Calificación:
  • 0 voto(s) - 0 Media
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
Feminismo y anarquismo -Mª Ángeles García-Maroto -
#1
[Imagen: Ni-ama-ni-esclava-300x2301.jpg]

La Historia nos demuestra que los acontecimientos nunca suceden de manera casual; son consecuencia de una larga serie de circunstancias, de muy diversos tipos y orígenes, encadenadas entre sí.
Tanto el feminismo como el anarquismo tuvieron como antecedentes numerosas historias de desigualdades, injusticias y atropellos y su enclave histórico se sitúa en una sociedad decimonónica donde la burguesía, gestante de la revolución industrial y política, veía cómo la clase obrera se rebelaba cansada de soportar todas las cargas sin poder disfrutar de los privilegios. Pero hay ciertos aspectos que diferencian fundamentalmente la lucha de los trabajadores de la específicamente femenina. En la primera se da una conciencia de clase que no existe entre las mujeres, ya que ellas se sienten más unidas a los varones de su propio status que a sus compañeras de género pertenecientes a status diferentes. Asímismo, habría que añadir la escasa conciencia social femenina, consecuencia de muchos siglos de sumisión y tutelaje. Es cierto que hubo pensadores como Stuart Mill que se implicaron en la defensa de los derechos femeninos, pero ninguna revolución puede hacerse sin sus protagonistas. La mujer tenía que suprimir una mentalidad que la supeditaba al varón y aprender a valorarse y sentirse autosuficiente.
El sentido de confusión en que se han movido históricamente los vocablos feminismo y anarquismo, contribuye a que, tanto las personas defensoras como las detractoras de estos términos, descarguen sobre ellos golpes ciegos sin saber muchas veces qué defienden o qué combaten.
El feminismo primitivo, propulsor del derecho de la mujer a una participación política, ha dado paso a numerosas formas de feminismo que sería demasiado largo analizar. Algunas de ellas ven al hombre como un oponente a quien combatir a cualquier precio, pero no son esas las que interesan a las mujeres anarquistas, ya que éstas consideran al varón como un compañero que necesita ser concienciado, ya que se encuentra tan castrado por la sociedad patriarcal como la propia mujer.
Feminismo y anarquismo no son dos ideas contrapuestas, sino complementarias. Ambas aspiran a una sociedad formada por seres iguales, libres y responsables. El anarquismo lucha por la emancipación del individuo y, como tal, también por la mujer, pero ella sabe que sólo puede llevarse a cabo una revolución igualitaria si todos los individuos que participan en ella lo hacen en las mismas condiciones.
El problema de la emancipación femenina no surge de la diferenciación genética entre hombre y mujer, ya que las desigualdades biológicas que separan a ambos son muy escasas. La falta de entendimiento entre los dos géneros que forman la Humanidad se genera en un ejercicio de poder.
La subordinación de la mujer al hombre no se ha debido nunca a cuestiones de tipo biológico, sino ideológico y económico.
Salvo en casos excepcionales, debido a situaciones de privilegio, la mujer no tuvo conciencia de su opresión como género hasta finales del siglo XVIII. En 1791, la Revolución Francesa asumió en parte las inquietudes femeninas con la publicación de "Los derechos de la mujer y la ciudadana", que redactó Olimpia de Gouges basándose en la Declaración de los Derechos del Hombre. Casi simultáneamente, Mary Wollstonecraft, seguidora ideológica de Saint-Simon y Fourier, publicaba en Gran Bretaña "Vindicación de los derechos de la mujer" y provocaba una catarsis en una sociedad donde los derechos femeninos eran inexistentes y las normas legales sometían a la mujer a una total obediencia y dependencia del varón. Éste debía ser ciegamente obedecido por las mujeres de su familia, era quien fijaba el domicilio conyugal, quien debía autorizar la compra o venta de cualquier bien y quien se quedaba con todo el patrimonio en caso de separación o abandono.
No obstante, debido a la indiferencia social, las corrientes de opinión favorables a la emancipación femenina no tomaron cuerpo hasta mediados del siglo XIX. Mujeres como Flora Tristán, E. Cady Stone o Lucrecia Mott sembraron las primeras semillas de rebeldía. Numerosos grupos femeninos se organizaron en Francia, EE UU y Gran Bretaña, y salieron a la calle solicitando su derecho al voto como elemento de presión política para conseguir ciertas mejoras. Incluso hubo inmolaciones a favor de la causa, como el suicidio de Emily Davison que se arrojó a los pies de los caballos que corrían el Derby de Epson.
Así comenzó un imparable movimiento sufragista que sería el germen del feminismo. Millicent G. Fawcett fundó en Gran Bretaña una asociación que, tras cincuenta años de lucha consiguió, en 1918, una ley aceptando el voto de las mujeres mayores de 30 años. Asímismo, Emmeline G. Pankhurst fundó en Londres, en 1903, la Unión Femenina Social y Política y Brunschwing, en 1909, fue la creadora de la Unión Francesa para el Voto de las Mujeres.
En Alemania, hasta 1908, se consideraba a la mujer sólo apta para "el hogar, los niños y la iglesia" y en Gran Bretaña, universidades tan prestigiosas como Oxford o Cambridge, siguieron manteniendo cerradas sus puertas a la mujer. Ni la burguesía ni el proletariado facilitaban la incorporación social del mundo femenino. Pese a todo, una nación tras otra fue reconociendo el derecho de las mujeres al voto, con excepción, entre otras, de Francia y Suiza. Pero como pudo comprobarse muy pronto, el voto no había dado a la mujer su libertad y, tras un corto letargo, el feminismo surgió de nuevo con otras reivindicaciones y metas diferentes.
Paralelo al despertar de la conciencia femenina en el siglo XIX, estaba tomando cuerpo el anarquismo. William Godwin (1756-1836) atacaba la propiedad privada y acusaba al Estado de basar su existencia en la fuerza y en la opresión del individuo, y posteriormente Proudhon (1809-1865), que también condenaba la propiedad privada, rechazaba la actividad política y defendía un sistema social en el cual la libertad no surgiría de un orden, sino que sería el origen del mismo.
El anarquismo nunca hizo diferenciación de géneros, pero sus ideólogos, resultado de la época que les tocó vivir, ignoraron por completo a la mujer.
Fue la Revolución Industrial, con la incorporación de millones de mujeres al trabajo asalariado, que sirvió como revulsivo a una situación en exceso injusta; aunque bien es verdad que el cambio se inició muy lenta y paulatinamente. La sociedad burguesa admitió a la mujer en el mundo laboral, pero considerándola un individuo de segunda clase. Trabajadora poco cualificada y por tanto mano de obra barata, era fácilmente manipulable debido a unos rígidos principios religiosos y morales y estaba llena de miedos y prejuicios.
La inhumana situación que empezaron a soportar las mujeres en las fábricas situó la reivindicación de la emancipación femenina en el centro de una lucha social y política. Se produjo así una alianza histórica, la del feminismo con los movimientos obreros.
A pesar de todo lo dicho anteriormente, la mujer obrera, sin acceso a la cultura, sin derechos legales y con muy baja autoestima debido a su secular sometimiento al varón, no se encontraba capacitada para iniciar su propia revolución.
Debemos observar cómo las primeras mujeres sufragistas no sólo surgieron de la burguesía, lo que les permitía tener una saneada economía, sino que estuvieron unidas a hombres con inquietudes sociales. Podemos mencionar, entre otros muchos ejemplos, a Mary Wollstonecraft, que estaba casada con el ya mencionado William Godwin, considerado por muchas personas como el primer teórico anarquista y a Millicent Fawcett , esposa de Henry Fawcett, discípulo de los economistas Smith y Stuart Mill, profesor de economía política en Cambridge y ministro de Correos británico en 1880.
Como podemos deducir del anterior análisis, los movimientos feministas tienen una raíz burguesa y sufragista. Pretendían conseguir la igualdad de los géneros tomando como base la posición del varón en la sociedad; es decir, no buscaban una transformación social, sino la participación de la mujer en los privilegios, el poder y los estamentos jerárquicos que hasta entonces eran exclusivamente masculinos. Por esto, las mujeres anarquistas nunca se consideraron feministas e incluso llegaron a ridiculizar a quienes eran consideradas como tales. Se automarginaron y a la vez fueron marginadas por el feminismo. Sin embargo, todas ellas desencadenaron una lucha férrea contra la sociedad patriarcal y dejaron patente su voluntad de enfrentarse tanto al Estado que las alienaba en cuanto personas, como al patriarcado que les impedía su liberación como mujeres. Sin ellas mismas saberlo estaban actuando como verdaderas feministas, puesto que se desvinculaban de la lucha masculina en cuanto género.
Mientras en el resto de Europa los movimientos feministas surgieron de la concienciación de las mujeres, en España eran los intelectuales quienes se preocupaban del feminismo. La falta de un desarrollo industrial, la falta de una clase media fuerte y numerosa y la inestabilidad política que dominó España hasta 1975, frenaron los avances educativos de la mujer y la imposibilitaron para tomar conciencia de su situación. El siglo XX comenzó con una población analfabeta del 63,7 por cien, sólo algo inferior a la de Portugal que estaba en el 79,1 por cien y Bulgaria que se encontraba en el 80 por cien.
Sólo dos mujeres, María Egipcíaca Demaner y Gongoreda y Josefa Amar y Borbón, se interesaron por el tema de la instrucción femenina en el siglo XVIII y lo hicieron de una manera elitista, en la que dinero e inteligencia se identificaban y la mujer del pueblo era valorada solamente como elemento productivo.
No podemos hablar de movimientos feministas hasta el siglo XX, aunque sí de feminismo, ya que aparecieron corrientes que luchaban por la emancipación de la mujer, no organizadas, en torno a Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal o Cecilia Böll de Faber (Fernán Caballero), traductoras de numerosas obras de feministas francesas y británicas.
Como precursora de los movimientos feministas aparece en Cataluña en 1871 la Asociación para la Enseñanza de la Mujer. En ese mismo año, Teresa Claramunt organizó un sindicato para trabajadoras del textil y en 1903 Belén Segarra fundó la Federación de Mujeres Malagueñas.
Teresa Mañé, conocida en los medios libertarios como Soledad Gustavo, fue una de las grandes feministas de principios de siglo pese a no haber utilizado nunca ese apelativo. Junto con su compañero, Juan Montseny (escritor anarquista conocido con el pseudónimo de Federico Urales) fue editora de La Revista Blanca, publicación que llegó a dirigir mientras Urales se veía obligado a un exilio interior por orden gubernamental.
En 1888, la Ley de Asociaciones dio paso a la formación del sindicato UGT, que agrupó a los trabajadores, casi de manera exclusiva, hasta la aparición del anarcosindicalismo con la CNT, que alcanzaría su máximo esplendor en 1931.
La CNT se preocupó de atraer a la mujer española a su militancia, de resolver sus problemas laborales y de lograr su plena integración social.
En 1910 se fundó en Barcelona la Biblioteca Popular per la Dona y ese mismo año tuvo lugar el Congreso fundacional de la Confederación Nacional del Trabajo. En él se reconoció oficialmente la necesidad del empleo femenino como base para la consecución de la independencia de la mujer mediante un salario que, en todo momento, debía ser equiparable al del hombre. No obstante, acostumbrado el varón a tutelar a la mujer como si de una menor de edad se tratase, debemos señalar que le costaba mucho poner en práctica lo que defendía de manera teórica.
Al tratarse de un sindicato con planteamientos anarquistas, la CNT no apoyó ni participó en ningún momento en las aspiraciones de los denominados movimientos feministas. Partidaria de la acción directa, su lucha no se encaminó a la consecución del voto, sino a la consecución de igualdades laborales y salariales para los dos géneros.
A pesar de todo, el número de trabajadoras continuaba siendo minoritario. En 1921, con el desastre de Annual, muchos combatientes prefirieron morir en inmundos barracones acondionados como hospitales sin ninguna ayuda médica, antes que ser curados por manos femeninas. A esa descalificación femenina en los comienzos del siglo XX, se debe en parte el subdesarrollo de España en años posteriores.
En 1920 se creó en Valencia la Sociedad Concepción Arenal y en 1922, Margarita Nelken publicó "La condición social de la mujer" que contribuyó a la concienciación de buena parte de la sociedad femenina.
En 1928 se fundó la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, de tendencia izquierdista. Dos años después, Hildegart Rodríguez publicó "Al servicio de la Nueva Generación" y un año más tarde, otra obra que despertó una encendida polémica en todo el país, "Educación sexual".
Pero no fue hasta 1936 cuando anarquismo y feminismo unidos tomaron cuerpo en una organización que sirvió de revulsivo social. En ese mismo año se fundó la Agrupación Mujeres Libres, formada por mujeres militantes de la CNT, conscientes de que una revolución de mujeres sólo podría ser realizada por mujeres.
Mujeres Libres, propiciada por Lucía Sánchez Saornil, Mercedes Comaposada y Amparo Poch, llegó a contar con 119 agrupaciones, de las cuales 22 estaban en Madrid y 6 en Barcelona. El resto se dispersaban por Bélgica, Checoslovaquia, Francia, Holanda, Inglaterra, Polonia, Suecia, Argentina, EE UU etc.
Por mucho que se escriba sobre Mujeres Libres y por muchos homenajes que se le tribute, nunca se podrá hacer justicia.
Quisieron ser una rama más del Movimiento Libertario, lo mismo que la CNT, la FAI o JJ LL, lucharon por su emancipación de la triple esclavitud, de género, cultural y laboral. Deseaban estar en la vanguardia de la Revolución Social que preconizaba el anarquismo, y crear una conciencia solidaria entre hombres y mujeres para convivir sin ningún tipo de exclusiones y asumiendo una obra común.
Aquellas mujeres tenían muy claro algo que actualmente defendemos otras muchas que nos consideramos anarquistas. El cambio social no supondrá la terminación feliz de todas las marginaciones femeninas. El Estado extiende los tentáculos de su poder sobre tres pilares sociales fundamentales: el mundo laboral, el familiar y el educativo. Para esto necesita ejercer su fuerza sobre la mujer pero, como hay muchas facetas de la cotidianidad que se le escapan, ha buscado el apoyo del hombre convirtiéndolo en su cómplice. Éste es manipulado para que ejerza por delegación su fuerza sobre la mujer.
¿Por qué el hombre se presta a este juego? Sencillamente, porque el rol en que ha sido educado (y aquí las mujeres, como primeras educadoras, tendrían que iniciar su "mea culpa"), le permite identificarse con el poder. Cualquier varón, aun el más oprimido y ansioso de libertad, ve en el poder una tentación y un objetivo a alcanzar. Sin embargo, la mujer (y aquí no caben las excepciones que todos conocemos) acostumbrada a padecer el poder sobre su cabeza, lo analiza desde la realidad de su vivencia cotidiana y puede verlo con la cotidianidad que da la lejanía. Ella sabe por experiencia que el poder en sí mismo supone la castración, la negación de la libertad.
El tipo de relación que la mujer se ve obligada a mantener con su entorno, es decir, los roles de esposa y madre que la sociedad patriarcal ha establecido para ella, hace que asuma los valores ideológicos dominantes a través de la educación, entendida como tal no sólo la escolarización, sino la socialización global.
Es verdad que la mujer está accediendo cada vez más al mundo de la cultura, que ha entrado masivamente, no sólo en la enseñanza media, sino también en la universitaria, pero también es verdad que, empeñada en que siga conservando sus roles, la sociedad patriarcal la ha encaminado mayoritariamente hacia disciplinas consideradas humanísticas, en tanto que a los varones les ha incitado a las técnicas. Esto ha ocasionado que las humanidades estén devaluadas y que nos encaminemos hacia una enseñanza cada vez más técnica y práctica.
La preparación intelectual que el poder concede a la mujer, intenta situarla en un segundo plano y sirve como pretexto para impedir su avance social. Su incorporación tiene así un carácter subsidiario, es decir, cuando el hombre no puede trabajar, los ingresos masculinos son escasos o la mujer no tiene pareja que la apoye económicamente.
Sin embargo, la actual esclavitud de la mujer tiene unas connotaciones muy particulares. En cualquier caso de opresión, la lucha termina con la liberación del individuo subyugado. Sin embargo, en el caso de la liberación femenina, no ocurre así. Ella no desea romper los lazos que la unen a su opresor. Por este motivo, la mujer que debe liberarse del varón ha de enseñar a éste a liberarse de sí mismo. La liberación de la mujer no se agotará, por tanto, en sí misma, sino que tendrá que extrapolarse al varón si quiere ser eficaz. Y este es uno de los más importantes retos que tendrá que asumir.
Es posible que, sin ella misma percibirlo, la mujer actual esté poniendo los cimientos de una sociedad nueva, pero el verdadero cambio tiene que realizarse en su interior para continuar después en el interior del hombre.
Sólo cuando él aprenda a resistir la tentación del poder, cuando aprenda a contemplarlo con una mirada más objetiva y libre que le permite su actual implicación, lograremos los dos géneos unidos nuestros objetivos, que no son contrapuestos, sino convergentes.
Tal vez algún día, el varón se decida a no ejercer ninguna clase de poder sobre la mujer y no coarte su libertad, ya que ningún género puede ser realmente libre si no lo es el otro. Y porque la sociedad libre, justa e igualitaria con que todos y todas los que aspiramos al anarquismo soñamos, no podrá conseguirse jamás si la mitad de la humanidad permanece en silencio subyugada por la otra mitad.





Firma de Santiago Salvador Franch [Imagen: tumblr_nh0lt6xr8X1tf767po1_500.gif]

Responder }
Gracias dadas por:


Posibles temas similares...
Tema Autor Respuestas Vistas Último mensaje
Thumbs Up Látigo en mano, Emma Goldman feminista y crítica del feminismo Santiago Salvador Franch 0 3,106 10-01-2015, 10:47 AM
Último mensaje: Santiago Salvador Franch



Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)