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La anarquía antes del anarquismo II: Prometeo, el titán rebelde
#1
[Imagen: prometeo01.jpg]

El viejo ácrata Enrique Arenas reflexionó: “Se puede ser rebelde y no anarquista; pero no se puede ser anarquista sin ser rebelde; de aquí que, afirmemos que la rebeldía no es anarquismo”. Un silogismo muy cierto que se refiere a una característica esencial de la Idea anarquista y que, al momento de pensar en aquellas figuras que antecedieron a la forma moderna del anarquismo, nos permite comprender las formas y principios que impulsaron a quienes hoy podríamos considerar como anarquistas antes del anarquismo.

Es, justamente, Max Nettlau quien reflexiona acerca de la relación que existe entre la rebelión y la Anarquía en los tiempos prehistóricos, señalando que en la mitología podemos encontrar la memoria de las rebeliones:

“Son los Titanes que dan el asalto al Olimpo, Prometeo desafiando a Zeus, las fuerzas sombrías que en la mitología nórdica provocan el crepúsculo de los dioses, es el diablo que en la mitología cristiana no cede nunca y lucha a toda hora y en cada individuo contra el buen Dios, ese Lucifer rebelde que Bakunin respetaba tanto, y muchos otros”.

En este sentido, viene al caso preguntarse: ¿Cuál era el contenido de las rebeliones a las que hace alusión Nettlau? Se trata de rebeliones originarias, mitológicas, que podríamos situar en las antípodas del origen de la humanidad y que, por lo tanto, ponen en duda su propia condición y se enfrentan a la creación como tal. Ya lo señaló Albert Camus en El Hombre Rebelde: “(…) no puedo dudar de mi grito y tengo que creer, al menos, en mi protesta”. Las rutas que posteriormente tome la rebelión, en cuanto movimiento mismo de la vida, pondrán en tensión la posibilidad de la destrucción de los otros, o bien su capacidad de levantar un ser, como gesto de amor y fecundidad. No obstante, como el hombre es aquel ser que se niega a sí mismo, es capaz de olvidar sus generosos orígenes, y hacer de la rebelión una máquina mortífera en nombre del poder y la historia.

Reflexionar sobre la Anarquía antes del anarquismo supone, entonces, pensar en el origen generoso de la rebelión. De ahí que nos interese el razonamiento de Max Nettlau y, particularmente, la historia del titán Prometeo, memoria de una obstinada rebeldía, o relato de un desobediente amor por los hombres.

Prometeo era primo de Zeus: el primero era hijo del titán Japeto, mientras que el segundo lo fue de Crono. Como todo mito, la historia de Prometeo tiene diversas versiones. Por ejemplo, según se señala en la Teogonía de Hesíodo, escrita por el siglo VII y VIII a.C., Prometeo nació de Japeto y Clímene, una bella Oceánide. Mientras que algunas versiones relatan que Prometeo creó a los hombres moldeándolos con arcilla, en la versión de Hesíodo es, simplemente, el bienhechor de la humanidad, el titán filántropo. Ciertamente, esto último es su rasgo principal y es el que podemos encontrar en sus diversas historias y versiones, además de su carácter mañoso y astuto.

La historia a la que nos referiremos a continuación es, sin duda, la más conocida de todas. Ha tenido referencia en variados autores griegos y latinos, como Esquilo, Aristófanes, Luciano de Samosata, Virgilio y Ovidio, y otros más modernos, como Percy Shelley y Nikos Kazantzakis.

Todo comienza en Mecona, durante una celebración que termina con la separación entre dioses y hombres. Allí, Prometeo ofreció un buey dividido en dos partes: en un lado coloca la carne cubierta por el vientre del buey, y en el otro los huesos disimulados bajo brillante grasa blanca. Ofrece a Zeus su parte, para que el resto quede para los hombres. Zeus escoge la brillante grasa, sin percatarse que en el fondo eran solo huesos. Encolerizado, castiga a los hombres, benefactores de la astucia prometeica, quitándoles el fuego. Es entonces cuando, según la descripción de Esquilo en su tragedia Prometeo Encadenado, los hombres, sin fuego, se asemejan a fantasmas de un sueño, amasando la vida al azar. Prometeo, en su amor por la humanidad, roba el fuego de la “rueda del Sol” de los dioses y corre a entregárselo a los hombres, para que hicieran uso del fuego en beneficio de ellos.

La connotación de este hecho es doble: por un lado, el acto de rebeldía de Prometeo, y, por otro lado, la significancia del fuego. Respecto al primero, hay que señalar que Prometeo es duramente castigado por Zeus, quien lo ata a una roca en lo alto del Cáucaso, abandonado de todo, y le envía un ave de amplias alas, que devora su inmortal hígado durante el día, creciendo por las noches las mismas proporciones devoradas. Pese a todo, y aun cuando se ofrece su liberación si dice cómo será la caída de Zeus (Prometeo tenía la facultad de ver el futuro), Prometeo se mantiene obstinado: “no cambiaría mi sufrimiento por tu servilismo”, dice en la tragedia de Esquilo, o “sabes bien que aborrezco a los dioses todos”, según Aristófanes escribe en su comedia Los Pájaros.De aquí podemos vislumbrar la segunda connotación del mito: el valor de su acto, y las razones por las cuales Prometeo cree en él, es que el fuego no solo es un elemento transformador, el motor de la sofisticación de la técnica, sino también es el arte. De hecho, la palabra griega “téchne” se traduce como “arte”, “ciencia” o “profesión”, es decir, arte y técnica habitan juntas y, más aún, ellas suponen la esencia del hombre: para dejar de vivir como fantasmas de un sueño, necesitamos del arte.

De esta forma, la rebeldía de Prometeo le dio al hombre una facultad única: la creación artística. Si los dioses no sufren, ellos no pueden conocer la creación artística. La rebeldía ante los dioses, por lo tanto, es mayor aún: se ha encontrado aquello de lo que los dioses carecen. Una tardía versión de Prometeo, de Luciano de Samosata (siglo II d.C.), versa: “Me parecía que algo le faltaba a la divinidad en tanto no había nada que oponerle”.

Una mitología, entonces, que podemos leer a la luz fogosa de las ideas anarquistas. Camus lo anotó en su ensayoPrometeo en los infiernos: “Los mitos no tienen vida por sí mismos. Aguardan a que nosotros los encarnemos”. Este mito contiene savia intacta, puede ser una posible resurrección. Porque es cierto, dice Camus, que si Prometeo volviera a robar el fuego serían los mismos hombres quienes lo encadenarían al Cáucaso, pues ellos no desean más el arte. Solo necesitan la técnica.

A nosotros y nosotras nos quedaría preguntarnos: Si encarnamos el mito, ¿a quiénes debemos robar el fuego?, ¿desde dónde debemos extraerlo?, ¿puede la técnica suponer un arte, y viceversa?, ¿reorganizar los oficios, como diría Proudhon? Recordemos, aun en esta avanzada, pero contradictoriamente salvaje, civilización: Aún queda todo por hacer, que será necesario volver a pensar en el fuego.

Ulises Verbenas
Fuente: http://grupogomezrojas.org/





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Gracias dadas por: supercristin1


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