con la directa logre superar su afasia y acercamiento. Buscamos impulsar la solidaridad de clase, no el interclasismo encubierto de mestizaje, destruir la conciencia clasista que ha traído esta insensata segregación de castas, filtros, certificaciones, que no hacen sino especular negativamente sobre el valor real de la persona.


      
2. La polarización de aptitudes y valores externaliza, reproduce la carga cultural y perceptual de las personas todavía inmersas en lógica de dominación. Dicho de otra manera, quien “no ve que no puede ver” está limitadísimo a extender sus iniciativas.

Ha habido anarquistas, y los hay todavía por lo demás, que aun reconociendo (…) la necesidad de organizarse hoy para la propaganda y la acción, se muestran hostiles a todas las organizaciones que no tengan como objetivo directo el anarquismo y no sigan métodos anarquistas… A esos compañeros les parecía que todas las fuerzas organizadas para un fin que no fuera radicalmente revolucionario eran fuerzas sustraídas a la revolución. A nosotros nos parece, en cambio, y la experiencia nos ha dado ya lamentablemente razón, que este método condenaría al movimiento anarquista a una perpetua esterilidad.”[3]
         En la lógica de dominación (propio de un Estado de Ocupación como fuera la herencia española exportando la ocupación árabe de los Moros, hoy absorbido y experimentado como segregación) es preciso mantener desorganizada la participación sincrética de las cosmovisiones, haciendo efectivo el aislamiento y la opción fácil de optar hacia la reacción. Podemos extender esta idea con la confrontación ya absorbida, conciente o inconcientemente, en la vida política institucional desde la “independencia” de México. Las intervenciones contra las guerras de castas, y en contra de la enajenación estatal de tierras, cínico antecedente de la reforma liberal de mediados del s. XIX, forman parte de la todavía aplazada Reforma Agraria no satisfecha para un pueblo de excepcional talento agrícola (ver el caso de Julio Chávez López). A lo largo de este tiempo, el gobierno ha constituido únicamente un elemento contrainsurgente para aplazar las reivindicaciones de libertad, constante a través del tiempo como lo explica el Comité Invisible en uno de sus artículos[4].
         Esto acarrea gravísimas repercusiones una vez establecido el elemento contrainsurgente y reaccionario en la idiosincrasia del mexicano. Es la segregación al diferente étnico, al diferente en edad, de clase, incluso al disidente político –asistiéndole al reaccionario la moralina y la hipocresía del puritanismo por igual. Excepcionalmente en México, en años recientes, el elemento contrainsurreccional del propio gobierno ha salido de su competencia; de hecho, los Zetas y su preparación contrainsurgente (recibida por la CIA) aplicada indiscriminadamente a la población demuestra la barbarie planificada del estado y de sus dispositivos de control, antaño reducidos éstos métodos a la guerrilla y a sus bases comunitarias, hoy ya la contrainsurgencia en contra de todo elemento delictivo y perturbador al sistema. ¡Pues el revolucionario es un ilegal por excelencia!
        Recrea la apariencia que es el poder paramilitar el que realmente ejerce la gobernabilidad. En medio de esta polarización de libertades, de alienación sistemática, cualquiera que arremeta contra esta planificación de la violencia, contra la tensión paramilitar de la conciencia dominadora, por mucho o pequeño sea el esfuerzo, está condenado a la descalificación del resto de segregados, impotentes de demostrar mayor solidaridad que una descalificación a la existencia ajena.
          Los convulsos años sesenta vividos a diario, en 24 horas de tensión sicótica, recrea un clima de locura y de persecución, todo este mancillarse gobernantes y gobernados entre sí comparable sólo a la necesidad de la reacción de contener el fermento revolucionario en época de inestabilidad, por muy insipiente que esta sea tras un breve vistazo histórico a las revoluciones. La polarización política y moral acompaña al insano ímpetu reaccionario al no saberse históricamente determinado en sus limitaciones, pues para abordarlas y eliminar sus respectivas barreras. Retomando este estado sicótico semejante al estado de guerra, Bateson describiría lo anterior como un “círculo vicioso”, un doble vínculo cuya única función es la interactividad patológica, condenada a repetir un modelo de castración de la voluntad en todos los niveles de la ontología y existencia humana.
Expliquemos rápidamente qué es un doble vínculo en palabras de Bateson:
“En la religión oriental, el budismo Zen, la meta es lograr la iluminación. El maestro Zen intenta provocar la iluminación en su alumno por diversos medios. Unas de las cosas que hace es levantar una vara sobre la cabeza del discípulo y decir amenazadoramente: ‘Si dices que esta vara es real, te golpearé con ella. Si dices que esta vara no es real, te golpearé con ella. Si no dices nada, te golpearé con ella'”. Sentimos que el esquizofrénico se encuentra continuamente en la misma situación que ese discípulo, pero lo que consigue es algo semejante a la desorientación y no a la iluminación. El discípulo puede alzar su mano y arrebatar la vara al maestro, quien tal vez acepte esta respuesta, pero el esquizofrénico no tiene esta opción, dado que no le es posible preocuparse por la relación…

“(…) Hemos sugerido que ésta es la clase de comunicación que se da entre el pre-esquizofrénico y su madre, pero también ocurre en las relaciones normales. Cuando una persona se encuentra atrapada en una situación de doble vínculo, responderá defensivamente de una manera similar al esquizofrénico”[5].
        Lo anterior se refiere al análisis esquizofrenogénico de la institución humana, y la condición particular de miembros ordinarios ante condiciones extraordinarias. Consideremos, suplantemos, en vez de “iluminación”, alcanzar la “conciencia social”. Así, no es exagerado ampliar el esquizoanálisis al contexto interactivo del militante y del reaccionario, sean ambos anarquistas o no. Pues no vemos por qué el anarquista tenga que existir en una condición excepcional al ser humano común como para no tener que afrontar un doble vínculo en su vida diaria, menos vemos todavía la pauta generalizada a su saneamiento.
         Ciertamente la excepcionalidad del pensamiento político anarquista se resuelve en la ontología de sus hacedores, pero no encuentro por qué está ontología en lo cotidiano tendría que ser distinta a lo constitutivo de toda la humanidad en lo particular. De hecho, hay todo un mundo de interacciones que precisan de ser transformadas, como son la condición síquica en que se desenvuelve la guerra y nuestra propia guerra contra el estado produciendo estados de ánimo muy peculiares entre militantes, como es estigmatizarse entre sí. El estado no tiene herramientas para sanear su salud mental, mucho menos su voluntad; nosotras y nosotros sí.
        Ante este contexto patológico, el reaccionario es producto natural de un medio francamente sicótico –el suyo, el que reproduce la institucionalidad estatal como lógica de dominación: el gobierno y la gobernanza como falsas prácticas culturales y políticas. A través de su acción institucional, esto es, paraestatal, se reproduce la condición activa del proceso alienante de ocupación a la existencia humana. La polarización del método y la acción constituyen el encauce del dogmatismo ya mistificado durante este proceso junto a los aspectos concretos de la pragmática política.
         Por eso el reaccionario está a la orden del dogma, del misticismo nacionalista o no, como tampoco puede figurar como un elemento de transformación positivo. Se nos debería presentar ahora una excelente oportunidad para hacer autocrítica a la militancia, la que no es capaz de hacer frente a su polarización ideológica, y que convierte en un ciego e ingenuo utilitarismo al colectivismo o al individualismo; así como una autocrítica a la altísima selectividad, selectividad ajena a nuestra inspiración libertaria esos filtros de asociación y afinidad para etiquetar la lucha social y certificarla ¡oh, desgracia del doble vínculo! efectivamente como “lucha social”. Toda una larga tradición de segregaciones históricas con la que Malatesta no dudaría en combatir.
         En el reaccionario confluyen las contradicciones nacionales del chauvinista, del patriota, del moralino, creando una poderosísima aporía del patriarcado y del paternalismo, obstaculizado el libre despliegue de la razón ya emancipada del misticismo y de toda esta sensualidad en la praxis o la idea. Hay un elemento romántico, fatalmente romántico, en esta figura de la organización de aptitudes en el hacer militante, por la que toda idea, toda acción, también son sensualizadas y despojadas del elemento pragmático de su consecución tras una pueril idealización, contra el elemento que constituye toda esa red de vínculos y de propuestas materializadas en tiempos y retroalimentaciones. No hablamos de disciplina: hablamos de la constancia de un ser cuya integridad se recrea en la dedicación, en los valores ácratas de la fraternidad, que se autodetermina y se reconoce en ello porque reconoce su individualidad en la de otros. La organización es apenas una sofisticación, un artefacto de nuestro instinto de gregario por la que nos conferimos libertad.

         3. Es necesario un cambio de confrontación, desde lo que hasta ahora han convenido en llamar “prácticas contrahegemónicas” hacia las áreas medulares de la ciencia, la educación y la economía.
         Confrontar gratuitamente a las fuerzas del estado sin un objetivo claro de autodefensa, así, por la sola provocación, no solo es una estrategia al garete, absurdo como estrategia de guerra (más bien, es una no estrategia) sino que es de esperar mayor respuesta de la reacción, de todas las fuerzas reaccionarias involucradas para proteger todos y cada uno de sus flancos no ocupados.
         Ciertamente ha dado mucho de qué hablar el insurreccionalismo; pero es preciso hacer un señalamiento de sus expresiones en México. Y es que la radical diferencia entre el insurreccionalismo de Mahkno, de componente fuertemente campesino, y el insurreccionalismo malatestiano elevada a ideología en Bonanno, se explican ambas por la reacción autoritaria por contener la respuesta obrera-campesina en Italia, Grecia, España y Ucrania. Especialmente la ideología de Bonanno nace en el contexto de una interesante agitación sindical pugnada contra el reformismo concejal. Hay pues, un desfase en los alcances organizativos del insurreccionalismo importado a México en sus posibles actores revolucionarios y son: 1) el pueblo trabajador no está familiarizado del todo con la acción directa sindical, 2) ni entre el campesinado mexicano se experimenta el comunismo libertario como fuera en Ucrania-España, al que se busca despertar, incapaz de ejercer la autogestión.

       En vez de contagiar la efervescencia popular, acomete una auténtica mistificación de la revolución social a partir del descontento generalizado, y que es eso, apelar a un misticismo, a la romantización de la acción directa como si, mágicamente, contagiará de rabia a los no familiarizados con la lucha social, así, de la noche a la mañana, semejante a una caricatura de la generación espontánea que se esmeró en demostrar con pobres experimentos que… las ratas se generaban a partir de la suciedad y con algunas migas de pan.
         Dice Bakunin: “Si los instintos hubieran sido suficientes para emancipar al pueblo, esa liberación se habría dado hace ya mucho tiempo. Para defenderse cuenta solamente con un arma, la de su instinto, que siempre tiende hacer lo verdadero y lo justo… Pero el instinto no es un arma adecuada para defender al proletariado de las maquinaciones de las clases privilegiadas. El instinto, abandonado a sus propias fuerzas, sin haber sido transformado en pensamiento conciente y claramente definido, se deja con facilidad desencaminar, pervertir y engañar. Y le es imposible alcanzar esa autoconciencia; sin la ayuda de la educación y la ciencia –el conocimiento de los problemas y del hombre, junto a la experiencia política– está ausente (la autoconciencia) en el proletariado”[6].
         El desfase del insurreccionalismo en México queda mucho más evidente al reconocer la casi nula socialización del conocimiento social y científico en materia síquica, física y ecológica, justo como le conviene a una élite gobernante administrar la ignorancia, simiente nutritivo y retrógrado para la reacción. Con todo, no podemos descartar los alcances del insurreccionalismo en Guerrero, como la dimisión del gobernador Ángel Aguirre, hasta dar por concluido el ciclo vital de acciones propugnadas ante normalistas desaparecidos y sus familias —pero hasta Bakunin expuso un programa revolucionario, claro y definido para llevar a cabo la emancipación de la causa eslava, tres años antes de la comuna de París.

Para que acaecieran las revoluciones francesas, y posiblemente todas las revoluciones nacionales del s. XIX, no solamente existía la rebelión generalizada, existía un orden de conciencia individual y colectiva tal que hacía creíble la universalización del bienestar humano guiado por el conocimiento científico, la instrucción libre y el desarrollo de las artes, sin menosprecio de la dimensión individual. No hubo espacio alguno que fuera desestimado, ni se descuidó la efervescencia insurreccional de los pobladores, ni se descuidó ese ambiente cultural e intelectual que se identifica con el enciclopedismo.

Hoy podemos desestimar perfectamente la dirección política enciclópedica, abslutamente liberal y mercantilista, que también termina por ser un antropocentrismo en toda su racionalidad desnuda, pero no así los beneficios de la instrucción en personas, mucho menos podemos desestimar el componente pedagógico del aprendizaje como convivencia social. Esta racionalidad antropocéntrica, que la antisiquiatría denuncia patológica, acompaña al estado de cosas, acompaña a la relación humano-humano y humano-ambiente, y ya no hay quien guarde duda la necesaria ECOLOGIZACIÓN de nuestras relaciones, desde una ecología mental a una ecología en la relación hombre y mundo. Lo que trato de decir es no se puede ignorar el efecto moral e intelectual que tuvo la socialización del conocimiento, LA INSTRUCCIÓN ORGANIZADA EN COLECTIVO durante el siglo de las luces, y que madurarían estas prácticas y estas ideas en el s. XIX como la gran era de las revoluciones (como le llamara Hobsbawm) lo cual no es menos apremiante la necesidad de transformación en la moral y en el pensamiento.

¡Pues la guerra también es una estrategia y merece conocerse tanto como al enemigo, asimismo aprovechar satisfactoriamente los medios de la guerra!
         Parece más que el contexto político mexicano induce más a la desesperación que a la cabeza fría de la táctica y al atentado político, bien planeado y premeditado, además desconociendo campalmente la ejecución programática de instrucciones racionales y estructuradas contra un enemigo bien vivo y sus iniciativas. “Cuando es llevado a extremos de desaliento, el hombre es capaz de estallar en un rapto de indignación. La desesperanza es un sentimiento penetrante, intenso. Le saca del sopor del sufrimiento resignado y eso ya supone una comprensión más o menos clara de la posibilidad de una existencia mejor a la que, sin embargo, no espera llegar. (…) Pero como no es posible permanecer mucho tiempo en la desesperación, esto lo lleva a la muerte o a la defensa de una causa. ¿Qué causa? La causa de la emancipación, por supuesto, y del logro de una vida mejor”[7].
         Sencillamente la desesperación no puede organizar la voluntad colectiva, mucho menos la revolución social, antes bien, oculta la necesidad de organización para mistificar los pasos programáticos de la revolución social que estamos construyendo. Como afirma Bakunin, es urgente una preparación integral en las ciencias sociales y naturales para lograr obtener una mejor visión de conjunto, a la altura de la responsabilidad histórica que estamos dispuestos afrontar. La tarea se presenta también como una realidad aparentemente metafísica, pero no tanto, como lo es la ontología del militante en su vida cotidiana y diaria, y de cualquier sujeta y sujeto ordinarios, cuyo desenvolvimiento personal transformen los modelos de relación afectiva como de cognición del mundo por los que abordamos nuestras problemáticas. Vendría darse esta participación en la modificación de paradigmas y metodologías en la ciencia, en la concepción propia del valor en economía y ética, es más, en la negación del valor en la economía como máximo logro del pensamiento materialista, entre muchos otros pormenores, en un necesario cambio de episteme en el logos y en el pathos, en la educación y en la política, ayudando directamente al progreso de la práctica y de la idea en ámbitos mucho más sutiles, de larga duración.
         Hablamos de un Paul Goodman en sicología, una Louise Michell entre pedagogos, un Kropotkin en la geografía, un Durruti en el pueblo trabajador, una Goldman entre las parteras, un Biófilo en la poesía, un Gori entre abogados, un Bakunin organizador –tales son las aptitudes cotidianas y vitales en las que nos hemos desempeñado ayer y siempre, cuyas complementaciones hacen la diferencia e inspirando la moral anarquista de un afecto e inteligencia desbordados en el espíritus solidario.
         Pero no nos equivoquemos. Las aptitudes natural y socialmente desarrolladas para estos distintos escenarios científicos y humanísticos, son también el contexto en el que desparecemos y aparecemos desde nuestra nada creadora. No significa en modo alguno desechar la clandestinidad, el sabotaje, y otros medios de contención a la reacción, mucho menos significa el tomar y relevar órganos de administración estatal (las vías del clandestinaje jamás serán agotados mientras exista un medio institucional por encima del individuo, de igual modo, el clandestinaje perpetuo resultaría en una negación a nuestra identidad, negación del resto de aptitudes no implementadas para la guerra y que nos hacen humanos, cotidianamente excepcionales). Significa darle espacios a la acción directa y a la acción política en otros niveles de la socialización para la regeneración social, que también la socialización del conocimiento y de la belleza está en evolución sincrónica con la propuesta libertaria.
         Experimentar la autodefensa es en realidad un autoconocimiento de las potencias agresivas con las que asumimos la táctica de confrontación, que regenera exclusivamente un contexto: el de confrontación, no la realización social en sí, de cuyo objetivo se trata la neutralizar la amenaza: los anarquistas no planeamos ni deseamos el exterminio. Minimizar bajas: la mayor responsabilidad en la guerra es preservar la vida. Por ello adelantémonos a los escombros. Quien piense la violencia indiscriminada y gratuita en la población promoverá un cambio, esa persona todavía está en lógica de dominación –a saber, que la primacía de la revolución se hará a cualquier costo, cuando ha sido a cualquier costo el enorme precio de muchas revoluciones, especialmente las comunistas. “Éstos camaradas están ansiosos de ver la victoria, al igual que nosotros; pero para vivir y lograr la victoria no es necesario renunciar a las mismísimas razones que nos dan vida y distorsionar el carácter de la eventual victoria. Queremos luchar y triunfar, pero como anarquistas –por la anarquía” [8].
         Se antoja que la idea de revolución social ha sido en parte mistificada por la inmediatez del apremio político y social de la transformación. Pero sucede que hay un largo aliento para este cambio de paradigmas y actitudes, y que todas las revoluciones toman acceso a través de un momento coyuntural, como bien sugiere Bakunin en Tácticas revolucionarias, una vez desarrolladas las tensiones y la organización bélica social de la táctica. Socialización de tácticas, tal es la consigna. Es una mezcla de azar y de casuística, esto de la insurrección, sea espontánea o no, como se explica actualmente el universo y la sociedad según la ciencia y la teoría no teleológicas, es decir, no deterministas.

         Por otro lado, asumida la disposición económica de la guerra, las coyunturas son parte de las condiciones contrahegemónicas en la que las prácticas culturales inciden en su aparición o su retardo, de ello se nutre la actividad económica para desnaturalizarlas y volver dichas prácticas a la lógica de dominación. Esto es problema de las industrias culturales, no de sus prácticas sociales –el error es constituir esta contrahegemonía, de relación cismática en su punto de inflexión obligadamente referenciada a su enemigo, cuando en verdad se precisa una ruptura con la inflexión y el estado de desarrollo de la hegemonía y el estado de desarrollo contrahegemónico para crear ontologías distintas a las opresoras y a las del esclavo, referencias distintas a las ya practicadas. Nos reconocemos más allá de la actividad política y económica de las etiquetas, precisamente en la práctica cultural de la alimentación, de la recreación, de la música y las letras, de la amistad y del amor, hasta en nuestros modelos comunicativos; son estos los contextos vitales, cotidianos, por los que se desenvuelve la vida humana bien lejos de su normatividad, de la hegemonía, o más bien, a pesar de la normatividad, para darle vida e inspiración al proyecto libertario.

         Es preciso, urgente, escuchar y aglutinar todas estas voces, de pueblos autóctonos, de tribus urbanas, de estudiantes y trabajadores reproduciendo vida cultural hacia una configuración de fuerzas articuladas dentro del amplio contexto multinacional mexicano. Creemos firmemente será la organización de la juventud la que dé los primeros pasos hacia la solidaridad de clase, precisa y necesaria en esta articulación de las resistencias. ¿Pues quiénes más serían capaces de revitalizar a sus viejos? El contacto entre el estudiante y el pueblo trabajador es el apremio histórico de pasar a las nuevas modalidades de confrontación y acción, elevando el nivel de organización histórica entre ambos, construyendo y favoreciendo nuevos escenarios de acción directa y acción política –ésta es la tarea próxima a lograr si realmente queremos trazar un programa revolucionario capaz de vincular a todos los sectores oprimidos de la sociedad.

Textos consultados:
 
[1] de Cleyre, Voltairine. Acción directa.
[2] Malatesta, E., Anarquía y anarquismo.
[3] Malatesta, E. Anarquismo y anarquía. Diferente edición, ambas en red.
[4] Comité Invisible. Desaparezcamos..
[5] Bateson. G., Pasos hacia una ecología de la mente. Una aproximación revolucionaria a la autocomprensión del hombre.
[6] Bakunin, M. Tácticas revolucionarias. Esta cita cuenta con un error en la sintaxis en las últimas líneas. Hemos tratado de añadir una puntuación más legible respetando la integridad de las palabras del texto y manteniendo lo posible el sentido de la oración.
[7] Ibid.
[8] Malatesta, E., Un plan de organización anarquista.