Calificación:
  • 0 voto(s) - 0 Media
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
La anarquía -Sebastien Faure-
#1
[Imagen: 650845.jpg]

La palabra ANARQUÍA viene del griego y está compuesta de la partícula privativa a y de arquía, mando, poder, autoridad. Etimológicamente, pues, lapalabra ANARQUÍA, que debería escribirse an-arquía, significa estado de un pueblo, o dicho con más exactitud, de un medio social sin gobierno.
Como ideal social y como realización efectiva, ANARQUÍA quiere decir una manera de vivir en la cual el individuo, desembarazado de toda coacción legal y colectiva que tenga a su servicio una fuerza pública no tendrá otras obligaciones que las que le imponga su propia conciencia. Poseerá, por tanto, la facultad de entregarse a las inspiraciones reflexivas de su iniciativa personal; gozará del derecho de intentar todas las experiencias que le parezcan deseables o fecundas; aceptará libremente todos los contratos que le liguen a sus semejantes, siempre de carácter temporal y revocable; y no queriendo hacer sufrir la autoridad de otro, sea quien sea. Así, dueño soberano de sí mismo, de la dirección que dé a su vida, de la utilización que haga de sus facultades, de sus conocimientos, de su actividad productora, de sus relaciones de simpatía, de amistad y de amor, el individuo organizará su existencia como mejor le parezca: desenvolviéndose en todos los sentidos a su manera, gozando, en todo, de su plena y entera libertad, sin más límites que los señalados por la libertad, plena y entera también, de los demás individuos.
Esta manera de vivir implica un régimen social del que está desterrada, de hecho y de derecho, toda idea de salario y asalariado, de capitalista y proletario, de amo y servidor, de gobernante y gobernado.
Se explica que, definida así la palabra ANARQUÍA, haya sido, con el tiempo, insidiosamente desviada de su significación exacta; que haya sido tomada en el sentido de “desorden”, y que en la mayoría de los diccionarios y enciclopedias sólo se mencione esa acepción: desorden, y sus sinónimos: caos, trastorno, confusión, etcétera.
Exceptuando a los anarquistas, todos los filósofos, moralistas y sociólogos, incluso los teóricos de la democracia y los doctrinarios del socialismo, afirman que sin gobierno, sin legislación, sin una fuerza represiva que asegure el respeto a la ley y castigue toda infracción de ésta, no hay, no puede haber más que desorden y criminalidad.
Ahora bien; ¿es que no se dan cuenta, moralistas y filósofos, estadistas y sociólogos, del espantoso desorden que, a pesar de la autoridad que gobierna y de la ley que reprime, reina en todas partes? ¿Tan ayunos están de sentido crítico y de espíritu de observación que no advierten que, cuanto más aumenta la reglamentación, y más se estrechan las mallas de la legislación, y más se extiende el campo de la represión, en mayor grado se multiplican la inmoralidad, la abyección, los delitos y los crímenes?
Es imposible que esos teóricos del “Orden” y esos profesores de “Moral” confundan seria y honradamente lo que ellos llaman “Orden” con las atrocidades, los horrores y las monstruosidades cuyo indignante espectáculo pone ante nuestros ojos la observación diaria.
Y, si hay grados en lo imposible, mayor es aún la imposibilidad de que esos sabios doctores acudan a la virtud de la Autoridad y a la fuerza de la Ley para atenuar y hacer desaparecer a fortiori todas aquellas infamias.
Semejante pretensión sería pura demencia.
La ley tiene un solo objetivo: justificar primero y sancionar después todas las usurpaciones e iniquidades sobre las cuales se asienta lo que los beneficiarios de esas iniquidades y usurpaciones llaman “orden social”. Los detentadores de la riqueza han cristalizado en la ley la legitimidad original de su forma; los detentadores del Poder han elevado a la categoría de principio inmutable y sagrado el respeto debido por las muchedumbres a los privilegiados, al Poder y a la majestad con que se aureolan. Se puede examinar hasta el fondo el conjunto de esos monumentos de hipocresía y de violencia que son los Códigos, todos los Códigos: no se hallará una disposición que no esté en favor de estos dos hechos de orden histórico y circunstancial que se pretende convertir en hechos de orden natural y fatal: la Propiedad y la Autoridad. Cedo a los hipócritas oficiales y a los profesionales del charlatanismo burgués todo lo que en la legislación se refiere a la “Moral”, ya que ésta no es, ni puede ser, en un estado social basado en la Autoridad y en la Propiedad, más que la humilde servidora y la desvergonzada cómplice de aquélla y de ésta.
A propósito de la palabra ANARQUÍA, tomada en el sentido de desorden, nos parece conveniente transcribir estas magníficas palabras de Kropotkin:
«“¿De qué orden se trata? ¿Es de la armonía con que soñamos los anarquistas? ¿De la armonía que se establecerá libremente en las relaciones humanas cuando la humanidad deje de estar dividida en dos clases, una de las cuales es sacrificada en provecho de la otra? ¿De la armonía que surgirá espontáneamente de la solidaridad de intereses, cuando todos los hombres formen una sola familia, cuando cada uno trabaje para el bienestar de todos y todos para el bienestar de cada uno? ¡Claro que no! Los que tachan a laANARQUÍA de ser la negación del Orden, no hablan de esta armonía de porvenir; hablan del orden tal como se le concibe en nuestra sociedad actual.
Veamos, pues, lo que es ese “Orden” que la ANARQUÍA quiere destruir.
“El Orden de ahora, lo que se entiende por “Orden”, es que las nueve décimas partes de la humanidad trabajen para procurar el lujo, los goces y la satisfacción de las pasiones más execrables a un puñado de haraganes. El Orden de la privación, para esas nueve décimas partes, de todo lo que es condición necesaria para una vida higiénica, para un desenvolvimiento racional de las cualidades intelectuales. Reducir a nueve décimas partes de la humanidad a vivir al día, como bestias de carga, sin poder atreverse a pensar jamás en los goces suministrados al hombre por el estudio de las ciencias, por la creación artística: ¡he ahí “el Orden”!”
“El Orden es la miseria, el hambre convertida en estado normal de la sociedad. Es el campesino irlandés muriendo de hambre; es el pueblo de Italia reducido a tener que abandonar su campiña lujuriante para vagar a través de Europa en busca de un túnel cualquiera que perforar, en donde correrá el peligro de morir aplastado, tras haber subsistido unos meses más; es la tierra arrebatada al campesino para dedicarla a la cría de ganado o de caza, que servirá de alimento a los ricos; es la tierra dejada sin cultivar antes de restituirla al que no pide otra cosa que cultivarla”.
“El Orden es la mujer que se vende para sustentar a sus hijos; es el niño reducido a estar encerrado en una fábrica o a morir de inanición; es el fantasma del obrero rebelde ante las puertas del rico, el fantasma del pueblo sublevado ante las puertas de los gobernantes”.
“El Orden es una minoría ínfima elevada a los sitiales gubernamentales, que se impone, por esta razón, a la mayoría, y que adiestra a sus hijos para ejercer más tarde las mismas funciones, a fin de mantener los mismos privilegios por la astucia, la corrupción, la fuerza y la matanza”.
“El Orden es la guerra continua de hombre a hombre, de oficio a oficio, de clase a clase, de nación a nación; es el cañón que no cesa de retumbar; es la devastación de las campiñas, el sacrificio de generaciones enteras sobre los campos de batalla, la destrucción en una año de las riquezas acumuladas durante siglos de rudo trabajo”.
“El Orden es la servidumbre, el encadenamiento del pensamiento, el envilecimiento de la raza humana, sometida por el hierro y por el látigo; es la muerte repentina por el grisú, la muerte lenta por el hundimiento, que hace perecer todos los años, enterrados y destrozados, a millares de mineros, víctimas de la avaricia de los patronos; es la persecución, bayoneta en ristre, de los que se atreven a quejarse. ¡He ahí el Orden!”».
Y para dar mayor fuerza a su pensamiento, Kropotkin continúa en estos términos:
«”Y el desorden, lo que suelen llamar desorden, es el levantamiento del pueblo contra ese orden innoble, rompiendo sus cadenas, destruyendo sus trabas y yendo hacia un porvenir mejor; es lo más glorioso que la humanidad tiene en su historia; es la rebelión del pensamiento en la víspera de las revoluciones; es el derrocamiento de las hipótesis sancionadas por la inmovilidad de los siglos precedentes; es la aparición de todo un raudal de ideas nuevas, de invenciones audaces; es la solución de los problemas de la ciencia”.
“El desorden es la abolición de la esclavitud antigua; es la insurrección de los municipios, la abolición de la servidumbre feudal, las tentativas de abolición de la servidumbre económica”.
“El desorden es la insurrección de los campesinos sublevados contra los curas y los señores, quemando los castillos para dejar sitio a las cabañas, saliendo de sus guaridas para ocupar un sitio al sol”.
“El desorden, lo que llaman el desorden, son las épocas durante las cuales generaciones enteras soportan una lucha incesante y se sacrifican para preparar a la humanidad una existencia mejor, librándola de las servidumbres del pasado. Son las épocas durante las cuales el genio popular cobra su libre desarrollo y da, en pocos años, pasos gigantescos, sin los cuales el hombre permanecería en el estado de esclavo antiguo, de ser rastrero, de animal envilecido en la miseria”.
“El desorden es el nacimiento de las más bellas pasiones y de las mayores abnegaciones; es la epopeya del supremo amor a la humanidad”».

ORDEN Y ORDEN
Juan Guillermo Colins, el fundador del socialismo racional, ha expuesto, en sus múltiples producciones, que el Orden es indiscutiblemente necesario a la vida de los hombres agrupados en sociedad. Ahora bien, dice (resumo aquí lo esencial de su doctrina), el Orden no puede basarse más que en la fuerza o la razón. Si se basa en la fuerza, sólo puede mantenerse por la violencia sistemática y gubernamentalmente organizada. Si se basa en la razón, halla su punto de apoyo en la aquiescencia voluntaria y reflexiva de todos. En el primer caso, el Orden, sinónimo de injusticia y de desigualdad, es inestable, frágil, efímero; está constantemente expuesto a ser perturbado por el descontento y la insurrección de la muchedumbre a la que pretende imponerse; y entonces el Orden no se concibe sino bajo la forma del policía y del verdugo. Mas si se basa sobre el granito de la razón, madre de la justicia y de la igualdad, el Orden llega a ser de una sorprendente estabilidad: los cambios, las transformaciones traídas del régimen social no hacen más que fortalecer su poder, puesto que esos progresos y mejoras son el resultado de un esfuerzo nuevo hacia un resplandecimiento más fecundo de la razón misma.
Los anarquistas se expresan de un modo casi idéntico. Dicen que el orden social no puede apoyarse más que en la violencia o en la armonía. Si se apoya en la violencia, es evidente que dimana -sea cual sea en sus detalles-del principio de autoridad, y que encarna en la institución gubernamental proclamada necesaria. Si, por el contrario, se apoya en la armonía, excusado es decir que procede -sea cual sea en sus detalles- del principio de libertad, y que la organización del orden social así concebido y realizado rechaza implacablemente todo organismo central: Poder, Gobierno, Estado, que engendra e implica fatalmente la violencia.

JUSTIFICACIÓN DEL ANARQUISMO
En ciencia, cuando después de haber recorrido con perseverancia el ciclo de las experiencias, hechas sobre la aplicación de un mismo principio, se ha demostrado y reconocido que esas experiencias no han llevado a los resultados que se esperaban; cuando por la acumulación de estos reiterados fracasos se ha establecido que principio, método y resultados se excluyen; en ciencia, digo, es usual y corriente condenar, en tales condiciones, el método aplicado y el principio del cual aquél no es más que la realización práctica. Ahora bien; he aquí que hace siglos y siglos que, para organizar y asegurar la armonía social, los pensadores, teóricos y doctrinarios fieles al principio de autoridad aplican, en el dominio social, todos los métodos de gobierno posibles e imaginables. Puede decirse que no han olvidado ninguno: aristocracia, democracia, oligarquía, plutocracia, poder absoluto, poder constitucional, monarquía, república, dictadura, cesarismo; la historia atestigua que se han experimentado todas las formas gubernamentales. El resultado constante de esos experimentos ha sido constante el embrollo, el desorden, los antagonismos, las guerras, los crímenes de toda clase, en todos los tiempos y en todos los lugares.
Pues buen; lejos de condenar el principio de autoridad y de renunciar a los métodos de aplicación que de él se derivan, nuestros amos -es bien fácil comprender por qué- se obstinan en afirmar que es necesario aquel principio y que son excelentes estos métodos.
Esto es sencillamente una aberración. Sólo los anarquistas se alzan contra esa incurable locura. Sólo ellos afirman que, no habiendo engendrado el Gobierno, el Estado, la Autoridad, desde que existen, en todos los países del mundo, a pesar de los cambios de forma y de nombre, de la transformación de las constituciones y de los regímenes, más que confusión, sufrimiento, miseria, guerras y desórdenes, la más elemental cordura exige que se renuncie a esperar de ellos lo que no pueden producir, y que se intente lealmente el ensayo de una organización social sin Gobierno, sin Estado y sin Autoridad; es decir, el ensayo de una sociedad anarquista.

INUTILIDAD DE TODA OPOSICIÓN AL ANARQUISMO
Como puede verse, el concepto anarquista no es fruto de generación espontánea. No ha nacido súbitamente y como por parte del birlibirloque de una hipótesis que surge sin que nada la haya suscitado, de una inspiración repentina, pueril o genial. Este concepto hunde sus raíces en el suelo profundo de la Historia, de la experiencia y de la razón. Y estas raíces son ya indestructibles. Todavía les es posible a los amos cortarlas a medida que rasgan la corteza de los prejuicios que las cubren y les impiden mostrarse a los ojos de todos; pero no por eso dejan de persistir en desarrollarse, robusteciéndose y extendiéndose en las entrañas del viejo mundo de opresión, de ignorancia, de miseria, de odio y de fealdad.
LA DOCTRINA ANARQUISTA SE RESUME EN UNA PALABRA: LIBERTAD
La ANARQUÍA no es una religión; no tiene por punto de partida ninguna revelación; no conoce afirmación dogmática alguna; repudia el apriorismo; no admite la idea sin prueba.
Es a la vez una doctrina y una vida: doctrina que se inspira en la evolución constante de los acuerdos individuales y colectivos que constituyen la vida misma de las personas y de las colectividades; vida que tiene en cuenta esa transformación incesante y se refleja en la doctrina.
Es una doctrina porque la historia, la experiencia y la razón nos han demostrado ciertas verdades cuya exactitud, confirmada por la observación y el examen escrupulosamente imparcial de los hechos, no es ya discutible. Esas mismas verdades son concordantes; no sólo no se combaten, sino que incluso se unen, se apoyan mutuamente, se encadenan. Ya fuertes y resistentes por sí mismas, cada una de esas verdades toma a las demás -próximas o distantes-un aumento de fuerza y de resistencia. Este conjunto de certidumbres es lo que forma y cimenta la doctrina, sobre cuyo fondo mismo todas las tendencias anarquistas, aunque numerosas, son unánimes e inseparables.
De esta doctrina se desprenden cierto número de principios directores que, aplicados a la vida, determinan el medio social que quieren instaurar los anarquistas.
Así, pues, por una parte es el estudio, la observación de la vida individual y social, lo que nos aporta las verdades y certidumbres sobre las cuales se edifica nuestra doctrina anarquista; por otra parte, son los principios directores los que, procediendo de esta doctrina, deben presidir a la organización de la vida individual y social que nosotros llamamos “la ANARQUÍA”.
La doctrina parte del individuo que vide en sociedad: he ahí el aspecto teóricode la ANARQUÍA. Después, como regla de vida, la ANARQUÍA parte de la doctrina y determina el medio social y sus innumerables convenios: he ahí el aspecto práctico de la ANARQUÍA.
Desde el punto de vista social, la ANARQUÍA se resume en dos palabras: Libre acuerdo. Si esta fórmula parece demasiado breve, si se quiere que sea más explícita, diré, para que gane en claridad y precisión: Libertad por el acuerdo, o mejor aún: Libertad de cada uno por el acuerdo entre todos. La libertad es el alfa y omega, es decir, el punto inicial y el punto final de la teoría: el libre acuerdo es el principio y el fin de la práctica. Dicho de otro modo: La libertad es la doctrina; el acuerdo es la vida.
Pero esto requiere más explicaciones. He aquí la demostración que se impone:
Todos los filósofos y sociólogos que han estudiado seria e imparcialmente la naturaleza humana, han comprobado que todas las aspiraciones, todos los deseos, todos los anhelos, todos los movimientos, todas las actividades del individuo tienen por objeto la satisfacción de una o varias necesidades. No hace falta, por lo demás, haberse entregado a profundos estudios filosóficos, biológicos o sociológicos para llegar a esta comprobación. Cualquiera de nosotros puede hacerla si se lo propone.
A esa primera comprobación hay que añadir la siguiente: que la satisfacción de una necesidad proporciona al que la siente una sensación de placer, mientras que la no satisfacción de esa necesidad le causa una sensación de pena.
Esta segunda comprobación es también una de las muchas que cualquiera de nosotros puede hacer y que no deja lugar a dudas.
De estas dos comprobaciones, de las que la segunda no es más que la consecuencia lógica de la primera, sacamos por conclusión que el individuo, al buscar la satisfacción de sus necesidades, tiene por mira el placer que encuentra, y en consecuencia afirmamos que el hombre busca la dicha.
La persecución de la dicha se convierte, pues, en el objetivo preciso al cual tiende el ser viviente.
Henos aquí llegados a un punto importante, que consideramos como fundamental de la ANARQUÍA.
El ser humano no vive en el aislamiento, sino que se agrupa con los seres de su especie: vive en sociedad. Esto nos conduce a pasar de lo individual a lo social. Si el individuo se agrupa, lo hace, en primer lugar, porque ello está dentro de su naturaleza y porque experimenta esta necesidad; en segundo lugar, porque instintivamente trata de aumentar su felicidad mediante el apoyo y la protección que espera encontrar en sus semejantes.
De ahí esta conclusión: la agrupación en sociedad tiene por objeto aumentar la felicidad de los que la constituyen. En otros términos: lo social debe contribuir a que el individuo se acerque al logro de su objetivo: la felicidad. Por consiguiente, la razón de ser de lo que ese llama sociedad no es otra que la de asegurar la felicidad de sus miembros.
Henos ya en posesión de un segundo puesto importante, fundamental de laANARQUÍA.
Dirijamos ahora una rápida mirada hacia atrás, tanto para ver el camino recorrido por nuestro razonamiento como para soldar fuertemente las dos comprobaciones que llevamos hechas.
Primera comprobación: el individuo busca la felicidad por la satisfacción de sus necesidades. Segunda comprobación: la sociedad tiene por objeto asegurar y aumentar la felicidad de todos sus miembros. Luego la felicidad del individuo es la finalidad de la vida individual, y la felicidad de todos los individuos es la finalidad de la vida social.
Así llego a la tercera de las comprobaciones que, ligadas entre sí, conducen a la primera de las certidumbres sobre las cuales descansa la doctrina anarquista.
De todas las formas de sociedad, la peor es forzosamente la que más se aleja del objetivo por alcanzar: la felicidad de los individuos que la componen. De todas las formas de sociedad, la mejor es forzosamente la que más se aproxima a aquel objetivo. La sociedad más criminal es aquella en que la proporción de los desgraciados es más elevada, y la sociedad ideal es aquella en que serán dichosos cuantos la compongan. El progreso social, el progreso verdadero, positivo, indiscutible, no es, no puede ser otra cosa que la ascensión gradual hasta esta sociedad ideal. Tal es nuestra tercera comprobación.
Como hace un momento, volvamos sobre nuestros pasos, o, mejor dicho, detengámonos y formemos un haz con las tres comprobaciones adquiridas:
Primera: El individuo busca la felicidad.
Segunda: La sociedad tiene por objeto procurársela.
Tercera: La mejor sociedad es la que más se acerca a este objeto.
Tenemos ya, aquí, la primera de nuestras certidumbres.
Busquemos la segunda, planteándonos esta cuestión: las múltiples formas de sociedad que se han sucedido hasta hoy, ¿han respondido al fin que debe asignarse la agrupación social: la felicidad de todos sus miembros?
Aquí entra la Historia en escena: la Historia, que nos ofrece las enseñanzas del pasado. Nos es preciso, pues, consultar la Historia. Esta nos suministra, apoyándola en la más abundante y auténtica documentación, la prueba de que la inmensa mayoría de los individuos ha sido, y es, desgraciada.
Me parece que, sobre este punto, no tengo que insistir. Así, pues, prosigo y planteo dos por qués ligados entre sí.
a) ¿Por qué han sido desgraciados los individuos? Porque casi todos ellos estaban privados de la facultad de satisfacer sus necesidades.
b) ¿Por qué estaban privados de esta facultad? Porque desde hacía siglos y siglos unos cuantos hombres se habían apoderado de todas las riquezas y de todas las fuentes de éstas, en detrimento de los demás hombres. Porque esos poseedores dictaron leyes destinadas a legitimar, a consolidar sus expoliaciones. Porque organizaron un Poder y unas fuerzas cuya misión era someter a los despojados, impedir que se sublevaran y, en caso de rebelión, castigarles. Porque los poseedores y amos inventaron unas religiones cuyo fin era imponer a los desposeídos y sojuzgados la sumisión a las leyes, el respeto a los amos y la resignación a su propio infortunio. Porque ese acaparamiento de la riqueza, esa legislación, ese Poder y esa religión se coligaron poderosamente contra la multitud de los explotados y de los oprimidos, privados así de la facultad de comer según su apetito, de hablar, de escribir, de agruparse a su capricho, de pensar y de obrar libremente. Porque la Propiedad era la autoridad de una clase sobre las cosas; el Estado, la autoridad sobre los cuerpos; la Ley, la autoridad sobre las conciencias, y la Religión, la autoridad sobre los espíritus y los corazones. Porque todos aquellos que no pertenecían a la clase dominante, en cuyas manos estaban reunidos el Capital, el Estado, la Ley y la Religión, formaban una clase innumerable de pobres, de súbditos, de sometidos a jurisdicción y de resignados. Porque, física, intelectual y moralmente, esa multitud estaba reducida a la esclavitud. Porque, en una palabra, esa multitud no era libre.
Esta clase no poseía ayer, ni posee hoy, la libertad de satisfacer las necesidades de su cuerpo, de su espíritu y de su corazón; por eso ha sido y sigue siendo desgraciada.
He ahí lo que, consultadas leal, atenta e imparcialmente, responden la Historia y la Experiencia. Ambas atestiguan que, en el seno de las sociedades pasadas, la clase más numerosa era desgraciada porque no era libre; y que lo mismo acontece en nuestros días.
La causa de todo el mal ha sido, pues, y lo sigue siendo, la autoridad bajo todas las formas, formas que ya he enumerado. El remedio consiste, por tanto, en romper todos los resortes de esa autoridad: Capital, Estado, Ley, Religión, y en fundar una sociedad enteramente nueva basada en la Libertad.
He ahí nuestra segunda certidumbre. Enlazándola a la primera, vamos a ver toda la doctrina.
Primera certidumbre: El hombre busca la felicidad; la sociedad tiene por objeto asegurársela: la mejor forma de sociedad es aquella que más se acerca a este objeto.
Segunda certidumbre: El hombre es feliz en la medida que es libre de satisfacer sus necesidades; la peor de las sociedades es aquella en que el hombre tiene menos libertad; la mejor es, en consecuencia, aquella en la cual tiene más libertad. La sociedad ideal será aquella en que el hombre sea completamente libre.
En conclusión: la doctrina anarquista se resume en una sola palabra: Libertad.

CÓMO SE REALIZARÁ LA ANARQUÍA
Pero he dicho que la ANARQUÍA es: primero, una Doctrina; segundo, una Vida. Vamos a pasar ahora de la primera a la segunda, de la teoría a la práctica, del principio a la realización, de la Doctrina que inspira e impulsa a la Vida que realiza.
De cuando llevamos dicho se desprende que el nacimiento de la ANARQUÍA (estado social sin Gobierno, sin Estado, sin Autoridad, sin violencia) no puede ser sino consecutivo a la muerte del estado social actual.
Aquí comienza la segunda parte de mi demostración.
La Historia, la Experiencia y el Razonamiento, esas tres abundantes fuentes de las que el hombre extrae todas las verdades útiles, nos han llevado a la condenación inapelable de todas las sociedades que practican el régimen de la autoridad y a la necesidad de instituir sobre la Libertad el medio social.
Me imagino, pues, hecha la revolución: la autoridad ha sido reducida a cenizas; se trata, ya, de vivir en libertad. Hemos destruido, nos es preciso reconstruir. ¿Qué haremos?
Los semilocos (no puedo, si son sinceros, calificarnos de otro modo) piensan todavía en un acoplamiento singular de los dos principios contradictorios de Libertad y Autoridad. Sueñan aún con asentar la libertad de todos sobre la autoridad de unos pocos, icono si la Autoridad pudiera dar origen a la Libertad y favorecer su desarrollo. Los anarquistas combaten este absurdo con una lógica implacable y una energía indómita. Se yerguen contra toda tentativa de restauración autoritaria; se oponen a todo ensayo de resurrección del Poder, sea en la forma que sea. Acaban por triunfar sobre sus adversarios y rompen sus últimas resistencias. Es el período, más o menos largo, durante el cual el deber más apremiante y la necesidad más imperiosa son defender la revolución libertaria victoriosa contra las reacciones ofensivas de los mantenedores de la autoridad, incluso de la que los anarquistas consideran como la más intolerable, más absurda y más peligrosa: la dictadura del proletariado.
Los defensores de la revolución estiman, en fin, que dos cosas contradictorias no pueden engendrarse mutuamente, puesto que se excluyen, y que, por consiguiente, así como la autoridad social no puede conducir a la libertad individual, del mismo modo de la libertad individual no puede salir autoridad social.
La quiebra y la abolición del principio de autoridad no se hallan bien definidamente establecidas. No se trata ya sino de dar al principio de libertad una realidad viva y fecunda.
Sigamos con ahínco el problema y no perdamos de vista que suponemos la autoridad gubernamental destrozada por la revolución triunfante: he ahí al individuo desembarazado de sus cadenas; se ha convertido en un ser libre, es decir, está en posesión de la facultad de satisfacer sus necesidades y, por consiguiente, de ser feliz.
Pero como es un ser sociable que vive entre sus semejantes y participa de la vida común, hay que precisar lo que habrá de dar a sus iguales y lo que deberá recibir de ellos; en qué condiciones y en qué medida colaborará a la satisfacción de las necesidades experimentadas por todos y obtendrá, en cambio, la satisfacción de las suyas.
El problema se impone, imperioso y urgente. ¿Cómo resolverlo? No hay que pensar en recurrir a la fuerza, a la violencia, a la sujeción, formas diversas de la autoridad, sino a la dulzura, a la persuasión, a la razón, formas múltiples de la Libertad.
Fijémonos en la razón. Ante todo, es preciso que ésta se imponga por sí misma, en virtud de su propia fuerza; por el único ascendiente de su prestigio, y no por amenazas o sanciones.
Entonces se indaga, se experimentan, se compulsan, se examinan los resultados de los diversos métodos de aplicación. Aparece el acuerdo, se muestra, se recomienda por sus resultados y conquista los sufragios.
Ahí está, elocuente y demostrativo, el ejemplo de la Naturaleza. Todo en ella es armonía por acuerdo libre y espontáneo, por afinidades y caracteres comunes entre individuos o unidades de la misma especie; las infinitamente pequeñas, como partículas de polvo, se buscan, se atraen, se aglomeran y forman organismos; estos organismos se buscan, se atraen, se aglomeran y forman organismos cada vez más vastos.
Se hace la prueba de este método tomado del origen natural, una prueba leal y realmente condicionada. Se repite el ensayo: los resultados, aplicados al orden social, son satisfactorios. Se extiende el ensayo, se aplica a masas crecientes: sale vencedor de esta prueba, triunfa, queda finalmente adoptado.
Este es el método del acuerdo libre y espontáneo. La unidad más pequeña: el individuo, busca, atrae a las demás, se aglomera con ellas y así se forman los municipios. Los municipios, a su vez, se buscan, se atraen, se aglomeran y forman un organismo más vasto aún y más complejo: la nación.
Acuerdo entre los individuos y las familias que constituyen el organismo municipal; acuerdo entre los municipios que constituyen el organismo regional; acuerdo entre las regiones que constituyen el organismo nacional; acuerdo de abajo arriba, acuerdo en todos los grados, acuerdo en todas las partes.
Los pueblos que viven en comunismo libertario se buscan, se atraen, se aglomeran y forman un organismo más vasto aún que la nación. El día en que todas las naciones vivan en comunismo libertario, se buscarán necesariamente, se atraerán fatalmente, se aglutinarán y formarán un inmenso organismo internacional que las englobe a todas. Ésta será la realización mundial de la libertad de cada uno por el acuerdo entre todos.
Porque, lo que no hay que perder de vista, es que la organización central no es ya, como antes, el organismo más vasto, que por vía de absorción o de anexión, de violencia o de guerra, acarrea la comprensión de los organismos intermediarios y de los núcleos para llegar al aplastamiento de las moléculas individuales. Todo lo contrario: la molécula individual es la que, por vía de acuerdo y de extensión o desarrollo, se une a las moléculas más próximas y forman núcleo con ellas; luego, pasando por organismos cada vez mayores y ensanchándose continuamente, el círculo de acuerdo reúne, en una vida cada vez más intensa, fecunda y feliz, la totalidad de las moléculas individuales.
He ahí la imagen de la vida comunista libertaria, de la ANARQUÍA, de la libertad de cada uno por el acuerdo entre todos.

SÓLO EN ANARQUÍA ES LIBRE EL INDIVIDUO
La ANARQUÍA es de base individualista. Los gobiernos, las religiones, las patrias, las morales, tienen este rasgo común: que en su nombre e interés ­llamado “superior”- se han olvidado, violentado e inmolado los verdaderos intereses del individuo. Los gobiernos comprimen, oprimen y estrujan al individuo; las religiones le privan de la facultad de pensar libremente y de razonar cuerdamente; las patrias le precipitan, de grado o por fuerza, en las matanzas guerreras; las morales hacen pesar sobre él las más necios obligaciones y los deberes más opuestos a su expansión natural y a la vida normal. Por la ignorancia y la cobardía, mediante la violencia y la represión, todas estas instituciones autoritarias crean en la muchedumbre las mentalidades de esclavos y los hábitos gregarios de que las clases dominantes tienen necesidad para perpetuar el régimen del cual son ellas las exclusivas e insolentes beneficiarias. La ANARQUÍA se propone sustraer a todos los seres humanos a esa multitud de violencias físicas, intelectuales y morales de que son víctimas. Niega a la sociedad el derecho de disponer soberanamente de aquellos que la componen. Declara que este término vago: “la sociedad”, no responde a nada fuera de los individuos, que son los únicos que le dan una realidad viva y concreta. Certifica que sin el individuo, unidad tangible, palpable, la sociedad sería un total inexistente y una expresión desprovista de toda significación positiva. Estas aserciones son de una exactitud tan palmaria, que se siente cierta vergüenza al formularlas, con la aprensión de verse acusado de querer empujar puertas abiertas.
Pero hay que guardarse bien de creer que, si la ANARQUÍA es de base individualista, se ha de deducir de ahí que condena al individuo al aislamiento y rompe los lazos de todo género que le unen a sus semejantes.
Lo cierto es precisamente lo contrario, y no es posible concebir un medio social en el cual sean más sólidas y más numerosas que en ANARQUÍA las relaciones que unen entre sí a todos los representantes de la especie. En tanto que -y esta oposición es fundamental-, aprisionado el individuo en la red de obligaciones y constreñimientos que en nombre del Estado, de la propiedad, de la religión, de la moral, de la familia, de la patria y demás... mojigangas hacen de él un esclavo, que se ve obligado a pasar promiscuidades, asociaciones, complicidades y contratos respecto a los cuales, no habiendo sido consultado, no le ha sido, por tanto, hacedero pronunciarse, ese mismo individuo, convertido en un ser libre, tendrá en una sociedad anarquista la facultad de disponer de sí mismo en todo y para todo, sin otra obligación que la que libre y conscientemente haya contraído. Bajo un régimen autoritario. Los lazos que encadenan a los individuos entre sí son rígidos, artificiales y obligatorios; enANARQUÍA sólo serán válidos los contratos libremente contraídos que los unan, y estos contratos serán siempre simples, naturales, libremente aceptados y libremente anulados.

OBJETIVO DE LA ANARQUÍA
En El Dolor Universal preciso en estos términos el fin a que tiende la ANARQUÍA: “Instaurar un medio social que asegure a cada individuo la mayor felicidad posible adecuada a cada época, según el progresivo desenvolvimiento de la Humanidad”.
A más de treinta y cinco años de distancia, no veo la necesidad de modificar esta proposición. Pero requiere algunas ampliaciones, y voy a examinar uno por uno sus términos.
a) Instaurar. – No digo “crear”, sino “instaurar”. He aquí por qué: Todo, en la Naturaleza, evoluciona sin cesar. Nada es fijo, nada está inmóvil. El individuo, como todo lo demás, se transforma continuamente; no permanece nunca idéntico a sí mismo; su hoy está hecho necesariamente de todos sus ayer y contiene, en estado potencial, todos sus mañana. El agregado humano no es, pues, más que una forma pasajera de la materia, y este mismo agregado sufre incesantemente las más diversas modificaciones.
Ahora bien; Spencer dice (El Individuo contra el Estado) que “la naturaleza de los agregados está necesariamente determinada por la naturaleza de las unidades componentes”, de donde se deduce que, no por menos visibles, los perpetuos cambios del agregado colectivo o social son menos reales que las modificaciones del agregado individual. Compuesto de unidades en estado constante de modificación, el cuerpo social se transforma sin descanso. Su presenteestá hecho de todos los materiales de su pasado y contiene, en germen, todos los materiales de su porvenir.
Augusto Comte, en su Introducción a la Metafísica, escribe: “Cada individuo, cada pueblo, cada ciencia, y la misma Humanidad, pasan por todas las fases. Las ideas que caracterizan un período nacen de las ideas de períodos precedentes, se desarrollan y crecen a expensas de estas ideas, y luego, a su vez, menguan insensiblemente, después de haber dado origen a las ideas del período siguiente”.
“La vida social -dice Guillermo de Greef, en Introducción a la Sociología, tomo I­, es decir, la correspondencia siempre completa y perfecta de sus órganos y de sus funciones en condiciones cada vez más numerosas y particulares, es una eterna metamorfosis; en esto no hace más que ajustarse a las leyes universales de la materia y de la fuerza”­
Y más adelante añade: “La sociedad es un organismo cuyo equilibrio, siempre inestable, contiene órganos y funciones que le unen al pasado, y otros que le ligan al porvenir”.
¡Notable rareza de la óptica humana! Dos fenómenos que reunidos producen ante todo el intelecto una especie de contradicción por su apariencia antitética, ocultan a nuestros ojos el indisoluble encadenamiento de los hechos, que une todas las páginas de la historia humana: es la inmensidad del camino recorrido comparada con la lentitud de la evolución social.
Es tan breve nuestra vida y tan débil nuestra vista, que no divisamos los innumerables elementos que se mueven a nuestro alrededor matando esto y dando movimiento a aquello. Creemos tener ante los ojos el espectáculo de la inmovilidad. Es esta sensación superficial de estancamiento social, o al menos de la lentitud evolutiva, lo que por un efecto, en cierto modo reflejo, contribuye a esa misma lentitud.
“Esto no cambiará nunca; en todo caso, si cambia, nosotros no lo veremos”. He ahí lo que dicen muchas gentes. Y los desheredados se resignan, conllevan su mal con paciencia, aceptan lo que miran como una especie de fatalidad. “¡No hay remedio!”, exclaman, y los privilegiados se tranquilizan, se ciegan y se acorazan en indiferencia. “¡Después de nosotros, el diluvio!”, se dicen.
No obstante, ¡qué incalculable serie de transformaciones, desde los toscos esbozos de las primeras aglomeraciones humanas hasta la organización tan compleja, tan metódicamente dispuesta de las sociedades modernas! El espíritu se queda estupefacto y los ojos deslumbrados ante el espectáculo grandioso de un desarrollo tan extraordinario.
Uno de los hombres que más han contribuido, en nuestra época, a la vulgarización de la idea materialista, L. Büchner, se expresa así:
“Llegará un tiempo en que la distancia entre el punto de partida y el punto de llegada se ensanchará de tal modo, que los mismos sabios del porvenir se negarán a admitir la posibilidad de un nexo entre ellos, si los escritos y los vestigios del pasado no les ofrecen los materiales necesarios para guiarles en sus juicios”. (Luz y Vida, página 326).
Me ha parecido conveniente insistir en las consideraciones que me han llevado a servirme de la expresión “instaurar” con preferencia a la de “crear”, por ejemplo, y esto no sólo porque la palabra es infinitamente más exacta, sino también y sobre todo porque nos proponemos indicar, en el transcurso de este estudio, los fenómenos que empujan triunfalmente a las presentes generaciones hacia la dicha instauración y los medios que conviene emplearpara apresurarla. Se verá así también la distancia que separa a la ANARQUÍA de las “utopías”, construidas las más de las veces por hombres de buena fe que presentían de un modo notable el porvenir, pero que prescindían en absoluto, en sus concepciones respetables, de los materiales que la época ponía a su disposición.
b) Un medio social. – Estas palabras son tan claras por sí mismas, que apenas exigen explicación.
El medio social es como la síntesis de las innumerables relaciones de los individuos, de los sexos, de los grupos entre sí. Es la resultante de todas las organizaciones, instituciones y costumbres. Es una especie de ser impersonal, como la sociedad misma, constituido por las relaciones de toda índole -físicas, intelectuales, morales- que entraña la práctica de la sociabilidad.
Si existe hoy una teoría fuera de todo debate y espléndidamente esclarecida por los naturalistas, seguramente es la de “la adaptación del ser al medio”.
No cabe duda de que, en el mundo físico, el medio ejerce una influencia decisiva sobre todo y sobre todos; ¿quién se atrevería a afirmar que en el mundo psíquico no acontece lo propio?
Algunos afirman que si el medio social actúa sobre el individuo, éste es capaz de reaccionar. Esta opinión es justa hasta cierto punto. Sostener lo contrario sería reconocer a la vez, de una manera implícita, que el medio social es en cierto modo independiente de las personalidades que lo componen, lo que sería un absurdo, y que al individuo, por no poder nada sobre el medio, por ser inútil todo esfuerzo, no le queda más que cruzarse de brazos.
Ninguna doctrina sería tan peligrosa, y conviene combatirla con la mayor energía, no tanto porque sea peligrosa como porque es contraria a la verdad, a la observación.
Pero no es menos cierto que, así como la fauna y la flora toman del ambiente cósmico los elementos de su vida, y un observador atento y clarividente podría, examinando un animal o una planta, determinar las condiciones de época, de clima, de atmósfera y de topografía, del mismo modo el individuo toma de la estructura social sus ideas, sus sentimientos, sus aspiraciones y sus costumbres.
Se comprenderá, pues, toda la importancia de ese medio social de cuyo establecimiento se trata, puesto que deberá, por decirlo así, poner su garra en todas las manifestaciones de la vida social y privada; puesto que lo que vele el medio vale el hombre; puesto que el uno es el árbol y el otro el fruto; puesto que, en fin, tan ilógico sería pensar en transformar al individuo sin tocar al medio, como racional es prever, sin que sea necesario para ello ser profeta, que modificado el medio modificados serán también los hombres que lo componen.
c) Que asegure a cada individuo. – Las formas sociales que se han sucedido hasta hoy, al jerarquizar las funciones y los seres, han tenido como consecuencia invariable asegurar todas las ventajas a un número más o menos restringido de éstos, en detrimento de los demás.
Ahora bien; ¿conviene tratar de invertir el orden de los factores en el sentido de favorecer al mayor número? La cuestión social, ¿se aplica a unos pocos, a la mayoría, o a la universalidad de los seres humanos?
Basta con hacer la pregunta: cada cual responda.
Yo hubiera podido escribir, en lugar de estas tres palabras: “a cada individuo”, estas otras: “al pueblo”; o éstas: “a la humanidad”; o éstas: “al proletariado”; o éstas, en fin: “a todos”. Pero desconfío de las expresiones demasiado generales. La experiencia me ha ensañado que ocultan casi siempre una trampa, o que al menos pueden ocultarla.
¡Pobre “pueblo”, pobre “humanidad”, pobre “todo el mundo”! ¡Se ha usado y abusado tanto de ustedes para mejor disimular las vergonzosas combinaciones de los gobiernos y de las clases!
Hay multitud de ficciones que, por un medio de espejos sabiamente dispuestos, dan la ilusión de la realidad; tal, por ejemplo, la igualdad de todos ante la ley. Basta pasar por detrás de los espejos para descubrir el “truco”.
La expresión “cada individuo” tiene la ventaja de cortar de raíz toda interpretación ambigua y de dejar bien sentado que el problema social no tiene por objeto esta fórmula un tanto vaga: “la felicidad común”, sino esta otra, bastante más significativa y exacta: “la felicidad de cada individuo”.
Sí; que ni un solo niño, ni un solo adulto, ni un solo anciano, ni un solo hombre, ni una sola mujer, ni un solo ser humano, en fin, pueda ser privado de la más mínima parte del goce que implica el derecho a la existencia en su integridad. Tal es el problema que estudia y debe resolver el pensador atormentado por la cuestión social.
Ni uno solo, digo, porque bastaría desconocer el derecho de uno solo para que el derecho de los demás se viera amenazado; porque, a pesar de las apariencias, para que se realicen y mantengan en el cuerpo social el equilibrio y la buena salud, es necesario que entre todas sus partes exista una solidaridad tan extremada que, si un órgano, uno solo, no recibe su parte de vida, el mal se apodera gradualmente del organismo entero, haciéndole resentirse, debilitarse y languidecer.
Resuelto para todos, excepto para uno solo, el problema social se refugiaría en este último, el cual, protesta viviente, se alzaría contra los demás y su voz, que no tardaría en ser oída, se elevaría, discordante, en el seno del armonioso concierto que debe formar una sociedad compuesta de seres dichosos, libres y fraternales.
d) La mayor felicidad posible. – El espectáculo de los infortunios más o menos inmerecidos, de las miserias más o menos injustificadas, ha incitado siempre a los filósofos, a los pensadores y a los moralistas a indagar las causas de tales sufrimientos para combatir sus efectos.
Disminuir la cuantía de los dolores humanos, atenuar las desigualdades demasiado ostensibles, mejorar las condiciones de la vida; en otros términos: buscar la felicidad universal, ha sido en todo tiempo el objeto de todos los planes, de todos los sistemas de renovación social.
Con respecto a este punto, todos los que se han ocupado de la cuestión se muestran unánimes. Podría citar a centenares, pero me limitaré a unos pocos.
Prescindo de todos los autores antiguos, para dejar a los modernos un sitio más amplio en estas citas, que no quiero multiplicar a fin de no cansar al lector:
“El objeto de la sociedad es el bien en sus miembros” (Grocio). “La sociedad está obligada a hacer cómoda la vida de todos” (Bossuet). “El verdadero fin de la sociedad es la felicidad duradera de todos sus miembros” (Mably). “¿Cuál es el objeto de la ciencia de la moral? No puede ser otro que la felicidad general. Si se exigen virtudes a los particulares, es porque las virtudes de los miembros hacen la felicidad del todo” (Helvicio. Del hombre. Su educación). “Buscar la dicha haciendo el bien, ejercitándose en el conocimiento de la verdad, no perdiendo nunca de vista que no hay más que una sola virtud: la Justicia, y un solo deber: hacerse feliz” (Diderot). “El objeto de la sociedad es la felicidad común” (Declaración de los Derechos del Hombre, art. 1º). “El fin de la Revolución es acabar con la desigualdad y establecer la felicidad común” (Conspiración bobuvista. Base de la República de los Iguales, art. 10). “¡Que la infinita variedad de deseos, de sentimientos y de inclinaciones se reúna en una sola virtud; que no mueve a los hombres sino hacia un objetivo único: la felicidad común!” (Morrelly. La Basilea). “El placer sin igual será el de fundar la felicidad pública. No sé si me engaño en mis anhelos; pero pienso que algún día se podrá extraer de todos los cuerpos un principio nutritivo; entonces le será tan fácil al hombre alimentarse como saciar la sed en el agua de un río. ¿Qué será entonces de los combates del orgullo, la ambición y la avaricia? ¿Qué de todas las crueles instituciones de los grandes imperios? Un alimento fácil, abundante, a disposición del hombre, será la prenda de su tranquilidad y de su virtud” (Mercier. El cuadro de París). “Si la primera voz de la Naturaleza nos dice que debemos desear nuestra propia felicidad, las voces unidas de la prudencia y de la benevolencia se hacen oír y nos dicen: “Busquen su felicidad en la felicidad ajena”. Si cada hombre, obrando con conocimiento de causa en su interés individual, obtuviera la mayor suma de dicha posible, entonces la humanidad llegaría a la suprema felicidad y el objetivo de toda moral, la dicha universal, sería alcanzado” (Bentham). “El principio general con el cual deberían estar de acuerdo todas las reglas de la práctica no es otro que la felicidad del género humano y de todos los seres sensibles” (L. S. Mill). “La sociedad debe estar organizada de tal modo (y este caso, desgraciadamente, no es frecuente hoy) que la felicidad de unos no tenga su origen en la ruina de los demás, sino que cada individuo halle su bien en el de la colectividad, siendo el bien de la colectividad la resultante del bien del individuo” (L. Büchner. Fuerza y Materia). “El problema de la felicidad universal, por efecto de la solidaridad cada vez mayor, está dominado hoy más que nunca por el problema de la felicidad social. Ya no son sólo nuestros dolores presentes y personales, sino los de la humanidad venidera de los que convierten para nosotros en motivo de inquietudes” (Guyau. La irreligión del porvenir). “El ideal puro sería que la totalidad universal de los seres fuera una sociedad consciente, unida, dichosa” (Alfredo Fouillée. Crítica de los sistemas de moral contemporánea). “La máxima felicidad del mayor número por medio de la ciencia, de la justicia, de la bondad, del perfeccionamiento moral; no podría hallarse más amplio ni más humano motivo de ética” (Benito Malón. Socialismo integral).
Basta de citas. Podría añadir la autorizada opinión de todos los sociólogos contemporáneos, incluso los burgueses; mas, ¿para qué? La causa está clara: todos, absolutamente todos, proclaman, de acuerdo con la Declaración de los
Derechos del Hombre, que “el fin” de la sociedad es la “felicidad común”.
Es, quizás, el único punto sobre el que existe unanimidad; pero se reconocerá que es de importancia, y yo quiero sacar inmediatamente dos conclusiones, sobre las cuales llamo particularmente la atención. La primera es la condenación implícita de la organización social que nos rige: puesto que esta organización acumula en manos de una minoría privilegiada poder, riquezas, saber, goces, y condena a la inmensa mayoría a la servidumbre, a las privaciones, a la ignorancia y al dolor, es evidente que vuelve la espalda al fin hacia el cual tiene por misión tender toda sociedad equitativa y racional, y que, por consiguiente, debe sucumbir. La segunda conclusión es que, de todas las doctrinas sociales que se disputan la sucesión de lo que ha de desaparecer, la única que se dirige resueltamente y sin rodeos hacia aquel fin, es la que preconizan las teorías anarquistas, porque siendo la única que hace cesar las desigualdades, las guerras y las violencias, la única que asegura a cada individuo toda la suma de libertad y de bienestar que lleva consigo el desarrollo progresivo de la humanidad, es la única que realiza ele deseo clara y unánimemente expresado: la felicidad común.
[color=#





Firma de Santiago Salvador Franch [Imagen: tumblr_nh0lt6xr8X1tf767po1_500.gif]

Responder }
Gracias dadas por:


Posibles temas similares...
Tema Autor Respuestas Vistas Último mensaje
Thumbs Up La anarquía -Sebastián Faure- Santiago Salvador Franch 0 3,654 07-24-2015, 06:42 PM
Último mensaje: Santiago Salvador Franch



Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)